Condenada a amarte Capítulo 4
13%

Capítulo 4

Lola

Siempre había pensado que las bodas tenían algo de mentira elegante.

La gente sonreía demasiado. Lloraba demasiado. Bebía demasiado. Y repetía constantemente palabras como “para siempre” mientras fingía que el amor no podía romperte los huesos desde dentro.

Quizá por eso aquella noche me estaba costando respirar, porque todo el mundo parecía feliz.

Y yo acababa de volver a mirar a un hombre que llevaba años intentando olvidar.

El jardín entero brillaba bajo las luces cálidas colgadas entre los árboles y los viñedos. La música sonaba suave alrededor de las mesas, mezclándose con risas, copas chocando y el olor constante a verano, vino y sal.

Mi familia llenaba cada rincón. Martina llorando, abrazada a media boda. Samuel mirándola como si acabara de ganar la lotería de su vida. Mi madre emocionándose cada cinco minutos. Mi padre fingiendo que no lloraba mientras claramente lloraba. Y yo…

Yo solo intentaba no mirar hacia el otro lado del jardín. Donde estaba Enzo.

Levanté la vista igualmente y ahí seguía, observándome. Dios. La manera en que ese hombre miraba debería ser ilegal.

No era descarada ni arrogante, era peor. Era íntima. Como si me estuviera recordando cosas que nadie más sabía.

Mi piel reaccionó inmediatamente. Traidora.

Aparté la mirada antes de volverme completamente idiota.

—Vale, esto ya empieza a dar miedo.

La voz de Martina me sobresaltó. Giré la cabeza y me encontré a mi hermana observándome con una copa en la mano y expresión peligrosamente divertida.

—¿El qué?

—Lo vuestro.

Me atraganté con mi propio aire.

—No hay ningún “lo vuestro”.

—Ajá.

—Martina…

—Lola, por favor. Papá os ha mirado cinco veces como si estuviera decidiendo si esconder un cadáver esta noche.

Eso me hizo soltar una risa involuntaria. Porque probablemente era verdad.

Mi padre llevaba observando a Enzo desde que apareció en la boda con la misma energía con la que un mafioso analizaba a un sospechoso.

Mi padre adoptivo tenía muchas virtudes. La sutileza no era una de ellas.

—No empieces —murmuré.

Martina sonrió lentamente. Después se acercó un poco más.

—Te tiembla la voz cuando él te habla.

—No me tiembla nada.

—También te brillan los ojos.

—Voy a tirarte a la piscina.

Ella soltó una carcajada y durante unos segundos me limité a mirarla.

Mi hermana pequeña. Con su vestido blanco. Con lágrimas secas todavía pegadas a las pestañas. Con esa felicidad inmensa brillándole en toda la cara. Y sentí un golpe extraño dentro del pecho. Porque la vida era muy rara.

Nosotras habíamos sobrevivido al infierno, literalmente, y ahora estábamos allí. En una boda preciosa, rodeadas de gente que nos quería, con música sonando entre viñedos. A salvo.

Martina debió notar algo en mi expresión porque su sonrisa se suavizó.

—¿Qué pasa?

Negué despacio.

—Nada.

Mentira. A veces todavía me costaba entender cómo habíamos llegado hasta allí.

Cómo después de tantos años de miedo nuestra familia había conseguido convertirse en algo tan bonito.

Mi hermana me observó unos segundos. Después dejó la copa sobre una mesa cercana.

—Ven conmigo.

—¿Dónde?

—A respirar antes de que mamá vuelva a llorar y nos arrastre a todas emocionalmente.

Eso volvió a hacerme reír.

Nos alejamos un poco del jardín principal hasta una de las terrazas exteriores de la finca.

Desde allí podían verse los viñedos extendiéndose bajo la noche cálida de Cádiz.

Las luces pequeñas iluminaban los caminos de piedra. La música llegaba amortiguada. Y durante unos segundos solo hubo silencio.

