Condenada a amarte Capítulo 3
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Capítulo 3

Enzo

Siempre había odiado las bodas. Demasiada gente emocionada, demasiadas preguntas incómodas, demasiado amor flotando en el aire como si fuera algo sencillo, y el amor nunca era sencillo.

No cuando aprendías demasiado pronto que podía convertirse en obligación. En rutina. En culpa. En una jaula elegante.

Apreté ligeramente la copa de whisky entre los dedos mientras observaba las luces colgadas sobre los viñedos.

Cádiz olía diferente por las noches. A sal. A tierra. A vino. A verano eterno.

Italia era intensidad. Toscana. Historia. Piedra antigua. Cádiz, en cambio, parecía hecha para respirar.

Quizá por eso siempre había querido venir. O quizá porque aquí era el único lugar donde recordaba quién había sido antes de convertirme en alguien constantemente cansado.

—Papá.

La voz de Bianca me arrancó de mis pensamientos. Bajé la mirada inmediatamente.

Mi hija estaba sentada sobre la barra de una de las terrazas exteriores comiéndose un trozo de tarta como si fuese una experiencia religiosa.

Tenía nata en la nariz y los ojos enormes, idénticos a los míos.

—¿Sabes que Alba, la tía de Martina, me ha dado tres trozos de pastel? —preguntó orgullosa.

—Eso explica por qué pareces poseída por el azúcar.

Bianca soltó una carcajada. Dios, la adoraba tanto que a veces dolía.

Me acerqué hasta ella y le limpié la nariz con una servilleta.

—Tu hermano lleva veinte minutos buscándote.

—Matteo está aburrido porque los adultos habláis mucho.

—Eso hacemos los adultos, sí.

—Pues es horroroso.

Sonreí. Mi hija me rodeó el cuello con los brazos y durante un instante todo desapareció.

La tensión. El cansancio. La culpa constante. Porque con mis hijos siempre era distinto.

Más limpio, más sencillo y verdadero.

—¿Te gusta Cádiz? —pregunté.

Bianca abrió mucho los ojos.

—¡Me encanta! Las mujeres de la familia de Martina están loquísimas y Carolina dice palabrotas graciosísimas.

Claro. Fantástico. La familia Velasco corrompiendo menores desde el minuto uno.

—Además —continuó Bianca conspiradora—, Lola huele bien.

Ahí estaba otra vez. Ese nombre. El maldito problema con piernas más bonito del planeta.

Sentí algo tensarse dentro de mí inmediatamente, porque daba igual cuánto tiempo pasara, daba igual cuántas veces intentara convencerme de que aquello había terminado. Lola Velasco seguía provocándome exactamente lo mismo.

Caos. Puro caos.

—¿Y eso qué significa exactamente? —pregunté con calma.

Bianca se encogió de hombros.

—Huele a playa y a vainilla.

Perfecto. Ahora hasta mi hija describía a Lola de forma peligrosa.

—También me gusta su perra.

—A Nala le gustas tú.

—Porque yo soy adorable.

No pude evitar soltar una risa baja. Sí, lo era. Bianca era un desastre adorable y Matteo era exactamente igual que yo a su edad.

Protector, callado y observador hasta extremos preocupantes. A veces me miraba y tenía la sensación de estar viéndome desde fuera. Eso daba bastante miedo.

—Papá.

—¿Hm?

Bianca inclinó la cabeza.

—¿Por qué miras tanto a Lola?

Ah. Maravilloso. Incluso una niña de seis años lo notaba.

Decidí recurrir a la única estrategia posible. Mentir.

—No la miro tanto.

Mi hija me sostuvo la mirada exactamente igual que hacía su abuela Isabella cuando sabía que alguien estaba diciendo tonterías.

—Sí la miras.

Joder.

—Bianca…

—Y ella te mira a ti cuando cree que no la ves.

Mi corazón se ralentizó un segundo, después volvió a latir demasiado fuerte. Porque sí, lo sabía, había visto a Lola observándome durante la ceremonia.

Solo pequeños instantes, rápidos, casi involuntarios, pero suficientes para destruirme la poca paz mental que me quedaba.

Bianca sonrió de repente.

—Creo que te gusta.

Me pasé una mano por la barba lentamente. Necesitaba whisky. Muchísimo whisky.

—Ve con tu hermano antes de que decida venderte en eBay.

—¿Qué es eBay?

—Algo maravilloso donde venden niñas que hacen demasiadas preguntas.

Bianca soltó una carcajada y salió corriendo. La observé alejarse entre las mesas iluminadas y después cometí el error de levantar la vista hasta Lola.

Seguía preciosa, más que años atrás, mucho más. Quizá porque ahora había algo distinto en ella. Una fuerza silenciosa. Como si hubiera aprendido a reconstruirse sola.

Llevaba un vestido color vino que abrazaba su cuerpo de una manera criminal. El pelo oscuro cayéndole sobre los hombros en ondas suaves.

Y esos ojos. Dios bendito. Esos ojos marrones seguían siendo mi perdición favorita.

La vi reírse de algo que decía su hermana Carolina y sentí ese golpe extraño en el pecho otra vez.

Ese “ahí”. Ese “joder”. Porque el problema nunca fue solamente desearla, el verdadero problema era que me gustaba demasiado quién era ella.

Cómo trataba a todo el mundo. Cómo protegía. Cómo sostenía emocionalmente a toda su familia sin darse cuenta. Cómo fingía tenerlo todo bajo control incluso cuando estaba agotada.

