CAPÍTULO 16
Ninguna excusa
La biblioteca de Agatha era pequeña, cálida y estaba tan llena de libros que dos estantes habían invadido el espacio de la chimenea. Nathaniel cerró la puerta, aunque la dejó sin encajar.
—Ha visto a Cecily —dijo.
No fue una pregunta.
Elinor se volvió.
—Sí.
Nathaniel caminó hasta la mesa. Apoyó los nudillos sobre la madera y miró un punto entre ambos.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque tiene la misma expresión que Pemberton cuando regresó de hablar con ella hace cinco años. Una mezcla de indignación y deseo de golpearme con educación.
—No deseo golpearlo.
—La educación, entonces, está a salvo.
El humor no encontró lugar. Elinor cruzó los brazos.
—Me contó que desapareció tres días antes de la boda.
—Sí.
—Que dejó una nota para Pemberton y ninguna para ella.
—Sí.
—Que regresó dos semanas después.
Nathaniel levantó la mirada.
—¿Ha venido a recitarme mi propia cobardía?
—He venido a comprenderla.
—No hay nada que comprender.
—Siempre hay algo.
—Eso es lo que usted desea creer. Que debajo de cada acto vergonzoso existe una razón secreta capaz de volverlo aceptable.
Elinor recordó a Cecily junto a la ventana.
—No busco una razón que lo vuelva aceptable.
—Entonces ahórreme el interrogatorio.
Nathaniel se dirigió a la puerta. Elinor se interpuso.
—No.
Él se detuvo tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo.
—Apártese.
—Lleva años apartándose usted.
La frase encendió algo en sus ojos.
—No sabe de qué habla.
—Entonces cuéntemelo.
—No le debo esa historia.
—A mí no. A Cecily sí.
Nathaniel dio un paso atrás.
—Cecily no quiso hablar conmigo.
—Hace cinco años.
—No volveré a imponerle mi presencia.
—Qué conveniente. Puede llamar respeto a su miedo y seguir sin mirarla.
—No tiene derecho.
—No, no lo tengo. Tampoco tenía derecho a buscar a Amelia ni a escuchar a Dorothea ni a convertirme en juez de su vida. Pero Cecily sí tiene derecho a una disculpa que no esté dirigida a su padre, a Pemberton o a la sociedad.
Nathaniel volvió la cara hacia la ventana. Afuera, una llovizna fina oscurecía los cristales.
—Iba a casarme con ella porque mi padre lo esperaba —dijo al fin—. Porque Cecily era adecuada, amable y no me exigía nada que no pudiera representar. Creí que podría hacerlo.
Elinor guardó silencio.
—Durante semanas cumplí cada paso. Firmé papeles, elegí una casa, escuché planes sobre hijos que aún no existían. Todos me felicitaban por haber sentado cabeza. Mi padre llevaba dos años muerto y, aun así, sentía que por fin había obedecido una orden suya.
Nathaniel apretó las manos.
—Tres días antes de la boda, entré en la casa que habíamos elegido.
Habían llevado algunos muebles. En el dormitorio había dos almohadas sobre la cama y un retrato de Cecily en la repisa.
Comprendí que no se trataba de una ceremonia que terminaría al salir de la iglesia.
Ella estaría allí cada mañana. Esperaría afecto, hijos, una vida.
Y yo no sentía nada salvo la certeza de que la estaba utilizando para demostrar que podía hacer lo que mi padre nunca creyó que haría.
—Podría haber hablado con ella.
—Sí.
—Podría haber cancelado la boda de frente.
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
Nathaniel la miró.
—Porque tuve miedo de verla sufrir y saber que yo lo causaba. Así que elegí no verla y conseguí causarle mucho más.
La sencillez de la confesión eliminó cualquier defensa.
Nathaniel soltó el aire y se dejó caer en una silla.
—Mi padre había muerto dos años antes, pero su voz seguía en cada decisión.
Decía que un hombre que no fundaba una familia era un invitado en su propio título.
Que el afecto era una debilidad aceptable solo después de producir un heredero.
