Capítulo 2
Lola
Mi padre siguió automáticamente mi línea de visión hasta Enzo. Y aunque no dijo nada, vi exactamente el momento en que lo analizó entero. Como hacía con todo.
La postura. La mirada. La tensión. La forma en que aquel hombre me observaba, como si el resto de la boda hubiese desaparecido. Y luego me miró a mí, y eso fue peor.
Mi padre apartó por fin la vista de Enzo para mirarme a mí y entonces toda la ironía desapareció un poco de su expresión. Porque él sabía cosas. Más de las que yo decía. Siempre había sido así.
Yo nunca necesité explicar demasiado para que mi padre entendiera cuándo algo me dolía de verdad.
—Lola…
—No pasa nada.
Mentira. Claro que pasaba. Pero llevaba años entrenándome para fingir normalidad. Desde pequeña.
Éramos expertas en eso. En aparentar. En sonreír, aunque hubiese miedo dentro. En funcionar, aunque algo doliera.
Thiago me sostuvo la mirada unos segundos más, después me acarició suavemente la cabeza. Ese gesto tan suyo, tan nuestro, y habló bajito.
—Ningún hombre merece verte triste.
Tragué saliva porque ahí estaba otra vez. El padre que me había enseñado cómo debía quererme alguien. El hombre que nos reconstruyó a todas.
Sonreí un poco.
—No estoy triste.
—Todavía.
Lo miré mal y él soltó una sonrisa mínima. Y entonces Martina apareció al inicio del camino del altar, y el mundo entero dejó de importar durante un rato.
Nunca olvidaré la cara de Samuel cuando vio a mi hermana, nunca. Porque aquello era amor.
Del grande. Del que daba miedo. Del que te dejaba completamente indefenso.
Mi cuñado empezó a llorar antes incluso de que Martina llegara a mitad del camino. Y Martina, al verlo llorar, lloró todavía más. Un desastre.
Toda la familia estaba llorando. Carolina sollozando a mi lado, mi madre agarrada al brazo de su prima Alba, el abuelo Manuel secándose los ojos mientras fingía que tenía algo en el ojo. Y Thiago…
Dios, mi padre parecía a punto de romperse entero. Pero no de dolor, sino de amor. Y creo que ahí entendí algo importante.
El amor bueno no destruía. No daba miedo ni hacía daño. El amor bueno te convertía en hogar. Como él había hecho con nosotras.
Miré a mi madre, a la forma en que observaba a Thiago, y sentí un nudo extraño en el pecho. Porque durante años pensé que yo jamás sería capaz de enamorarme así.
Sin miedo. Sin controlar cada paso. Sin estar preparada para salir corriendo.
Entonces levanté la vista y me encontré otra vez con los ojos de Enzo. Y ese fue el segundo error del día. Porque aquel hombre seguía mirándome igual. Como si recordara perfectamente cada cosa que pasó en Florencia.
La lluvia contra los ventanales de aquella cocina. Sus manos en mi cintura. Su voz ronca diciéndome mi nombre en italiano. Las madrugadas hablando hasta las tantas. La forma en que me besó la última noche. Como si quedarse fuese a matarlo.
Sentí un calor lento subiéndome por el cuello y aparté la mirada inmediatamente. Cobarde, pero era eso o acercarme hasta él y cometer veinte errores seguidos.
La ceremonia terminó entre aplausos y lágrimas. Martina prácticamente se lanzó encima de Samuel cuando acabaron los votos y todos empezaron a reírse.
La música subió. Las copas aparecieron. La fiesta comenzó oficialmente y yo cometí el peor error posible. Me relajé.
Porque en cuanto bajé la guardia… Escuché aquella voz detrás de mí. Grave, lenta y peligrosamente tranquila.
—Sigues huyendo cuando te miro.
Cerré los ojos apenas un segundo.
Mierda. Ahí estaba otra vez.
El hombre que nunca debí tocar. El hombre que todavía sabía exactamente cómo romperme la respiración con una sola frase.
No me giré inmediatamente porque era una cobarde y porque necesitaba dos segundos más para recomponerme.
El problema era que mi cuerpo ya había reaccionado antes que mi orgullo. Podía sentirlo.
El calor bajo la piel. El pulso acelerado. Ese maldito cosquilleo recorriéndome la espalda entera solo por escuchar su voz otra vez tan cerca.
