Condenada a amarte Capítulo 28
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Capítulo 28

Enzo

El mensaje de Martina no se me fue de la cabeza en dos días.

No por el tono. Martina siempre hablaba así, directa, sin filtros, como si el mundo fuera más simple de lo que realmente era. Lo que me descolocó fue la certeza que había detrás.

“No esperes más y ve a casa de Lola, cuéntale la verdad, aunque te intente cerrar la puerta en las narices. Hazme caso, italiano, o te arrepentirás el resto de tu vida.”

Lo había leído tantas veces que casi me lo sabía de memoria. Y, aun así, había tardado dos días en moverme.

Dos días en los que cada minuto había sido peor que el anterior. Porque lo que yo sabía… lo que llevaba dentro… ya no podía seguir escondiéndolo.

Cuando aparqué frente a su casa, el motor seguía encendido y yo no estaba seguro de estar preparado para lo que iba a pasar.

Nala ladró antes incluso de que tocara el timbre. Sonreí sin querer. Siempre ella. Siempre avisando antes de tiempo.

Y entonces abrí la puerta del coche. El aire de Cádiz me golpeó la cara como una bofetada.

Subí los escalones y llamé. El timbre sonó seco, demasiado definitivo.

Pasos. Silencio. Y luego la puerta se abrió.

Lola no había cambiado en esos días, pero algo en ella sí.

Sus ojos me miraron como si no fuera real. Como si fuera un recuerdo que no debería estar ahí.

—Lola… —empecé.

No me dejó terminar, intentó cerrar la puerta rápido y mi mano se movió antes de pensar.

Empujé la madera con fuerza, demasiada, y la puerta rebotó contra la pared.

Silencio. Y entonces la vi de verdad.

El miedo, no enfado ni rabia. Miedo. Ese miedo me atravesó el pecho como una bala.

—Joder… —susurré.

Di un paso atrás, luego otro y cerré los ojos un segundo. Porque lo que había hecho… lo que acababa de hacer…

—Lo siento —dije rápido—. No quería asustarte.

Lola no respondió ni se movió. Así que hice lo único que podía hacer. Entré más despacio y bajé el tono.

—Solo… necesito hablar contigo —añadí.

Ella dudó, lo vi, y eso fue peor que cualquier grito.

Al final, asintió y me dejó pasar.

El salón estaba igual, pero no lo estaba. Porque ahora todo pesaba distinto.

El aire. La distancia entre nosotros. El silencio.

Me giré hacia ella.

—No voy a hacerte daño —dije, despacio—. Nunca.

Lola bajó la mirada y no respondió.

Tragué saliva y me odié un poco más.

Nos sentamos en el sofá sin tocarnos, como si el espacio entre los dos fuera una frontera peligrosa.

Respiré hondo.

—He venido a contarte la verdad —dije.

Lola no levantó la cabeza.

—Sobre Vittoria.

Eso sí hizo que me mirara.

—Lo que viste… no fue lo que parecía.

Soltó una risa seca.

—Siempre se dice eso.

Me dolió, pero lo merecía.

—No, Lola —insistí—. Esta vez no.

Me incliné hacia delante con las manos juntas, controlándome.

—Vittoria me tendió una trampa.

Silencio.

—Sabía que tú vendrías. Lo supo por Bianca. Por lo que sea que escuchó o entendió. Y eligió ese momento porque sabía que si tú lo veías… te irías.

Lola me miró por fin, pero no había alivio. Solo cansancio.

—¿Y te crees eso? —susurró.

Asentí.

—Porque es verdad.

Me pasé una mano por la cara.

—Ha firmado el divorcio.

Eso sí la rompió, lo vi. El gesto. La respiración. Todo.

—Y ha renunciado a los niños.

Lola se quedó quieta.

—¿Qué?

—No quiero que crezcan en un entorno así —dije—. No con ella. No con esa guerra.

Tragué saliva.

