CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El hombre que vuelve a escapar

Wycliffe Park se encontraba a menos de un día de Londres y a una distancia mucho mayor de cualquier conversación que Nathaniel deseara evitar.

Llegó al anochecer, después de cabalgar las últimas millas porque el interior del carruaje empezaba a parecerle una caja construida para repetir errores.

La casa se alzaba sobre una loma baja, rodeada de robles y campos que se extendían hasta un río estrecho.

No era la propiedad más grande vinculada al título, pero sí la primera que su padre le había permitido administrar.

A los veintiún años, Nathaniel había creído que aquella confianza significaba que el conde empezaba a respetarlo. Más tarde descubrió que su padre solo deseaba comprobar cuánto tardaría en fracasar.

El mayordomo lo recibió con sorpresa y una lista de problemas.

Una tormenta había levantado parte del tejado de los establos. Dos arrendatarios discutían por el uso de un camino. La presa del molino necesitaba reparación y el administrador esperaba instrucciones sobre la siembra de otoño.

Nathaniel agradeció cada dificultad.

Durante cuatro días se levantó antes del amanecer, recorrió campos, revisó cuentas y regresó a la casa cuando ya no quedaba luz suficiente para trabajar. No abrió las cartas de Londres. Tampoco preguntó si había llegado alguna de Hartwell.

El quinto día, el administrador lo encontró en el patio observando a dos hombres colocar tejas.

—Milord, lady Sophia acaba de llegar.

Nathaniel cerró los ojos.

—¿Sola?

—No, milord. Lord Benedict la acompaña. También el perro.

—Naturalmente.

Sophia bajó del carruaje antes de que el cochero desplegara el estribo.

Llevaba un vestido de viaje verde, el cabello torcido por el viento y una expresión que anunciaba una invasión prolongada.

Benedict descendió después con Wellington, que vio a Nathaniel y se acercó a una velocidad incompatible con sus articulaciones.

—No los he invitado —dijo Nathaniel.

—Por eso hemos venido juntos —respondió Sophia—. Una invitación habría limitado el entusiasmo.

Benedict entregó su sombrero a un lacayo.

—Traemos ropa para tres días y opiniones para varias semanas.

—Pueden regresar en el mismo carruaje.

Sophia miró hacia los establos.

—No. Wellington se marea si viaja dos veces en una jornada.

El perro se sentó sobre la bota de Nathaniel.

—Wellington duerme durante todo el trayecto.

—Es su manera de sufrir en silencio.

Nathaniel se agachó para apartarle la pata.

—¿Qué quieren?

—Almorzar —dijo Benedict—. Después Sophia quiere acusarte de cobardía y yo planeo asentir en los momentos adecuados.

—He venido a comprobar que sigues vivo —replicó ella.

—Podrías haber escrito.

—No abres las cartas.

Nathaniel miró al administrador. El hombre decidió de pronto que las tejas exigían su presencia inmediata.

—Estoy trabajando.

Sophia contempló los obreros, el barro en las botas de su hermano y las carpetas que un criado llevaba detrás de él.

—También trabajabas en Londres.

—Aquí existen problemas urgentes.

—Sí. El más urgente parece ser que una mujer te ha dicho que no.

Nathaniel pasó junto a ella.

—El almuerzo se sirve a la una. Si continúas hablando antes, lo cancelaré.

—No amenaces a Benedict con el hambre. Se vuelve desleal.

—Mi lealtad siempre ha dependido del menú —confirmó él.

El almuerzo se celebró en una sala pequeña porque el comedor principal llevaba cerrado desde la muerte del padre de Nathaniel. Sophia pidió que retiraran las cortinas para dejar entrar luz. Benedict examinó la carne asada con la seriedad de un magistrado.

Nathaniel intentó hablar de la presa.

—El agua no es el motivo por el que estamos aquí —dijo Sophia.

—Eso explica por qué no han traído ingeniero.

—Hemos traído algo más raro: personas dispuestas a decirte la verdad.

—La propiedad está llena de ellas. La señora Hollis me escribe cada martes.

Benedict dejó los cubiertos.

—Has regresado con Elinor para ofrecerle el mismo matrimonio que fingías rechazar.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—No fingía nada.

—Deseabas a Nell y necesitabas a Elinor. Cuando descubriste que eran la misma mujer, decidiste castigar a una por haberte mentido y utilizar a la otra para conservar las tierras.

—No pensaba castigarla.

Sophia tomó pan.

—Le dijiste que obtendría una casa y dinero mientras tú obtenías las propiedades.

—Pemberton te lo ha contado.

—Pemberton se lo contó a Agatha. Agatha me lo contó a mí. Yo se lo conté a Benedict, aunque él ya lo sabía porque tú tienes la sutileza de un incendio.

Nathaniel apartó el plato.

—Elinor me engañó durante semanas.

—Sí —dijo Sophia.

La falta de defensa lo desconcertó.

—Utilizó un nombre falso, investigó mis compromisos y me permitió hablar de ella como si fuera una desconocida.

—Sí.

—¿Eso no les importa?