Martina apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Estoy nerviosa.

La miré sorprendida.

—¿Ahora?

—Ahora más que antes.

—Eso no tiene sentido.

—Exacto. Por eso soy yo.

Sonreí flojito. Ella suspiró.

—¿Y si todo cambia?

—Claro que cambiará.

—Gracias por el apoyo emocional, Lola.

Solté una pequeña breve. Después me acerqué y le aparté un rizo de la cara con suavidad.

—Martina… si sobrevivimos al infierno cuando éramos pequeñas, el matrimonio es pan comido para ti.

Ella se quedó mirándome apenas un segundo y luego rompió a reír. Una carcajada preciosa.

De esas que solo aparecían cuando el dolor ya no gobernaba tu vida.

—Joder —murmuró limpiándose una lágrima de risa—. Somos un poquito traumáticas.

—Muchísimo.

—Mamá estaría horrorizada escuchándonos hablar así.

—Papá estaría orgulloso.

Eso hizo que nos riéramos todavía más. Y Dios, qué alivio seguía siendo reírnos del pasado en lugar de sobrevivirlo.

Martina terminó abrazándome fuerte.

—Gracias por cuidar siempre de mí.

El pecho se me encogió automáticamente. Porque durante mucho tiempo había sentido que ese era mi trabajo. Cuidarla. Protegerla. Hacer que tuviera menos miedo. Aunque yo estuviera igual de rota.

Le besé el pelo despacio.

—Siempre.

—Te quiero muchísimo, Lola.

Cerré los ojos apenas un segundo.

—Y yo a ti.

Nos quedamos así unos instantes, hasta que Martina volvió hacia el jardín para buscar a Samuel.

Y entonces me quedé sola con mis pensamientos, al menos durante unos cinco segundos, que fue lo que tardé en ver a mi padre llegar a mi lado, aprovechando que me encontraba sola.

Y es que mi padre me conocía demasiado.

Me observó apenas dos segundos antes de hablar.

—¿Qué pasó entre vosotros?

Casi me atraganto.

—¿Qué? Nada —contesté, y él soltó una carcajada.

—Hija, ese hombre te mira como yo miraba a tu madre. ¿Vas a seguir negando que pasó algo?

Mierda.

Miré automáticamente hacia el jardín. Hacia Enzo. Y ese fue otro gran error, porque seguía mirándome. Como si notara cada vez que pensaba en él.

—Papá…

—¿Qué ocurrió?

No sabía qué responder. Porque, ¿cómo explicaba aquello? ¿Cómo resumía en unas palabras una semana capaz de destrozarte durante años?

Florencia. La lluvia. Sus manos. Su voz diciéndome "preciosa" mientras me deshacía lentamente entre sus brazos.

El problema no era que me hubiera enamorado de Enzo, el problema era que nunca había dejado de estarlo.

Tragué saliva lentamente.

—¿Esa canción que escucháis siempre, mamá y tú? —pregunté bajito.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Cuál?

—La de “Soy lo prohibido”.

Vi el cambio inmediato en su expresión. Comprensión. Perfecta y dolorosa comprensión.

—Sí.

Bajé la mirada hacia los viñedos y cuando hablé, mi voz sonó rota incluso para mí misma.

—Eso es él para mí.

El silencio pesó entre nosotros.

—Lo prohibido —susurré—. Porque está atado a una vida que no quiere… por unos hijos a los que adora.

Mi padre no respondió enseguida, y casi fue peor. Porque sabía exactamente lo que estaba pensando.

Él también había amado una vez a una mujer imposible. Yo era literalmente consecuencia de ello. Sentí lágrimas acumulándose detrás de los ojos.

Qué ridículo. Tenía veintisiete años. Dirigía una empresa. Negociaba contratos millonarios. Y, aun así, aquel hombre seguía teniendo el poder de romperme por dentro con una sola mirada.

