CAPÍTULO 15
Lady Cecily
Agatha recibió la noticia con el tobillo apoyado sobre tres almohadas y una expresión que habría resultado más apropiada para una invitación al teatro.
—No he hecho preguntas sobre Cecily —dijo Elinor.
—No directamente.
—Ni indirectamente.
—Has preguntado por tres compromisos en suficientes salones como para que Londres redacte un informe.
—¿Quién le ha hablado de mí?
—Dorothea, probablemente. O una de las mujeres que estaban detrás de una planta cuando discutiste con Nathaniel. Las plantas de Londres tienen una vida social agotadora.
Lady Cecily proponía recibirlas aquella misma tarde en casa de su tía, la duquesa viuda de Mowbray. La nota indicaba que la conversación sería privada y que lord Wycliffe no debía saber de ella.
Elinor pensó en el sendero de Richmond, en la promesa de decirle quién era y en la mirada de Nathaniel cuando repitió la única verdad que había conseguido pronunciar.
—No puedo ir.
Agatha levantó una ceja.
—Has cruzado medio país para descubrir por qué ese hombre rompió tres compromisos.
—Y he comprendido que no tengo derecho a desmontar su vida pieza por pieza.
—Entonces responde a lady Cecily y dile que no.
Elinor tomó papel. Escribió dos líneas, las leyó y rompió la hoja.
—¿Qué ocurre? —preguntó Agatha.
—Ella desea hablar. Quizá no sea Nathaniel quien necesite proteger su historia.
—Eso es cierto.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de una mujer que sabía que terminaría aceptando.
—Tengo el tobillo lesionado. Todas mis expresiones son de sufrimiento.
La duquesa viuda vivía en una casa silenciosa de Grosvenor Square. Cecily las recibió en una sala pequeña, sin más compañía que una doncella que se retiró al cerrar la puerta.
No era la belleza delicada y devastada que Elinor había construido a partir de los rumores. Tendría treinta años, quizá alguno más. Llevaba un vestido gris perla y el cabello rubio recogido con sencillez. Su rostro no mostraba amargura, sino una serenidad que parecía trabajada día a día.
—Lady Agatha. Miss Harcourt.
Agatha hizo una inclinación limitada por el vendaje.
—Le agradezco que haya permitido que venga. Mi ahijada no se encuentra bajo arresto, aunque por su expresión sospecho que lo teme.
Cecily miró a Elinor.
—No deseo reprenderla.
—Me aliviaría saber qué desea.
—Comprender por qué una desconocida investiga a Nathaniel Wycliffe con más empeño que su albacea.
La pregunta no dejaba espacio para una respuesta cómoda.
—Una mujer cercana a mí ha recibido una propuesta de matrimonio suya.
—¿Elinor Bellamy?
Elinor controló el sobresalto.
—Sí.
—No es difícil seguir los rumores cuando una se convierte en uno de ellos. ¿Es usted amiga de la señorita Bellamy?
—Más de lo que puedo explicar.
Cecily la observó. No parecía convencida, pero no insistió.
—Entonces debería saber la verdad antes de aconsejarla.
Agatha se acomodó en el sofá.
—Eso esperaba Nell.
Cecily no empezó por la boda. Habló de las semanas anteriores, de un compromiso acordado por las familias cuando ella tenía veinticuatro años y Nathaniel veintinueve. Él había sido atento, divertido y distante. Nunca cruel. Nunca íntimo.
—Creí que el afecto llegaría después —dijo—. Muchas mujeres lo creen porque alguien debe fingir que el matrimonio mejora con el tiempo.
—¿No lo conocía bien? —preguntó Elinor.
—Lo suficiente para saber qué vino prefería. No lo suficiente para saber qué temía.
La fecha se fijó para junio. Nathaniel asistió a las pruebas, firmó los acuerdos y hasta eligió una casa donde vivirían parte del año. Tres días antes de la ceremonia, desapareció.
—¿Sin una nota?
—Dejó una para Pemberton. Decía que no podía hacerlo.
—¿Y para usted?
Cecily bajó la vista hacia sus manos.
—Nada.
Elinor sintió una indignación limpia, sin la confusión que habían provocado Amelia y Dorothea.