La había entendido demasiado rápido en Florencia y quizá por eso todo se volvió peligroso enseguida.

Samuel apareció a mi lado entonces, salvándome de seguir torturándome mentalmente.

Mi primo llevaba la corbata medio deshecha y cara de hombre absurdamente feliz.

—Voy a casarme otra vez mañana solo por repetir este día —declaró.

—No creo que Martina sobreviva emocionalmente a otra boda.

Samuel soltó una carcajada y después siguió mi mirada automáticamente. Hasta Lola, claro. Perfecto. Porque al parecer todo el planeta había decidido analizarme esta noche.

—Ah —murmuró lentamente.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Samuel bebió un poco de vino intentando ocultar una sonrisa.

—Estás jodido.

—Gracias por tu apoyo.

—¿Sabes qué es lo más divertido? —continuó—. Que ella está todavía peor.

Aparté la mirada de Lola inmediatamente porque no podía escuchar eso. No podía permitirme escuchar eso.

—Samuel…

—Enzo, llevo años viendo cómo pronuncias su nombre como si fuese una plegaria.

Me quedé en silencio, mi primo suspiró entonces y cuando volvió a hablar, lo hizo más suave. Más serio.

—¿Sigues enamorado de ella?

La pregunta me golpeó directo. Sin anestesia.

Miré alrededor. Las luces. La música. Martina bailando descalza con Carolina. Thiago observando a Valeria como si siguiera enamorándose de ella veinte años después.

Familia. Hogar. Todo lo que siempre había querido construir bien. Y luego estaba yo.

Un hombre atrapado en una vida que llevaba demasiado tiempo sintiendo ajena.

Cerré los ojos apenas un segundo. Después respondí la verdad. La única verdad posible.

—Nunca dejé de estarlo.

Samuel no dijo nada durante unos segundos y agradecí profundamente que no intentara consolarme. Porque no había solución fácil para aquello. Solo daño.

Lola apareció entonces al otro lado del jardín junto a Nala y el mundo volvió a estrecharse alrededor de ella automáticamente.

La perra se tumbó sobre sus pies mientras Lola hablaba con Alba y se reía de algo. Dios. Esa risa. La recordaba perfectamente.

Contra mi boca. En mi cama. De madrugada. En Florencia.

Apreté la mandíbula. Maldita memoria.

Samuel siguió observándome.

—¿Qué pasó realmente allí?

La Toscana. El verano. La lluvia golpeando las ventanas. Lola descalza en mi cocina con una de mis camisas puesta.

Sus dedos llenos de carboncillo porque había estado dibujando viñedos durante horas. La forma en que me miró la última noche, como si ya supiera que aquello iba a rompernos un poco a los dos.

Tragué saliva lentamente.

—Pasó que la conocí demasiado tarde.

Mi primo suspiró.

—Enzo…

—Y pasó que fue la única mujer con la que me sentí en paz en muchos años.

Ahí estaba, la verdad que jamás decía en voz alta. Porque Lola no era solo deseo, nunca lo fue. Con ella desaparecía el ruido. La presión. La sensación constante de estar interpretando un papel.

Con ella podía respirar, y eso era muchísimo más peligroso que el sexo.

Samuel me dio una palmada en el hombro.

—Entonces deja de mirarla como si fueras a morirte mañana y habla con ella.

Solté una risa seca.

—Tu optimismo da vergüenza ajena.

—Y tu dramatismo italiano también.

Quizá. Pero el problema era que él no entendía una cosa.

Yo sí sabía exactamente lo que podía pasar cuando un hombre rompía una familia. Lo había visto. Lo había vivido. Y jamás permitiría que mis hijos crecieran odiándome.

Aunque eso significara seguir viviendo una vida que me asfixiaba lentamente.

Entonces Lola levantó la mirada y volvió a encontrarme observándola. Su respiración cambió apenas un instante, solo un segundo, pero suficiente para destruirme un poco más.

Porque seguía mirándome igual. Como si también recordara todo. Y joder, ojalá no fuera tan difícil olvidarla.

La primera vez que vi a Lola Velasco llevaba carboncillo en los dedos y cara de querer discutir con medio mundo. Y probablemente quería.

Florencia estaba cubierta por una tormenta absurda aquel día. Lluvia golpeando los adoquines. Turistas corriendo bajo paraguas inútiles. Y yo llegando tarde a una reunión que ni siquiera quería tener.

Recordaba perfectamente el momento exacto.

Entré en una de las salas de la bodega familiar mientras me quitaba la chaqueta mojada y entonces la vi.

Sentada frente a uno de los ventanales enormes, con las piernas cruzadas, un vestido negro sencillo, el pelo oscuro cayéndole por la espalda y un cuaderno abierto delante de ella lleno de dibujos de viñedos.

Levantó la vista al escucharme entrar y, joder. Aquellos ojos. Nunca fui el mismo después de aquellos ojos.

— Llegas tarde —dijo en un italiano sorprendentemente bueno.

Ni siquiera sonrió. Simplemente me observó como si ya hubiese decidido que no iba a impresionarla.

Eso me gustó inmediatamente.

— Y tú eres demasiado borde para ser española —respondí mientras me acercaba.

Ella cerró el cuaderno despacio.

— Soy andaluza. Es distinto.

Aún recordaba perfectamente haber pensado dos cosas al mismo tiempo. La primera: preciosa. La segunda: peligro.