Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
—¡Mister Winter!
Con todas sus fuerzas, Marcus empujó las dos puertas de doble hoja. Pero solo cuando Morstan se puso a su lado y también se lanzó contra la vieja madera consiguieron resistir al viento y cerrar la puerta de la casa.
Marcus soltó un sonoro suspiro y se apoyó en el marco, mientras con una mano se limpiaba la fría lluvia de la cara.
—¡Gracias! —jadeó.
Morstan se arregló la americana y le asintió.
—No hay problema —respondió con sequedad.
Marcus miró a su alrededor. El vestíbulo estaba sumido en una luz tenue que se filtraba desde el salón. A través de la rendija de la puerta podía ver que se había encendido una gran cantidad de velas.
—¿Dónde están los demás? —quiso saber Marcus de Morstan.
—Están todos en el salón. Creo que nuestra anfitriona acaba de anunciar, con mucha presencia de ánimo, que todo esto forma parte del programa. Los músicos han vuelto a tocar y la gente se ha calmado.
Marcus frunció el ceño con escepticismo.
—¿Parte del programa? —preguntó, incrédulo—. ¿Creen que es una representación?
A uno de los labios de Morstan se le escapó un leve tic y a sus ojos acudió una expresión muy elocuente.
—La gente cree lo que quiere creer.
Marcus guardó silencio un momento, sin estar seguro de cómo debía interpretar aquella afirmación.
—¿Qué pasó con la luz?
Morstan negó con la cabeza, sin saberlo.
—Posiblemente haya sido la tormenta. Katharina había mandado encender antes las velas del salón. Cuando se fue la luz, simplemente lo incorporó a la historia.
—Supongo que eso es mejor que un pánico general —opinó Marcus, aunque sonó de todo menos convencido. ¿Qué estaba pasando aquí?
—En cualquier caso, nos da tiempo suficiente hasta que llegue la policía.
Marcus apretó los labios.
Morstan lo entendió enseguida.
—¿No ha localizado a nadie?
—No tengo señal. ¿Quizá también por la tormenta?
—No lo creo —replicó Morstan, pensativo, y echó un vistazo alrededor, como si quisiera asegurarse de que realmente estaban solos. Por fin se acercó a Marcus y le susurró—: También la línea fija, el...
—¿El teléfono fijo? —le ayudó Marcus.
—Sin señal.
—¡Maldición! —Marcus se pasó ambas manos por el pelo mojado.
Sus pensamientos volvieron a dispararse.
Todo estaba sucediendo muy deprisa. Demasiado deprisa.
No lograba contactar ni con Lissy ni con los compañeros.
La electricidad y el teléfono se habían caído y en el sótano de la casa yacía un hombre muerto al que le habían arrancado por la fuerza los ojos y la lengua.
—Entonces tenemos que mandar a alguien para avisar a la policía —pensó en voz alta.
—¿Con esta tormenta? —Morstan señaló hacia la ventana—. Sería un suicidio. ¡ It´s hell out there ! Es como el infierno. Probablemente las calles ya estén bloqueadas por árboles.
Marcus apretó los labios. Recordaba haber conducido, de camino allí, por avenidas flanqueadas de altas hileras de árboles.
Era muy posible que Morstan tuviera razón en su valoración y que cualquier intento de ir a buscar ayuda solo les hiciera perder tiempo.
Aun así, le resultaba extraño que Morstan se opusiera con tanta determinación a pedir refuerzos.
Pero no le quedó tiempo suficiente para pensar en ello.
Se acordó de Emma y del lugar en el que la había dejado.
—Tengo que volver al sótano.
—Voy con usted —anunció Morstan e inmediatamente se dispuso a acompañar a Marcus.
—Creo que no es buena idea. Soy policía, yo me encargo de todo. Vaya a...
—Va a necesitar ayuda —constató Morstan con frialdad y agarró a Marcus del brazo.
Él se soltó rápidamente y observó al británico con escepticismo.
—Y usted puede ayudarme porque...
—Porque somos compañeros. —Con estas palabras, Morstan sacó del bolsillo interior de su americana una linterna y un pequeño estuche de cuero, que abrió con gesto despreocupado.
Junto a una identificación en inglés, que contenía una foto y el nombre de Morstan, había una placa plateada en forma de estrella coronada.
En el centro estaban grabados los signos «C III R»
—¿Met Police? —leyó Marcus en tono interrogativo.
—Creo que aquí también nos llaman coloquialmente Scotland Yard.
Marcus tuvo que inspirar hondo. Le parecía haberse topado de lleno con una historia de Sherlock Holmes.
—Solo falta Miss Marple —gruñó.
Morstan lo miró sin comprender.
Pero en lugar de aclararle nada al británico, Marcus solo negó con la cabeza y señaló hacia el salón de fiestas.
—Muy bien. Usted viene conmigo. ¿Tiene experiencia con homicidios? —quiso saber mientras ya echaba a correr a toda prisa.
—Demasiada —respondió Morstan en voz baja—. Demasiada.