Condenada a amarte Capítulo 6
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Capítulo 6

Lola

La canción empezó a terminar lentamente y el pánico apareció inmediatamente dentro de mí. Porque sabía lo que ocurriría cuando acabara.

La realidad volvería. Su mujer. Sus hijos. Mi familia. Todo.

Enzo debió notarlo también porque apoyó la frente contra la mía una última vez. Y cuando habló, su voz sonó rota.

—Solo dame esta noche, Lola.

Dios. Dios santo.

La canción empezó a desvanecerse poco a poco entre aplausos y risas de la boda, como si el mundo tuviera la mala costumbre de seguir girando justo cuando a mí me estaba dejando sin aire.

"Cómo quieres que te quiera…"

El último acorde se perdió en el jardín y con él, la burbuja.

La realidad volvió de golpe. Demasiado rápido y demasiado cruel.

Enzo seguía pegado a mí. Su frente contra la mía. Su respiración mezclada con la mía. Sus manos todavía firmes en mi cintura, como si no supiera o no quisiera soltarme.

Yo tampoco me movía. Ese era el problema. Que ninguno de los dos quería ser el primero en romper aquello.

Porque romperlo significaba volver a la vida real. Y la vida real dolía.

Tragué saliva lentamente.

—No podemos, Enzo…

Mi voz salió más débil de lo que quería. Él cerró los ojos un instante. Como si esa frase le hubiera golpeado más fuerte que cualquier otra cosa.

—Ya lo sé —susurró.

Pero no me soltó. Ni un milímetro. La gente empezó a moverse alrededor otra vez.

Copas. Risas. Alguien gritando el nombre de Martina. El sonido de tacones sobre la madera de la pista.

Y nosotros ahí, quietos, en medio de todo. Como si el mundo nos hubiera olvidado durante unos segundos demasiado peligrosos.

Enzo abrió los ojos y me miró. Pero ya no era la mirada intensa de antes, era peor. Era contenida. Dolida. Controlándose a la fuerza.

—Solo esta noche —repitió más bajo—. No te estoy pidiendo el mundo, Lola. Solo… esta noche.

Mi pecho se apretó. Porque esa petición era lo más peligroso que podía haberme dicho.

Solo esta noche. Como si una noche no pudiera romperte para siempre. Como si una noche no pudiera cambiarlo todo. Como si una noche no fuera exactamente el principio de los peores errores de nuestra vida.

Negué despacio. Aunque mi cuerpo no estaba de acuerdo.

—No hagas esto más difícil.

Enzo soltó una exhalación corta, casi una risa sin humor.

—¿Más difícil? Lola… esto ya es difícil desde el día que te vi.

El golpe fue directo. Sin defensa y sin aviso. Sentí un nudo en la garganta y por primera vez en toda la noche, me obligué a separarme.

Un paso atrás, solo uno, pero suficiente para romper el contacto.

El aire entre los dos cambió inmediatamente, más frío y real, y las manos de Enzo cayeron despacio a sus costados. Como si le hubieran arrancado algo.

Nos quedamos mirándonos demasiado tiempo.

—No puedo ser eso —susurré al fin.

Él frunció el ceño.

—¿El qué?

Tragué saliva. El corazón me dolía.

—La mujer que te aleja de tu vida.

Silencio. Un silencio pesado. Casi violento.

Enzo bajó la mirada un segundo y cuando volvió a mirarme, ya no había impulso. Solo una calma peligrosa.

—Tú no me estás alejando de nada —dijo despacio—. Estoy aquí porque no he conseguido olvidarme de ti en estos años.

Aquello me dejó sin respuesta. Sin aire. Sin nada. Porque no era una frase romántica. Era una confesión. Y dolía más.

La música de la boda subió de volumen otra vez. Alguien reía cerca. Martina gritaba el nombre de Samuel. Mi madre lloraba otra vez. La vida seguía. Y nosotros no.

Enzo dio un paso atrás, por fin, aunque le costó. Lo vi en su mandíbula tensa.

En sus manos cerrándose y abriéndose lentamente. Como si se obligara a soltarme.

—Ve con tu familia —dijo.

No era una orden, era una derrota. Asentí despacio, pero no me moví inmediatamente. Porque había algo dentro de mí que todavía quería quedarse allí.

Con él. Un segundo más. Dos. Lo suficiente para no arrepentirme después. Enzo lo entendió. Claro que lo entendió. Porque siempre me entendía demasiado.

Sus ojos volvieron a mí una última vez.

—Lola… —Dijo mi nombre como si fuera una despedida.

Y luego, sin tocarme otra vez, añadió:

—Esto no ha terminado.

Me giré antes de contestar, porque si lo hacía, me rompía, y caminé hacia el jardín. Sin mirar atrás.

Aunque cada paso me dolía. Aunque cada parte de mí quería volver.

Detrás, la música seguía. La boda seguía. La vida seguía. Pero yo ya sabía una cosa con una claridad insoportable: Enzo Bianchi había vuelto. Y aquella vez… No iba a ser tan fácil escapar.

Caminé hacia el jardín con cada paso resonando como un tambor de guerra contra la madera de la pista. El aire de la noche me golpeó la cara, cálido y denso, incapaz de refrescar la quemadura que tenía bajo la piel. No miré atrás. No podía. Porque sabía que si lo hacía, volvería corriendo hacia él.

—Lola.