Cuando acepté casarme con Cecily, pensé que por fin había dejado de ser el hijo que lo decepcionaba.
—¿Y cuando vio la casa preparada?
—Comprendí que estaba a punto de utilizar la vida de una mujer para ganar una discusión con un muerto.
Elinor sintió la fuerza de la imagen. Ella también estaba a punto de utilizar su matrimonio para calmar el miedo de un padre enfermo. La diferencia era que sir Thomas actuaba por amor, no por control. Sin embargo, el resultado podía parecerse demasiado si ella permitía que su temor decidiera.
—Eso explica por qué no quería casarse —dijo—. No por qué desapareció.
Nathaniel levantó la vista.
—Siempre encuentra la parte que no me favorece.
—Es la parte que importa.
—No sabía cómo mirarla y decirle que había aceptado por razones que no tenían nada que ver con ella.
—Entonces eligió que no pudiera mirarlo a usted.
—Sí.
La palabra le costó.
Elinor se sentó frente a él.
—Mi padre cree que un matrimonio puede salvarme. Está enfermo y teme dejarme sola. A veces lo escucho hablar y deseo aceptar cualquier cosa con tal de que deje de preocuparse.
Nathaniel la observó.
—Habla otra vez como si fuera Miss Bellamy.
Elinor notó el peligro, pero continuó.
—Hablo como una hija. El amor no vuelve correctas todas las decisiones que tomamos para tranquilizar a quienes queremos.
—¿Ese es su miedo? ¿Que su familia la empuje hacia una vida que no desea?
—Uno de ellos.
—¿Y el otro?
Elinor pensó en la verdad que seguía posponiendo.
—Que al resistirme termine haciendo daño de otra manera.
Nathaniel guardó silencio y se inclinó hacia ella.
—Si su padre le pidiera casarse con un desconocido para asegurar su futuro, ¿qué haría?
La pregunta era tan precisa que Elinor sintió que la habitación se inclinaba.
—Intentaría conocerlo.
—¿Con su nombre verdadero?
—Si pudiera.
—Siempre puede.
—No cuando el nombre altera la manera en que él la mira.
Nathaniel guardó silencio.
—¿Teme que alguien solo quiera a la mujer que inventa cuando es libre? —preguntó.
Elinor bajó la vista.
—Temo que la mujer real llegue acompañada de tantas obligaciones que nadie pueda verla.
—Entonces permita que la vea antes de decidir por él.
La ironía fue tan dolorosa que Elinor se levantó y caminó hacia los estantes.
—Habla como si la sinceridad no tuviera consecuencias.
—Las tiene. Cecily es la prueba de lo que ocurre cuando uno intenta evitarlas.
—Y Dorothea es la prueba de lo que ocurre cuando la verdad se utiliza como arma.
Nathaniel se puso en pie.
—No le pido que se exponga ante un salón. Le pido que deje de hablarme desde una habitación donde solo usted conoce la puerta.
Elinor apoyó una mano en el lomo de un libro.
—¿Y si al abrirla se marcha?
—No puedo prometerle lo que haré antes de conocer la verdad.
—Eso no ayuda.
—Es más honesto que prometer quedarme sin saber quién está delante.
Elinor se volvió. Nathaniel estaba cerca, pero no intentó tocarla.
—Le daré una oportunidad —dijo ella.
—¿Cuándo?
—Hoy.
Era la primera vez que lo decía con intención real. Nathaniel la observó como si temiera mover algo y hacerla retroceder.
—Entonces escucharé.
Elinor respiró hondo. Antes de pronunciar el nombre, recordó a Cecily vestida para una boda sin novio y comprendió que la verdad no podía seguir esperando a que dejara de doler.
Por un instante, ambos estuvieron demasiado cerca de entenderse.
—¿Adónde fue?
—A Escocia. Cabalgué hasta que el caballo no pudo continuar, compré otro y seguí. No pensaba. Solo quería distancia.
—¿Y cuando regresó?
—Quise hablar con ella. Se negó. Sentí alivio.
Elinor frunció el ceño.
—¿Alivio?
—No tendría que escucharla. Podía decirme que respetaba su decisión y continuar odiándome en privado. Convertí su negativa en permiso para no intentarlo de nuevo.
