CAPÍTULO 25
El único altar
Nathaniel descubrió que cortejar a Elinor Bellamy era más difícil que investigar a Nell Harcourt.
Nell aparecía en recepciones con vestidos elegidos para llamar la atención y podía dedicar una tarde completa a discutir su carácter.
Elinor se levantaba a las siete, revisaba las cuentas de la despensa, acompañaba a su padre durante el paseo y tenía opiniones sobre el precio del carbón, la educación de las hijas del jardinero y la necesidad de reparar el tejado antes de que la gotera alcanzara Francia.
El primer día de cortejo, Nathaniel llegó a las diez y media con flores.
Elinor las miró.
—He dicho que no aceptaría regalos costosos.
—Son flores.
—Fuera de temporada.
—Hale dijo que las silvestres parecerían falta de esfuerzo.
—Lord Benedict no está cortejándome.
—Lo recordaré cuando vuelva a pedirle consejo.
Agatha tomó el ramo.
—Yo sí acepto regalos costosos y flores obtenidas con dificultad.
Nathaniel la vio alejarse con ellas.
—¿Eso ha contado como fracaso?
—Como aprendizaje.
Al día siguiente llegó sin obsequios y encontró a Elinor en el despacho de sir Thomas, revisando contratos de arrendamiento. Se sentó frente a ella y esperó.
—¿Qué hace? —preguntó Elinor después de varios minutos.
—Cortejarla.
—Parece estar mirando una columna de números.
—Usted la miraba con interés. Intento comprender la competencia.
Elinor giró el libro hacia él.
—La finca de Miller necesita una nueva techumbre. Edmund pretende que pague la mitad.
Nathaniel leyó la cláusula.
—La reparación estructural corresponde al propietario.
—Eso he dicho.
—Entonces ¿por qué me lo muestra?
—Para saber si está de acuerdo porque es cierto o porque desea besarme dentro de tres semanas.
Nathaniel dejó el libro.
—Ambas posibilidades pueden coexistir, pero la cláusula sigue siendo clara.
Elinor sonrió.
La vida de Hartwell empezó a incluirlo sin ceremonia.
Nathaniel acompañaba a sir Thomas en paseos demasiado cortos para llamarse ejercicio y demasiado largos para el gusto del médico.
Ayudó al administrador a calcular la reparación del tejado, pero se negó a pagarla cuando Elinor se lo prohibió.
En lugar de dinero, envió el nombre de un constructor que cobraba menos y trabajaba mejor.
Edmund intentó oponerse.
—No veo por qué lord Wycliffe interviene en asuntos que pronto serán míos.
—Porque aún no lo son —respondió sir Thomas.
—Solo pretendía asesorar —dijo Nathaniel.
—Nadie se lo ha pedido.
Elinor levantó una mano antes de que la conversación empeorara.
—Yo se lo pedí.
Edmund la miró.
—No tienes autoridad sobre la propiedad.
—Todavía la tengo sobre las personas a las que invito a opinar.
Nathaniel esperó hasta que Edmund se marchó.
—Empiezo a comprender por qué inventó Cumberland.
—Cumberland era más tranquilo.
—También tenía montañas móviles.
—Una ventaja defensiva.
Durante la primera semana, Nathaniel durmió en la posada y comió un estofado que parecía compuesto por las partes de varios animales que no se habían conocido en vida. No se quejó hasta que Elinor le preguntó.
—¿Cómo es la comida?
—Honesta.
—Eso no describe un sabor.
—Describe que no intenta ocultar su intención de matarme.
Sir Thomas ordenó preparar una habitación en Hartwell. Elinor se opuso por decoro. Agatha señaló que Nathaniel había dormido bajo el mismo techo que Pemberton, Benedict y una docena de hombres sin comprometer a ninguno.
—No es el mismo caso —dijo Elinor.
—Cierto. Benedict habría exigido flores.
Nathaniel se trasladó al ala de invitados con la condición de que las puertas permanecieran abiertas durante las visitas y Sophia actuara como acompañante. Sophia aceptó encantada hasta descubrir que la función incluía permanecer en la misma habitación.
—Esto es aburrido —protestó la primera tarde.
—Esa es la finalidad —dijo Elinor.
—No entiendo cómo la sociedad espera que las personas se enamoren si alguien debe escucharlas.
Nathaniel levantó la vista del libro.
—La sociedad no espera que se enamoren. Espera que no se besen antes de firmar los contratos.
—Un objetivo poco ambicioso.
Sophia abandonó la labor al tercer día y nombró a Agatha sustituta. Agatha dormía durante la mitad de las conversaciones y aseguraba que el sueño de una mujer respetable protegía la reputación tanto como su atención.
El cortejo no borró la desconfianza de inmediato.
Una mañana, Nathaniel encontró a Elinor guardando una carta cuando él entró en la biblioteca. Ella se sobresaltó. Él sintió el antiguo impulso de preguntar quién la había escrito, por qué la ocultaba y qué otra verdad se construía fuera de su alcance.