Respiré hondo, muy hondo, después me giré despacio y ahí estaba. Demasiado cerca, demasiado guapo y demasiado hombre.
Enzo llevaba una copa de vino en la mano y la chaqueta del traje abierta. La luz cálida de las guirnaldas se reflejaba suavemente en sus ojos verdes.
Me observaba igual que antes. Como si yo fuese algo peligroso. O algo que deseaba demasiado.
Nala, la traidora del siglo, se acercó inmediatamente hasta él moviendo la cola.
—Perfecto —murmuré—. Gracias por tu lealtad.
Enzo bajó una mano enorme para acariciarle la cabeza.
—Sigue sin fiarse de casi nadie.
—No suele tener buen gusto con los hombres.
Aquello hizo que levantara lentamente la mirada hacia mí. Y Dios… este era el peor error de todos, sostenerle la mirada tan de cerca. Porque recordé demasiadas cosas a la vez.
Florencia. Su apartamento. Las vistas de la Toscana desde la terraza. Las manos de Enzo rodeándome la cintura mientras cocinaba pasta a las dos de la mañana. Su voz diciéndome: “Si me sigues mirando así, voy a olvidar cómo respirar.”
Tragué saliva.
—Hola, Lola —dijo finalmente.
Aquella forma de pronunciar mi nombre debería ser ilegal.
—Hola.
Y por un segundo nos rodó el silencio.
A nuestro alrededor seguía sonando música. Gente riendo. Copas chocando. Alba discutiendo con Hugo porque él quería abrir otra botella antes de cenar.
Pero allí… Allí parecía no existir nadie más. Enzo inclinó ligeramente la cabeza.
—Estás preciosa.
Casi me atraganto con mi propia respiración, porque no lo dijo como un cumplido. Lo dijo como una condena.
Aparté la mirada hacia mi copa.
—Sigues siendo un exagerado.
—No contigo.
Mierda. Mierda. Mierda. Necesitaba distancia. Urgentemente. Porque el problema nunca había sido solo que Enzo estuviera casado. El verdadero problema era que conmigo él dejaba de controlarse.
Y yo también.
—¿Qué haces aquí exactamente? —pregunté intentando sonar normal.
—Samuel amenazó con dejar de hablarme si me perdía la boda.
—Eso suena bastante a Samuel.
Una leve sonrisa apareció en la boca de Enzo, muy leve, pero devastadora.
—También quería volver a verte.
El corazón me dio un golpe seco. Lo odiaba. Odiaba que fuera tan directo. Tan calmadamente honesto.
Porque yo llevaba años fingiendo que aquello no me había destrozado un poco. Y él llegaba y pronunciaba una frase sencilla como si no acabara de incendiarme viva por dentro.
—Enzo…
—No he dicho nada malo.
—Precisamente ese es el problema.
Su mirada descendió apenas un instante hacia mi boca. Solo un segundo pero suficiente para que recordara exactamente cómo me besaba.
Lento. Con hambre. Como si siempre estuviera conteniéndose hasta el último segundo.
Dios santo. Necesitaba alcohol. O terapia. Quizá ambas.
—¿Dónde están tus hijos? —pregunté rápidamente para cambiar de tema.
Y entonces ocurrió algo inesperado. Enzo cambió completamente la expresión. Literalmente se transformó. La tensión desapareció un poco de sus hombros y apareció algo mucho más suave en sus ojos.
Cariño. Amor puro.
—Con mi tía —respondió—. Bianca ha descubierto que en esta familia existe gente capaz de darle helado antes de cenar y ya no piensa separarse de ellos.
No pude evitar reírme.
—Eso ha sido Carolina, seguro.
—Y tu tía Alba.
—Entonces Bianca está condenada.
—Absolutamente.
Sonreí antes de poder evitarlo, y ahí estaba otra vez el problema. Lo fácil que era hablar con él. Lo natural que era todo. Como si no hubiesen pasado años. Como si mi cuerpo siguiera recordándolo incluso cuando mi cabeza intentaba olvidarlo.
—Matteo está interrogando a tu hermano sobre barricas de vino —continuó Enzo—. Creo que Álvaro ya está considerando esconderse.
—Eso también suena bastante a Matteo.
—Se parece demasiado a mí.
—Pobrecito.
Enzo soltó una risa baja, y juro por Dios que aquella risa me recorrió entera.
Porque la recordaba perfectamente. La recordaba contra mi cuello. Entre las sábanas y de madrugada.
