CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El cuarto compromiso

La gotera tardó seis semanas en repararse.

Nathaniel aseguró que el tejado podría haberse terminado antes si Elinor no hubiese rechazado al primer constructor, al segundo presupuesto y a una partida completa de pizarra por «poseer una tonalidad moralmente sospechosa».

—Dije que era demasiado azul —corrigió ella.

—Las palabras exactas fueron «ningún tejado respetable brillaría así bajo la lluvia».

—Y tenía razón.

Se casaron en septiembre, en la pequeña iglesia de Hartwell.

No hubo media sociedad londinense, ni anuncios espectaculares ni una multitud esperando comprobar si el conde llegaba al altar.

Asistieron los arrendatarios de la finca, algunos amigos, la familia y las personas que habían sobrevivido a los tres compromisos anteriores de Nathaniel sin perder por completo el interés en verlo intentar un cuarto.

Lady Amelia Fairweather llegó con su esposo y dos hijos que persiguieron a Wellington alrededor del cementerio. Dorothea Crane envió una breve nota de felicitación y un jarrón amarillo que Sophia declaró amenaza decorativa. Cecily acudió sola y ocupó un banco junto a su tía.

Nathaniel la vio antes de entrar en la iglesia. Se detuvo.

Cecily inclinó la cabeza.

No era perdón completo ni olvido. Era una decisión de estar allí sin que el pasado controlara la habitación.

Nathaniel le devolvió el saludo y continuó.

Elinor esperaba junto a sir Thomas. Su padre había recuperado algo de peso y abandonado el bastón durante los últimos días, aunque Agatha llevaba uno por si necesitaba golpearlo cuando fingiera estar más fuerte de lo que estaba.

—Aún puedes cambiar de opinión —murmuró él.

Elinor lo miró.

—No se lo diga a Nathaniel. Podría tomarlo como una invitación.

Sir Thomas sonrió y le ofreció el brazo.

Nathaniel no apartó los ojos de ella mientras avanzaba por la nave. No llevaba la expresión confiada del hombre que había conocido en Londres. Parecía emocionado, nervioso y completamente presente.

Al llegar al altar, Elinor le entregó la mano.

—Ha venido —susurró.

—La rueda no se ha atascado.

—¿Y si lo hubiera hecho?

—Habría caminado.

El sacerdote carraspeó.

La ceremonia fue breve. Nathaniel pronunció los votos sin vacilar. Elinor también. Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, Sophia empezó a aplaudir y arrastró al resto de la iglesia antes de que Agatha pudiera recordarle que no estaban en un teatro.

La celebración se organizó en Hartwell. Había mesas en el jardín, música y una cantidad de comida que Benedict consideró la primera decisión sensata de toda la historia.

—Los matrimonios deberían juzgarse por el pastel —declaró mientras aceptaba una segunda porción.

—Entonces el suyo será muy feliz —dijo Sophia.

Benedict la miró.

—No pienso casarme.

—Qué coincidencia. Yo tampoco.

—En su caso, la sociedad debería declararlo una medida de protección pública.

Sophia sonrió con una dulzura peligrosa.

—¿Teme que alguien me elija?

—Temo que no tenga oportunidad de escapar.

—Los hombres que escapan son una especialidad familiar. Ya sabemos cómo tratarlos.

Benedict dejó el tenedor.

—Wycliffe, controla a tu hermana.

Nathaniel, que bailaba con Elinor a pocos pasos, respondió sin detenerse:

—He vendido la casa grande para librarme de esa responsabilidad.

Sophia levantó la copa hacia Benedict.

—Parece que tendremos que resolverlo nosotros.

Elinor miró a Nathaniel.

—Eso ha sonado como una amenaza.

—Con Sophia siempre lo es.

Bailaron bajo las ramas de los árboles. Nathaniel había alquilado una casa más pequeña en Londres y reorganizado sus propiedades.

El préstamo de Benedict tardaría años en pagarse.

Dunmore y West Fen empezaban a producir lo suficiente para sostener las mejoras, y la señora Hollis había enviado como regalo de boda una cesta de coles acompañada por una nota: «Para que milord recuerde las obligaciones importantes».

Elinor había aceptado ayudar a Agatha con la administración de sus tierras incluso después del matrimonio. Nathaniel no se opuso ni fingió que la ocupación era un pasatiempo encantador. Le había cedido un despacho en la casa de Londres, aunque Sophia intentaba utilizarlo para guardar un telescopio.

Sir Thomas conservaría Hartwell mientras viviera. Edmund había recibido la noticia con una expresión de duelo que mejoró mucho el desayuno de Agatha.

Cuando terminó la música, Cecily se acercó a Elinor.

—Quería despedirme.

