Condenada a amarte Capítulo 1
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Condenada a amarte

Condenada a amarte

Por Dylan Martins, Janis Sandgrouse

© inepub.com

Capítulo 1

Lola

Siempre pensé que las bodas estaban sobrevaloradas.

Demasiado maquillaje, muchas flores y demasiadas personas fingiendo que no iban a terminar llorando después de beber vino gratis durante seis horas seguidas.

Y, aun así, allí estaba yo, de pie en mitad de la habitación de mi hermana, sosteniéndole el velo mientras Martina hiperventilaba delante del espejo como si estuviera a punto de ser ejecutada en lugar de casarse con el amor de su vida.

—No puedo hacerlo —dijo por quinta vez en menos de diez minutos.

Solté un suspiro.

—Claro que puedes hacerlo.

—¿Y si me caigo?

—Samuel seguirá enamorado de ti incluso estampada contra el suelo.

—Lola, hablo en serio.

—Y yo también. De hecho, probablemente te miraría aún más enamorado. Ya sabes cómo es de intenso.

Martina soltó una risa nerviosa mientras se llevaba ambas manos al pecho.

—Es que me está entrando taquicardia.

—Eso no es taquicardia. Eso es dramatismo hereditario. Lo has sacado de mamá.

—Mamá dice que tú eres peor.

—Mamá también cree que papá no da miedo.

Martina soltó una carcajada.

—Papá da miedo hasta cuando pide pan.

Y eso era completamente cierto.

Sonreí mientras terminaba de colocarle el velo sobre el recogido cuidadosamente despeinado que llevaba. Estaba preciosa. Tan preciosa que dolía un poco mirarla demasiado tiempo.

Mi hermana pequeña. La niña que dormía abrazada a mí cuando éramos pequeñas porque las tormentas la aterraban.

La misma que se escondía detrás de mi espalda cuando escuchábamos gritar a Sergio desde el otro lado de la casa. La misma que lloraba en silencio para no preocupar a mamá.

Ahora estaba allí. Vestida de novia. A punto de casarse con un hombre que la adoraba hasta extremos ridículos. La vida era rara de cojones.

Martina se observó en el espejo y tragó saliva.

Llevaba un vestido sencillo, elegante, de esos que parecían suaves incluso a la vista. La espalda descubierta. La tela cayendo recta hasta el suelo. Nada exagerado. Muy ella.

Tenía los ojos brillantes.

—Voy a llorar otra vez —susurró.

—Llevas llorando desde las ocho de la mañana.

—Porque estoy sensible.

—Porque eres una drama Queen .

Me sacó la lengua. Y entonces, como siempre ocurría cuando nos quedábamos solas demasiado tiempo, el humor desapareció un poco.

Martina bajó la mirada.

—¿Tú crees que mamá está bien?

La pregunta me golpeó suave, pero directo.

Miré el reflejo de mi hermana pequeña convertida en mujer. Y entendí perfectamente por qué preguntaba aquello.

Las fechas importantes siempre removían cosas, siempre.

Incluso después de veinte años. Incluso después de Thiago. Incluso después de todo el amor que vino más tarde.

Había heridas que nunca desaparecían del todo. Solo aprendías a vivir alrededor de ellas.

Me acerqué despacio hasta quedar detrás de Martina y apoyé las manos en sus hombros.

—Mamá está feliz.

—Sí, pero…

—Pero nada.

Ella levantó la vista hacia mí a través del espejo. Y ahí seguía estando aquella niña pequeña que conocía demasiado bien el miedo.

Suspiré.

—Martina… sobrevivimos a un infierno cuando éramos pequeñas. —Le acaricié el brazo suavemente—. Comparado con eso, casarte con un hombre que te mira como si fueras la octava maravilla del mundo es pan comido.

Mi hermana rompió a reír entre lágrimas.

—Eres idiota.

—Y tú vas a conseguir que se te corra el maquillaje como sigas llorando.

—¡Lola!

Sonreí, y por un instante todo fue eso. Risas. Luz entrando por los balcones abiertos. El olor a laca, flores blancas y verano.

No miedo, ni gritos, ni oscuridad. Solo nosotras.

La puerta se abrió entonces de golpe.

—¿Se puede saber por qué todavía no estáis abajo? —preguntó Carolina entrando como un huracán.

Dieciséis años y ya tenía exactamente la misma capacidad que mamá para revolucionar cualquier habitación.

Llevaba un vestido verde oscuro ajustado a la cintura y los rizos negros cayéndole por la espalda. Preciosa, dramática e intensísima. Muy Velasco.

Detrás apareció Álvaro, mucho más tranquilo, al menos en apariencia.

Porque mi hermano había heredado de Thiago esa habilidad perturbadora para parecer calmado mientras por dentro probablemente estaba planeando cómo enterrar a alguien.

—Papá está a punto de sufrir un colapso emocional —informó Carolina.

—Papá lleva emocionado desde ayer —dijo Álvaro.

—Papá lloró viendo cómo colocaban las flores esta mañana —añadió Carolina.

No pude evitar reírme porque eso también era verdad.

