CAPÍTULO 19
El nombre verdadero
Sir Thomas no respondió a la carta.
Al caer la tarde, Elinor había enviado un segundo mensaje al médico, interrogado dos veces al criado del correo y roto cuatro hojas intentando escribir una confesión para Nathaniel por si las palabras volvían a abandonarla en persona.
Agatha hizo retirar el tintero.
—No vas a explicarle en seis páginas lo que debes decir en una frase.
—Una frase no incluye las razones.
—Las razones vendrán después. Primero necesita saber quién eres.
Elinor miró las hojas arrugadas.
—¿Y si se marcha antes de escucharlas?
—Entonces lo seguirás.
—No puedo perseguir a un conde por Londres.
—Has viajado desde Hartwell con un nombre falso. La dignidad ya no es un obstáculo serio.
A las nueve, un lacayo anunció a lord Wycliffe.
Nathaniel había pedido hablar con Elinor en el jardín.
La noche era templada y la casa de Agatha poseía un patio pequeño, rodeado por muros cubiertos de hiedra.
Dos faroles de aceite iluminaban el sendero y el olor húmedo de la piedra se mezclaba con el humo lejano de las chimeneas.
Desde el salón, Agatha podía verlos a través de las puertas acristaladas sin escuchar.
Elinor salió con un chal sobre los hombros. Nathaniel estaba junto a una fuente seca, vestido todavía para la cena. Parecía cansado.
—Pemberton cree que he perdido el juicio —dijo.
—¿Por retrasar la carta?
—Por considerar cancelarla. Según él, una esposa desconocida ofrece menos riesgos que una mujer misteriosa de Cumberland.
—Es un argumento difícil de combatir.
—No he venido a hablar de sus méritos geográficos.
Elinor se detuvo frente a él.
—Lo sé.
Nathaniel sacó un papel del bolsillo.
—Esta es la carta para sir Thomas. No está sellada.
Ella no la tomó.
—¿Qué dice?
—Que no puedo aceptar un matrimonio sin conocer la voluntad de su hija. Que viajaré a Hartwell si Miss Bellamy aún desea recibirme, pero que no reclamaré el acuerdo ni permitiré que su padre la presione.
Elinor lo miró con sorpresa.
—No lo cancela.
—No todavía. Me pidió tiempo para hablar con sir Thomas. Se lo concedo. No porque su beso fuera un argumento eficaz, aunque fue una distracción considerable.
Elinor sintió calor en las mejillas.
—Entonces ¿por qué?
—Porque tenía razón en algo: cancelar sin hablar con ella también sería decidir por Miss Bellamy. Viajaré, escucharé su respuesta y aceptaré lo que elija.
La solución era honorable. También colocaba la revelación a pocos días de distancia, frente a su padre y en la casa donde Elinor no podría proteger ninguna de las dos identidades.
—Gracias.
Nathaniel guardó la carta.
Nathaniel no se acercó. Se quedó junto a la fuente con la carta en la mano, como si hubiera aprendido que la distancia también podía ser una forma de respeto.
—Antes de que hable —dijo—, necesito aclarar algo. No he retrasado la carta porque espere una recompensa. Si la verdad significa que no podemos continuar, viajaré igualmente a Hartwell y escucharé a Miss Bellamy.
—¿Aunque yo le pida que no vaya?
—Sí.
Elinor sintió una punzada de miedo y, debajo, alivio. Nathaniel ya no permitía que ella organizara todas las decisiones.
—¿Y si Miss Bellamy acepta el matrimonio?
—Le preguntaré por qué. Si la respuesta es su padre, la seguridad o el temor a no recibir otra oferta, me negaré.
—Podría amarlo.
—No me conoce.
—Tal vez lo conozca más de lo que cree.
Nathaniel la observó.
—Esa clase de frase es la razón por la que no duermo.
Elinor se acercó al borde de la fuente.
—¿Qué pensaba de ella antes de que nos conociéramos?
—Que sería sensata, resignada y probablemente agradecida de recibir una propuesta.
—Una imagen generosa.
—Era arrogante.
—Sí.
—Después usted empezó a defenderla y comprendí que había convertido su falta de alternativas en una característica de su personalidad. No sabía nada de ella salvo lo que necesitaba para justificar el acuerdo.
