CAPÍTULO 1
La mujer que no pensaba casarse
Lady Sophia Wycliffe descubrió la casa que iba a arruinarle la vida un martes por la mañana, entre una carta del carnicero y otra de una dama que deseaba saber si Nathaniel seguía siendo tan apuesto después de casado.
La segunda fue al fuego.
La primera quedó junto a las cuentas.
La tercera carta, escrita por el administrador de Wycliffe Park, contenía un anuncio breve: la antigua residencia de viudas de Ashcombe Lane saldría a la venta en seis semanas.
Sophia la leyó dos veces.
—No —dijo.
Wellington, tendido bajo la mesa del desayuno, abrió un ojo. El perro había envejecido hasta alcanzar esa etapa en la que consideraba cualquier emoción humana un inconveniente personal.
—No te lo decía a ti.
Wellington volvió a cerrarlo.
Elinor levantó la vista del periódico. Casarse con Nathaniel no había disminuido su capacidad para advertir un desastre antes de que este tuviera nombre.
—¿Qué ocurre?
—La casa de Ashcombe Lane.
Nathaniel, que untaba mantequilla en una tostada, dejó el cuchillo sobre el plato.
—No.
Sophia miró de uno a otro.
—Aprecio la unidad matrimonial, pero ninguno sabe todavía lo que voy a decir.
—Vas a comprarla —respondió su hermano.
—No exactamente.
—Vas a intentar comprarla con dinero que no posees.
—Eso se acerca más.
La casa alquilada en la que los Wycliffe se habían instalado después de vender la residencia familiar de Londres era cómoda, luminosa y demasiado pequeña para esconder secretos.
El comedor daba al jardín posterior; el despacho de Nathaniel quedaba al otro lado del pasillo y la puerta principal se abría con un golpe de aire que anunciaba cada visita tres habitaciones antes de que el mayordomo pronunciara un nombre.
Sophia había protestado durante la mudanza. Después había descubierto que podía llegar desde su dormitorio hasta la cocina sin atravesar una galería de retratos desaprobadores y decidió que la pobreza moderada tenía ventajas arquitectónicas.
Extendió la carta sobre la mesa.
—El administrador dice que lord Fellmore ha ofrecido comprar la propiedad para utilizarla como pabellón de caza.
Elinor frunció el ceño.
—Está demasiado cerca del pueblo.
—También está demasiado cerca de las niñas a las que prohibirá entrar cuando descubra que una escuela produce más ruido que los faisanes.
Nathaniel se reclinó en la silla.
—Sophia.
—No he terminado.
—Esa es precisamente mi preocupación.
Ella ignoró el comentario. Llevaba tres años observando aquella casa vacía cada vez que viajaban a Wycliffe Park.
Había sido construida para alojar a seis viudas de oficiales; después de que el fondo benéfico se agotara, las últimas residentes se trasladaron y el edificio quedó cerrado.
Tenía dos plantas, un jardín inclinado hacia el río, una cocina enorme y suficientes habitaciones para convertir la planta baja en aulas.
También tenía un tejado que perdía tejas con cada tormenta, ventanas que no cerraban y una chimenea ocupada por una familia de grajos.
Sophia conocía todos los defectos. Los amaba de manera poco razonable.
—Podría convertirse en una escuela —dijo—. No una sala parroquial donde las niñas aprendan a coser iniciales en pañuelos y a agradecer que alguien les haya enseñado a permanecer calladas. Una escuela de verdad. Aritmética, geografía, lectura, ciencias naturales…
—¿Astronomía? —preguntó Nathaniel.
—Cuando dispongamos de un telescopio.
—Por supuesto.
—Y contabilidad —añadió Elinor—. Si pretendes dirigirla, será lo primero que necesites.
Sophia la miró con gratitud. Elinor era la única persona de la familia capaz de apoyar una idea y señalar su punto débil en la misma frase.
—He hablado con varias madres del pueblo. Enviarían a sus hijas si la matrícula fuese pequeña. Beatrice Shaw podría dirigirla.
—¿La institutriz de los Farringdon? —preguntó Nathaniel.
—La misma. Sabe francés, matemáticas y suficiente latín para corregir al vicario. Por eso los Farringdon quieren despedirla antes de que su hijo descubra que ella es más lista que él.
—Eso no parece difícil.
—Nathaniel.
—Conozco al muchacho.
Sophia empujó la carta hacia su hermano.
—Necesito comprar la propiedad antes de que Fellmore presente una oferta formal.
Nathaniel no tocó el papel.
—¿Cuánto?
—Cuatro mil quinientas libras.
El silencio fue tan completo que incluso Wellington levantó la cabeza.
—Incluye siete acres —añadió Sophia.
