CAPÍTULO 21
La cuarta traición
Nathaniel regresó esa misma tarde.
Elinor estaba ayudando a su padre a caminar por la galería cuando el mayordomo anunció al conde. Sir Thomas se detuvo, apoyado en el bastón.
—No esperaba verlo hasta después de Wycliffe Park.
—Yo tampoco —respondió Nathaniel.
Su rostro mostraba la tensión de quien había tomado una decisión a la fuerza y todavía no sabía si podía vivir con ella.
Pemberton acudió desde su despacho. Agatha apareció de una sala lateral con un plato de galletas que no le pertenecía.
—¿Ha cambiado de opinión? —preguntó el marqués.
La atención de Nathaniel regresó a Elinor.
—Sí.
El corazón de ella se detuvo un instante.
—Mantendré el acuerdo matrimonial.
El alivio de Pemberton fue inmediato. Sir Thomas cerró los dedos sobre el bastón. Agatha dejó el plato.
Antes de mirar a Elinor, Nathaniel se dirigió a sir Thomas.
—Puedo garantizar una renta anual independiente, una casa a nombre de su hija y una cláusula de separación si en algún momento desea vivir aparte.
Pemberton asintió con visible alivio.
—Los términos son generosos.
—Los términos de una prisión también pueden ser cómodos —dijo Agatha.
Sir Thomas apretó el bastón.
—¿Quiere a mi hija?
Nathaniel tardó demasiado en responder.
—Eso no altera mi capacidad para cumplir.
Elinor vio el golpe en el rostro de su padre. Meses atrás, aquella oferta le habría parecido la seguridad que buscaba. Ahora comprendía que Nathaniel estaba utilizando la perfección de los términos para evitar la única pregunta que importaba.
—No he viajado enfermo hasta Londres para entregarla a un hombre que habla de cumplir como si fuera una condena —dijo sir Thomas.
—Padre…
—No. He cometido bastantes errores en silencio. Lord Wycliffe, si desea casarse con Elinor por las tierras, busque otra solución. Si desea casarse porque la ama, empiece por decirlo sin esconderse detrás de Pemberton.
El marqués pareció considerar la posibilidad de esconderse él mismo detrás de una cortina.
Nathaniel miró a sir Thomas.
—No sé si puedo separar el amor de la desconfianza que siento ahora.
—Entonces no está preparado para pedirle nada.
Elinor sintió una inesperada gratitud hacia su padre. Había llegado a Londres para salvar el acuerdo y ahora era el primero en negarse a sacrificarla para conservarlo.
Elinor no sintió esperanza. La forma en que Nathaniel había pronunciado las palabras no contenía amor ni reconciliación.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque las propiedades no pueden quedar en manos de Marcus Wycliffe.
He revisado las cuentas con Benedict. Sin el fideicomiso, tendría que vender tierras libres y reducir las inversiones que mantienen varias fincas.
Su padre necesita saber que usted tendrá una casa. El acuerdo resuelve ambos problemas.
—Creí que había comprendido que yo no soy un problema que resolver.
—No he dicho eso.
—Lo acaba de hacer con palabras más elegantes.
Nathaniel endureció la expresión.
—Cumpliré todas las condiciones. Tendrá independencia económica, una residencia propia si la desea y plena libertad dentro del matrimonio.
—¿Y usted qué tendrá?
—Las propiedades.
La respuesta fue deliberadamente cruel. Elinor sintió que la herida se abría donde la esperanza había intentado entrar.
Sir Thomas intervino.
—Wycliffe, no aceptaré que mi hija…
—Padre —dijo Elinor sin apartar los ojos de Nathaniel—. Quiero hablar con él a solas.
—No creo que…
—Yo sí —dijo Agatha—. Thomas, Pemberton tiene brandy y tú necesitas sentarte antes de intentar un duelo con bata.
Pemberton parecía ofendido por la posibilidad de compartir el brandy, pero condujo a sir Thomas hacia el despacho. Agatha los siguió y cerró la puerta.
Elinor caminó hasta el salón más cercano. Nathaniel entró detrás.
—No voy a casarme con usted —dijo ella.
—Ayer parecía temer que cancelara.
—Ayer actuaba desde el miedo. Hoy he cancelado el acuerdo.
—Su padre no ha firmado nada definitivo.
—Mi voluntad debería bastar.
Nathaniel apretó la mandíbula.
—Aceptó recibirme.
—Recibirlo no es casarme.
—Entonces escuchará mi propuesta.
—Ya la he escuchado. Me ofrece dinero, una casa y libertad a cambio de utilizar mi nombre para conservar una fortuna.
—Es exactamente el acuerdo que su padre aceptó.