Elinor vio el cambio en su rostro.
—Es de lady Cecily.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—No tiene que mostrármela.
—Lo sé.
Ella extendió la carta de todos modos.
Cecily agradecía a Elinor la conversación y explicaba que Nathaniel había vuelto a escribirle, esta vez sin pedir respuesta, para informarle de la renuncia y reconocer que su miedo seguía afectando decisiones presentes.
Añadía una última frase: «No lo he perdonado por completo, pero ya no necesito que siga siendo el hombre que huyó para justificar lo que viví».
Nathaniel devolvió la carta.
—¿Por qué me la muestra?
—Porque hace un mes habría decidido que era mejor ocultarla para protegerlo.
—¿Y ahora?
—Ahora le permito decidir qué siente.
Nathaniel miró el papel en su mano.
—Siento alivio. Y vergüenza. Y gratitud porque no haya utilizado la carta para golpearme.
—Lo consideré.
—Eso mejora la sinceridad.
Él no la besó. Elinor tampoco utilizó la cercanía para distraerlo. Permanecieron junto a la mesa hasta que Nathaniel dejó la carta y habló de Cecily sin huir hacia una broma.
Otro día fue Elinor quien falló.
Nathaniel recibió una carta urgente de Londres y anunció que debía viajar durante dos jornadas para resolver la venta de Wycliffe House. Elinor respondió que no le importaba. Después pasó la cena en silencio, convencida de que él había encontrado una razón elegante para marcharse.
Nathaniel la alcanzó en el corredor.
—Está enfadada.
—No.
—Sus ojos llevan una hora contradiciéndola.
—Tiene asuntos que atender.
—Sí.
—No necesita explicarse.
—También sí.
Elinor se detuvo.
—Prometió que, si deseaba marcharse, me diría por qué antes de tocar la puerta.
—Acabo de hacerlo.
—Ha dicho que existe una venta.
—El comprador exige revisar los inventarios y Sophia ha incluido diecisiete objetos que no pertenecen a la casa. Si no voy, intentará venderle al hombre una vajilla de Pemberton y el retrato de un almirante que encontramos en el desván.
—¿Y regresará?
Nathaniel comprendió la verdadera pregunta.
—Pasado mañana, antes de la cena.
—No puede prometer una hora exacta si el camino…
—Regresaré aunque tenga que dejar el carruaje en la verja otra vez.
Elinor bajó la mirada.
—He pensado que quizá…
—Que estaba huyendo.
—Sí.
Nathaniel le levantó el rostro con dos dedos, pero no la besó.
—Preguntar no la hace débil.
—Debería confiar.
—La confianza no consiste en no sentir miedo. Consiste en no convertirlo en una historia sin darme oportunidad de responder.
Elinor apoyó la mano sobre la suya.
—Regrese pasado mañana.
—Lo haré.
Regresó un poco antes de la cena, cubierto de polvo y acompañado por Benedict, que traía el retrato del almirante.
—Sophia lo vendió —explicó Nathaniel.
—El comprador lo devolvió —añadió Benedict—. Asegura que el hombre lo observa mientras duerme.
Sophia recibió la noticia con dignidad.
—No todos comprenden el arte.
El cumpleaños de Nathaniel llegó al final de la tercera semana.
Pemberton envió una carta confirmando que el capital había pasado a Marcus y que la condición matrimonial quedaba extinguida. Sophia propuso celebrarlo con una fiesta titulada «La mayoría de edad de un hombre de treinta y tres años». Nathaniel se negó. Agatha organizó una cena de todos modos.
No hubo invitados de Londres. Solo sir Thomas, Elinor, Agatha, Sophia, Benedict y los habitantes de Hartwell que no podían evitar la mesa.
Edmund apareció tarde y preguntó si la pérdida de la fortuna modificaba el tratamiento del conde.
—Sí —respondió Benedict—. Ahora debe llamarlo «milord empobrecido».
Edmund dudó lo suficiente para que Sophia se echara a reír.
Después de la cena, sir Thomas entregó a Nathaniel una caja pequeña.
Dentro estaba el anillo de los Bellamy.
—Se lo devolví a Elinor —dijo Nathaniel.
—Y ella me lo devolvió a mí. No es una proposición —añadió sir Thomas al ver su expresión—. Empiezo a comprender que no debo hacerlas por mi hija.
—El aprendizaje se extiende —comentó Agatha.
—Quiero que lo conserve hasta que Elinor decida qué hacer con él. No representa un acuerdo. Solo la confianza de esta familia, si aún la desea.
Nathaniel miró a Elinor. Ella no había sabido que su padre planeaba aquello.
—La deseo —respondió—. Pero preferiría que Elinor guardara el anillo.
Sir Thomas se lo entregó a su hija.
Elinor cerró la caja.
Más tarde salieron al jardín. Las noches de junio eran claras y el aire olía a rosas. Nathaniel y Elinor caminaron por el sendero mientras Agatha y Sophia discutían en la terraza sobre si seguían obligadas a vigilarlos.