Thiago Velasco podía intimidar a empresarios internacionales sin despeinarse y cinco minutos después emocionarse viendo vídeos de perros rescatados.

La dualidad del hombre más peligroso y sensible del planeta.

—¿Y mamá? —preguntó Martina.

—Intentando que no se le corra el maquillaje mientras llora abrazada a la abuela Carmen —respondió Carolina.

—Y el abuelo Manuel ya ha dicho tres veces que necesita whisky para soportar entregar a su nieta favorita —añadió Álvaro.

Martina sonrió emocionada, y yo también, porque aquello era familia. Nuestra familia. La que construimos después de sobrevivir.

Y quizás por eso la quería con tanta violencia dentro del pecho. Porque durante años pensé que nunca llegaríamos a tener algo así.

Una casa llena de luz. Abuelos. Domingos tranquilos. Barbacoas. Gente riéndose. Normalidad.

Thiago nos había dado eso. Nos había dado un hogar.

La puerta volvió a abrirse y esta vez fue mi madre quien apareció. Guapísima.

Llevaba un vestido azul noche que hacía que sus ojos miel brillaran todavía más. El pelo oscuro cayéndole en ondas suaves sobre los hombros.

Y aquella sonrisa. La misma sonrisa que Thiago llevaba veinte años mirando como si fuera un milagro.

Se quedó quieta al ver a Martina vestida de novia y se emocionó inmediatamente.

—Ay, no… no… no voy a llorar otra vez…

—Mamá, por favor —gimió Martina.

Pero ya era tarde. Mi madre empezó a llorar, Carolina empezó a llorar, Martina empezó a llorar otra vez e incluso yo tuve que apretar los labios.

Porque había momentos en la vida donde el corazón simplemente no te cabía dentro del cuerpo. Y aquel era uno de ellos.

Mi madre se acercó despacio hasta Martina y le acarició la cara con una ternura que me rompió un poquito por dentro.

—Estás preciosa, mi amor.

Martina soltó un sollozo.

—Mamá…

Mi madre negó con la cabeza, sonriendo entre lágrimas.

—Tu padre va a desmayarse cuando te vea.

—Papá ya está llorando abajo —informó Carolina.

Mi madre soltó una carcajada.

—Claro que está llorando.

Y entonces la miré de verdad, y durante un segundo vi también a la mujer que había sido.

La mujer aterrorizada que temblaba cuando escuchaba unas llaves en la puerta. La mujer que creía que jamás podría escapar. La mujer que una vez pensó que nadie volvería a quererla bien.

Y sentí algo muy parecido al orgullo. Porque sobrevivió. Porque nos salvó. Porque después de todo siguió siendo capaz de amar sin miedo.

Thiago solía decir que mi madre había vuelto a enseñarle a respirar, pero la verdad era que él también nos salvó a nosotras. Incluyéndome.

—¿Lola? —preguntó mamá de repente mirándome—. ¿Cómo estás tú?

Sonreí automáticamente. Mi sonrisa profesional, la que usaba en reuniones, entrevistas y cenas de negocios. Perfecta y controlada.

Una mentira a medias.

—Estoy bien.

Álvaro soltó una carcajada desde la puerta.

—Eso significa que no está bien.

Le lancé una mirada asesina.

—Cállate.

—Te conozco demasiado.

—Desgraciadamente.

Martina sonrió, limpiándose las lágrimas.

—Mi hermana está de mal humor porque lleva toda la mañana evitando mirar hacia cierta dirección.

Mi madre frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué dirección?

—Ninguna —contesté demasiado rápido.

Carolina abrió mucho los ojos.

—Ah, entonces es verdad.

—¿Qué es verdad? —preguntó mi madre.

Martina sonrió con maldad.

—Que Enzo ha llegado hace media hora.

Y ahí estaba el nombre, ese maldito nombre.

Sentí exactamente lo mismo que años atrás en Florencia. Ese calor lento y peligroso subiéndoseme por el pecho. Ese vacío extraño bajo las costillas. Ese “sal corriendo” mezclado con “míralo otra vez”.

Lo prohibido. Siempre él.

Bajé la mirada antes de que alguien pudiera leerme la cara, pero ya era tarde. Porque Carolina soltó un grito.

—¡Dios mío! ¡Sí te gusta!

—Carolina, te juro que voy a estrangularte.

—¿Quién es Enzo? —preguntó mi madre ahora interesadísima.

Martina me observó divertida. Traidora.

—El italiano.

Mi madre pestañeó lentamente y después sonrió despacio. Y esa sonrisa… Conocía perfectamente esa sonrisa.

Era la misma que ponía cuando creía haber descubierto algo importante.

—Ah… —murmuró.

Perfecto. Simplemente perfecto. Porque si había algo peor que sentir cosas por un hombre prohibido… Era tener a toda la familia Velasco investigándolo como si fueran del FBI.

Pero el error fue mío, porque cuando pasó lo que pasó en Florencia, se lo conté a Martina, y el problema es que, sin saberlo, teníamos a dos pequeños espías cotilleando detrás de la puerta que se enteraron de todo.