—¿Cuándo volvió?
—Dos semanas después. Para entonces mi familia había anunciado que la boda se aplazaba por enfermedad. Nadie lo creyó. Mi padre exigió un duelo. Pemberton lo impidió.
—¿Nathaniel habló con usted?
—Pidió hacerlo. Yo me negué.
—¿Le explicó por qué huyó?
—A mi padre le dijo que había comprendido que no podía prometerme una vida que no deseaba. Que casarse por obligación nos haría desgraciados.
—Eso podría haberlo comprendido antes de tres días de la boda.
—Sí.
Cecily se levantó y abrió un pequeño cajón del escritorio. Sacó una cinta de seda marfil, amarillenta por el tiempo.
—Pertenecía al vestido —dijo—. La doncella la cortó cuando regresé a mi habitación porque yo no podía soportar que siguiera atada.
Elinor miró la cinta.
—¿Llegó a vestirse para la ceremonia?
—Sí. Nadie quiso decirme la verdad hasta que los invitados empezaron a llegar y Nathaniel seguía sin aparecer.
Mi madre repetía que un caballo habría perdido una herradura.
Mi padre decía que el conde estaba probando nuestra paciencia.
Yo permanecí sentada mientras cuatro mujeres ajustaban un velo para una boda que ya no existía.
Agatha cerró los ojos un instante.
—Cecily…
—No cuento esto para provocar compasión. La compasión fue lo único que recibí durante meses y termina resultando tan humillante como el desprecio.
Dejó la cinta sobre la mesa.
—Cuando Pemberton llegó con la nota, mi padre la leyó y la rompió. No me permitió verla. Aseguró que Nathaniel era un cobarde y que yo debía agradecer haberlo descubierto antes del matrimonio. Todos esperaban que esa frase me consolara.
—No lo hizo.
—No. Porque un hombre puede ser indigno y aun así dejar una herida. Las personas creen que, si la otra parte actuó mal, una debería recuperar de inmediato el orgullo y continuar. Como si el amor propio fuera una falda que puede sacudirse después de caer.
Elinor pensó en todas las veces que había reducido a Cecily a «la tercera prometida», la prueba final en un expediente sobre Nathaniel. La mujer sentada ante ella no era una lección para su futuro matrimonio.
—¿Por qué conserva la cinta?
Cecily la tocó con un dedo.
—Para recordar que sobreviví a la mañana en que creí que no lo haría. No todos los recuerdos dolorosos necesitan quemarse. Algunos demuestran que una ya no vive dentro de ellos.
No había defensa en la voz de Cecily. Tampoco placer al acusarlo.
—¿Estaba enamorado de otra mujer? —preguntó Elinor.
—No.
—¿Había descubierto algo sobre usted?
—Nada. Yo no tenía amante, ni deudas, ni secretos. No existía una explicación capaz de convertirlo en víctima. Simplemente tuvo miedo y decidió que el suyo era más importante que el mío.
Agatha dejó de mover el abanico.
—¿Qué ocurrió después?
—Pasé un año en Bath con mi tía. Cuando regresé, había hombres dispuestos a bailar conmigo, pero ninguno a proponerme matrimonio sin sospechar que Wycliffe había descubierto algo vergonzoso. Mi padre murió dos años después convencido de que yo había sido humillada por su falta de vigilancia.
Elinor tragó saliva.
—Lo siento.
Cecily señaló un escritorio junto a la pared. Sobre él había listas, cuentas y cartas abiertas.
—Mi tía dirige un fondo para viudas de oficiales. Yo administro las solicitudes y las rentas. Durante el año en Bath aprendí que una mujer puede sobrevivir a ser el centro de un rumor si encuentra algo que no dependa de la opinión de quienes lo repiten.
—¿Nunca quiso casarse después? —preguntó Elinor.
—Quise que alguien me pidiera matrimonio sin intentar resolver el enigma de por qué Nathaniel no lo hizo.
Hubo propuestas. Un viudo necesitaba madre para sus hijos.
Un barón de cincuenta años deseaba una esposa que no esperara afecto.
Otro hombre me aseguró que mi experiencia me habría enseñado obediencia.