Elinor miró la carta.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero saber si ríe con facilidad, qué libros lee, si detesta algún alimento y por qué una desconocida de Cumberland parece conocer el modo en que piensa.
La ternura involuntaria de la respuesta hizo que la confesión doliera más.
—Quizá no sea sensata.
—Eso mejoraría las posibilidades.
—Quizá tampoco esté resignada.
—Eso ya lo sospecho.
Nathaniel dio un paso hacia ella.
—Y quizá no necesite agradecer nada. Una propuesta no es un favor si solo beneficia al hombre que la hace.
Elinor sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Ha aprendido demasiado tarde.
—Entonces dígame para quién.
—Ahora su verdad.
Elinor respiró hondo.
—Mi nombre es Elinor Bellamy.
Nathaniel no se movió. La carta que sostenía quedó inmóvil entre sus dedos.
—Repítalo.
—Soy Elinor Bellamy. La mujer con la que aceptó casarse.
El silencio del jardín cambió. Al otro lado de los muros pasó un carruaje, y el golpe de los cascos contra el empedrado pareció llegar desde muy lejos.
Nathaniel miró la carta dirigida a sir Thomas.
—La mujer a la que he intentado liberar del acuerdo.
—Sí.
—La mujer a la que besé creyendo que traicionaba a mi prometida.
—No la traicionó.
—No decida eso por mí.
Elinor aceptó el golpe sin retroceder.
—Nell era el segundo nombre que utilizaba mi madre. Harcourt, su apellido de soltera. Agatha es mi madrina. No existe ninguna rama de Cumberland.
—¿Por qué?
—Porque un hombre había aceptado casarse conmigo sin conocerme y yo quería averiguar si era tan terrible como aseguraban los rumores antes de entregarle mi vida.
—Así que vino a examinarme.
—Al principio, sí.
—¿Y después?
—Después dejé de buscar razones para rechazarlo y empecé a temer las que encontraba para elegirlo.
—¿Cuándo dejó de ser una investigación?
Elinor pensó en la tarde musical, en el nombre pronunciado en el vestíbulo y en las cuentas abiertas sobre la mesa de Wycliffe House.
—No hubo un momento único. Quizá empezó cuando preguntó mi nombre después de que yo lo acusara de no conocerlo.
O cuando comprendí que las propiedades no eran un pretexto para conservar una fortuna, sino personas de las que se sentía responsable.
Cuando quise decírselo ya no temía descubrir que fuera un canalla.
Temía que dejara de mirarme como a una mujer libre y volviera a ver solo el acuerdo.
—Así que prefirió conocer mi respuesta antes de permitirme conocer la pregunta completa.
Elinor bajó la mirada.
—Sí.
—Eso no fue prudencia.
—No. Fue cobardía con mejores modales.
Nathaniel soltó una respiración lenta.
—Me permitió hablarle de Elinor. Defenderla, compadecerla, suponer lo que deseaba. Me dejó elegir a Nell mientras la mujer obligada por el acuerdo observaba desde detrás de ella.
—Sí.
—Me exigió que pidiera perdón a Cecily mientras aplazaba su propia verdad.
—Sí.
No añadió una explicación. Las razones existían, pero no convertían la mentira en otra cosa.
—¿Cuándo pensaba decírmelo?
—Ahora. Antes de que llegara nadie y antes de que pudiera volver a esconderme detrás de mi padre.
Nathaniel la miró por fin. Había ira en su rostro, pero el dolor resultaba más difícil de soportar.
—Lleva semanas diciéndose que iba a hacerlo.
—Lo sé.
—Qué conveniente resulta el miedo cuando es suyo.
Elinor pensó en Cecily esperando una explicación que no llegó.
—No voy a pedirle que lo considere una excusa.
—¿Sir Thomas sabía que había venido a Londres con otro nombre?
—No. Creía que acompañaba a Agatha para alejarme de los comentarios del condado y preparar mi ajuar.
—Entonces no solo me negó la posibilidad de elegir. También utilizó el miedo de su padre mientras fingía protegerlo.
Elinor sintió la injusticia de la frase y, debajo, la parte cierta.
—Sí. Me convencí de que podría arreglarlo todo antes de que alguien resultara herido.
