CAPÍTULO 17
La disculpa
Nathaniel había imaginado muchas veces la conversación con Cecily.
En algunas versiones ella lo abofeteaba. En otras lo escuchaba con una frialdad tan perfecta que él habría preferido el golpe. En ninguna había un jarrón lleno de tulipanes amarillos entre ambos ni una duquesa viuda discutiendo en el corredor porque su doncella había llevado la bandeja equivocada.
La realidad poseía una afición irritante por los detalles vulgares.
Cecily entró en el salón y cerró la puerta. Nathaniel se puso en pie.
—Gracias por recibirme.
—Miss Harcourt dijo que deseabas hablar.
No «lord Wycliffe». No «Nathaniel». Solo una frase que lo obligaba a empezar.
—Sí.
Cecily ocupó una silla junto a la ventana. Él permaneció de pie hasta que ella señaló la contraria.
—Siéntate. Me inquieta más verte rondar.
Nathaniel obedeció. Había preparado palabras durante el trayecto. Todas parecían escritas por otro hombre.
—Lo siento.
Cecily no cambió de expresión.
—Cinco años son mucho tiempo para dos palabras.
—Sí.
—¿Eso es todo?
—No.
Nathaniel miró los tulipanes porque resultaba más fácil que mirarla a ella. Después recordó por qué estaba allí y levantó los ojos.
—Te abandoné. No porque hubieras hecho nada, ni porque existiera otra mujer, ni porque descubriera un impedimento que no pudiera superar.
Tuve miedo de casarme por razones equivocadas y, en lugar de confiarte la verdad, huí para evitar ver el daño que causaba.
Te dejé soportar sola la humillación, las preguntas y las sospechas.
Cuando regresé y no quisiste recibirme, sentí alivio.
Utilicé tu negativa para no volver a intentarlo.
Cecily lo escuchaba sin ayudarlo.
—Pemberton te explicó parte de esto —continuó—. Tu padre recibió mis disculpas. Londres recibió mi silencio. Tú no recibiste nada.
—Recibí muchas cosas. Compasión, rumores, una temporada en Bath y seis propuestas de hombres que deseaban saber qué defecto habías descubierto antes de decidir si podían soportarlo.
Nathaniel aceptó cada palabra.
—No tengo derecho a pedirte perdón.
—Cualquiera puede pedirlo. Lo que no tienes es derecho a recibirlo.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Cecily se inclinó hacia delante.
—Los hombres suelen pedir perdón como quien presenta una factura. Entregan las palabras y esperan que una mujer firme debajo para certificar que vuelven a ser honorables.
—No he venido a pedirte que firmes nada.
—Entonces ¿por qué ahora?
La respuesta más sencilla era Miss Harcourt. Nell lo había obligado a mirar el error de frente. Pero pronunciar su nombre habría convertido la disculpa en un gesto romántico, una prueba para otra mujer.
—Porque he comprendido que llevaba años llamando respeto a mi cobardía. Pensaba que no insistir protegía tu tranquilidad. En realidad protegía la mía.
Cecily guardó silencio.
Nathaniel sintió el viejo impulso de llenar el espacio, explicar mejor, defender la tardanza. Lo dejó pasar.
—No necesito que respondas hoy —dijo—. Ni nunca. Solo necesitaba decirte que lo ocurrido fue culpa mía. No había nada en ti que justificara mi huida.
Cecily miró hacia el jardín.
—Lo sabía.
Nathaniel no esperaba que esas dos palabras dolieran tanto.
—Pero habría necesitado oírlas entonces —añadió—. Cuando mi padre me preguntaba qué había hecho. Cuando las mujeres dejaban de hablar al entrar yo en una habitación. Cuando llegué a creer que tal vez existía algo en mí que todos veían salvo yo.
—Lo siento.
—No digas que lo sientes por sentirte mejor.
—No.
—¿Te habría hecho casarte conmigo saber la verdad?
—No. Habría cancelado la boda.
—¿Y eso no habría sido mejor?
—Sí.
Cecily se levantó. Nathaniel hizo lo mismo.
Nathaniel asintió.
—No he venido a negociar un plazo.
—Eso ya es distinto del hombre que conocí.
Cecily caminó hasta el escritorio y tomó una carta sellada.
—Escribí esto después de que te marcharas. Nunca la envié.
Nathaniel no extendió la mano.
—¿Quieres que la lea?
—No. Quiero que sepas que durante años imaginé el momento en que podrías entender exactamente lo que me hiciste. Pensaba que, si encontraba las palabras adecuadas, sentirías una parte de lo que yo sentí y eso repararía algo.
—¿La reparó escribirla?