—Gracias por venir.

Cecily miró a Nathaniel, que hablaba con sir Thomas junto a la mesa.

—No lo he perdonado todo.

—No tiene que hacerlo.

—Pero he dejado de esperar una disculpa distinta. La que me dio fue suficiente para que la historia terminara donde debía.

Elinor tomó su mano.

—Espero que la próxima empiece mejor.

Cecily sonrió.

—Yo también.

Se marchó antes del anochecer.

Antes de que terminara la celebración, Pemberton entregó a Nathaniel un sobre.

—La última cuenta de la venta de Wycliffe House —explicó—. Pensé que querría verla después de la boda.

Nathaniel sostuvo el sobre, pero no lo abrió.

—Mañana.

Elinor lo miró con fingida alarma.

—Creí que habíamos decidido desconfiar de esa palabra.

—Esta vez no oculta una confesión. Solo gastos de mudanza.

Pemberton observó a ambos y ajustó las gafas.

—El difunto conde habría considerado todo esto un desastre.

—Esa es una de sus mejores cualidades —dijo Sophia.

El marqués intentó mostrarse ofendido, pero terminó sonriendo.

Sir Thomas alzó una copa para brindar. No habló de seguridad, títulos ni propiedades. Deseó a su hija «una vida en la que nadie vuelva a explicarle qué debe agradecer» y a Nathaniel «suficiente valor para discutir con ella sin montar a caballo después».

—Una exigencia excesiva —murmuró Benedict.

Nathaniel levantó su copa.

—He reducido los establos. Eso limitará las posibilidades.

La risa recorrió la mesa. Elinor miró a su marido y comprendió que las pérdidas seguían allí: la casa vendida, el dinero, los años que costaría reorganizar las fincas.

Ninguna se había transformado mágicamente en recompensa por haber actuado bien.

Pero tampoco pesaban sobre su matrimonio como una deuda.

Cuando se levantaron de la mesa, Nathaniel dejó el sobre cerrado junto a las cuentas de Hartwell.

Por primera vez, un documento podía esperar sin decidir por ellos.

Cuando el último invitado se retiró y la casa quedó en silencio, Nathaniel encontró a Elinor en la biblioteca. Era la misma habitación donde sir Thomas había anunciado el acuerdo meses atrás.

Ella estaba junto al escritorio, mirando la carta de Pemberton que había iniciado todo.

—Creí que la habías quemado —dijo Nathaniel.

—Pensé conservarla como advertencia.

—¿Para nuestros hijos?

Elinor lo miró.

—No hemos hablado de hijos.

—Tenemos toda la noche.

Nathaniel cerró la puerta.

Elinor levantó la carta.

—Aquí te describía como «un caballero de recursos, buena cuna y temperamento independiente».

—Pemberton siempre ha tenido problemas para escribir «cobarde».

—También decía que el acuerdo resultaría conveniente para ambos.

Nathaniel se acercó y tomó el papel.

—Se equivocó.

—¿No ha resultado conveniente?

—No. Ha sido costoso, humillante y lleno de familiares que apostaban sobre nuestros besos.

—Agatha ha ganado una cantidad indecente.

—Hale exige una investigación.

Elinor sonrió.

Nathaniel dejó la carta sobre el escritorio y le rodeó la cintura.

—Pero volvería a elegirlo.

—¿El acuerdo?

—El camino. El acuerdo fue una idea terrible.

—En eso coincidimos.

Él le apartó un mechón del rostro.

—¿Alguna vez lamentaste viajar a Londres?

Elinor pensó en el sombrero verde, en la primera discusión, en Amelia, Dorothea y Cecily. Pensó en cada ocasión en que había estado a punto de decir la verdad y había escogido mañana.

—Muchas veces.

—Una respuesta romántica.

—Pero nunca lamenté conocerte antes de casarme contigo.

—Yo habría preferido conocer tu nombre un poco antes.

—Los detalles arruinan las grandes historias.

Nathaniel la besó. Elinor respondió sin miradas, sin testigos y sin ninguna respuesta pendiente detrás de los labios.

Cuando se separaron, él miró la puerta cerrada.

—¿Crees que Agatha escucha fuera?

—Se fue a dormir hace una hora.

—Sophia.

—Está discutiendo con Benedict en el jardín.

—Sir Thomas.

—También duerme.

Nathaniel pareció considerar las posibilidades.

—Entonces estamos solos.

—Parece que sí.

—Una situación nueva.

Elinor le tomó la mano y lo condujo hacia la puerta que comunicaba con el corredor privado.

—Intenta no huir.

Nathaniel entrelazó los dedos con los suyos.

—Esta vez no tengo adónde ir que prefiera a quedarme contigo.

Y permaneció.