Capítulo 5
Lola
Escuchamos aplausos desde el jardín principal y la voz del DJ comenzó a sonar entre los altavoces.
—¡Y ahora sí! ¡El baile de los novios!
La música empezó suavemente. “You Are The Reason” de Calum Scott, perfecto para Martina y Samuel.
Romántico, intenso y bonito hasta doler.
Miré hacia la pista. Mi hermana estaba abrazada a su marido mientras lloraba otra vez. Samuel la miraba como si literalmente el universo entero empezara y terminara en ella.
Y sentí una punzada preciosa dentro del pecho. Eso. Eso era el amor bien hecho. Seguro, tranquilo y libre de miedo.
Mi hermana merecía exactamente eso.
Enzo se colocó a mi lado mirando también hacia la pista. Nuestros brazos casi se rozaban y aun así el calor me subió igualmente por la piel.
—Tu hermana parece feliz —murmuró.
Sonreí.
—Lo está.
—Y tú también deberías estarlo.
La tristeza en su voz me hizo girar la cabeza lentamente. Él seguía mirando hacia delante, pero tenía la mandíbula tensa.
Como si estuviera conteniéndose constantemente. Como si acercarse demasiado a mí le costara el mismo esfuerzo brutal que me costaba a mí no tocarle.
—Enzo…
—No he dejado de pensar en ti en todos estos años.
Cerré los ojos un instante. Mierda. Mierda. Mierda.
—No hagas esto.
—¿El qué?
—Decir cosas que no puedes sostener.
Aquello sí hizo que me mirara. Y Dios santo, aquellos ojos…
—Llevo años sosteniéndolas solo.
La respiración se me desordenó completamente. Por suerte, la música cambió justo entonces. Más aplausos. Más risas. La gente empezó a llenar la pista poco a poco.
Y yo agradecí desesperadamente tener algo hacia lo que mirar que no fuera él. Hasta que ocurrió.
Los primeros acordes de “Cómo quieres que te quiera” cantada por Rosario Flores y Sebastian Yatra comenzaron a sonar entre las luces cálidas del jardín.
Y sentí literalmente un latigazo dentro del pecho. No. No, por favor. Esa canción no.
Porque esa canción era él. Florencia. La cocina. La lluvia golpeando los ventanales mientras me arrastraba lentamente hacia su cuerpo.
—Baila conmigo, preciosa.
El mundo entero se detuvo. Porque acababa de decir exactamente lo mismo. Igual. Con la misma voz grave. Con el mismo tono bajo y peligroso. Como aquella noche.
Cerré los ojos automáticamente y durante un segundo ya no estuve en Cádiz. Volví a Italia. A aquella cocina enorme iluminada solo por lámparas cálidas.
A Enzo acercándose despacio mientras sonaba música antigua desde un altavoz perdido. A sus manos deslizándose sobre mi cintura. A su boca rozando mi cuello. A su voz pegada a mi oído.
— Baila conmigo, preciosa.
Dios mío.
Abrí los ojos despacio y él seguía ahí. Esperando. Mirándome como si también estuviera recordándolo todo.
Debería haber dicho que no. De verdad que debería haberlo hecho. Pero mi cuerpo llevaba años dejando de obedecerme cerca de ese hombre. Así que terminé poniendo mi mano en la suya. Y ese fue el mayor error de todos.
Porque en cuanto me acerqué a él, sentí el impacto completo. Calor. Deseo. Memoria.
Sus manos descendieron lentamente hasta mi cintura, firmes y protectoras. Como si aquel lugar siguiera perteneciéndole. Y quizá lo hacía. Quizá siempre lo haría.
La pista estaba llena de gente, pero dejó de existir. Solo estábamos él y yo. Moviéndonos despacio bajo las luces del verano. Y Dios.
La forma en que Enzo me tocaba debería considerarse una amenaza nacional.
Nunca necesitaba hacer demasiado. Era precisamente eso lo que volvía todo peor.