—Bien, tenemos una boda que celebrar, así que será mejor la novia esté lista para cuando llegue la hora, o el novio sufrirá una apoplejía por los nervios —dije, y evité la mirada de todos mientras Carolina se ría por lo bajo y Álvaro decía que esto iba a ser muy divertido.

La ceremonia empezó cuarenta minutos después. Cuarenta minutos en los que mi familia decidió torturarme psicológicamente.

—¿Quién es él? —preguntó mi madre mientras bajábamos las escaleras, como si de la famosa canción de Perales se tratase.

—Enzo —respondió Carolina antes que yo, encantada con el drama.

—Ya sabemos cómo se llama —replicó mi madre—. Me refiero a quién es.

—Un problema —murmuré.

Álvaro soltó una carcajada.

—Uy. Eso ha sonado serio.

—Porque lo es.

—¿Está bueno? —preguntó Carolina.

—Carolina —gruñí.

—¿Qué? Solo intento entender la magnitud de la tragedia.

Martina apareció detrás de nosotras sujetándose el vestido.

—La magnitud es ilegalmente atractiva.

La miré horrorizada.

—¿Tú también?

—Yo estuve en Florencia contigo, cariño. Vi cómo os mirabais.

Mierda.

Mi madre abrió mucho los ojos.

—¿Os acostasteis?

—¡Mamá!

—¿Qué? Tengo curiosidad.

—Por favor, matadme —pedí mientras volteaba los ojos.

Álvaro se estaba riendo tanto que tuvo que apoyarse en la pared.

—No pienso perderme esta conversación ni aunque me disparen.

Lo peor era que todos parecían disfrutar muchísimo, especialmente Carolina.

—Papá todavía no sabe nada, ¿verdad? —preguntó divertida y la se señalé con el dedo.

—Como abras la boca, te entierro en los viñedos.

—Qué agresiva se pone cuando hablamos del italiano.

Mi madre seguía observándome con demasiada atención.

Y yo sabía perfectamente qué estaba viendo, porque ella conocía esa mirada.

La había llevado puesta durante años cada vez que miraba a Thiago. Deseo mezclado con miedo. Atracción mezclada con imposibilidad.

El problema era que mi historia no tenía nada de romántica. Porque Enzo no era libre. Y yo ya sabía perfectamente cómo acababan las mujeres que se enamoraban de hombres imposibles.

Mal. Muy mal. Por eso Florencia había sido un error. El mejor error de mi vida, sí, pero también el peor.

La finca estaba preciosa. Los caminos entre viñedos iluminados con tenues luces cálidas. Flores blancas rodeando las mesas. Música suave sonando entre conversaciones y copas de vino.

El aire olía a verano, a jazmín, a sal y a felicidad. Y por un instante me permití simplemente existir dentro de aquello.

Sin pensar. Sin recordar. Sin preguntarme por qué demonios me seguía afectando un hombre al que no veía desde hacía años.

Nala caminaba pegada a mi pierna mientras avanzábamos hacia las sillas de la ceremonia. Mi labradora levantó las orejas de repente y entonces lo sentí, antes incluso de verlo.

Esa sensación absurda. Ese maldito cosquilleo en la nuca. Levanté la mirada y ahí estaba Enzo Bianchi.

El mundo entero se ralentizó durante un segundo. Joder, seguía siendo devastador.

Más alto de lo que recordaba. Más ancho. Más hombre.

Traje negro perfectamente ajustado, camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello, el pelo oscuro despeinado de esa forma elegante que parecía hecha a propósito para volver idiota al resto del planeta y aquellos ojos, verdes, oscuros y peligrosos, directamente clavados en mí.

Sentí el impacto físico de aquella mirada tal cual la recordaba años atrás en Italia. Como si alguien me hubiese agarrado por dentro.

Enzo no sonrió, nunca sonreía primero, simplemente me observó. Intensamente. Como si le doliera hacerlo.

Nala soltó un pequeño gruñido y eso fue lo más surrealista de todo. Porque mi perra odiaba a los hombres. Especialmente desde mi último novio. Pero no a Enzo, parecía que el italiano le gustaba.

La traidora movió ligeramente la cola, Enzo bajó la vista hacia ella y entonces ocurrió algo todavía peor. Sonrió un poco. Muy poco, pero suficiente para hacerme recordar exactamente cómo se sentía esa boca sobre la mía.

Mierda.

Aparté la mirada inmediatamente, y ese fue el mayor error. Porque ahora era consciente de cada parte de mi cuerpo.

Del calor bajo mi piel, de mi respiración, del vestido pegándose demasiado a mis piernas por culpa del maldito calor de junio.

—Oh, Dios mío —susurró Carolina detrás de mí—. Voy a necesitar palomitas.

—Cállate.

—Te está mirando muchísimo.

—Carolina.

—Creo que va a arrancarle la cabeza a cualquiera que se te acerque.

—Voy a adoptarte solo para poder desadoptarte después.

Álvaro soltó una carcajada y justo entonces mi padre apareció a mi lado.

Perfecto. Fantástico. Lo que me faltaba…