—Le queda una semana de cortejo —dijo Nathaniel.
—Lleva la cuenta.
—Benedict la lleva. Yo solo temo el resultado.
—Podría huir antes.
—La posada tiene estofado mañana. Nada fuera de una emergencia me haría elegirla.
Llegaron al banco bajo el tejo. Elinor se sentó y dejó la caja del anillo entre ambos.
—No ha utilizado su tercera pregunta —dijo Nathaniel.
—La estaba reservando.
—¿Para el final del mes?
—Para cuando supiera qué respuesta necesitaba.
Nathaniel esperó.
—¿Qué habría hecho si yo no hubiera aceptado el cortejo? —preguntó.
Él miró el jardín.
—Habría regresado a Londres y buscado una casa más pequeña para Sophia antes de que ocupara la de Benedict. Habría administrado las propiedades, pagado el préstamo y aprendido a vivir con haberla perdido.
—¿No habría insistido?
—No.
—¿Por orgullo?
—Porque usted ya conocía la verdad y habría elegido. Insistir después habría sido otra forma de decir que mi deseo importaba más que su respuesta.
Elinor sintió que algo terminaba de encajar.
—Esa era la respuesta correcta.
—Me alegra. No tenía otra.
Ella abrió la caja, sacó el anillo y lo sostuvo entre los dedos.
—Yo también debo responder una pregunta.
—Solo si quiere.
—¿Deseo casarme con usted?
Nathaniel dejó de respirar durante un instante.
Elinor sonrió.
—Sí.
Él la miró, inmóvil.
—¿Eso ha sido una declaración teórica o debería arrodillarme?
—Esperaba que supiera reconocer una oportunidad.
Nathaniel se puso en pie y después se detuvo.
—No tengo anillo.
Elinor levantó el de los Bellamy.
—La familia proporciona uno de emergencia.
—Ese anillo representa el acuerdo que rechazó.
—Representaba lo que otros decidieron. Podemos darle otro significado.
Nathaniel se arrodilló frente a ella. No había salón, testigos ni documentos. Solo el jardín de Hartwell, la voz de Sophia intentando convencer a Agatha de acercarse y un hombre que había recorrido un camino mucho más largo que las millas desde Londres.
—Elinor Bellamy —dijo—, sé que detesta el hígado, relee las cartas cuando está enfadada y mueve montañas enteras cuando necesita una coartada.
Sé que intenta proteger a todos hasta que termina negándoles el derecho a decidir.
También sé que escucha a los arrendatarios, ama a su padre, discute mejor que yo y posee el valor de decirme que pierda cuando nadie más se atrevía.
No le prometo no sentir miedo. Le prometo no desaparecer con él. ¿Quiere casarse conmigo?
Elinor sintió que las lágrimas le nublaban la vista.
—Sí.
—¿Está segura?
—Está arruinando el momento.
—Tengo experiencia arruinando compromisos. Intento reconocer las señales.
—Sí, Nathaniel. Estoy segura.
Él tomó el anillo y se lo colocó. Después permaneció arrodillado.
—Puede levantarse.
—Hay otra cuestión.
—¿Cuál?
—La regla sobre los besos utilizados para evitar respuestas.
—Sigue vigente.
—Ya hemos respondido.
Elinor fingió pensarlo.
—Entonces quizá pueda besarme.
Nathaniel se levantó y la atrajo hacia él. El beso fue lento, sin urgencia ni culpa. No servía para ocultar nada. Elinor le rodeó el cuello con los brazos y sintió su risa contra la boca cuando Sophia gritó desde la terraza:
—¡Agatha, me debes diez chelines!
Elinor se apartó lo suficiente para mirar hacia la casa.
—¿Han apostado otra vez?
—Parece una tradición familiar —dijo Nathaniel.
Agatha alzó la voz:
—¡La apuesta era sobre quién propondría matrimonio! ¡Elinor lo ha hecho primero!
Nathaniel sostuvo la mirada de Elinor.
—¿Lo ha hecho?
—He formulado una pregunta hipotética.
—Ha proporcionado el anillo.
—Usted se arrodilló.
—Exijo un arbitraje.
Benedict apareció en la terraza con una copa.
—Declaro empate. Así nadie cobra y el dinero puede destinarse a comida.
Sir Thomas salió detrás, apoyado en el bastón.
—¿Ha dicho que sí?
Elinor levantó la mano con el anillo.
El rostro de su padre se iluminó. Esta vez no había alivio porque alguien hubiera resuelto su futuro. Había alegría porque ella lo había elegido.
Nathaniel entrelazó los dedos con los suyos.
—¿Cuándo quiere casarse?
—No antes de que arreglen la gotera.
Él miró el tejado.
—Eso puede llevar meses.
—Ha esperado treinta y tres años.
—No voluntariamente.
—Considérelo la última prueba del cortejo.
Nathaniel la besó en la sien.
—Permaneceré.
Y, por primera vez, Elinor supo que no era una promesa hecha para convencerla.
Era una elección.