CAPÍTULO 20
La primera elección honesta
Sir Thomas escuchó la historia sin interrumpir durante casi cinco minutos, una hazaña que Elinor atribuyó a la fiebre.
Cuando llegó a la parte del nombre falso, se incorporó sobre las almohadas.
—¿Te presentaste en Londres como Nell Harcourt?
—Sí.
—¿Y Agatha te ayudó?
—Naturalmente —respondió su madrina—. No pongas esa expresión. Tu hija necesitaba información y tú pretendías entregarla a un hombre que no sabía si tenía dos ojos.
—Sabía que tenía dos.
—No habría apostado dinero.
—Agatha.
—Thomas.
Elinor apretó la mano de su padre.
—Fue decisión mía.
—¿Y conociste a Wycliffe?
—Sí.
—¿Qué descubriste?
La pregunta parecía sencilla. Elinor pensó en Amelia, Dorothea, Cecily, la señora Hollis y Wellington saliendo del río sin ayuda. Pensó en Nathaniel sosteniendo un libro al revés, en la tinta de sus dedos y en la manera en que había pedido permiso antes de besarla por segunda vez.
—Que no es un hombre fácil.
Sir Thomas dejó caer la cabeza contra la almohada.
—Gracias a Dios. Temía que hubieras viajado a Londres para descubrir algo útil.
Agatha ocultó una sonrisa.
—Es noble cuando nadie lo observa —continuó Elinor—. Orgulloso cuando se siente humillado. Ha hecho daño y ha permitido que su vergüenza sustituyera a las disculpas. Pero también escucha, cambia y se preocupa por personas que no pueden ofrecerle nada.
—¿Quieres casarte con él?
Elinor sintió el dolor antes de responder.
—Quería que me eligiera.
—¿Y no lo ha hecho?
—Eligió a Nell.
Agatha se inclinó hacia sir Thomas.
—El problema, Thomas, es que Nell y Elinor ocupan el mismo vestido, pero Nathaniel no fue informado.
El padre de Elinor cerró los ojos.
—¿Se lo has contado?
—Sí.
—¿Cómo lo ha recibido?
—Se ha marchado.
Sir Thomas abrió los ojos otra vez.
—Entonces hablaré con él.
—No.
—Yo propuse el acuerdo.
—Pemberton lo propuso.
—Yo lo acepté. Y permití que pensaras que no tenías alternativa.
La fatiga endurecía su voz. Elinor le acomodó la manta.
—No necesito que arregles esto.
—Soy tu padre. Es mi ocupación principal.
—Y yo tengo veintinueve años. Ya deberías haber sido ascendido a una tarea menos agotadora.
Sir Thomas sonrió, pero la sonrisa terminó en tos. Elinor lo ayudó a beber y esperó hasta que recuperó el aliento.
—Regresarás a Hartwell conmigo —dijo él.
—En cuanto el médico permita que viajes.
—Y si Wycliffe desea el acuerdo…
—No me casaré con él por obligación.
—¿Aunque eso signifique depender de Edmund?
Elinor pensó en su primo midiendo las habitaciones.
—Agatha me ha ofrecido vivir con ella.
—Mi casa posee demasiados armarios y muy pocas personas dispuestas a discutir conmigo —dijo la madrina—. Será una mejora.
Sir Thomas miró a ambas y algo en su rostro cedió.
—Quería dejarte a salvo.
—Lo sé.
—No quería que sintieras que eras una carga.
—También lo sé.
—Lo hice muy mal.
Elinor apoyó la frente en su mano.
—No peor que yo.
Sir Thomas pidió a Agatha que los dejara solos. Ella protestó que llevaba años esperando una explicación tan absurda, pero aceptó cuando Elinor prometió contarle después qué partes había dicho mal.
El padre de Elinor miró hacia la puerta cerrada.
—Debí preguntarte si querías que buscara marido.
—Habrías buscado de todos modos.
—Probablemente. Pero habrías podido gritarme antes.
Elinor sonrió con tristeza.
—No estaba enfadada porque quisieras protegerme. Estaba enfadada porque todos parecían conocer el valor de mi vida mejor que yo.
—Incluido Wycliffe.
—Al principio, sí. Después intentó corregirlo.
—Y tú no se lo permitiste.
La precisión paterna resultó incómoda.
—No.
Sir Thomas tomó su mano.
—¿Lo amas o amas al hombre que descubriste cuando él no sabía quién eras?
Elinor pensó la respuesta.
—A ambos. Y eso es lo que lo hace tan difícil. Nell le permitió conocer una parte de mí que Elinor había dejado de mostrar. Pero también me permitió esconder las consecuencias.
—Entonces quizá la mujer con la que deba casarse no sea una ni otra.
—¿Quién?
—La que aprenda a vivir con las dos sin mentir.
Elinor miró a su padre. La fiebre lo había debilitado, pero no le había quitado la capacidad de ver cuando dejaba de intentar controlar el resultado.