—Me permitió dejar de repetírtela en silencio.
Cecily acercó la carta a la llama de una vela. El sello se oscureció, el papel prendió y cayó en una bandeja de plata.
Nathaniel observó cómo se consumía.
—No necesito que sufras lo mismo —dijo ella—. Necesitaba que reconocieras que elegiste no verlo.
—Lo reconozco.
—Entonces procura no utilizar a Miss Harcourt para demostrar que has cambiado.
La advertencia lo sorprendió.
—No lo hago.
—¿Estás seguro? Una mujer inteligente te obliga a mirar tus errores, tú te disculpas con una antigua prometida y después regresas esperando que ella confirme que ahora eres digno. Sería una historia muy cómoda.
Nathaniel sintió la incomodidad exacta de la verdad parcial.
—No espero que me confirme nada.
—Bien. Porque las mujeres no somos estaciones en el camino de la redención de un hombre.
—Nell diría eso con más crueldad.
—Entonces quizá deberías escucharla sin convertir cada reproche en coqueteo.
Nathaniel bajó la vista. Había deseado a Nell incluso cuando discutían, y a veces el deseo le había permitido evitar el contenido de lo que ella decía.
—Intentaré hacerlo.
Cecily contempló las cenizas de la carta.
Nathaniel esperó hasta que las últimas cenizas dejaron de brillar.
—Hay otra mujer esperando que viaje a conocerla.
—Elinor Bellamy.
—Sí.
—¿La deseas?
—No la conozco.
—Eso no ha impedido que aceptaras casarte con ella.
Nathaniel recibió el reproche sin defensa.
—El acuerdo mantiene unas propiedades que no puedo abandonar sin afectar a muchas familias.
—Y Miss Bellamy mantiene un padre enfermo que teme dejarla sin hogar. Ambos podéis llamar responsabilidad a lo que en realidad es miedo.
—¿Qué propones?
—No propongo nada. Esa costumbre de pedir a las mujeres que diseñen la solución y después felicitarnos por la sabiduría debe resultar agotadora.
A Nathaniel se le escapó una sonrisa.
—Nell diría eso.
—Entonces escúchala otra vez.
Cecily abrió la puerta, pero Nathaniel no se movió.
—Cancelar el acuerdo humillará a Miss Bellamy —dijo—. Mantenerlo puede obligarla.
—Habla con ella.
—Quiero a Nell.
—Entonces libera a Elinor antes de pedir algo a la otra. No la conviertas en el precio de tu valentía reciente.
La decisión se formó con una claridad desagradable. Nathaniel debía renunciar al acuerdo antes de saber si Nell elegiría quedarse. De otro modo, una mujer continuaría sosteniendo la puerta mientras él intentaba atravesar otra.
—Es posible que pierda ambas.
Cecily sostuvo su mirada.
—Sí.
No ofreció consuelo. Nathaniel comprendió que esa era precisamente la diferencia entre asumir una decisión y buscar una salida sin coste.
—Intenta también averiguar por qué miente antes de pedirle que confíe en ti. No para disculparla. Para decidir con la historia completa, algo que ninguno de nosotros tuvo.
—No te perdono todavía —dijo ella—. Quizá lo haga algún día. Quizá no. Pero agradezco que hayas venido sin exigir que te consuele.
—Gracias por escucharme.
—Agradece a Miss Harcourt. Fue más insistente de lo que yo habría tolerado de un hombre.
La mención de Nell abrió el otro problema.
Cecily lo observó.
—La quieres.
Nathaniel soltó una respiración cansada.
—No sé quién es.
—Eso no responde.
—Empieza a parecerse a ella.
—Me cae bien.
La sorpresa le arrancó una sonrisa.
—Le resultará preocupante saberlo.
Cecily se acercó a la puerta.
—No conviertas a Elinor Bellamy en otra Cecily.
Nathaniel dejó de sonreír.
—No pienso abandonarla frente a un altar.
—No hace falta llegar al altar para utilizar a una mujer. Si quieres a Miss Harcourt, libera a la otra antes de pedirle nada.
—Perderé el fideicomiso.
—Entonces decide qué clase de hombre deseas ser sin esperar que una mujer pague el precio de la respuesta.
Nathaniel salió de la casa con la sensación de que cinco años no habían desaparecido, pero habían dejado de perseguirlo a oscuras.
Benedict esperaba en el carruaje. Había insistido en acompañarlo y después se había negado a entrar.
—¿Te ha golpeado? —preguntó cuando Nathaniel subió.
—No.
—Pareces decepcionado.
—Habría sido más sencillo.
Benedict dio la orden al cochero.