—Mucho —respondió Benedict—. Pero el hecho de que ella actuara mal no transforma tu peor reacción en una buena idea.

Nathaniel se puso en pie y caminó hacia la ventana.

—No saben lo que se siente al recordar cada conversación y descubrir que la otra persona poseía una ventaja oculta.

—No —dijo Sophia—. Pero sé lo que se siente al vivir con un hermano que cree que sufrir le concede automáticamente la razón.

Él se volvió.

—Ten cuidado.

—¿O qué? ¿Romperás nuestro compromiso fraternal?

Benedict bebió vino para ocultar una sonrisa.

Nathaniel apoyó una mano en el alféizar.

—No la habría obligado.

—Le ofreciste un matrimonio que esperaba que aceptara por la enfermedad de su padre —dijo Sophia—. Eso se parece mucho a colocar una puerta abierta en una habitación sin ventanas.

—Ella se negó.

—Y te marchaste.

—Necesitaba pensar.

—Necesitabas una finca suficientemente grande para llamar trabajo a esconderte.

Nathaniel miró los campos. Los hombres habían terminado una parte del tejado. Al otro lado del patio, una criada sacudía un mantel y Wellington perseguía las migas.

—Si pierdo el fideicomiso, Marcus recibirá Dunmore, Ashcombe y las granjas de West Fen. Sabes lo que hará.

Sophia perdió parte de su dureza.

—Elevar las rentas.

—Venderá el bosque de Ashcombe y cerrará la escuela de Dunmore. La presa de West Fen necesita una inversión que no realizará. No puedo entregar esas familias a un hombre que calcula beneficios preguntando primero cuántas personas puede expulsar.

—Entonces encuentra otra solución —dijo Benedict.

—No existe.

—No has buscado una que te cueste de verdad.

Nathaniel apretó la mandíbula.

—¿Qué propones? ¿Vender Wycliffe House? ¿Los establos de Newmarket? ¿Las inversiones que sostienen esta propiedad?

—Sí —respondió Benedict.

La rapidez lo silenció.

—Vende aquello que sirve a tu comodidad para conservar lo que sostiene a otros —continuó—.

Pemberton puede autorizar la venta de las propiedades del fideicomiso antes del vencimiento si el precio es independiente y el beneficiario sustituto recibe el capital.

Lo mencionó hace tres años cuando discutíais sobre Ashcombe.

Nathaniel lo recordó. Había rechazado la opción porque exigía reunir una suma imposible sin desprenderse de casi todos los bienes no vinculados al título.

—Marcus tendría que aceptar.

—Marcus acepta cualquier cosa que produzca dinero inmediato —dijo Sophia—. Es su única cualidad constante.

—No alcanzaría para comprar las tres.

—Entonces compra las dos más vulnerables y negocia contratos de arrendamiento protegidos para la tercera antes de que cambie de manos —respondió Benedict—. Pemberton conoce la ley. Tú conoces las cuentas. Yo conozco a tres hombres dispuestos a comprar caballos demasiado caros.

Nathaniel lo miró.

—Mis caballos no están demasiado caros.

—Eso creen los hombres que los comprarán.

Sophia señaló alrededor.

—Cierra esta casa durante una temporada. Alquila Wycliffe House en Londres. Vende el pabellón de caza que nunca utilizas.

—Tú vives en Wycliffe House.

—Puedo vivir contigo aquí.

Nathaniel la contempló con horror.

—No necesitamos llegar a extremos.

—Entonces busca una casa más pequeña.

Benedict retomó los cubiertos.

—La amenaza de convivir con Sophia suele mejorar la creatividad financiera.

Nathaniel volvió a sentarse. Durante los últimos años había pensado en el fideicomiso como una estructura fija: casarse o perderlo.

Su padre lo había diseñado así para obligarlo a demostrar estabilidad.

Nathaniel había odiado la cláusula y, al mismo tiempo, aceptado sus límites sin cuestionarlos porque resultaba más fácil culpar a un muerto que desmontar su voluntad.

—Aun así perdería la mayor parte del capital —dijo.

—Sí —respondió Sophia.

—Y probablemente la casa de Londres.

—Los pájaros azules quedarán libres.

—Dorados.

—Nunca los miraste con suficiente atención.

Nathaniel soltó una risa cansada. Fue la primera en varios días.

Benedict cortó la carne.

—Elinor no te pidió que conservaras su amor y las tierras. Te pidió que decidieras qué estabas dispuesto a perder sin utilizarla.

—No sé si conserva nada parecido al amor.

Sophia dejó el pan.

—Te dijo que te amaba.

—También me dijo que era de Cumberland.

—No confundas una mentira con la falsedad de todo lo demás. Es una manera cómoda de no arriesgarte a creerla.

Nathaniel miró a su hermana.

—¿Y si vuelvo y descubro que no puedo confiar en ella?

—Entonces no te casarás con ella. Pero la decisión no tendrá a tres propiedades escondidas debajo de la mesa.