Agatha soltó un sonido de desaprobación.
—Espero que lo golpeara.
—Solo con palabras. En aquel momento aún creía que una dama debía cuidar los muebles.
Elinor sonrió, pero la idea de los años posteriores a la huida de Nathaniel siguió pesando.
—¿Y ahora?
—Ahora no descarto el matrimonio. Tampoco lo necesito para demostrar que alguien puede elegirme. Esa diferencia me ha costado tiempo.
Cecily miró a Elinor con atención.
—La señorita Bellamy debería saberlo. Casarse para evitar sentirse descartada es tan peligroso como casarse por miedo a quedarse sola.
Elinor sintió que la observación atravesaba su identidad falsa.
—Quizá su padre está enfermo.
—Entonces el miedo de él también ocupará un sitio en el altar. Las familias suelen llamar amor a muchas formas de presión porque la palabra resulta más agradable.
Agatha dejó el abanico sobre el regazo.
—Los padres asustados cometen errores. Las hijas también.
Cecily asintió.
—Por eso he querido hablar. No para impedir la boda. Para que, si ocurre, ninguna de las dos personas llegue creyendo una historia más sencilla de la que existe.
—Yo también lo sentí durante mucho tiempo. Después me cansé.
Cecily se levantó y caminó hasta la ventana.
—No deseo que la señorita Bellamy se case con él creyendo que siempre hubo una razón noble. Amelia fue una razón noble. Dorothea, una razón comprensible ejecutada con crueldad. Yo fui miedo. Nada más.
—¿Lo odia?
Cecily pensó la respuesta.
—No. Odiarlo me obligaría a seguir organizando mi vida alrededor de una decisión suya. Pero no lo he perdonado.
—¿Qué necesitaría para hacerlo?
—No lo sé. Quizá que dejara de convertir su vergüenza en una excusa para no mirarme.
Elinor recordó las palabras de Nathaniel sobre Dorothea. No le pedía absolución. Pero con Cecily ni siquiera había pronunciado una disculpa ante ella.
—¿Por qué ha querido contarme esto?
Cecily volvió a sentarse.
—Porque Dorothea asegura que él la mira como no miraba a ninguna de nosotras.
Elinor sintió calor en el rostro.
—Dorothea se equivoca.
—Dorothea rara vez se equivoca sobre la humillación ajena.
Agatha se aclaró la garganta.
—Una especialidad poco alegre.
—También porque Pemberton me ha dicho que Nathaniel viajará pronto a Hartwell. Si la señorita Bellamy es su amiga, adviértale que él puede parecer valiente mientras no se le pida permanecer.
Elinor se obligó a preguntar:
—¿Cree que volverá a huir?
—Creo que una persona no cambia porque encuentre a alguien a quien desea más. Cambia cuando deja de creer que su miedo le concede derechos sobre los demás.
La respuesta las acompañó de regreso.
Agatha permaneció en silencio hasta que el carruaje cruzó dos calles. Después apoyó la cabeza contra el respaldo.
—No era lo que esperabas.
—Era peor.
—Porque no puedes salvarlo con una explicación.
—No intento salvarlo.
—No. Intentas decidir si puedes amarlo sin hacerlo.
Elinor volvió la cabeza.
—No lo amo.
Agatha miró el techo del carruaje.
—Mi tobillo duele menos que esa mentira.
—No es una mentira.
—Entonces es una desgracia de redacción.
Elinor cerró los ojos. Nathaniel esperaba una identidad. En lugar de ella, Elinor llevaba otra acusación.
—Debo verlo.
—Sí.
—Y esta vez terminaré la frase aunque se derrumbe la casa.
—Agradecería que no utilizaras mi tobillo como precedente.
Nathaniel llegó a casa de Agatha antes de que pudieran enviar una nota.
El mayordomo anunció al conde y Elinor se puso en pie. Él entró en el salón, vio el vendaje de Agatha y luego la expresión de Elinor.
—¿Qué ha ocurrido?
Agatha señaló la puerta.
—La biblioteca. Yo permaneceré aquí y prometo no caerme.
Nathaniel no necesitó preguntar por qué.
Siguió a Elinor en silencio.