—Me tranquiliza saber que la ruina viene con terreno —dijo Nathaniel.
—No te estoy pidiendo el dinero.
—Porque sabes que no lo tengo.
La frase no fue amarga, pero Sophia sintió una punzada de culpa.
Su hermano había renunciado al fideicomiso de su padre, vendido propiedades y reducido gastos para impedir que su matrimonio con Elinor se convirtiera en una obligación.
La familia estaba a salvo, pero ya no nadaba en dinero suficiente para comprar edificios por entusiasmo.
—Mi madre dejó una fortuna en fideicomiso —dijo Sophia—. Cumpliré veinticinco años en ocho meses.
—Y hasta entonces los administradores deben aprobar cualquier retirada extraordinaria —respondió Nathaniel—. Pemberton no autorizará cuatro mil quinientas libras para una casa sin tejado.
—Tiene parte de un tejado.
—Ese argumento mejorará mucho la reunión.
Elinor dobló el periódico.
—¿Has escrito a Pemberton?
Sophia miró el borde de su taza.
Nathaniel soltó un suspiro.
—¿Qué has hecho?
—Le pedí una entrevista.
—¿Cuándo?
—A las once.
El reloj de la repisa marcaba las diez y cuarto.
—¿Aquí? —preguntó Nathaniel.
—En su despacho.
—¿Y pensabas contárnoslo al regresar con una escritura firmada?
—Pensaba contároslo al regresar con una respuesta favorable. La escritura habría sido una sorpresa.
Elinor se levantó.
—Iré contigo.
—No necesito acompañante.
—No voy como acompañante. Voy para impedir que llames cobarde a un marqués antes del mediodía.
—Nunca he llamado cobarde a Pemberton.
—Lo miraste como si quisieras hacerlo durante la boda.
—Se negó a permitir que Wellington llevara los anillos.
Wellington apoyó el hocico sobre las patas, todavía agraviado.
Nathaniel se puso en pie.
—Yo también iré.
—No —dijeron Sophia y Elinor a la vez.
Él las miró.
—La unidad matrimonial empieza a resultarme menos atractiva.
—Pemberton creerá que he enviado a mi hermano a negociar por mí —dijo Sophia—. Quiero que escuche el proyecto de mis labios.
—Entonces escucha tú también cuando te diga que no.
—Esa clase de pesimismo explica por qué rompiste tres compromisos.
—Solo uno fue por pesimismo. Los otros exigieron virtudes distintas.
Elinor le entregó el periódico.
—Termina el desayuno, cariño. Volveremos antes de que te inventes un cuarto motivo.
Sophia subió a buscar los planos. Cuando bajó, Agatha Harcourt estaba en el vestíbulo, quitándose los guantes como si la casa le perteneciera y el mayordomo fuera una visita inesperada.
—He venido a pedir prestada una taza de azúcar —anunció.
—Vives a cuatro calles y has traído un carruaje —dijo Sophia.
—Me gusta estar preparada por si el azúcar pesa más de lo previsto. ¿Adónde vais?
—A convencer a Pemberton de que me entregue cuatro mil quinientas libras.
Agatha volvió a ponerse un guante.
—Entonces necesitaréis testigos.
El despacho del marqués de Pemberton ocupaba la planta baja de una casa tan ordenada que Sophia sospechó que hasta el polvo debía solicitar permiso para instalarse.
El marqués las recibió junto a una mesa cubierta de carpetas.
Era un hombre alto, canoso, con la expresión de quien había pasado treinta años explicando a los Wycliffe que los documentos legales no podían intimidarse mediante sarcasmo.
—Lady Sophia —dijo—. Lady Wycliffe. Lady Agatha.
—No me esperaba —respondió Agatha—. Es una de las pocas alegrías que aún puedo ofrecer a los hombres de mi edad.
Pemberton decidió no contestar. Señaló las sillas.
Sophia desplegó los planos de Ashcombe Lane y comenzó.
Durante veinte minutos habló de las familias del pueblo, de las niñas que abandonaban la enseñanza en cuanto podían ayudar en casa, de la posibilidad de cobrar una matrícula reducida y completar los ingresos mediante suscripciones.
Explicó el programa, la elección de Beatrice Shaw y el uso gradual del edificio.
Pemberton escuchó sin interrumpir. Solo al final apoyó una mano sobre el plano del tejado.
—¿Quién ha preparado el presupuesto?
—Yo.
—¿Incluye las reparaciones estructurales?
—Una estimación.
—¿Salarios?
—Sí.
—¿Carbón?
Sophia parpadeó.
—El edificio tiene chimeneas.
—Las chimeneas no producen carbón por afecto.
Agatha se inclinó hacia Elinor.
—Lástima. Habría invertido en varias.
