CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La mujer que no esperaba

Nathaniel llegó a Hartwell bajo la lluvia.

El camino se había convertido en barro durante las últimas millas y una rueda del carruaje se atascó junto a la verja. El cochero propuso regresar al pueblo para buscar ayuda. Nathaniel miró la casa visible entre los árboles, tomó la carpeta de documentos y decidió caminar.

Cuando alcanzó la escalinata, llevaba el abrigo empapado, barro hasta las botas y una rama pequeña enganchada en el hombro. No era la entrada que había imaginado durante el viaje.

Edmund abrió la puerta antes que el mayordomo.

—Los proveedores utilizan la entrada lateral.

Nathaniel lo observó.

—Eso explica por qué nadie ha respondido delante.

Edmund reparó en el carruaje detenido junto a la verja y en la calidad del abrigo bajo el barro.

—¿Quién es usted?

—Lord Wycliffe.

El cambio en su expresión resultó casi artístico.

—Milord. No lo había reconocido.

—Eso empieza a parecer una tradición familiar.

El mayordomo llegó al vestíbulo, apartó a Edmund con una cortesía perfeccionada durante años y recibió a Nathaniel como si los condes empapados aparecieran con frecuencia a pie.

—Sir Thomas se encuentra en la biblioteca, milord. Lady Agatha y lady Sophia están con él.

—¿Sophia?

—Llegó hace cuatro días.

Nathaniel entregó el abrigo.

—Naturalmente.

Elinor apareció en lo alto de la escalera.

No llevaba vestido de salón ni joyas. Su falda color avellana mostraba una pequeña mancha de tinta y tenía el cabello recogido con menos cuidado que en Londres.

Sostenía un manojo de llaves y un libro de cuentas.

Era la mujer que había conocido y otra distinta: no Nell desafiándolo bajo las lámparas, sino Elinor dentro de su propia vida.

Se detuvo al verlo.

Nathaniel había ensayado un saludo durante el camino. Lo perdió.

—Ha venido.

—Sí.

—Está mojado.

—También.

Edmund continuaba junto a la puerta, atento a cada palabra. Elinor bajó los escalones.

—¿Ha tenido un accidente?

—La rueda ha decidido permanecer junto a la verja. He respetado su libertad.

La boca de Elinor se curvó antes de que lograra impedirlo.

—Harris enviará hombres.

—Gracias.

El silencio volvió. Nathaniel deseó que Edmund desapareciera. El primo parecía dispuesto a echar raíces.

Agatha salió de la biblioteca.

—Edmund, tu tío te llama.

—No he oído nada.

—Porque lo hace con el pensamiento. Es una costumbre de los Bellamy.

—Yo también soy Bellamy.

—Entonces deberías haberlo escuchado.

Edmund entró en la biblioteca, más por confusión que por obediencia. Agatha miró las botas de Nathaniel.

—Has traído la mitad del camino.

—La otra mitad está en el carruaje.

—Pasa al salón pequeño. Si Thomas te ve así, creerá que venías huyendo de salteadores.

—No he venido huyendo.

La mirada de Agatha se suavizó.

—Bien.

Elinor condujo a Nathaniel al salón. Un criado encendió la chimenea y dejó toallas. Nathaniel intentó rechazar una, pero Elinor se la entregó.

—No discutiré con usted mientras gotea sobre la alfombra.

—He discutido en circunstancias menos dignas.

—Yo también. Casi todas con usted.

Nathaniel se secó el cabello. Elinor permaneció junto a la ventana con las llaves todavía en la mano.

—¿Por qué ha venido?

Él dejó la toalla.

—Para hablar con usted.

—Podría haber escrito.

—Las cartas permiten romperlas antes de llegar al final.

—Las visitas permiten cerrar la puerta.

—Sí.

Elinor lo miró como si evaluara la posibilidad. Después dejó las llaves sobre una mesa.

—Hablaré con usted cuando se haya cambiado. Mi padre conserva ropa de cuando tenía menos años y más optimismo. Tal vez algo sirva.

—No he venido a vestirme como sir Thomas.

—Entonces debería haber elegido mejor el clima.

Nathaniel aceptó.

Media hora después regresó al salón con un pantalón demasiado corto, una camisa de sir Thomas y una levita que había pertenecido al padre de Elinor en su juventud. Los hombros tiraban y las mangas terminaban por encima de las muñecas.

Sophia estaba junto a la chimenea cuando entró.

Lo miró de arriba abajo.

—El amor te ha hecho más pequeño.

—La ropa tiene treinta años.

—El cuello también parece enfadado.

Benedict no estaba. Nathaniel había dejado a su amigo en Londres concluyendo la venta del pabellón. Sophia, en cambio, había considerado más útil trasladarse a Hartwell y convertirse en corresponsal no solicitada de ambos bandos.

Sir Thomas entró apoyado en un bastón. Elinor caminaba a su lado y Agatha cerraba la comitiva.

—Wycliffe —dijo el baronet—. No esperaba verlo.

—Lo sé.

—¿Ha venido a reabrir el acuerdo?

Nathaniel tomó la carpeta.