El resto del almuerzo transcurrió alrededor de números. Benedict pidió papel. Sophia sumó mal dos columnas y culpó a la tinta. Nathaniel empezó a calcular qué podía vender, qué deudas podía renegociar y cuánto costaría comprar Dunmore y West Fen al fideicomiso antes de su cumpleaños.

Por primera vez, la pérdida dejó de parecer una catástrofe abstracta y adquirió forma concreta: caballos, una casa, inversiones, años de menor renta. Dolía. Precisamente por eso era una elección real.

Esa tarde escribió a Pemberton.

No preguntó si podía conservar la fortuna sin casarse.

Preguntó cuánto costaría liberar a las propiedades de la condición que su padre había creado.

***

Elinor regresó a Hartwell seis días después.

Sir Thomas soportó el viaje tumbado entre almohadas, quejándose de cada bache y afirmando que el cochero había desarrollado una enemistad personal con los caminos. Agatha viajó frente a ellos con el tobillo ya mejor y una caja de documentos en el regazo.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó sir Thomas.

—Pruebas de que Edmund ha intentado vender tres cuadros antes de heredarlos.

—No puede venderlos.

—Por eso conservo las pruebas. Los delitos frustrados son menos rentables, pero igualmente entretenidos.

Edmund los esperaba en la escalinata de Hartwell. Su sonrisa perdió firmeza al ver descender a Agatha.

—No sabía que vendría con ustedes.

—Por eso he venido —respondió ella.

Elinor entró en la casa y sintió la extraña impresión de regresar a un lugar que ya no le pertenecía del mismo modo.

Todo continuaba donde lo había dejado: el reloj del vestíbulo adelantaba siete minutos, una grieta atravesaba el jarrón chino y la gotera del ala oeste había conquistado un segundo cubo.

Solo ella había cambiado.

Durante los primeros días se ocupó de su padre. El médico confirmó que el viaje no lo había matado, aunque dedicó una mirada a sir Thomas que sugería que aún podía corregirse ese fracaso si continuaba desobedeciendo.

Edmund preguntó por el compromiso durante la cena.

—Cancelado —respondió Elinor.

Él dejó el cuchillo.

—¿Wycliffe te ha rechazado?

—Yo lo rechacé a él.

Edmund soltó una pequeña risa.

—Elinor, no es necesario fingir conmigo.

Agatha alzó la cabeza.

—Cierto. La imaginación de Edmund nunca ha soportado el esfuerzo de seguir una mentira compleja.

—Lady Agatha, esto es un asunto familiar.

—Yo soy la familia que ha elegido quedarse. Tú eres la que espera una muerte para cambiar las cortinas.

Sir Thomas tosió detrás de la servilleta. Elinor sospechó que ocultaba una risa.

Edmund se volvió hacia ella.

—Debes comprender que, cuando herede, no podré mantener la casa con los mismos gastos. Habrá que tomar decisiones.

—Ya has tomado muchas antes de tiempo.

—Solo intento ser práctico.

—Entonces practica en tu propia propiedad.

Edmund vivía en una casa heredada de su madre, lo bastante cómoda para un hombre que no estuviera convencido de merecer todas las demás.

—¿Qué harás? —preguntó—. ¿Vivir de la caridad de lady Agatha?

Elinor apoyó los cubiertos.

—Administraré sus propiedades y su correspondencia. A cambio recibiré una renta.

Agatha la miró.

—¿Lo harás?

—Lo decidí esta mañana.

—Yo pensaba pagarte por discutir conmigo.

—Eso se incluirá sin coste.

Sir Thomas observó a su hija.

—Podría establecer una pequeña anualidad con la venta de los terrenos libres.

—No venderás nada mientras estés enfermo y asustado.

—Ya no estoy tan enfermo.

—Esta mañana intentaste ponerte dos botas en el mismo pie.

—La habitación estaba oscura.

—Era mediodía.

Edmund miró de uno a otro, molesto porque el futuro se organizaba sin concederle autoridad.

Elinor terminó la cena con una calma que no sentía.

Por la noche regresó a su habitación. Sobre la mesa encontró un paquete llegado de Londres. El corazón se le aceleró, pero la letra era de Sophia.

Dentro había un libro de mapas de Cumberland y una nota.

«Para cuando vuelvas a inventar un condado. Nathaniel continúa en Wycliffe Park fingiendo que las cuentas no tienen sentimientos. Benedict y yo hemos ido a impedirlo. Wellington ha caído en un estanque y se encuentra satisfecho».

No había una sola palabra sobre lo que Nathaniel pensaba de ella.

Elinor abrió el libro. Entre las páginas encontró la cinta mordida de su bolso, la que el perro había atrapado durante el paseo por Hyde Park.

No sabía quién la había colocado allí.

La guardó en el cajón junto a las cartas de su madre.

Después se sentó a escribir a Sophia.

No preguntó cuándo regresaría Nathaniel.

Le agradeció el mapa y explicó que las montañas continuarían mal situadas por principios.

Era una carta ligera. Solo al final añadió una línea.

«Dile a tu hermano que no tiene que volver para demostrar nada. Solo debería hacerlo cuando sepa por qué desea quedarse».

Doblarla fue más difícil que escribirla.

Pero la envió.