CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Renunciar sin huir

Pemberton leyó la propuesta financiera dos veces y después se quitó las gafas.

—Esto es una locura.

Nathaniel se acomodó en la silla frente al escritorio.

—Esa opinión no constituye una objeción legal.

—Constituye una objeción humana. Pretende vender Wycliffe House, el pabellón de caza de Sussex, la mitad de sus inversiones y los mejores caballos para comprar dos propiedades que habría recibido sin coste casándose antes de julio.

—No sin coste.

El marqués volvió a colocarse las gafas.

—Una esposa no es un precio, Wycliffe.

—Eso intentaba creer cuando la trataba como solución.

Benedict, sentado junto a la ventana, examinó un pisapapeles.

—Ha mejorado. Hace una semana necesitó que una mujer se lo explicara durante media hora.

—¿Por qué está Hale aquí? —preguntó Pemberton.

—Porque posee parte del capital que necesito.

El marqués miró a Benedict.

—¿Piensa prestárselo?

—A un interés ofensivo. La amistad no debe alterar los buenos hábitos.

Nathaniel ignoró el comentario.

—El fideicomiso permite al administrador vender activos antes de la fecha de vencimiento si existe una valoración independiente y el capital permanece sujeto a las mismas condiciones.

Yo compraré Dunmore y West Fen a valor de mercado.

Si no me caso, el dinero de la venta y el resto de la fortuna pasarán a Marcus.

—Ashcombe también pasará a él.

—Antes firmaremos contratos de arrendamiento de veintiún años con límites de renta y obligaciones de mantenimiento. Los actuales arrendatarios quedarán protegidos.

Pemberton cerró la carpeta.

—Marcus impugnará los contratos.

—Que lo intente.

—Puede negarse a aceptar la venta.

—No es beneficiario hasta mi cumpleaños. Usted es el administrador.

El marqués se levantó y caminó hasta la chimenea. Había envejecido al servicio del difunto conde y conservaba hacia sus decisiones una lealtad que a veces se confundía con obediencia póstuma.

—Su padre creó esta condición porque temía que usted dilapidara el patrimonio.

—Y para obligarme a casarme con una mujer elegida por las circunstancias.

—Deseaba que sentara cabeza.

—Entonces debería haber dejado una silla, no una trampa.

Benedict bajó el pisapapeles.

Pemberton le lanzó una mirada, quizá para comprobar si se había reído.

—El conde creía que el matrimonio le enseñaría responsabilidad.

—He roto tres compromisos y casi utilicé el cuarto para conservar unas tierras. La lección parece deficiente.

—¿Y ahora pretende demostrar responsabilidad perdiendo la mayor parte de la fortuna?

—Pretendo asumir el coste de mi decisión sin entregárselo a una mujer.

El marqués guardó silencio.

Nathaniel empujó la carpeta hacia él.

—Solicite las valoraciones. Ponga Wycliffe House en manos de un agente discreto. Hale preparará el préstamo. Sophia ha aceptado trasladarse a una casa más pequeña.

—Sophia ha aceptado porque cree que las casas pequeñas no tienen normas —dijo Benedict—. Será necesario decepcionarla.

—¿Y qué ocurrirá si se casa dentro de dos meses? —preguntó Pemberton—. Habrá vendido todo para evitar una condición que habría cumplido.

Nathaniel pensó en Elinor.

—Entonces me casaré porque ambos lo elegimos, no porque mi padre lo compró por adelantado.

Pemberton volvió a abrir la carpeta.

—Necesito una semana.

—Tiene tres días.

—No puede exigir…

—Mi cumpleaños se acerca. Marcus ya ha preguntado por las escrituras de Ashcombe y ha ofrecido vender madera que aún no posee.

Benedict dejó el pisapapeles en su sitio.

—También ha intentado contratar a un agente para desalojar dos granjas. Tengo las cartas.

Pemberton palideció.

—¿Cómo las ha conseguido?

—Su agente juega a las cartas peor de lo que miente.

El marqués miró los documentos otra vez.

—Tres días —cedió.

Nathaniel permaneció en Londres.

Eso fue, en algunos sentidos, más difícil que vender las propiedades.

Cada calle contenía un recuerdo de Elinor: el salón donde la había visto con el vestido verde, la residencia Ashcombe, Hyde Park, la exposición de acuarelas.

Wycliffe House conservaba un silencio distinto sin ella y sin Sophia, que había regresado a Hartwell por invitación de Agatha con el pretexto de «comprobar que Elinor no colocara Cumberland al sur de Francia».