—No.

Todos ocuparon asientos salvo él.

—He renunciado al fideicomiso —continuó—. El capital pasará a Marcus Wycliffe. He comprado Dunmore y West Fen mediante la venta de varios bienes propios y he protegido los arrendamientos de Ashcombe antes de que cambie de manos.

Sir Thomas frunció el ceño.

—Pemberton dijo que perdería una fortuna.

—La he perdido.

—¿Por mi hija?

Nathaniel la buscó con la mirada.

—Por mí. Porque no podía pedirle que eligiera mientras las propiedades convertían cada respuesta en una amenaza.

Le entregó la carpeta. Elinor no la abrió de inmediato.

—¿Qué ha vendido?

—Wycliffe House está en proceso de venta. También un pabellón de caza, algunos caballos y parte de mis inversiones.

Sophia suspiró.

—Los pájaros dorados continúan incluidos en la casa. Ningún comprador sensato los aceptaría por separado.

—¿Dónde vivirán? —preguntó Elinor.

—Con menos amplitud y los mismos muebles, si Sophia deja de rescatar cuadros que no caben.

—El retrato de la tía Honoria posee valor histórico.

—La tía Honoria asusta a los criados.

—Eso también tiene valor práctico.

Sir Thomas hojeó los documentos.

—No entiendo la mitad.

—Yo tampoco —dijo Agatha—. Pero las firmas parecen caras.

Nathaniel mantuvo la atención en Elinor.

—No he venido para que esto cambie su respuesta.

—Entonces ¿por qué me lo muestra?

—Porque la última vez que me presenté ante usted llevaba una obligación en una mano y una propuesta en la otra. Necesita saber que ya no existe ninguna.

Elinor abrió la carpeta. Leyó la primera página, después la renuncia. Sus dedos se detuvieron sobre la firma.

—Ha esperado a que todo estuviera terminado.

—Sí.

—Podría haber venido antes.

—Eso habría dejado a Pemberton resolviendo mis decisiones mientras yo perseguía una respuesta más agradable aquí.

Agatha inclinó la cabeza, satisfecha.

—Está aprendiendo.

Nathaniel dio un paso hacia Elinor.

—También he venido a pedirle perdón.

Ella cerró la carpeta.

—No tiene que hacerlo delante de todos.

—No. Pero su padre merece escuchar parte de ello. Cuando descubrí la verdad, convertí mi dolor en una razón para ofrecerle un matrimonio sin confianza. Sabía que la enfermedad de sir Thomas y su futuro podían empujarla a aceptar. Me dije que sería práctico. Era castigo y miedo.

Sir Thomas bajó la mirada.

—Yo también utilicé ese miedo.

—Padre…

—Déjame decirlo. Quise protegerte y terminé presentando el matrimonio como la única puerta. No debería haberlo hecho.

Elinor se sentó junto a él y le tomó la mano.

Nathaniel continuó:

—Usted me mintió. Eso no ha cambiado. Pero su mentira no me daba derecho a devolverle otra forma de encierro.

Elinor lo miró.

—No.

—No sé si confío plenamente en usted todavía.

Sophia emitió un sonido.

—Nathaniel.

—Necesito ser sincero.

—La sinceridad no exige parecer idiota.

Agatha tocó el brazo de Sophia.

—Déjalo. Algunos hombres necesitan excavar hasta encontrar la frase correcta.

Nathaniel ignoró a ambas.

—No confío en que no vuelva a intentar decidir por mí cuando tenga miedo —dijo a Elinor—. Del mismo modo, usted no debería confiar en que yo no salga corriendo o convierta el orgullo en crueldad. Conocemos nuestras peores inclinaciones. No puedo prometerle que han desaparecido.

—¿Qué puede prometerme?

—Que no volveré a utilizarlas como excusa para no reparar el daño. Que preguntaré antes de asumir. Y que, si deseo marcharme, le diré por qué antes de tocar la puerta.

La boca de Elinor tembló.

—Es una promesa poco romántica.

—He tenido resultados desastrosos con las románticas.

Sir Thomas carraspeó.

—¿Ha venido a pedirle matrimonio o no?

—No —respondió Nathaniel.

El baronet pareció decepcionado.

—Entonces la ropa me aprieta para nada —añadió Nathaniel.

Agatha soltó una risa.

Él se acercó a Elinor.

—He venido a pedir permiso para cortejarla.

—Ya me cortejó como Nell.

—No. La perseguí por salones mientras intentaba descubrir qué ocultaba. Quiero conocer a Elinor Bellamy. La mujer que administra Hartwell, discute con Edmund, cuida de su padre y aparentemente posee llaves para cada puerta salvo la que le conviene abrir.

Elinor miró el manojo sobre la mesa.

—No ha mencionado que soy una solterona de provincias.

—He descubierto que las provincias están llenas de mujeres peligrosas.

—Solo conoce una.

—Me ha parecido suficiente para establecer el riesgo.

El humor alivió algo entre ellos, pero no borró la gravedad.

—¿Y si después de cortejarme descubre que prefiere a Nell? —preguntó.