—No puede dejarlo todo —murmuré—. Y yo no puedo pedirle que lo haga.

Mi voz se rompió un poco al final y odié eso. Odié sentirme tan vulnerable. Tan incapaz.

Me alejé y fui hasta donde pudiera estar sola de nuevo, porque lo necesitaba.

Me apoyé sobre la barandilla mirando los viñedos. La música seguía sonando a lo lejos. Las luces cálidas brillaban entre árboles y mesas. Y por primera vez en toda la noche dejé de fingir que estaba bien.

Porque no lo estaba. Llevaba años sin estarlo del todo. Desde Florencia. Desde Enzo. Desde aquella maldita semana que me había cambiado la vida.

Cerré los ojos y automáticamente volvieron los recuerdos.

Sus manos rodeándome la cintura en aquella cocina italiana enorme. La forma en que pronunciaba mi nombre con aquella voz grave y lenta. Las cenas interminables. Las madrugadas. El calor de su cuerpo pegado al mío. Y aquella sensación constante de estar haciendo algo peligrosísimo.

Porque incluso entonces sabía que terminaría rompiéndome el corazón. Quizá por eso dolió tanto igualmente.

Abrí los ojos rápido antes de seguir pensando. Necesitaba dejar de hacerme esto. Necesitaba olvidarlo. Porque aquella historia no tenía futuro. Nunca lo había tenido.

Enzo tenía hijos. Una vida. Una mujer. Y aunque quisiera marcharse, porque Dios sabía que lo deseaba, yo jamás podría soportar convertirme en el motivo por el que dos niños vieran romperse a su familia. Jamás.

Yo sabía demasiado bien lo que provocaban los adultos egoístas. Demasiado bien.

Las lágrimas empezaron a acumularse igualmente, qué humillante. Me las limpié rápido antes de que alguien pudiera verme.

— Respira, Lola. Respira y compórtate como la mujer adulta y funcional que se supone que eres.

Funcionó aproximadamente tres segundos, porque entonces escuché una voz detrás de mí.

Grave, lenta y peligrosamente conocida.

—Llevas toda la noche huyendo de mí.

El aire desapareció de mis pulmones. No me giré inmediatamente. No podía. Porque ya sentía cosas. Demasiadas. Solo con escucharle respirar cerca.

—No estoy huyendo.

Mentira, y de las gordas.

Enzo soltó un suspiro que casi sonó a risa.

—Se te da fatal mentir, preciosa.

Dios. Aquella palabra. Preciosa.

Noté el escalofrío recorrerme la espalda entera. Me giré despacio y ahí estaba. Tan absurdamente atractivo que debería dar vergüenza.

Camisa remangada hasta los antebrazos. Corbata ligeramente aflojada. Barba de varios días. Ojos verdes clavados en mí con una intensidad que siempre conseguía dejarme sin defensas.

Y aquellas manos. Madre de Dios. Siempre terminaba mirando sus manos.

Grandes, fuertes y peligrosamente masculinas.

Recordé exactamente cómo se sentían sobre mi piel y ese… ese fue otro gran error.

—¿Qué haces aquí? —pregunté bajito.

Enzo dio un paso hacia mí, solo uno, pero fue suficiente para notar su olor. Vino. Madera. Colonia limpia. Casa.

El problema era que aquel hombre siempre olía a casa. Aunque nunca pudiera serlo.

—Intentando dejar de pensar en ti —respondió.

La sinceridad me golpeó de lleno. Porque no sonó seductor ni ensayado. Sonó cansado. Roto y real. Y eso era muchísimo peor.

Aparté la mirada hacia los viñedos.

—No deberías decirme esas cosas.

—¿Y tú deberías mirarme así?

Tragué saliva lentamente. No respondí, porque no podía. Porque si abría demasiado la boca, probablemente terminaría diciendo la verdad. Y la verdad era horrible.

Seguía enamorada de él. Después de todos esos años. Seguía completamente enamorada de él.