—Ya no estoy con Vittoria, Lola.

Silencio. El más largo hasta ahora.

—Y lo que viste… —continué— fue ella intentando demostrar algo que nunca ha existido entre nosotros.

La miré directamente.

—Nunca la he amado.

Eso salió más bajo y mucho más real. Lola parpadeó. Una vez. Dos. Y entonces bajó la mirada otra vez.

—No cambia lo que vi —susurró.

Me levanté, porque no podía quedarme quieto.

—Sí que lo cambia —dije— porque tú pensaste que yo podía hacerte eso a ti.

Me acerqué un paso.

—Pensaste que podías ser “la otra”. Que esto era igual que lo anterior.

Lola apretó los labios. No lo negó y eso me destrozó más.

—No eres eso —dije más bajo—. Nunca lo has sido.

Silencio. Me acerqué otro poco.

—Te quiero, Lola.

Ella cerró los ojos, como si esas palabras dolieran.

—Y no quiero perderte —añadí.

La vi temblar y ya no pude más.

Me agaché frente a ella y le cogí las manos. Su piel estaba fría.

—Mírame —le pedí.

Dudó, pero lo hizo. Y entonces la besé.

No fue suave. Fue necesidad. Fue miedo. Fue todo lo que llevaba dos días tragándome. Y ella… ella no se apartó.

Solo se quedó ahí. Rota. Viva.

Cuando nos separamos, estaba llorando. Sin ruido. solo lágrimas. La abracé y esta vez no se apartó. Se dejó caer contra mí. Como si ya no pudiera sostenerse sola.

—Estoy aquí —susurré contra su pelo—. Estoy aquí.

Se separó un poco después, respirando agitada, y entonces empezó a hablar.

Su voz era baja y temblorosa.

—Mi padre ha vuelto.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

—Sergio —dijo.

El nombre me tensó entero.

—Dice que se está muriendo.

Silencio.

—Cáncer.

Me aparté un poco para mirarla.

—¿Está bien?

Lola soltó una risa amarga.

—No lo sé —tragó saliva—. Dice que quiere vernos. A mí y a Martina.

Bajó la mirada.

—Dice que siempre nos quiso.

No dije nada, porque lo vi en su cara. El conflicto. El miedo. La herida abierta.

—Si quieres verlo… —empecé.

Ella negó rápido.

—No quiero.

Pero no sonó firme. Sonó rota.

—Vale —dije despacio—. Entonces no lo hagas.

Le acaricié la mejilla.

—Pero si decides hacerlo… no lo harás sola.

Sus ojos se clavaron en los míos y volvió el silencio. Ese que no necesitaba palabras.

Abrí la boca para decir algo más pero su móvil sonó. Se sobresaltó, lo cogió, miró la pantalla y se puso blanca.

—¿Sí? —respondió.

Yo me quedé quieto. Escuchando solo su respiración.

—¿Cuánto?

Silencio. Su mano empezó a temblar.

—Voy ahora.

Colgó, me miró, y en sus ojos ya no había duda. Solo miedo.

—Mi padre… —susurró—. Sergio está ingresado.

Tragué saliva.

—Tengo que ir —dijo.

Se levantó de golpe, cogió el bolso y yo ya estaba de pie.

—Voy contigo —dije.

No pregunté ni dudé, solo lo hice. Ella me miró un segundo y asintió.

El coche olía a tensión, a palabras no dichas, a todo lo que acababa de cambiar otra vez.

Lola iba mirando por la ventana, yo conducía, pero no dejaba de mirarla de reojo.

—Estoy aquí —dije de nuevo.

Ella no respondió, pero su mano se movió un poco. Hasta rozar la mía en la palanca de cambios. Y eso fue suficiente.

El hospital apareció delante. Grande, frío y demasiado real. Y entonces supe que aquella historia… no estaba terminando.

Solo estaba empezando a complicarse de verdad.