Su voz me detuvo.

No fue un grito. Fue algo peor. Una orden silenciosa, una súplica disfrazada de mandato, que hizo que mis pies se clavaran en el suelo como si la tierra misma me reclamara. El corazón me martilleaba con tanta fuerza que juraba que la gente de alrededor podía oírlo.

Sentí su presencia antes de verle. Esa electricidad que siempre desprendía, ese campo magnético que me atravesaba la espalda y se instalaba en el bajo vientre.

Entonces, su mano.

Enzo me agarró la muñeca con firmeza, sin dolor, pero sin opción a escapatoria, y me giró hacia él. El contacto fue un golpe directo al sistema nervioso. Sus dedos eran fuego y acero, la piel áspera de un hombre que trabajaba con las manos, aunque llevara traje de seda.

—No puedes irte así —dijo.

Su voz temblaba apenas. Lo noté. Enzo Bianchi, el hombre que había visto negociar millones sin pestañear, que había enfrentado a mafiosos con una sonrisa fría, estaba temblando.

Levanté la vista hacia sus ojos y ahí estaba, la verdad.

Desnuda, brutal, sin velos. Años de contención, de matrimonio convenido, de padre ejemplar y empresario implacable, desmoronándose en la mirada verde de un hombre que me observaba como si yo fuera el último puerto en una tormenta interminable.

Había dolor allí. Una herida profunda, gangrenada por los años de silencio.

Y había hambre. Esa hambre que solo aparecía cuando me miraba a mí.

—Enzo, suelta mi mano —susurré, aunque mi cuerpo traicionaba cada palabra, inclinándose hacia él.

—No —apretó más fuerte, acercándome un paso—.

No puedo soltarte. Nunca he podido. Desde aquella puta semana en Florencia, desde que te vi llorando en aquella terraza con un café frío en las manos, te convertiste en algo que no puedo quitarme de la cabeza.

He intentado todo, Lola. He intentado odiarte, olvidarte, sustituirte.

He intentado ser el hombre que debería ser, el padre que necesitan mis hijos, el marido que firmó un contrato de por vida.

Pero no puedo. No puedo porque sigues aquí —se llevó mi mano a su pecho, justo sobre el corazón, y sentí cómo latía desbocado—.

Siempre has estado aquí. Y siempre estarás.

Mi garganta se cerró. Las lágrimas volvieron a amenazar, pero las contuve con rabia.

—Sabes de sobra que esto no puede ser —dije, y mi voz sonó rota, derrotada—. Tienes una vida. Una familia. Y yo... yo no puedo ser la mujer que destruye eso. No quiero serlo, Enzo. No quiero ser esa persona.

Él soltó una risa amarga, sin humor.

—¿Destruir? Lola, mi vida ya está destruida. Llevo años siendo un condenado a muerte en vida.

Su mano libre subió lentamente hasta mi mejilla, acariciándome con una ternura que contrastaba con la desesperación de sus palabras.

—¿Sabes qué derecho tienen los condenados a muerte antes de la ejecución? —preguntó, y su voz bajó hasta convertirse en un grueso susurro contra mi piel.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar.

—Un último deseo —dijo—. Un último deseo antes de que caiga el hacha.

Y yo... yo estoy muerto en vida desde hace veinte años, preciosa.

Mi último deseo, lo único que pido antes de volver a esa tumba que es mi existencia, es estar contigo.

Solo esta noche. Solo tú y yo. Dame eso, Lola.

Dame esta noche y deja que muera en paz.

La última palabra apenas salió de su garganta.

Y entonces, sin esperar respuesta, sin darme tiempo a racionalizar, a construir muros que ya no tenía fuerzas para mantener, Enzo me atrajo hacia él con una ferocidad que me robó el aliento.

Su boca chocó contra la mía.

No fue un beso. Fue una conquista. Una declaración de guerra y rendición simultánea.

Sus labios eran duros, exigentes, abriéndose sobre los míos con una urgencia que me hizo gemir involuntariamente en su boca.

Su lengua entró sin permiso, reclamando, recordando, marcando territorio que nunca había dejado de ser suyo.

Sabía a vino tinto y desesperación, a tabaco y a algo indefinible que era simplemente él.

El hombre del que nunca había podido escapar.

Sus manos bajaron a mi cintura, duras, posesivas, y me levantó del suelo como si no pesara nada.

Me aferré a su cuello, enredando los dedos en su cabello, besándole con la misma brutalidad con la que él me besaba.

No había suavidad. Solo necesidad. Hambre.

Anhelo de años reprimidos explotando en ese único punto de contacto.

—Joder, Lola —gruñó contra mi boca, y el sonido vibró en mi pecho—. Te necesito. Te necesito ahora.

No preguntó ni esperó. Enzo me cargó en brazos, una mano bajo mis rodillas y otra en mi espalda, y comenzó a caminar con pasos largos y decididos hacia el extremo del jardín.

Mi cabeza giró contra su hombro, viendo las luces de la boda alejándose, la música apagándose, la realidad quedando atrás como un sueño borroso.

Él caminaba con la seguridad de quien conoce cada centímetro de ese terreno, atravesando un sendero de grava que crujía bajo sus zapatos, hasta un edificio anexo a la finca.

Una casa de invitados. Oscura. Silenciosa. Perfecta para el pecado.

Empujó la puerta con el hombro y nos metió dentro.