Pemberton abrió una carpeta.
—He pedido que revisen sus cifras.
—¿A quién?
La puerta del despacho se abrió antes de que él respondiera.
Lord Benedict Hale entró sin prisa, con un pliego doblado bajo el brazo y una expresión tan serena que Sophia sintió deseos inmediatos de alterarla.
Benedict era rubio, alto y poseía el irritante aspecto de un hombre que jamás había olvidado una cita, perdido un guante o pagado más de lo previsto por un caballo.
Llevaba años entrando en las casas Wycliffe sin anunciarse y corrigiendo las cuentas de Nathaniel con la misma naturalidad con que otros amigos compartían una botella.
Wellington lo adoraba.
Sophia no consideraba aquello una recomendación. Wellington también adoraba el queso caído al suelo.
—Lady Sophia —saludó Benedict.
—Lord Benedict.
Él dejó el pliego sobre la mesa.
—Su proyecto es admirable.
Sophia conocía aquel tono. Era el tono que los hombres utilizaban antes de explicar por qué una mujer debía volver a su bordado.
—Y ahora dirá que es imposible.
—No. Diré que cuesta casi el doble de lo que ha calculado.
Pemberton cerró los ojos un instante.
Agatha sonrió.
Elinor cruzó las manos sobre el regazo.
Sophia miró a Benedict.
—¿Casi el doble?
—Ha olvidado el carbón, el seguro, el drenaje, dos salarios auxiliares, la reparación de la cocina y la posibilidad, bastante sólida, de que el muro norte se desplome antes de Navidad.
—El muro lleva allí ochenta años.
—Parece cansado.
—Tal vez solo necesite estímulo.
—Los muros responden mal a las palabras de aliento.
Benedict abrió el pliego. Había rehecho cada columna de su presupuesto. Con letra limpia. Sin una mancha de tinta. Sophia lo detestó con intensidad renovada.
—No tiene derecho a decidir que no puedo hacerlo.
—No he decidido eso.
—Ha recomendado que Pemberton rechace la retirada.
—He recomendado que no entregue el capital hasta que exista un plan capaz de mantener la escuela abierta después del primer invierno.
—Es lo mismo con vocabulario más aburrido.
—El vocabulario aburrido suele evitar las deudas interesantes.
Pemberton intervino.
—Lady Sophia, el fideicomiso me obliga a proteger su patrimonio hasta que alcance la edad establecida. No puedo autorizar la compra basándome en estas cifras.
Ella miró el plano. Durante años había imaginado niñas entrando por aquella puerta, libros en las ventanas y una pizarra ocupando la pared del antiguo comedor. De pronto, todo parecía reducido a una columna roja trazada por Benedict.
—¿Qué tendría que demostrar? —preguntó.
Benedict respondió antes que el marqués.
—Que puede reunir ingresos suficientes para financiar al menos la mitad de la compra y sostener el primer año sin depender de su hermano.
—Puedo hacerlo.
—No en seis semanas.
Sophia levantó la cabeza.
—¿Por qué seis?
—Porque la propiedad saldrá a venta abierta después. Fellmore no esperará.
—Entonces reuniré la mitad en seis semanas.
Elinor dejó escapar el aire muy despacio. Sophia conocía aquel gesto: su cuñada acababa de encontrar una objeción y estaba decidiendo si pronunciarla delante de testigos.
—Antes de apostar —dijo—, quizá convenga saber si el propietario aceptaría una opción temporal.
—Ya la he solicitado —respondió Sophia.
Benedict levantó la cabeza.
—¿A quién?
—Al administrador. No ha contestado.
—Porque no puede concederla sin autorización.
—Entonces al menos sabe que hay otra interesada.
—También sabe que tiene prisa. Acaba de entregarle una ventaja.
Sophia apretó los labios. Aquello no había aparecido en ninguno de sus planes. Benedict no sonrió ni utilizó el error para vencerla. Tomó el lápiz, escribió el nombre del administrador en el margen y añadió una cifra.
—Podemos corregirlo —dijo.
La palabra volvió a incluirlo. Esta vez, Sophia no la señaló.
Pemberton abrió la boca.
Agatha se acomodó en la silla.
Elinor miró a Benedict con compasión. No por Sophia. Por él.
—¿Cuánto está dispuesta a apostar? —preguntó Benedict.
Sophia sonrió.
Pemberton miró a Elinor como si esperara que la condesa pudiera retirar la frase del aire. Elinor se limitó a sonreír. Benedict, en cambio, observó a Sophia con una atención nueva, menos parecida a la condescendencia y más al cálculo de un riesgo que empezaba a interesarle.
La mañana acababa de mejorar.
—Todo lo que usted tema perder.