CAPÍTULO 14
La mujer inexistente
Sophia decidió que todos necesitaban aire libre.
Lo anunció dos días después de la exposición, mediante una nota en la que invitaba a Elinor y Agatha a una excursión a Richmond. Nathaniel había añadido debajo: «No he autorizado esto». Benedict había escrito en el margen: «Nadie lo ha consultado».
—Es una familia incapaz de utilizar una hoja por una sola cara —dijo Elinor.
—Eso demuestra economía —respondió Agatha—. Una virtud importante si Nathaniel pierde la herencia.
Elinor dejó la nota sobre la mesa.
—No deberíamos ir.
—No.
—Pero iremos.
—Ya he pedido comida para seis.
—Somos cinco.
—Wellington ocupa el espacio de dos personas y come como tres.
El perro viajó en el segundo carruaje con Sophia y Benedict. Nathaniel acudió a caballo, probablemente para conservar la posibilidad de escapar sin esperar a que nadie enganchara un tiro.
El día amaneció despejado. Las lluvias habían dejado el camino húmedo, el barro oscurecía los bajos de los vestidos y los árboles de Richmond lucían un verde nuevo.
Sophia había elegido una colina desde la que se divisaba el río y ordenó desplegar mantas, cestas y una sombrilla que Wellington derribó antes de que el lacayo terminara de abrirla.
—No le gustan las sombras artificiales —explicó.
—No le gusta nada que permanezca en pie —dijo Nathaniel.
Wellington apoyó el hocico sobre una cesta.
—Eso no —ordenó Sophia.
El perro miró a Benedict.
—No me implique —dijo él—. Mi lealtad termina donde empieza el pastel.
Elinor intentó disfrutar de la escena. Había prometido a Agatha que hablaría con Nathaniel aquel día. No podía esperar hasta Hartwell ni permitir que él cancelara el acuerdo creyendo que elegía entre dos mujeres distintas.
Sin embargo, cada vez que lo miraba, recordaba su tercera pregunta.
¿Existe alguna verdad sobre usted que pueda convertir lo que siento en una mentira?
La respuesta era no. Lo que él sentía no era falso. Nell había leído los mismos libros, cuidado al mismo padre, pronunciado las mismas respuestas mordaces y deseado el mismo futuro que Elinor. Solo el nombre y el paisaje de Cumberland eran inventados.
Pero Nathaniel no había preguntado si sus sentimientos eran verdaderos. Había preguntado si ella le había permitido sentirlos con libertad.
Y la respuesta a eso era distinta.
—Está intentando agujerear el mantel con la mirada —dijo Benedict, sentado a su lado.
Elinor levantó la cabeza. Nathaniel y Sophia discutían junto al río sobre la conveniencia de permitir que Wellington persiguiera patos. Agatha dormitaba bajo la sombrilla reconstruida.
—Pensaba.
—Ya lo había deducido. Cuando las personas disfrutan de un picnic no suelen mirar la comida como si fuese responsable de su ruina.
—¿Lord Wycliffe le cuenta todo?
—No.
—¿Nada?
—Me cuenta una versión en la que él siempre parece razonable. Yo deduzco el resto por la cantidad de brandy que falta.
Elinor jugueteó con una brizna de hierba.
—Cree que le miento.
—Le miente.
—No conoce la razón.
—Las mentiras con razones siguen siendo mentiras. Es una de sus cualidades más incómodas.
—Es usted un amigo terrible.
—Nathaniel dice lo mismo cuando no le doy la razón.
Elinor miró a Benedict. Él no sonreía, aunque sus ojos mostraban una paciencia seca.
—¿Le ha dicho quién cree que soy?
—No. Me ha dicho quién teme que no sea.
—¿Y quién es?
—Una mujer libre para elegirlo.
La frase le dolió.
Benedict se levantó y se sacudió la hierba de los pantalones.
—Sophia va a lanzar una rama al río. Wellington saltará detrás y Nathaniel intentará rescatarlo aunque el agua le llega a las rodillas. Ese será un buen momento para confesar. Estará demasiado ocupado para estrangularla.
—Gracias por el consejo.
—No era un consejo. Intentaba impedir que Sophia lanzara la rama.
No lo consiguió.
