Condena de sangre (Ley y sangre 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Capítulo Veintidós

La oscuridad cayó sobre ella como si fuera un depredador dispuesto a devorar a su presa.

De un segundo a otro, Emma tuvo la sensación de encontrarse en una negrura absoluta.

Su cuerpo se agarrotó, la respiración se le cortó y el corazón le golpeó el pecho como si quisiera hacerlo estallar.

Ante sus ojos se extendió un negro infinito. No podía ver nada. Solo podía sentir.

El frío le envolvió primero los pies y luego fue subiendo lenta pero inexorablemente por debajo del vestido y por las piernas.

Hacía tanto frío que Emma no podía quitarse de la cabeza la idea de que era agua lo que ascendía hacia ella.

Subía más y más, le alcanzó las caderas y al final el pecho.

El asqueroso olor a humedad sucia le llegó a la nariz y casi la volvió loca.

¡Respira! , se ordenó Emma en silencio. ¡Sigue respirando!

Sabía que en realidad no corría peligro de ahogarse.

Era el recuerdo del acontecimiento más horrible de su vida el que venía a atormentarla.

Pero no se sentía así. La conciencia de Emma perdió el control sobre sus miembros.

En lugar de calmarse con la respiración, no hacía más que jadear.

El miedo, el pánico desnudo a ahogarse de un momento a otro, anuló cualquier reflejo.

Me muero , pensó con horrenda certeza. Y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Pero igual que entonces, su trauma tomó también ahora un giro completamente inesperado.

Un rostro apareció ante ella, la arrancó de la oscuridad y la trajo de vuelta a la vida.

Al principio no había logrado recordarlo.

Solo los ojos, que la miraban horrorizados, se le habían quedado grabados en la memoria.

Él la había salvado, la había reanimado en el sentido más literal de la palabra. Aleksander.

Emma se aferró en pensamiento a su rostro. Y, igual que entonces, cuando lo había visto por primera vez, empezó muy despacio a respirar de nuevo. El aire dolía al entrar en sus pulmones.

Aleksander. Ya no era el fantasma de su recuerdo. Se había encontrado cara a cara con él hacía apenas un momento. Estaba aquí, en esta fiesta.

Con esa certeza, la conciencia de Emma encontró el camino de vuelta al presente.

Estaba en una fiesta en casa de Katharina.

Sus padres y Marcus también estaban allí.

Gimió en voz alta cuando por fin volvió a tomar conciencia de su entorno.

No flotaba en aguas oscuras. Estaba de pie en medio de un pasillo bajo tierra.

En lugar de una oscuridad total, el débil resplandor de una vieja farola de gas caía sobre el pasillo. Y delante de ella yacía un cadáver.

Se obligó, a pesar del olor repugnante, a inspirar y espirar profundamente por la nariz y se concentró en ello hasta que al menos su pulso se calmó un poco. Luego buscó con las manos el diminuto bolso que llevaba en la muñeca, metió la mano y sacó su teléfono móvil.

La luz se encendió en cuanto tocó la pantalla.

En ese mismo instante Emma gritó, retrocedió y se pegó sobresaltada a la pared.

Con presencia de ánimo logró sujetar con fuerza el móvil y extenderlo delante de sí hacia la oscuridad.

Un resplandor azulado danzaba sobre un rostro humano que se acercaba a ella con cada segundo que pasaba.