Nathaniel se apartó de la mesa.
—¿Satisfecha? No había amante, engaño ni sacrificio. Solo un hombre que corrió porque no quiso soportar el peso de su propia decisión.
Elinor sintió dolor, pero no decepción. La decepción habría exigido que aún esperara una justificación.
—El miedo no lo convirtió en monstruo —dijo.
Él soltó una risa sin humor.
—Qué generosa.
—Abandonarla sí lo convirtió en cobarde.
Nathaniel cerró los ojos.
Elinor continuó antes de perder valor.
—No por sentir miedo. Por decidir que su miedo era más importante que el derecho de Cecily a conocer la verdad. Por dejar que ella soportara sola la humillación que usted no quiso presenciar.
—Lo sé.
—No. Lo ha pensado. Lo ha convertido en una parte de su reputación y ha vivido dentro de ella. Saberlo exige hacer algo.
Nathaniel abrió los ojos.
—¿Qué?
—Pregúntele si quiere escucharlo ahora.
—Podría negarse.
—Sí.
—Podría decirme que mi disculpa llega cinco años tarde.
—Llegará cinco años tarde.
—Podría no perdonarme.
—No se disculpará para que lo perdone.
La mandíbula de Nathaniel se tensó.
—Habla como si fuera sencillo.
—No lo es. Pero permanecer no significa quedarse cuando todo resulta agradable. Significa no huir de la parte que le corresponde cuando sería más cómodo desaparecer.
La frase lo alcanzó de una manera que Elinor no había previsto. Nathaniel la miró como si acabara de abrir una puerta que él llevaba años evitando.
—¿Y usted? —preguntó.
—¿Yo qué?
—¿Permanece cuando la verdad se vuelve incómoda?
Elinor sintió el golpe.
—Estoy aquí.
—Con un nombre falso.
—Nathaniel…
—No. Ha investigado cada error de mi vida. Ha exigido explicaciones, disculpas y valor. Yo he aceptado porque deseaba que siguiera mirándome como si aún pudiera encontrar algo digno. Pero cuando le pregunto quién es, me ofrece un lago mal situado y una familia inexistente.
Elinor perdió el aire.
—Iba a contárselo en Richmond.
—Y no lo hizo.
—Agatha cayó.
—Después tuvo dos días.
—Cecily me escribió.
—Siempre hay otra razón.
La frase era injusta. También era cierta.
Elinor se obligó a mantener la mirada.
—Se lo contaré ahora.
Nathaniel no se movió.
—Nell Harcourt no existe —dijo ella.
El silencio pareció absorber la habitación.
—Eso ya lo sé.
—No sabe quién soy.
—No.
Elinor abrió la boca, pero Nathaniel levantó una mano.
—No me lo diga todavía.
—¿Qué?
—Si escucho su verdad ahora, podría utilizarla para aplazar otra vez a Cecily. No quiero convertirla en una nueva excusa.
—Puede no regresar.
—Regresaré. No le prometo qué decidiré después de escucharla, pero sí que volveré para hacerlo.
Nathaniel se dirigió a la puerta.
—Cuando vuelva —añadió sin mirarla—, dígame todo. Su nombre, su familia y por qué me ha permitido hablar de Elinor Bellamy como si usted no tuviera nada que ver con ella.
La precisión de la última frase le cerró la garganta.
—Nathaniel…
—Ahora debo preguntarle a Cecily si acepta verme.
Se marchó.
Agatha apareció en el umbral, apoyada en el bastón y sin bandejas, raíces ni accidentes que pudieran cargar con la culpa.
—¿Se lo has dicho?
—Sabe que Nell no existe.
—Eso responde a quién no eres.
Elinor escuchó cerrarse la puerta de la calle.
—No volveré a decir mañana.
—Bien —respondió Agatha—. Empieza por hoy.
Nathaniel no había salido para evitar la verdad. Había ido a afrontar la suya. Por primera vez, la siguiente confesión no dependería de que él permaneciera, sino de que Elinor fuera capaz de hacerlo.