—Le pediré que use el sombrero verde de vez en cuando.

—Hablo en serio.

Nathaniel también.

—Nell existía. Era usted sin las consecuencias, sí, pero también sin la resignación que todos habían colocado sobre Elinor. No deseo que desaparezca esa parte. Deseo que deje de necesitar un nombre falso para hablar.

Elinor bajó la vista hacia la carpeta.

—Lo que hice estuvo mal.

—Sí.

—Me aproveché de que no sabía quién era. Lo besé para ganar tiempo. Le exigí valor cuando yo aplazaba el mío.

—Sí.

—Podría mostrarse menos satisfecho al enumerarlo.

—No estoy satisfecho. Estoy intentando no fingir que una disculpa lo borra todo.

Elinor levantó los ojos.

—Cecily le ha enseñado bien.

—Cecily, usted, Sophia, Hale, Pemberton, la señora Hollis y un perro me han enseñado demasiadas cosas este mes. Empiezo a añorar la ignorancia.

Sophia sonrió.

—Wellington estará orgulloso.

Nathaniel extendió la mano hacia Elinor, sin tocarla.

—No le pido que me perdone hoy. Solo que me permita quedarme cerca el tiempo suficiente para que ambos decidamos con conocimiento.

Elinor miró su mano. Después miró a su padre, a Agatha y a Sophia.

—Quiero hablar con él a solas.

Sir Thomas intentó ponerse en pie.

—Otra vez.

—La vez anterior no incendió nada —dijo Agatha—. El resultado está por encima de la media.

Los tres salieron. Sophia se llevó la carpeta después de que Nathaniel le ordenara dejarla. La puerta se cerró.

Elinor caminó hasta la ventana.

—No puede alojarse en Hartwell.

—Hay una posada en el pueblo.

—Es mala.

—He dormido en Escocia después de huir de una boda. Mis estándares se han reducido.

—No bromee con eso.

—Tiene razón.

Nathaniel esperó.

Elinor volvió hacia él.

—No aceptaré regalos costosos.

—Bien.

—No hablará con mi padre sobre mi futuro sin mí.

—Bien.

—No ayudará a Edmund a convertir mi dormitorio en sala de armas.

—Eso habría sido una condición propia.

—Y no habrá besos utilizados para evitar respuestas.

Nathaniel alzó una ceja.

—¿Por ninguno de los dos?

—Por ninguno.

—Las reglas empiezan a parecer desproporcionadas.

—Puede rechazarlas.

—No.

Elinor se acercó. Todavía había distancia suficiente para que ambos pudieran elegir.

—Puede cortejarme durante un mes.

—¿Un mes?

—Después hablaremos.

—Mi cumpleaños es dentro de tres semanas.

—Ya no importa.

Nathaniel sonrió despacio.

—No. Ya no.

—Y tengo tres preguntas.

—Utilizó las tres.

—Estas son nuevas reglas.

—Naturalmente.

—Primera: ¿ha venido porque me ama o porque no soporta perder?

Nathaniel no apartó la mirada.

—He venido porque la amo. Aprender a perder solo me permitió hacerlo sin convertir ese amor en una deuda.

Elinor sintió que la respuesta se asentaba en el lugar donde había guardado todas las dudas.

—Segunda: ¿ama a Nell o a Elinor?

—Sí.

—Esa no es una respuesta completa.

—Es la única exacta. Amo a la mujer que me desafió en un corredor y a la que regresó aquí para cuidar de su padre. Me enfada que sean la misma porque vuelve más difícil olvidarla.

Elinor bajó la vista para ocultar la sonrisa.

—Le queda una pregunta —dijo Nathaniel.

—La reservaré.

—Eso empieza a parecer una amenaza.

—Lo es.

Nathaniel extendió la mano otra vez.

Esta vez Elinor colocó la suya sobre ella.

—Un mes —repitió.

—Será el compromiso más largo que he logrado mantener sin romperlo.

Elinor retiró la mano.

—Y ya está bromeando.

—Es una respuesta al miedo.

—Entonces tendrá muchas oportunidades de practicar otra.

Nathaniel miró la puerta, después a ella.

—¿Puedo quedarme a cenar?

—Eso no forma parte del cortejo.

—¿Qué parte es?

—La posada. Empieza por sobrevivir a su estofado.

Cuando regresaron al vestíbulo, el carruaje había sido liberado. Edmund examinaba las botas embarradas de Nathaniel con desaprobación.

—La posada del pueblo está llena —dijo, quizá con la esperanza de que se marchara.

El mayordomo lo corrigió:

—No, señor. Tiene cuatro habitaciones libres.

Agatha sonrió.

—Harris también ha decidido permanecer.

Nathaniel recogió su abrigo húmedo.

Elinor lo acompañó hasta la puerta.

—Mañana a las diez —dijo él.

—A las once.

—Diez y media.

—Está negociando mal.

—He perdido una fortuna esta semana. Concédame tiempo para recuperar la forma.

Elinor cerró la puerta después de verlo descender la escalinata.

No había vuelto para reclamarla.

Había vuelto dispuesto a conocer a la mujer que no esperaba.