CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La elección equivocada

La carta no anunciaba la muerte de sir Thomas.

El médico de Hartwell escribía que había sufrido un desvanecimiento al levantarse, que la fiebre había regresado y que debía evitar cualquier preocupación.

También añadía, con la inocencia de un hombre que no conocía a la familia Bellamy, que el paciente preguntaba a cada hora si lord Wycliffe había confirmado la fecha de su visita.

Elinor pasó la noche sin dormir.

Al amanecer encontró a Agatha en el saloncito, con el tobillo vendado, una bata color violeta y tres criados intentando cerrar un baúl.

—¿Qué haces?

—Preparar el regreso.

—El médico dice que no viajemos todavía.

—El médico también dice que tu padre debe evitar preocupaciones. La existencia de Edmund es una preocupación continua y nadie ha conseguido retirarlo de la casa.

Uno de los criados se sentó sobre la tapa. El baúl continuó abierto.

Agatha señaló el equipaje con el bastón.

—Saque los dos vestidos verdes. Las conspiraciones han terminado y ocupan demasiado.

—No han terminado.

—Nell Harcourt ha cumplido su función.

—Nathaniel piensa cancelar el acuerdo.

—Precisamente.

Elinor caminó hacia la chimenea.

—Si lo hace ahora, mi padre creerá que me ha rechazado después de conocer algo sobre mí. Edmund se encargará de que todo el condado lo crea también. Y aunque Nathaniel explique que existe otra mujer, eso solo empeorará las cosas.

—Porque la otra mujer eres tú.

—Porque mi padre está enfermo.

—Las dos afirmaciones pueden ser ciertas.

Agatha ordenó a los criados que salieran. Cuando la puerta se cerró, dejó el bastón a un lado.

—No puedes casarte con él solo para tranquilizar a Thomas.

—No he dicho eso.

—No. Estás intentando impedir que Nathaniel cancele un compromiso que no existe para poder decidir más adelante si deseas aceptarlo. Es una frase tan larga que debería alertarte.

Elinor apretó la carta del médico.

—Necesito tiempo.

—Tu padre no lo tiene. Nathaniel tampoco. Y tú has utilizado casi todo el tuyo en descubrir si él era digno de confianza mientras evitabas preguntarte si tú lo eras.

El golpe no fue amable, pero Agatha nunca confundía el afecto con la indulgencia.

—Se lo contaré hoy.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—Esta es mi cara de mujer lesionada y esperanzada.

—Parece escepticismo.

—El dolor adopta formas extrañas.

Nathaniel llegó antes del mediodía. No llevaba a Benedict ni había enviado tarjeta. El mayordomo lo condujo al salón y anunció que lady Agatha recibiría visitas desde el diván porque «milady se niega a aceptar las limitaciones de la anatomía».

—La anatomía es una opinión —dijo Agatha cuando Nathaniel entró.

Él no respondió al comentario. Miró a Elinor.

—¿Cómo está sir Thomas?

La pregunta confirmó que había reconocido el sello o escuchado el nombre en la confusión de la noche anterior.

—Débil. El médico cree que se recuperará del desvanecimiento.

—¿Por qué recibe usted cartas privadas sobre su salud?

Elinor sintió la atención de Agatha.

—Porque…

—Porque soy amiga de sir Thomas —intervino Agatha— y el médico sabe que Nell se preocupa por la familia.

Nathaniel la miró.

—Lady Agatha, con todo respeto, su ayuda empeora las mentiras.

—Es una crítica justa.

—Tía.

—Madrina. Y me retiro. Si vuelvo a interrumpir una confesión, será necesario que me arrojes por una ventana y vivimos en un primer piso inconveniente.

Agatha se puso en pie con ayuda del bastón y avanzó hacia la puerta.

—No necesitas marcharte —dijo Elinor.

—Necesito escuchar detrás desde un lugar donde lord Wycliffe no pueda acusarme de respirar respuestas.

Nathaniel esperó a que saliera.

—¿Quién es usted?

Elinor se había preparado para la pregunta. Aun así, el valor no apareció.

—Mi padre conocía a sir Thomas.

—Eso no explica por qué ayer habló como si la enfermedad le perteneciera.

—Mi padre también está enfermo.

Nathaniel cerró los ojos un instante.