—¿Y si no me perdona?
—Entonces seguirás siendo mi hija, Agatha te contratará para impedir que compre sombreros y Edmund descubrirá que no heredarás tu sentido del humor con la casa.
—Ese último punto lo devastará.
Sir Thomas sonrió.
—Quería darte seguridad. Tal vez deba empezar por confiar en que puedes construirla.
A la mañana siguiente, Nathaniel acudió a Pemberton House.
Elinor había pasado la noche en una habitación contigua a la de su padre. No esperaba verlo tan pronto. Cuando el mayordomo anunció al conde, el corazón le dio un golpe absurdo de esperanza.
Nathaniel entró en el salón acompañado por Pemberton. Vestía con una corrección impecable. La distancia en su rostro era peor que la ira de la noche anterior.
Sir Thomas se encontraba en un sillón junto a la chimenea, envuelto en una bata. Agatha había insistido en estar presente. Benedict y Sophia no habían acudido, detalle que convirtió la reunión en algo demasiado serio.
—Lord Wycliffe —dijo sir Thomas—. Lamento que nos conozcamos así.
Nathaniel hizo una inclinación.
—Sir Thomas. Espero que se encuentre mejor.
—Me encontraría mejor si nadie hablara de mí como si ya hubiera muerto.
Pemberton se aclaró la garganta.
—Quizá debamos tratar el asunto del acuerdo.
—Quizá debamos permitir que los interesados hablen —replicó Agatha.
—Lady Agatha, usted ha permitido suficiente.
—Y aun así todos han terminado diciendo la verdad. Es un resultado superior al de muchas negociaciones suyas.
Nathaniel no participó en el intercambio. Miraba a Elinor.
—¿Podemos hablar a solas?
Sir Thomas hizo ademán de levantarse.
—No es necesario que…
—Padre —dijo Elinor—. Por favor.
Agatha tomó el brazo de sir Thomas. Pemberton recogió sus papeles con una resignación ofendida. Salieron y dejaron la puerta entreabierta.
Elinor permaneció junto al sofá.
—Gracias por venir.
—Pemberton ha explicado que los documentos preliminares pueden anularse. No hay compromiso legal.
—Lo sé.
Nathaniel sacó la carta de la noche anterior.
—También he hablado con su padre.
—¿Cuándo?
—Antes de entrar. Le he dicho que la decisión es suya.
Elinor sintió un alivio pequeño y doloroso.
—¿Y la suya?
Nathaniel caminó hasta la ventana.
—He pasado la noche intentando separar a Nell de Elinor.
—No puede.
—Eso es lo que usted desea.
—Es la verdad.
—Nell me dijo que quería ser elegida sabiendo quién era. Elinor me permitió elegir sin saberlo.
—Porque al principio no confiaba en usted.
—Eso explica por qué vino. No por qué continuó después de Amelia, después del baile, después del primer beso.
Elinor aceptó cada palabra.
—Tuve miedo de que dejara de verme como Nell y volviera a verme como la mujer conveniente del acuerdo.
—Así que decidió cuál de las dos merecía mi afecto.
—No lo pensé de ese modo.
—No necesitaba pensarlo. Solo callar.
Elinor avanzó hacia él.
—Lo amo.
Nathaniel cerró los ojos un instante.
—No utilice eso como utilizó el beso.
La vergüenza la atravesó.
—No intento retenerlo.
—Entonces ¿qué espera?
—Que entienda que no inventé lo que sentía. Que cada discusión, cada risa y cada deseo fueron míos.
—¿Y las preguntas? ¿Fue suyo permitir que le contara lo que pensaba de mi prometida mientras usted fingía ser una desconocida?
—Sí. Y estuvo mal.
—¿Fue suyo besarme después de impedir que cancelara el acuerdo?
Elinor tragó saliva.
—Sí.
—¿Fue suyo exigirme que pidiera perdón a Cecily mientras usted aplazaba su propia verdad?
—Sí.
Nathaniel la miró. No había satisfacción en haber obtenido las admisiones.
—Entonces no diga que Nell era solo un nombre. Era un lugar donde podía juzgarme sin asumir el riesgo de ser juzgada.
Elinor sintió que las lágrimas llegaban y se negó a utilizarlas como defensa.
—Tiene razón.
Nathaniel soltó el aire. Parecía haber esperado una discusión.
—No sé qué hacer con eso.
—No tiene que hacer nada hoy.
—Mi cumpleaños es dentro de nueve semanas. Pemberton necesita una respuesta sobre el fideicomiso. Su padre necesita saber qué ocurrirá con usted. Todo el mundo ha construido un plazo alrededor de nosotros.
Elinor tomó los documentos preliminares que Pemberton había dejado sobre una mesa.
—Aquí todo está escrito como si el matrimonio fuera una transacción entre mi padre y el fideicomiso. Mi nombre aparece tres veces. Mi voluntad, ninguna.
