Capítulo 3 #2
Porque había mujeres hermosas constantemente alrededor de mi vida. Pero Lola… Lola tenía algo peor. Verdad. Y la verdad siempre era peligrosa.
Especialmente para hombres como yo.
— Enzo Bianchi —me presenté.
— Lola Velasco.
Nos dimos la mano, y ese fue nuestro primer error. Porque noté el impacto inmediatamente y ella también. Lo vi en la forma en que su respiración cambió apenas un instante. Solo un segundo, pero suficiente.
Después llegó el vino. Las reuniones. Las cenas. Las conversaciones interminables sobre viñedos, negocios y arte. Y sin darme cuenta, empecé a buscarla constantemente.
En cada habitación. En cada comida. En cada silencio. Como un idiota.
Lo peor era que Lola no coqueteaba, no intentaba gustar, no jugaba. Simplemente era ella. Inteligente, sarcástica y controlada hasta extremos absurdos.
Y aun así había momentos donde veía grietas. Pequeñas cosas.
Cómo se tensaba cuando alguien levantaba demasiado la voz. Cómo observaba constantemente las salidas de cualquier lugar. Cómo parecía incapaz de relajarse del todo.
Recordaba una noche especialmente clara.
Habíamos terminado una cena de negocios horrible y empezó a llover de nuevo. Florencia brillaba mojada bajo las luces amarillas. Lola caminaba a mi lado, sujetándose los tacones en una mano mientras maldecía en español.
— ¿Siempre hablas sola? —pregunté divertido.
— Solo cuando quiero insultar gente y no deseo acabar en prisión.
Sonreí levemente y ella me miró de reojo.
— ¿Tú siempre eres tan serio?
— Sí.
— Qué agotador.
Aquello me hizo reír por primera vez en días, y ella me observó como si acabara de descubrir algo extraño.
— Ah, vale. Sonríes. Pensaba que era un mito italiano.
— No soy simpático.
— No. Pero creo que podrías llegar a serlo si alguien te obligara.
Dios. Aquella mujer tenía una capacidad aterradora para entrarme debajo de la piel.
Seguimos caminando bajo la lluvia, y entonces ocurrió. Lo recordaba demasiado bien.
Lola resbaló ligeramente sobre los adoquines mojados, la agarré automáticamente por la cintura antes de que cayera y ahí se acabó todo.
Porque se quedó pegada a mi cuerpo un segundo de más. Porque yo bajé la mirada hacia su boca. Porque ella dejó de respirar. Y porque los dos entendimos exactamente lo mismo al mismo tiempo.
Atracción. Una atracción peligrosa, violenta e inevitable.
Lola fue la primera en apartarse. Siempre era ella quien huía primero.
— Gracias —murmuró tensándose.
Asentí despacio. Pero aquella noche ya no dormí.
Ni la siguiente. Ni ninguna después de eso.
—Papá.
La voz de Matteo me devolvió al presente y parpadeé lentamente.
La boda seguía a mi alrededor. Las luces. La música. El verano gaditano.
Mi hijo estaba frente a mí con expresión sospechosa. Exactamente igual que yo cuando algo no me cuadraba.
—¿Estás escuchándome?
—Lo siento, pero no.
Matteo suspiró dramáticamente. Diez años y ya parecía un señor divorciado, cansado de la vida. Impresionante.
—He dicho que Álvaro cree que el tempranillo de vuestra reserva de hace tres años tiene mejor evolución que el nuestro.
—Y probablemente tiene razón.
—Eso es traición, papá.
—Eso es objetividad.
Mi hijo puso los ojos en blanco y después siguió mi mirada automáticamente hasta Lola. Mierda, otro más.
Matteo frunció ligeramente el ceño.
—Ah.
Sí. Exactamente esa reacción estaba teniendo toda la gente que me conocía esta noche.
El niño era demasiado inteligente para su propia salud.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
Mentira. La misma mentira que usaba yo constantemente.
Matteo cruzó los brazos.
—La miras mucho.
—Tu hermana también me ha dicho eso.
—Porque es verdad.
Fantástico. Ahora mis hijos me hacían intervenciones emocionales.
—Es amiga de Samuel. Y prima de Martina.
Mi hijo me sostuvo la mirada varios segundos, igual que hacía yo cuando detectaba una estupidez.
—Y tú no miras a las amigas de Samuel así.
Joder. Apreté ligeramente la mandíbula. Matteo bajó un poco la voz entonces.
—¿Es por mamá?
Aquello me golpeó más fuerte de lo esperado. Porque ahí estaba la verdadera tragedia de todo aquello.
Mis hijos. Siempre ellos. El motivo por el que seguía viviendo una vida que ya no sabía cómo sostener.
Me pasé una mano por la barba lentamente.
—Tu madre y yo estamos pasando una etapa complicada.
Matteo soltó una pequeña risa seca. Diez años. Diez malditos años y ya entendía demasiado.
—Lleváis diciendo eso desde hace mucho tiempo.
Me quede en silencio durante nos segundos, porque tenía razón.
Porque los niños siempre terminaban viendo la verdad, aunque los adultos intentáramos maquillarla.
Miré a mi hijo. Tan parecido a mí. Tan serio. Tan protector con Bianca. Y sentí una punzada horrible dentro del pecho.
Porque juré que jamás les haría daño. Jamás los convertiría en víctimas de nuestras miserias adultas. Yo sabía demasiado bien lo que provocaban los matrimonios rotos.
La tensión. Los silencios. La culpa. Por eso seguía allí. Por eso soportaba años de distancia emocional y manipulación. Por ellos. Siempre por ellos.
Matteo siguió mi mirada otra vez hasta Lola. Ella estaba riéndose ahora con Bianca en brazos mientras Nala apoyaba la cabeza sobre sus piernas. Y Dios santo. La imagen me destruyó por dentro de una forma completamente ridícula.
Porque me dio paz. Esa que llevaba demasiado tiempo sin sentir.
—Te gusta de verdad —murmuró Matteo.
Lo miré y por primera vez en muchísimo tiempo decidí no mentir.
—Sí.
Mi hijo guardó silencio unos segundos, después dijo algo que me dejó completamente quieto.
—Cuando la miras… estás distinto a cuando miras a mamá.
El corazón me golpeó fuerte porque eso era exactamente lo que Lola hacía conmigo. Me cambiaba, me hacía sentir distinto.
Como si durante unos segundos el peso constante sobre mis hombros desapareciera. Y quizá por eso era tan peligroso acercarme a ella otra vez.
Porque los hombres terminaban volviéndose adictos a las personas que les devolvían la paz.