—Antes de conocerlo.
—Ese parece ser el origen de todos nuestros problemas.
Elinor aceptó el golpe.
—Sí. Y por eso no añadiré un matrimonio construido sobre el resentimiento.
Nathaniel caminó hacia la chimenea.
—No la odio.
—No necesita odiarme para castigarme.
Él se volvió.
—¿Castigarla?
—Ha regresado para anunciar que se casará conmigo por las propiedades después de decirme que deseaba elegir a Nell. Quiere demostrar que Elinor solo merecía la conveniencia.
—No sabe lo que quiero.
—Porque no lo dice.
—¿Ahora exige sinceridad?
La frase quedó suspendida entre ambos.
Elinor palideció, pero no retrocedió.
—Sí. Aunque no la haya merecido antes.
Nathaniel pasó una mano por el cabello.
—Quiero dejar de sentir que he sido un necio.
Quiero mirar cada conversación y no preguntarme qué sabía usted mientras yo hablaba.
Quiero conservar las propiedades que mi padre utilizó para controlarme porque hay familias que no deberían pagar por nuestras decisiones.
Quiero que su padre deje de mirarme como la última puerta entre usted y la pobreza. Y quiero…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Quiero a la mujer que conocí.
Elinor sintió que el pecho se le partía.
—Está aquí.
—No sé si puedo creerlo.
—Entonces no se case conmigo.
—Podría aprender.
—¿Dentro de un matrimonio que considera una obligación?
—Tendríamos tiempo.
—Cecily también creyó que el afecto llegaría después.
Nathaniel se quedó inmóvil.
Elinor se acercó.
—No repetiré su historia desde el otro lado. No entraré en una iglesia esperando que un hombre aprenda a quererme porque las propiedades dependen de ello. Y no permitiré que utilice el matrimonio para demostrar que esta vez puede permanecer. Quedarse en una condena no es valentía.
—¿Qué espera que haga? —preguntó él—. ¿Que permita que Marcus destruya lo que cientos de personas necesitan?
—Espero que encuentre una solución que no sea utilizarme.
—No existe.
—Entonces pierda.
Nathaniel la miró como si no hubiera oído bien.
—¿Qué?
—Pierda la fortuna. Venda su casa de Londres. Despida a la mitad de los criados. Pida ayuda a Pemberton, a Benedict o al Parlamento si es necesario. Pero no vuelva a convertir a una mujer en la salida más cómoda.
—Habla con una ligereza extraordinaria de vidas que no conoce.
—Las vi en sus cuentas. Y vi a un hombre capaz de pensar en soluciones cuando una viuda se negó a pagar un muro. No me diga que la única respuesta a un fideicomiso es una esposa.
Nathaniel se acercó hasta quedar a un paso.
—Podríamos ser felices.
La voz había perdido dureza. Eso hizo que la propuesta fuera más peligrosa.
—¿Me ama?
Él no respondió.
Elinor sintió las lágrimas, pero sostuvo la mirada.
—¿Confía en mí?
—No todavía.
—¿Me ha perdonado?
—No.
—Entonces no me ofrece una posibilidad de felicidad. Me ofrece una celda grande con buenos ingresos.
Nathaniel cerró los ojos.
—No sé cómo perdonarla sin sentir que apruebo lo que hizo.
—Perdonar no es aprobar. Cecily se lo explicó mejor de lo que podría hacerlo yo.
—Cecily no se casó conmigo después.
—Exactamente.
El silencio fue largo.
Nathaniel abrió los ojos.
—Si se niega, su padre no puede garantizarle una renta suficiente.
—Viviré con Agatha.
—Dependerá de ella.
—Me quiere. No es la peor forma de dependencia.
—Edmund heredará Hartwell.
—Y convertirá mi dormitorio en sala de armas. Intentaré no tomarlo como una crítica personal.
La sombra de una sonrisa casi apareció en Nathaniel, pero no sobrevivió.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Aunque yo mantenga la propuesta abierta?
—No la mantenga.
Elinor se quitó del dedo un anillo pequeño que su padre le había entregado como señal provisional del acuerdo. No era una joya de compromiso, sino una pieza familiar de los Bellamy destinada a utilizarse hasta que Nathaniel ofreciera otra. La colocó sobre la mesa.
—No seré la cuarta mujer a la que abandone —dijo—. Seré la primera que se niega a acompañarlo cuando intenta huir hacia un matrimonio.
Nathaniel miró el anillo.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá cuando deje de estar enfadado.
—Podría tardar años.
—Entonces dispondrá de tiempo para entenderlo.
Él tomó el anillo y cerró los dedos.