Aparté esos pensamientos inmediatamente. O lo intenté.
—¿Y Vittoria? —pregunté antes de pensar si quería realmente saber la respuesta.
Error, lo vi en su cara. Ese cambio mínimo. Esa tensión silenciosa.
—No ha venido.
Claro. Porque Vittoria nunca iba donde no podía controlar la situación y Cádiz no era territorio suyo. Era mío.
Nuestra última conversación en Florencia me golpeó de repente.
—Ella no quiere perder la vida que tiene.
—¿Y tú?
Silencio. Siempre silencio. Porque Enzo jamás hablaba claramente de su matrimonio.
No hacía falta, yo veía suficiente en sus ojos, y quizá por eso me marché antes de enamorarme completamente. Aunque probablemente ya era tarde.
Nala se sentó sobre el pie de Enzo como si llevara toda la vida haciéndolo. Traidora absoluta.
Él la miró divertido.
—Creo que le gusto más que tú.
—Eso no es difícil. Tiene debilidad por los hombres emocionalmente inaccesibles.
Aquello hizo que me mirara de una forma peligrosa. Muy peligrosa.
—¿Y tú también la tienes?
Sentí el calor subir lentamente por mi cuello. Maldito italiano. Abrí la boca para responder, pero alguien me agarró del brazo antes.
—¡Lola!
Martina apareció como un tornado de tul blanco y lágrimas. Perfecto. Salvada por la campana. Al menos temporalmente.
Mi hermana sonrió mirando entre nosotros con demasiado interés.
—Ah. Interrumpo tensión sexual evidente. Perdón.
—Martina —gruñí.
—¿Qué? Tengo ojos.
Enzo bajó la cabeza ligeramente, intentando ocultar una sonrisa. Traidor.
Mi hermana lo señaló acusadoramente.
—Tú no sonrías así porque bastante guapo eres ya. No ayudas.
—Gracias, Martina —respondió él con una calma insultante.
Ella se giró hacia mí.
—Samuel quiere bailar conmigo otra vez, pero necesito recuperar oxígeno antes de morir delante de toda la familia.
—Qué imagen más desagradable.
—Y papá lleva quince minutos mirando a Enzo como si estuviera evaluando dónde enterrarlo.
Cerré los ojos. Claro que sí. Fantástico.
Enzo soltó una risa baja.
—Tu padre no me odia.
Martina y yo lo miramos exactamente igual.
—Todavía —dijimos las dos al unísono.
Mi hermana rompió a reír y entonces me abrazó de repente.
Fuerte. Con emoción real todavía temblándole dentro del cuerpo.
—Gracias por hoy —susurró.
Parpadeé sorprendida.
—¿Por qué?
Martina se apartó un poco para mirarme, y durante un instante volvió a ser aquella niña pequeña de seis años que dormía abrazada a mí después de las pesadillas.
—Porque siempre me haces sentir que todo va a salir bien.
Sentí un nudo en la garganta.
—Te estás casando. No muriendo.
—Ya, pero me entiendes.
Sí, la entendía perfectamente. Porque nos pasamos media infancia intentando sobrevivir. Y cuando sobrevives a algo así… la gente que te sostuvo durante el infierno se convierte en parte de ti para siempre.
Le besé la frente suavemente.
—Ve con tu marido, drama Queen .
Martina sonrió emocionada y antes de marcharse, miró otra vez entre Enzo y yo. Después murmuró:
—No hagáis nada divertido sin mí.
—Lárgate.
Ella salió corriendo, riéndose, y el silencio volvió. Más peligroso que antes.
Enzo seguía mirándome demasiado intensamente, como si quisiera memorizarme otra vez.
—Tu hermana tiene razón —dijo al cabo de unos segundos.
—¿Sobre qué?
—Siempre haces sentir a todos que todo va a salir bien.
Mi respiración se ralentizó un poco. Porque aquello… Aquello no era deseo. O no solo eso. Era peor. Mucho peor.
Era esa intimidad extraña que seguía existiendo entre nosotros incluso después del tiempo. La sensación de que él veía partes de mí que casi nadie veía. Y yo no podía permitirme eso.
No otra vez, y mucho menos con él. Porque Enzo seguía siendo exactamente lo mismo que años atrás. Lo prohibido.
Y yo ya sabía demasiado bien lo mucho que dolían las cosas imposibles.