La suavidad de sus dedos. La firmeza de sus manos. La manera en que me acercaba apenas un poco más cada vez. Hasta que terminé completamente pegada a su cuerpo.
Mi respiración se volvió inestable inmediatamente. Él también lo notó. Claro que lo notó. Siempre notaba todo.
La letra de la canción empezó a envolvernos lentamente.
"Cómo quieres que te quiera…"
Y sentí que el universo entero tenía un sentido del humor cruel. Porque claro que tenía que sonar precisamente esa canción.
La misma que Enzo había puesto una madrugada en Florencia mientras cocinábamos pasta a las dos de la mañana medio borrachos de vino y tensión sexual.
La misma con la que acabé sentada sobre la encimera mientras él me besaba tan despacio que pensé que iba a volverme completamente loca.
Dios. No podía pensar en eso ahora. No mientras tenía sus manos sobre mí otra vez.
Enzo deslizó lentamente una de ellas un poco más abajo de mi espalda, apenas unos centímetros, pero el gesto fue tan íntimo que sentí un jadeo escapándoseme sin permiso.
Sus ojos se oscurecieron inmediatamente. Mierda. Mierda. Mierda.
—Lola… —Mi nombre salió de su boca casi como una advertencia.
No respondí. Porque estaba demasiado ocupada intentando recordar cómo se respiraba normalmente.
La gente seguía bailando alrededor. Riendo. Brindando. Pero yo solo sentía a ese hombre. El calor de su pecho pegado al mío. Su respiración rozándome la frente.
La forma en que sus dedos parecían incapaces de quedarse quietos sobre mi cintura. Como si también estuviera luchando contra sí mismo. Y quizá era exactamente eso.
Una guerra, lenta, agotadora y perdida desde hacía años.
Enzo me acercó un poco más. Lo justo para que mi muslo rozara el suyo bajo el vestido. Cerré los ojos apenas un segundo.
Otro error. Porque inmediatamente regresaron los recuerdos.
Sábanas revueltas. Su voz ronca contra mi garganta. Sus manos sujetándome las piernas mientras yo perdía completamente la cabeza sobre su cama en Italia.
Dios santo. Abrí los ojos de golpe, él seguía mirándome y supe inmediatamente que había notado el cambio en mi respiración.
Claro que sí. Siempre sabía cuándo estaba pensando en él.
—No hagas eso —susurré.
—¿El qué?
—Mirarme así.
Enzo inclinó ligeramente la cabeza.
—No sé mirarte de otra manera.
Aquello me atravesó directamente el pecho. Porque sonó sincero. Demasiado sincero.
Tragué saliva lentamente mientras seguíamos moviéndonos al ritmo lento de la canción. Y entonces él se inclinó un poco.
Solo un poco. Lo suficiente para acercar la boca a mi oído.
—No puedo más, Lola.
El corazón literalmente me dio un golpe.
—Enzo…
—Llevo toda la noche intentando comportarme como una persona civilizada.
Su voz grave rozándome la piel me provocó un escalofrío brutal.
—Y cada vez que te miro solo puedo pensar en tocarte otra vez.
Madre de Dios.
Mis dedos se cerraron automáticamente sobre su camisa y él soltó aire despacio al notar el gesto. Como si también le afectara demasiado sentirme así.
—Esto está mal —susurré sin convicción.
—Lo sé.
—Entonces, para.
Y ahí estuvo el verdadero problema. Que ninguno de los dos se movió. Ni un centímetro.
Seguimos bailando pegados. Respirándonos. Deseándonos de una forma tan evidente que empezaba a resultar peligrosa.
Enzo bajó lentamente la mirada hacia mi boca, y juro por Dios que noté el momento exacto en que perdió parte del control.
Porque su mano se tensó sobre mi cintura. Porque su respiración cambió. Porque sus ojos dejaron de parecer tranquilos.
—Quiero sentirte mía otra vez —dijo muy bajo.