—Me marcho a Wycliffe Park mañana.
—Lo sé.
—No sé cuándo volveré.
Elinor sintió la antigua tentación de pedirle que se quedara. La dejó pasar.
—Eso también es decisión suya.
Nathaniel llegó a la puerta.
—¿No piensa detenerme?
—No.
Se volvió hacia ella. Por primera vez, pareció comprender que Elinor había dejado de perseguir el resultado.
—Adiós, Miss Bellamy.
El tratamiento correcto sonó más doloroso que Nell.
—Adiós, lord Wycliffe.
Cuando salió, Agatha entró sin llamar. Miró el rostro de Elinor y después la mesa vacía.
—¿Se ha llevado el anillo?
—Sí.
—¿Y tu dignidad?
Elinor soltó una risa entre lágrimas.
—Creo que queda una parte.
Agatha abrió los brazos. Elinor se dejó abrazar por primera vez desde que todo había empezado.
—Volveremos a Hartwell —dijo la madrina—. Tu padre mejorará, Edmund será insoportable y yo trasladaré a mi casa todos los libros que él intente vender.
—Eso es robo.
—Entonces Nathaniel no será el único con un cuarto escándalo.
Elinor apoyó la cabeza en su hombro.
Después de que Nathaniel se marchara, sir Thomas pidió ver el anillo. Elinor lo colocó sobre su palma.
—Perteneció a tu abuela —dijo él—. Lo utilicé porque pensé que una joya familiar haría que el acuerdo pareciera menos frío.
—No funcionó.
—No. Los hombres tenemos una fe excesiva en los objetos cuando no sabemos hablar.
Sir Thomas cerró la mano alrededor del anillo y se lo devolvió.
—Guárdalo.
—No lo quiero.
—No como promesa. Como recordatorio de que una cosa puede cambiar de significado si tú lo decides.
Elinor lo dejó sobre la mesa.
—Ahora solo significa que he perdido a Nathaniel.
—No. Significa que te negaste a comprarte seguridad con un hombre herido.
Agatha entró con una bandeja y una lista de preparativos para el regreso.
—El carruaje saldrá en dos días. Pemberton ha encontrado un médico dispuesto a permitir el viaje siempre que Thomas no intente dirigirlo.
—Eso es imposible —dijo sir Thomas.
—Por eso he contratado a un cochero sordo.
Elinor miró por la ventana. Nathaniel ya no estaba en la calle.
—¿Crees que volverá?
Agatha dejó la bandeja.
—Creo que por primera vez no depende de que tú lo empujes hacia una respuesta. Esa es la parte insoportable de permitir que otra persona elija.
Elinor tomó el anillo y lo guardó en la caja.
No esperaría inmóvil. Regresaría a Hartwell, cuidaría de su padre y construiría el futuro que había utilizado como excusa para mentir.
Si Nathaniel volvía, encontraría a Elinor.
No a una mujer esperando ser rescatada.
Elinor lo vio partir desde la ventana del piso superior. Nathaniel no miró hacia la casa. Subió al carruaje, dio una orden al cochero y desapareció al final de la calle.
La parte de ella que había creado a Nell quiso correr escaleras abajo, detenerlo y encontrar una frase que transformara el final. Elinor permaneció junto al cristal.
Sir Thomas se acercó despacio.
—Puedes ir tras él.
—No.
—¿Porque no lo amas?
—Porque lo amo y he pasado demasiado tiempo intentando dirigir cada decisión que tomaba. Si lo sigo ahora, volveré a pedirle una respuesta antes de que sea suya.
Su padre se apoyó en el alféizar.
—Entonces ¿qué harás?
—Volver a casa. Trabajar con Agatha. Aprender a no tratar mi futuro como una habitación que alguien debe concederme.
—Hartwell siempre será tu casa mientras yo viva.
—Lo sé. Pero necesito construir algo que no termine cuando tú faltes.
Sir Thomas cerró los ojos un instante. Elinor comprendió que aquellas palabras eran precisamente las que él había temido escuchar.
—Te ayudaré —dijo.
—Sin buscar otro conde.
—Puedo intentarlo.
—Padre.
—Sin buscarlo.
Agatha entró y encontró a ambos mirando la calle vacía.
—Bien —dijo—. Ya hemos perdido al conde por hoy. Ahora debemos impedir que Edmund venda la plata durante nuestra ausencia.
La vida no se detuvo con el carruaje. Elinor agradeció, por primera vez, que no lo hiciera.
A la mañana siguiente, lord Nathaniel Wycliffe abandonó Londres.
Esta vez no había una novia esperando en la iglesia.
Pero seguía huyendo de una mujer.