—Las mujeres rara vez colaboran con nuestras versiones sencillas de las cosas.
Nathaniel apoyó la cabeza contra el respaldo.
—No me ha perdonado.
—Bien.
—¿Bien?
—Si lo hubiera hecho de inmediato, pasarías el resto del día felicitándote por tu valor. Ahora tendrás que vivir sabiendo que una disculpa no borra las consecuencias.
—¿Alguna vez intentas resultar agradable?
—Cuando duermes.
El carruaje avanzó hacia casa de Agatha. Nathaniel había tomado una decisión antes de subir, aunque cada calle la hacía más costosa.
No podía pedirle a Nell que confiara en él mientras mantenía a Elinor Bellamy atrapada en un acuerdo que ella quizá aceptaría por miedo.
Escribiría a sir Thomas. Renunciaría al compromiso antes de que Pemberton enviara los documentos finales.
Después regresaría a escuchar quién era Nell y decidiría si podía perdonar sus mentiras.
El orden importaba.
Por una vez, no utilizaría a una mujer como salida de otra obligación.
Agatha los recibió en el salón, aún rodeada de almohadas. Elinor estaba junto a la chimenea. Se puso en pie al verlo y su expresión preguntó antes que su voz.
—¿Ha hablado con ella?
—Sí.
—¿Cómo ha ido?
—No me ha perdonado.
Elinor se acercó un paso.
—Lo siento.
—Yo no. Al menos no por eso. Tenía derecho a decidirlo.
Algo se suavizó en el rostro de ella.
Nathaniel habría querido tocarla. No lo hizo.
—He venido a decirle que mañana escribiré a sir Thomas Bellamy.
Elinor palideció.
—¿Para qué?
—Para cancelar el acuerdo.
Agatha dejó caer el abanico.
—Nathaniel… —empezó Elinor.
—No puedo viajar a Hartwell y fingir que considero un matrimonio mientras deseo a otra mujer. Tampoco puedo esperar que Miss Bellamy acepte por la enfermedad de su padre. Usted tenía razón.
—No puede cancelarlo todavía.
La urgencia de su voz desconcertó incluso a Benedict.
—¿Por qué?
—Debe hablar con ella.
—Acaba de pasar semanas exigiendo que le conceda libertad. Cancelar el acuerdo es concedérsela.
—Es humillarla sin conocerla.
—¿Humillarla? Le ahorraré un matrimonio con un hombre que no la ama.
—Su padre creerá que ha sido rechazada.
—Le explicaré que la decisión no guarda relación con ella.
—Londres no escuchará la explicación.
Nathaniel la miró, cada vez más confundido.
—¿Por qué le importa tanto lo que sentirá?
Elinor abrió la boca y la cerró.
Agatha se incorporó entre las almohadas.
—Quizá esta conversación debería esperar unos minutos.
—No —dijo Nathaniel—. He regresado para escucharla.
Elinor cruzó la distancia entre ellos.
—No escriba esa carta.
—Déme una razón verdadera.
Ella lo miró con el rostro descompuesto. Nathaniel vio miedo, culpa y algo que se parecía demasiado al deseo de retenerlo.
—Yo…
El mayordomo entró con una bandeja.
—Una carta urgente para lady Agatha. El mensajero dice que procede de Hartwell.
Agatha emitió un sonido de desesperación.
—¿Es que nadie en esta casa sabe esperar ante una puerta?
Tomó la carta, rompió el sello del médico y leyó. La irritación desapareció de su rostro.
—Thomas ha sufrido un desvanecimiento.
Elinor cruzó la habitación y le arrebató la hoja con menos educación de la que Nell Harcourt habría debido mostrar. Leyó las líneas del doctor Mercer: fiebre, debilidad y la insistencia de sir Thomas en conocer la fecha de la visita de Wycliffe.
—Debo irme.
Nathaniel observó la manera en que apretaba la carta.
—¿Por qué la enfermedad de sir Thomas la afecta como si fuera su propia familia?
Elinor buscó una respuesta que no añadiera otra mentira y no encontró ninguna.
—Porque Elinor me importa. Y su padre también.
—Eso no explica todo.
—No.
Nathaniel sintió que las piezas volvían a moverse, cerca de una imagen que aún no podía nombrar.
—¿Quién es usted? —preguntó.
Ella levantó los ojos.
—Mañana. Se lo juro.
Nathaniel pensó en Cecily, en cinco años de silencio y en todas las verdades que llegaban después de causar daño.
—Mañana —repitió— es la palabra favorita de quienes esperan que el valor aparezca solo.
Se marchó antes de que ella pudiera detenerlo.