El aire desapareció completamente de mis pulmones. Aquello no fue una frase. Fue un incendio. Un golpe directo al centro del pecho.
Porque yo también lo quería. Muchísimo. Demasiado. Y creo que Enzo lo vio en mi cara.
Porque soltó una especie de maldición en italiano antes de inclinarse todavía más hacia mí. Su barba rozó apenas mi cuello y entonces me besó.
Ahí. Justo debajo de la oreja. Tan rápido. Tan escondido. Tan imposible de ver para el resto del mundo. Pero suficiente para destruirme entera.
El jadeo se me escapó sin remedio, cerré los ojos inmediatamente y ya no hubo boda. Ni música. Ni luces. Solo recuerdos.
Florencia. Su cama deshecha. Mi cuerpo arqueándose bajo el suyo mientras él decía mi nombre con aquella voz rota que solo aparecía cuando perdía el control de verdad.
Recordé sus manos sujetándome las muñecas contra el colchón mientras me besaba lentamente. La manera en que me observaba cuando hacíamos el amor, como si yo fuera algo precioso, algo peligroso, algo capaz de destruirlo.
Sentí literalmente las piernas temblándome. Enzo también lo notó. Claro que sí.
Apoyó la frente contra la mía apenas un instante, respirando fuerte, igual que yo.
—Joder… —Murmuró cerrando los ojos—. Dime cómo se supone que tengo que hacer para dejar de desearte así.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía. Porque el problema nunca había sido el deseo, el problema era todo lo demás.
Sus hijos. Su matrimonio. Mi miedo. Nuestra imposibilidad constante.
Abrí los ojos despacio y durante un segundo vi algo peligrosísimo en él. Necesidad real, no solo física. Como si también estuviera agotado de luchar contra aquello.
La canción seguía sonando suavemente alrededor.
"Cómo quieres que te quiera…"
Irónico de cojones. Porque exactamente esa era la pregunta. ¿Cómo se suponía que iba a quererle? ¿Cómo podía amar a un hombre que nunca podría pertenecerme del todo?
Enzo volvió a besarme el cuello muy despacio, apenas un roce, pero sentí fuego directamente bajo la piel.
—Te he echado de menos todos los días de mi vida —susurró.
Y ahí, ahí casi me rompí. Porque yo también.
Dios mío. Yo también. Pero precisamente por eso tenía que parar antes de volver a caer.
Antes de volver a creer que podía existir algo entre nosotros que no acabara destruyéndome.
Abrí los ojos lentamente y me separé apenas unos centímetros, los suficientes para respirar. Los suficientes para intentar recordar quién era antes de que él volviera a mirarme así.
Enzo frunció el ceño inmediatamente.
—Lola…
Negué con la cabeza. Si hablaba, iba a llorar. Y no iba a hacerlo allí. No delante de toda mi familia. Ni delante de él.
—No puedo —susurré al final.
Su mandíbula se tensó.
—No me digas eso cuando llevas toda la noche mirándome igual que yo te miro a ti.
Cerré los ojos un segundo porque tenía razón. Claro que la tenía.
—Esto no cambia nada.
—Lo cambia todo.
La intensidad de su voz me golpeó directamente el pecho.
Dios. ¿Por qué seguía haciéndome sentir así? ¿Por qué seguía pareciendo el único hombre capaz de romper todas mis defensas sin apenas tocarme?
Enzo me acarició la cintura lentamente con el pulgar. Un gesto mínimo, pero tan tierno que dolió.
—He intentado olvidarte —admitió muy bajo—. Te juro que lo he intentado.
Mi garganta ardió, porque yo también lo había hecho. Durante años.
Con trabajo. Con hombres que nunca duraban demasiado. Con madrugadas dibujando viñedos para no pensar en él. Con silencios. Con rabia. Con distancia. Y aun así… Nada funcionaba.
Porque nadie besaba como Enzo. Nadie me miraba como él. Nadie conseguía hacerme sentir deseada y protegida al mismo tiempo.