—Esa suele ser la ambición de quienes deciden por los demás.
—No huyó —dijo él—. Permaneció y me dejó avanzar hacia una mujer a la que había despojado de todas las consecuencias. Nell podía juzgarme porque no tenía un padre esperando en Hartwell ni un compromiso conmigo.
—Nell soy yo.
—Es una parte de usted. La parte libre.
—También era yo quien discutía con usted, quien se reía, quien lo besó y quien se enamoró.
Nathaniel cerró los ojos un instante.
—No utilice el amor como utilizó el beso.
La vergüenza le ardió en el rostro.
—No intento retenerlo.
—Entonces ¿qué espera de mí?
—Que sepa que esta vez he elegido decirlo. Que no ha tenido que descubrirlo por una carta, un rumor o una pregunta de mi padre.
Nathaniel abrió los ojos.
—Eso importa.
La esperanza apareció con tanta rapidez que Elinor tuvo que contenerla.
—¿Basta?
—No lo sé.
La respuesta fue justa.
—Hay algo más que debe saber —dijo ella—. Mi madre me llamaba Nell cuando quería convencerme de hacer algo imprudente. Detesto el hígado. Leo tres veces las cartas que me enfadan y una sola las que de verdad temo. No todo lo que conoce de mí fue inventado.
La boca de Nathaniel se tensó, cerca de una sonrisa que no llegó.
—Pemberton aún no había averiguado lo del hígado.
—Su investigación era deficiente.
La ligereza duró apenas un instante, pero no borró lo que había entre ambos.
—Lo amo —dijo Elinor.
Nathaniel bajó la vista hacia la carta.
—La creo. Ese es parte del problema.
Desde el interior de la casa llegó el golpe de la aldaba.
Elinor no apartó los ojos de él.
—No voy a dejar la frase a medias.
—Ya no lo ha hecho.
Agatha apareció al otro lado del cristal y abrió la puerta sin una sola broma en el rostro.
—Sir Thomas acaba de llegar a Londres. Está en casa de Pemberton. El médico ha enviado un criado para avisarnos.
Elinor sintió que el miedo cambiaba de dirección.
—No puede haber viajado. Apenas puede caminar.
—Al parecer ha soportado el carruaje. No sé en qué estado ha llegado.
Nathaniel dejó la carta sobre el borde de la fuente.
—Vaya con su padre.
—¿Y nosotros?
Él la miró con una tristeza agotada.
—Ahora sé quiénes somos. Lo que no sé es qué puedo hacer con lo que hemos sido.
Elinor se acercó un paso.
—No se marche.
—Prometí no huir de mi próxima decisión. No tomaré una esta noche, pero tampoco desapareceré.
—¿Volverá?
—Hablaré con Pemberton y con su padre. Después hablaremos usted y yo sin nombres prestados.
Nathaniel atravesó la casa y salió.
Elinor permaneció junto a la puerta hasta que oyó alejarse el carruaje.
—Lo he perdido —dijo.
Agatha le colocó el chal sobre los hombros.
—Tal vez. Pero tu padre ha recorrido medio país enfermo y no vamos a llegar tarde a una verdad por llorar otra.
Elinor asintió.
Esta vez había pronunciado su nombre antes de que nadie pudiera arrancárselo.
No había salvado lo que existía entre ellos, pero al menos la pérdida pertenecía a la verdad.
Sir Thomas estaba acostado en una habitación de invitados de Pemberton House. Parecía más pequeño que en Hartwell y más enfadado que enfermo.
—Te escribí que vendría —dijo al verla.
—Dentro de diez días. No hoy y con fiebre.
—Pemberton informó de que Wycliffe pensaba cancelar el acuerdo. No iba a quedarme en cama mientras tu futuro desaparecía por correo.
Elinor se sentó junto a él y le tomó la mano.
—No es mi futuro si tengo que atraparlo.
Sir Thomas miró a Agatha, después a su hija.
—¿Qué has hecho?
Agatha se acomodó en una silla.
—La explicación requerirá té, Thomas. Y quizá algo más fuerte para todos salvo para ti.
Elinor cerró los dedos alrededor de la mano de su padre.
La noche de honestidad había llegado.
Solo que la verdad ya no podía salvar nada.