—Otra coincidencia.

—No inventé su enfermedad.

—¿Está vivo?

—Sí.

—¿Existe Cumberland?

—Cumberland existe.

—No me obligue a admirar la precisión de esa respuesta.

Elinor se acercó.

—No cancele el acuerdo con Elinor Bellamy.

Nathaniel soltó una risa incrédula.

—He venido dispuesto a hablar de usted y vuelve a colocarla entre ambos.

—Porque su padre puede morir creyendo que su hija quedará desamparada.

—No me casaré con ella por lástima.

—No le pido que se case. Le pido que viaje a Hartwell y la conozca.

—¿Mientras qué hago con usted?

—Nada.

La palabra dolió al pronunciarla.

Nathaniel caminó hacia la ventana.

—Ayer, después de hablar con Cecily, comprendí algo.

He pasado años aceptando compromisos por razones que nada tenían que ver con las mujeres implicadas.

Amelia era la elección de nuestras familias.

Dorothea era una alianza conveniente. Cecily era la prueba de que podía cumplir las expectativas de mi padre.

Elinor Bellamy es una fecha escrita en un testamento.

—No sabe lo que ella es.

—Exactamente. Y no quiero utilizar a otra mujer para salvarme de una decisión que me corresponde.

Elinor apretó las manos.

—¿Y yo qué soy?

Nathaniel se volvió.

—La primera mujer a la que he buscado en una habitación.

La respuesta eliminó el aire del salón.

—La primera cuya opinión me irrita porque me importa.

La primera con la que he deseado permanecer después de una discusión en lugar de ganar distancia.

No sé su apellido verdadero, ni dónde nació, ni por qué conoce cada detalle de una familia de provincias.

Pero sé que cuando algo la divierte intenta ocultar la sonrisa mirando hacia abajo.

Sé que ordena los libros ajenos sin darse cuenta.

Sé que detesta que decidan por ella y que, aun así, lleva semanas decidiendo por Miss Bellamy.

Elinor tragó saliva.

—No pretendo decidir por ella.

—Pretende decidir por todos. Por mí, por ella y por ese padre enfermo al que protege sin explicar por qué.

Nathaniel se acercó hasta quedar frente a ella.

—Quiero cortejarla, Nell. Con su nombre verdadero, su historia verdadera y todos los caminos que no conoce de Cumberland. Quiero hacerlo sin otra mujer esperando en Hartwell. Por eso cancelaré el acuerdo.

Aquello era lo que Elinor había querido desde el primer día: ser elegida por quien era. Nathaniel se lo ofrecía. El problema era que elegía una mitad de ella a costa de rechazar la otra.

—No puede.

—Puedo.

—No todavía.

—¿Por qué?

Nathaniel se acercó un paso.

—He pensado en cómo sería cortejarla sin el acuerdo. No sé dónde vive ni quién es su familia. Podría descubrir que no posee fortuna, que su apellido provoca a Pemberton un desmayo o que ha inventado incluso la edad.

—Tengo veintinueve años.

—Al fin un dato verificable.

—No lo es.

—Cierto. Pero he decidido creerlo por razones estéticas.

El humor apenas ocultaba la seriedad.

—No me importa si no tiene fortuna —continuó—. Tampoco si su familia es inconveniente. Sophia garantiza que ninguna podría superar a la mía. Me importa que me permita elegir con la misma información que usted exigió de mí.

Elinor imaginó por un instante la vida que describía: Nathaniel visitándola como Elinor, su padre conociéndolo, una propuesta sin plazo ni fideicomiso. Era exactamente lo que quería. Y, sin embargo, para llegar allí debía soportar primero la posibilidad de que él se sintiera engañado y se marchara.

—¿Qué ocurrirá con las propiedades si cancela?

—Buscaré otra solución.

—Ha dicho que no existe.

—He dicho que ninguna es sencilla.

—¿Venderá tierras?

—Si es necesario.

—¿Despedirá a personas?

—Intentaré no hacerlo.

—Está dispuesto a arriesgar todo eso por una mujer cuyo nombre desconoce.

Nathaniel la miró con cansancio.

—No. Estoy dispuesto a asumir el riesgo de mis propiedades para dejar de trasladárselo a una mujer que no ha elegido. Lo que ocurra entre usted y yo es otra decisión.