Nathaniel trabajó con agentes, abogados y administradores. No se marchó cuando las negociaciones empeoraron. Tampoco bebió hasta olvidar las cifras, aunque Benedict señaló que esa opción habría beneficiado a varias bodegas.

Al segundo día llegó Marcus Wycliffe.

Era primo segundo de Nathaniel, un hombre de treinta y seis años con cabello claro, modales pulidos y la capacidad de tratar cualquier conversación como una subasta. Entró en el despacho sin esperar anuncio.

—Pemberton me ha informado de una venta absurda.

—Pemberton no debería haberte informado todavía.

—Seré el beneficiario del fideicomiso.

—Si no me caso.

Marcus miró alrededor.

—Por lo que dicen, esa posibilidad ha disminuido.

Nathaniel se levantó despacio.

—¿Qué dicen?

—Que la provinciana resultó ser una aventurera con nombre falso. Confieso que la historia mejora cuanto más se repite.

—Vuelve a mencionarla de ese modo y la conversación terminará en el jardín.

Marcus sonrió.

—No sabía que estuvieras tan implicado. Londres afirma que la rechazaste.

—Londres suele confundir ignorancia con información.

—Como quieras. Me opongo a la venta. Dunmore produce menos de lo que vale y West Fen necesita una fortuna en reparaciones. Prefiero recibir las propiedades y decidir después.

—No tienes derecho a decidir antes de julio.

—Tampoco tú deberías vaciar el fideicomiso para conservar las partes útiles.

—Recibirás su valor completo en dinero.

—Quiero la tierra.

—Quieres elevar las rentas.

Marcus se acercó a la mesa.

—Quiero obtener beneficios. Una idea que en esta familia se considera vulgar porque ninguno ha tenido que vivir sin ellos.

—Las rentas de Dunmore ya cubren gastos y una reserva razonable.

—Podrían duplicarse.

—Y expulsarías a la mitad de los arrendatarios.

—Los sustituiría gente capaz de pagar.

Nathaniel sintió una claridad fría.

Había considerado a Marcus una amenaza abstracta, un primo codicioso al que podía combatir mediante el matrimonio.

Escucharlo confirmó que Elinor tenía razón: no podía utilizar las vidas de los arrendatarios como presión sobre una mujer, pero sí podía emplearlas como razón para asumir personalmente una pérdida.

—Pemberton autorizará la venta —dijo.

—La impugnaré.

—Entonces gastarás parte del dinero que recibirás intentando demostrar que comprar a valor de mercado unas propiedades antes de que sean tuyas perjudica tus intereses.

Marcus endureció la sonrisa.

—Tu padre sabía que acabarías arruinándote por una mujer.

—No hago esto por una mujer.

La mentira duró un segundo.

—No solo por ella —corrigió—. Lo hago porque mi padre diseñó una elección donde todos los costes recaían sobre otras personas. No pienso continuar obedeciéndolo desde la tumba.

—Romántico.

—Caro —dijo Benedict desde la puerta—. Que es mucho más convincente.

Marcus se volvió.

—¿Siempre aparece sin que lo llamen?

—Solo cuando la conversación necesita un testigo o una inteligencia adicional.

—No aceptaré.

Nathaniel rodeó el escritorio.

—No necesitas aceptar. Pero te ofreceré algo. Renunciaré por escrito a cualquier reclamación futura sobre el capital que recibas. No habrá litigio si el testamento contiene otra ambigüedad. A cambio, reconocerás las ventas y los contratos de Ashcombe.

Marcus calculó en silencio.

—Quiero también las acciones del canal de Bristol.

—No.

—Entonces nos veremos ante un juez.

Benedict se sentó.

—Las acciones valen menos de lo que cree.

—No le he preguntado.

—Eso no suele impedirme mejorar una negociación.

Discutieron durante dos horas. Marcus pidió acciones, caballos y un cuadro de Van Dyck que pertenecía al patrimonio vinculado y no podía venderse.

Nathaniel ofreció una inversión menor y el uso del pabellón de caza hasta su venta.

Benedict redujo cada exigencia a números y Pemberton, convocado con urgencia, envejeció otros cinco años.

Al final, Marcus aceptó.

Firmó porque recibiría dinero líquido, una parte de las acciones y la certeza de que Nathaniel no impugnaría el fideicomiso.

Los arrendamientos de Ashcombe quedaron registrados.