Nathaniel observó las hojas.
—Pemberton aseguró que la visita permitiría decidir.
—Y aun así usted habría llegado con una fecha límite, unas propiedades y un padre enfermo esperando una respuesta. Nadie habría necesitado obligarme de forma expresa.
—¿Qué quiere que haga con las familias que dependen de esas tierras?
—Lo mismo que haría si yo no existiera.
—Pero existe.
—Como persona, no como solución financiera.
Elinor dejó los papeles.
—Si algún día me pide matrimonio, no quiero preguntarme cuántas granjas se hundirán si digo que no. Y usted no debería preguntarse si me ama o si necesita mi firma.
Nathaniel miró las cláusulas que habían gobernado sus decisiones durante meses.
—Mi padre diseñó el testamento para que resultara imposible separar ambas cosas.
—Entonces deje de obedecer la parte de él que sigue intentando elegir su esposa.
La frase lo alcanzó. Elinor vio cómo la resistencia cambiaba de forma: ya no era solo ira contra ella, sino el reconocimiento de una cadena más antigua.
—Entonces elimínelo.
—¿Cómo?
—Cancele el acuerdo. Renuncie a casarse conmigo por obligación. Después, si algún día puede perdonarme, decida si desea conocer a Elinor sin Nell delante.
Nathaniel la observó.
—¿Y su seguridad?
—No es responsabilidad suya.
—Las propiedades…
—Tampoco son responsabilidad mía. No puedo aceptar un matrimonio porque su primo sería un mal propietario. Eso convertiría a cientos de personas en una cuerda alrededor de mi cuello.
Por primera vez desde que había entrado, algo parecido al respeto apareció entre el dolor.
—Ha cambiado de opinión.
—He descubierto que exigirle libertad mientras conservaba mi salida era otra forma de cobardía.
Nathaniel miró la carta que sostenía.
—Pemberton espera que anuncie que mantendremos el acuerdo.
—¿Eso desea?
Él no respondió de inmediato.
—Deseo que nada de esto hubiera ocurrido.
—No es una elección disponible.
—No.
Nathaniel dobló la carta y la guardó.
—Hablaré con su padre.
—¿Para cancelar?
—Para decirle que no la obligaré a nada.
La respuesta no era clara. Elinor quiso pedir más, pero había pasado semanas arrancándole decisiones mientras ocultaba la información. Esta vez esperó.
Nathaniel se acercó a la puerta.
—Viajaré a Wycliffe Park durante unos días.
El miedo le cerró el pecho.
—¿Está huyendo?
Él se volvió.
—No. Estoy intentando decidir sin besar a ninguna mujer para interrumpir el proceso.
La frase dolió porque merecía doler.
—Comprendo.
—¿De verdad?
—Estoy aprendiendo.
Nathaniel abrió la puerta. Sir Thomas, Agatha y Pemberton fingieron no haber estado a menos de tres pasos.
—Sir Thomas —dijo Nathaniel—, deseo hablar con usted.
El padre de Elinor lo siguió hacia la biblioteca de Pemberton.
Agatha entró en el salón.
—¿Qué ha decidido?
—Nada.
—Eso también es una decisión temporal.
Elinor miró por la ventana. Un carruaje aguardaba frente a la casa.
—Se marcha a Wycliffe Park.
—¿Y tú?
—Volveré a Hartwell con mi padre.
Agatha la estudió.
—¿Sin perseguirlo?
—Sin perseguirlo.
—Has madurado de forma alarmante.
—No lo suficiente.
Una hora después, Nathaniel salió de la biblioteca. Sir Thomas tenía los ojos húmedos, pero su voz era firme.
—El acuerdo queda suspendido —anunció—. Elinor decidirá cuando Wycliffe regrese.
Nathaniel volvió los ojos hacia Elinor.
—No —dijo ella.
Todos se volvieron.
—No quedará suspendido. Queda cancelado.
Pemberton palideció.
—Señorita Bellamy, quizá no comprende las consecuencias.
—Las comprendo. Lord Wycliffe perderá el fideicomiso si no se casa. Yo perderé la seguridad que mi padre deseaba ofrecerme. Pero mantener el acuerdo mientras esperamos que él me perdone convertiría el matrimonio en una amenaza.
Sir Thomas abrió la boca.
—Elinor…
—No me casaré con un hombre porque uno de los dos tema las consecuencias de decir que no.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Está segura.
—Sí.
Él asintió una sola vez.
—Entonces queda cancelado.
No hubo escena, abrazo ni promesa. Pemberton recogió los documentos. Sir Thomas cerró los ojos. Nathaniel se despidió y salió.
Elinor permaneció en pie hasta oír el carruaje alejarse.
Había querido recuperar el derecho a elegir.
No había imaginado que la primera elección honesta sería dejarlo marchar.