La respuesta debería haberle dado valor. En cambio, demostró cuánto había cambiado él mientras ella seguía atrapada en el primer miedo.

—Dígame quién es —pidió Nathaniel—. No para prometerle que todo saldrá bien. Para que, por una vez, ambos arriesguemos la misma verdad.

Elinor alzó la mirada. La confesión volvió a estar allí, a una frase de distancia.

Vio a su padre en la biblioteca, el frasco de láudano, las cartas de Edmund.

Vio el alivio cuando ella prometió recibir a Nathaniel.

Si el conde cancelaba el acuerdo antes de llegar, sir Thomas recibiría la noticia como una sentencia.

—Porque necesito que espere hasta que yo hable con sir Thomas.

—¿Usted?

—Sí.

—¿Por qué le corresponde hacerlo?

—Porque… porque conozco a Elinor mejor que nadie.

No era la verdad completa, pero estaba más cerca.

Nathaniel la observó durante tanto tiempo que Elinor creyó que la había comprendido. Después negó con la cabeza.

—No. Esta vez no aceptaré una respuesta a medias.

Se dirigió a la puerta.

El miedo actuó antes que la razón. Elinor lo alcanzó, le agarró la manga y tiró de él.

Nathaniel se volvió.

Ella lo besó.

Fue una elección desesperada y equivocada. Lo supo en el instante en que su boca encontró la de él. No era una confesión ni una explicación. Era la forma más eficaz de impedir que se marchara durante unos segundos.

Nathaniel permaneció inmóvil al principio. Después le sujetó el rostro con ambas manos y respondió con una intensidad que borró el salón, el acuerdo y el nombre que ella no pronunciaba.

Elinor se aferró a su chaleco. Nathaniel la atrajo contra él y el beso se volvió profundo, lento, distinto al primero. Ya no contenía sorpresa. Contenía todo lo que él acababa de decir y todo lo que ella continuaba negándose a decir.

Cuando se separaron, Nathaniel apoyó la frente en la suya.

—Eso no es una respuesta.

—Lo sé.

—Tampoco una razón para conservar el compromiso.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué es?

Elinor abrió los ojos.

—La única verdad que soy capaz de darle hoy.

Nathaniel se apartó. El deseo seguía en su rostro, pero también la herida.

—No basta.

—No.

—Y aun así espera que me quede.

—Hasta mañana.

Una risa amarga escapó de él.

—Otra vez mañana.

—Mi padre podría…

Se detuvo antes de terminar.

Nathaniel la miró con cansancio.

—Hablaré con Pemberton. No enviaré la carta hoy. Tiene veinticuatro horas, Nell. Después decidiré sin usted.

Abrió la puerta.

Agatha estaba sentada en una silla a dos pasos. No fingió que no había escuchado.

Nathaniel pasó a su lado.

—Asegúrese de que mañana no haya médicos, cartas ni nuevas excusas.

—Lo intentaré —respondió Agatha, sin humor.

Cuando se marchó, Agatha entró en el salón y cerró.

—Lo has besado.

Elinor se dejó caer en el sofá.

—Sí.

—¿Y se lo has contado?

—No.

Agatha se sentó frente a ella.

—Entonces no lo has besado por amor. Lo has besado para ganar tiempo.

—No digas eso.

—¿Es falso?

Elinor se cubrió el rostro.

—Lo amo.

Las palabras salieron amortiguadas entre sus manos, pero no menos claras.

Agatha guardó silencio.

—Lo amo —repitió Elinor, bajando las manos—. Y he utilizado lo que siente para impedir que haga algo que asustaría a mi padre.

—Sí.

—Podrías consolarme.

—Podría. Pero esta noche necesitas preparar la verdad, no una excusa más cómoda.

Elinor tomó la carta del médico.

—Mañana se lo diré.

Agatha no discutió la palabra.

—Esta noche escribirás a Thomas y le pedirás que no viaje.

—Está enfermo. No viajará.

—Los padres asustados hacen cosas más imprudentes que las hijas enamoradas.

Elinor miró la puerta por la que Nathaniel había salido.

Veinticuatro horas.

Por primera vez, mañana no era una promesa.

Era el final de la mentira.