Las valoraciones de Dunmore y West Fen se aprobaron.

Wycliffe House se puso a la venta, aunque Sophia exigió conservar el retrato de su madre, la vajilla azul y «cualquier pájaro de la pared que pudiera retirarse sin dañar al pájaro».

Cuando Marcus se marchó, Pemberton se dejó caer en una silla.

—Su padre me perseguirá después de la muerte.

—Dígale que espere. Lleva años persiguiéndome a mí.

El marqués miró a Nathaniel.

—¿Está seguro?

Nathaniel tomó la pluma.

La renuncia al capital ocupaba cuatro páginas. Al firmarla perdería una fortuna suficiente para vivir sin preocupación, una casa que llevaba generaciones en la familia y buena parte de la seguridad que siempre había fingido despreciar.

Pensó en Elinor colocando el anillo sobre la mesa.

«Entonces pierda».

No lo había dicho para castigarlo. Le había pedido que dejara de utilizar el miedo a perder como argumento para retenerla.

Nathaniel firmó.

No sintió liberación inmediata. Sintió vértigo, pena y una preocupación muy concreta por el precio de la avena durante el próximo invierno.

Era mejor así.

Las decisiones verdaderas no siempre recompensaban al hombre en el momento de tomarlas.

Pemberton secó la tinta.

—Ya no necesita casarse antes de su cumpleaños. El capital pasará a Marcus según el acuerdo y las dos propiedades quedarán a su nombre mediante la compra.

—Lo sé.

—¿Qué hará ahora?

Nathaniel miró hacia la ventana. Londres se extendía gris bajo una tarde de lluvia.

—Quedarme hasta que cada contrato esté registrado.

Benedict asintió.

—Bien.

—Después viajaré a Hartwell.

—¿Para pedirle matrimonio?

—No.

La respuesta sorprendió a Pemberton.

Nathaniel guardó una copia de la renuncia.

—Iré a pedirle la oportunidad de conocerla sin que ninguno de los dos tenga una salida escondida en un documento.

La última noche en Wycliffe House, Sophia recorrió las habitaciones con una cesta y una lista de objetos que insistía en salvar.

—Este reloj perteneció a mamá.

—Ese reloj perteneció al anterior propietario —dijo Nathaniel.

—Mamá lo miró muchas veces.

—Eso no crea derechos hereditarios.

Benedict apareció cargando el retrato del almirante desconocido.

—¿Y este hombre?

—Sophia asegura que es familia.

—Tiene una nariz Wycliffe —defendió ella.

—Tiene uniforme portugués.

—La familia ha viajado.

Los criados embalaban libros y vajilla en el vestíbulo.

Nathaniel había esperado sentir únicamente alivio al abandonar la casa donde su padre había dictado tantas decisiones.

En cambio, cada objeto despertaba un recuerdo: su madre tocando el piano, Sophia escondida detrás de las cortinas, Benedict entrando por primera vez con una botella robada de la bodega de su tutor.

Vender la casa no borraba al conde muerto. También costaba partes de una vida que Nathaniel había amado.

Sophia dejó la cesta.

—Podemos detener la venta.

Él la miró.

—¿Quieres hacerlo?

—No. Pero no quiero que finjas que no te duele porque entonces pasarás los próximos diez años actuando como si nosotros te hubiéramos obligado.

Nathaniel soltó una respiración.

—Me duele.

—Bien.

—Eres una hermana extraña.

—Tú eres un hermano que necesita instrucciones emocionales escritas.

Benedict apoyó el retrato contra la pared.

—La casa nueva tendrá menos espacio. Propongo abandonar al almirante.

Sophia lo abrazó de inmediato.

—Ahora ya forma parte de la familia.

Nathaniel rio. Después miró el salón azul y los pájaros dorados que parecían continuar huyendo de la chimenea.

—Llévate uno —dijo a Sophia.

—¿Un pájaro?

—Un fragmento del papel. Para recordar que incluso las cosas feas pueden echarse de menos.

Sophia lo observó con sospecha.

—Elinor te ha vuelto sentimental.

—No se lo digas. Podría aumentar las reglas del cortejo.

Tres días más tarde, el último contrato quedó registrado.

Nathaniel vendió dos caballos, aceptó una oferta por el pabellón de Sussex y entregó a un agente las llaves de Wycliffe House.

No partió hasta terminarlo todo.

Esta vez, cuando tomó el camino hacia una mujer, no dejó ninguna obligación sin afrontar a su espalda.