Capítulo 33
Capítulo Treinta Y Tres
—¿Emma?
Emma acababa de anudar los cordones de sus zapatillas deportivas amarillo neón a la luz de la linterna de Marcus cuando, sobresaltada, alzó la cabeza y miró hacia la puerta. No había contado con la persona que ahora estaba allí de pie, con un candelabro en la mano.
—¿Mamá? —preguntó, sorprendida, pero enseguida se puso seria—. No deberías estar aquí —espetó, incorporándose a toda prisa. No tenía tiempo ahora para enfrentarse a su madre.
Karlchen parecía verlo de un modo completamente distinto. El pequeño teckel saltó de la almohada en la que se había acomodado y fue trotando amistosamente hacia la madre de Emma. Ella acarició al perrito con distracción, pero con ternura, sin apartar en ningún momento la vista de su hija.
—Emma, ¿qué está pasando aquí?
—No puedo decírtelo —replicó Emma, furiosa. Inspiró hondo una vez antes de asegurar—: Todo está bien. Por favor, vuelve con los demás invitados y ten un poco de paciencia. Todo se aclarará muy pronto.
—Sabes que siempre me he dado cuenta cuando mientes —replicó Constanze con sequedad, cruzándose de brazos.
Emma apretó los labios y examinó a su madre. Durante años se había repetido que no podía respetar a Constanze von Meerblom. Que en realidad ocurría exactamente lo contrario se le hizo evidente cuando comprendió con qué facilidad su madre la calaba.
—No estoy mintiendo —dijo de todos modos para mantener la conversación lo más breve posible.
—¿Por eso te estás poniendo las zapatillas de correr? ¿Porque todo está bien? ¿O crees que en cualquier momento vas a tener que salir corriendo de alguien? ¿Y por qué llevas en el bolso el arma de tu amigo?
Emma notó cómo se le erizaban los vellos de la nuca.
También Karlchen percibió la tensión en la habitación.
Caminó hacia Emma y empujó confiado el hocico contra su pantorrilla.
Ella levantó al perrito y lo volvió a dejar sobre la cama, agradecida de poder ocultar así la expresión insegura de su rostro.
¿Se equivocaba o en la voz de su madre sonaba auténtica preocupación?
—¿En qué te ha metido? —preguntó Constanze con voz ronca.
Emma no entendió de inmediato de quién hablaba su madre. Primero pensó en Aleksander, pero enseguida recordó que Constanze no sabía absolutamente nada de él. Hacía un momento había intentado presentárselo como el profesor Weberling, seguramente para distraerla de Marcus.
De golpe, Emma se enfadó.
—Marcus no me ha… —empezó a decir.
Su madre no le dio oportunidad de terminar.
—Deja que él se ocupe de ese muerto en el armario. Al fin y al cabo, es su trabajo. Tú no tienes nada que ver con eso. Todavía no puedo creer que te utilice a ti y a tus contactos para sus propios fines. Es exactamente como entonces con…
Constanze von Meerblom no siguió hablando.
El fuego encendido en los ojos de Emma la hizo detenerse.
Sostuvo la mirada de su hija y, durante un largo momento, ambas se miraron con sus claros ojos verdes, hasta que Constanze tuvo que bajar la vista, derrotada.
Cerró la boca y guardó silencio, incapaz de pronunciar una sola palabra más sobre el marido de Emma. Karlchen gimoteó, desdichado.
—Sé que esto debe de ser un shock para ti —Emma respiraba con dificultad y le costó contenerse para no gritar de rabia, dolor y tristeza— pero fui yo la que quiso venir aquí a toda costa. Fui yo quien infiltró a Marcus aquí porque yo quería estar aquí, no al revés.
—¿Pero por qué? —preguntó Constanze, desconcertada—. ¿Qué quieres aquí, Emma?
—A él —susurró Emma de pronto. La respuesta salió de sus labios más rápido de lo que habría querido.
—¿De quién hablas? —También la voz de Constanze se volvió cada vez más baja.
—Aleksander —respondió Emma con la voz ahogada, pero enseguida se corrigió—: Weberling.
—¿El profesor de Hamburgo? Pero ¿qué quieres de él?
Emma sintió cómo perdía el control de sus gestos. Ni siquiera quería imaginarse lo torturada que debía de ser la expresión de su rostro cuando le confesó a su madre: «Respuestas».
—Sobre la muerte de Maximilian.
En ese momento Emma se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no oía siquiera el nombre de su difunto marido. Ella misma nunca lo pronunciaba y nadie en su entorno actual lo había conocido. Oír ahora precisamente a su madre decir su nombre casi la destrozó.
—Tengo que irme —explicó apresurada. En realidad había pensado en cambiarse el vestido de fiesta por pantalón y jersey. Sin embargo no aguantaba ni un segundo más allí. Acarició a Karlchen una última vez en la cabeza, cogió la linterna y su bolso y se puso en marcha. Su madre le cortó el paso.
—¿Qué tiene que ver ese Weberling con todo esto? —preguntó rápidamente.
Emma no respondió. En lugar de eso intentó de nuevo salir de la habitación pasando junto a su madre. No lo consiguió.
—¿Conocía a Maximilian?
Constanze bien podría haberle soltado una bofetada a Emma. El efecto habría sido el mismo. Un escalofrío helado le recorrió todo el cuerpo y la hizo tambalear un paso hacia atrás.
—¿Qué acabas de decir? —susurró Emma.
Constanze volvió a cruzarse de brazos. En su rostro se dibujaban el mismo rechazo y la misma arrogancia con los que siempre había hablado del marido de Emma, tanto antes como después de su muerte.
—¿Se conocían ese tal Weberling y Maximilian? —preguntó de nuevo.
Una oleada de comprensión arrasó con Emma.
En cuestión de segundos revivió su accidente de entonces.
Ella había ido al volante, ella había conducido demasiado rápido.
Siempre que había repasado mentalmente el 17 de noviembre, todo había girado en torno a ella.
Ella había cometido el error al conducir.
En su subconsciente se había asentado la posibilidad de que ella hubiera sido el objetivo de un atentado, como en diciembre un año después.
Pero nunca se había planteado la que quizá era la pregunta decisiva: ¿y si aquel día en realidad no se hubiera tratado de ella?
Max , se oyó gritar en su mente. Max, ¿qué está pasando aquí?
Emma negó con fuerza, obligándose a mantener los pensamientos en el presente. El tiempo se le escapaba y tenía que terminar aquella conversación con su madre. Ahora mismo.
—¡Como si te importara! —siseó de pronto—. ¡Como si Max te hubiera importado alguna vez!
—Tú me importas, Emma. —Al decir esto, Constanze agarró a su hija por las manos y la atrajo hacia sí. Solo entonces se dio cuenta Emma de que su madre tenía los ojos llenos de lágrimas—. No quiero que te pase nada. No quiero perderte.
Entonces algo sí se rompió en Emma. Veía en su madre que su preocupación era sincera. Aun así, el amor de Constanze von Meerblom no era algo que pudiera dejar acercarse ya a ella. No más.
—Hace mucho que me perdiste, mamá —susurró Emma, zafándose del agarre de su madre.
Constanze von Meerblom nunca había comprendido que también Emma había muerto entonces en el Elba. La mujer que había salido del río, a la que Aleksander había sacado del agua, no había sido la misma que la que había desaparecido en las aguas. La antigua Emma se había quedado con su marido.
—Entonces vuelve conmigo —gritó Constanze a Emma, cuando esta ya corría por el pasillo. Emma se detuvo, pero no se volvió. En lugar de eso, permitió que las palabras de su madre se abrieran paso hasta su corazón para quedarse allí.
Estaba a punto de seguir su camino al sótano, hacia el anj y hacia Aleksander, cuando Constanze todavía le gritó detrás:
—Y deberías saber que esa profesora ha mentido.
—¿Qué? —Emma inclinó la cabeza de modo que pudiera ver a su madre por el rabillo del ojo.
A Constanze pareció bastarle esa atención.
—El anj que te mostró en su teléfono no procede de la época de Ajenatón. La inscripción en el cartucho muestra claramente el nombre real de Ramsés II.
Emma recordó que Constanze había estudiado algunos semestres de egiptología antes de pasarse a derecho.
En su infancia le había gustado contarle a Emma historias sobre los faraones y su reino.
Por eso Emma sabía también que Ramsés II había gobernado Egipto décadas después de Ajenatón.
Pero si el anj llevaba el nombre de Ramsés, no podía ser de ningún modo el amuleto del que había hablado la profesora Khaleel.
—Sea lo que sea que esa profesora te haya contado, miente.
Emma no sabía qué responder. Demasiadas cosas se agitaban en su interior.
No había palabras que pudieran estar a la altura.
Así que simplemente miró hacia atrás, buscó una vez más la mirada de su madre y asintió.
Constanze le devolvió el gesto. Solo un momento después, Emma echó a correr y bajó por el pasillo y la escalera hacia las profundidades.