Wellington saltó al agua con un entusiasmo incompatible con su edad y descubrió, demasiado tarde, que la corriente era más fuerte de lo que parecía. Nathaniel se quitó las botas, maldijo a su hermana y entró tras él. El perro regresó por sus propios medios mientras Nathaniel seguía avanzando.
Sophia se inclinó sobre la orilla.
—¡Ya está fuera!
—Lo he visto.
—Entonces vuelve.
—Gracias por la instrucción.
Elinor se echó a reír. Nathaniel giró hacia ella con el agua por encima de las rodillas y una expresión que debería haber resultado intimidatoria. No lo fue.
—Celebro que se divierta, Miss Harcourt.
—No se preocupe. Su dignidad se encuentra a salvo en la orilla.
Benedict miró las botas abandonadas.
—No entera.
Nathaniel salió, aceptó una manta y rechazó la ayuda de todos. Sophia intentó disculparse mientras Wellington se sacudía junto a él y terminaba de empaparlo.
—El perro no necesitaba rescate —dijo Nathaniel.
—No lo sabíamos.
—El perro pesa tanto como un vicario y nada mejor que tú.
—Casi todo el mundo nada mejor que yo.
—Ese no es un argumento tranquilizador.
La discusión obligó a retrasar el almuerzo. Nathaniel se cambió detrás del carruaje con ropa que Benedict había llevado «porque viajar con los Wycliffe exige prepararse para agua, fuego o compromiso». Cuando regresó, llevaba pantalones secos, una camisa sin corbata y el cabello todavía húmedo.
Elinor perdió durante un instante la capacidad de recordar su propósito.
Agatha apareció junto a ella.
—Es un inconveniente muy alto —murmuró.
—Tía.
—Madrina. Y no he dicho nada que no estés pensando con mucha más precisión.
Antes del paseo, Sophia descubrió un arco y varias flechas en el segundo carruaje. Afirmó que los había incluido por error. Nathaniel señaló que nadie transportaba un blanco circular por accidente, pero permitió que los lacayos lo colocaran junto a un roble.
—La última vez casi atravesaste el sombrero del jardinero —dijo.
—El sombrero estaba detrás del blanco.
—Eso no mejora la puntería.
Sophia entregó un arco a Elinor.
—¿Monta, lee y cuida de su familia. También dispara?
Elinor había practicado en Hartwell con su padre, aunque no podía admitir dónde.
—Un poco.
La primera flecha alcanzó el borde exterior. La segunda quedó cerca del centro.
Nathaniel la observó.
—Cumberland parece haber ofrecido una educación muy completa.
—El norte es peligroso.
—Sobre todo para los relatos imprecisos.
Benedict tomó el arco y falló por completo.
—He decidido no humillar a las damas.
—Has decidido después de disparar —dijo Sophia.
Agatha se negó a participar porque su tobillo «no confiaba en las armas». Wellington se tumbó a una distancia que todos consideraron prudente.
Durante un turno de Sophia, Elinor quedó junto a Nathaniel.
—No tiene que examinar cada cosa que hago —murmuró.
—Me invitó a mirar bien.
—Hablábamos de mis ojos.
—Empiezo a sospechar que eran la parte menos engañosa.
La flecha de Sophia golpeó el blanco y rebotó.
—No hables cuando disparo —protestó.
—No te he hablado.
—Pensabas con volumen.
Elinor sonrió. Nathaniel la vio.
—Ahí —dijo en voz baja—. Esa expresión sí es verdadera.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque siempre aparece antes de que recuerde que se supone que debe desconfiar de mí.
Elinor volvió hacia el blanco. Sophia discutía con Benedict sobre si una flecha que tocaba el borde debía contarse.
La familia de Nathaniel era ruidosa, indiscreta y leal de una manera que ninguno parecía nombrar.
Bajo las burlas, Sophia vigilaba a su hermano.
Benedict lo desafiaba cuando todos los demás preferían complacerlo.
—Su padre no habría aprobado esta excursión —dijo Sophia, acercándose para recuperar las flechas—. Consideraba que perder una tarde era un defecto moral.
Nathaniel recogió una del suelo.
—También consideraba que los hijos debían utilizarse para ampliar propiedades.
—Y mira qué bien ha funcionado.
La ligereza no ocultó la herida. Elinor comprendió que el testamento no era solo una condición económica. Era la última orden de un hombre que todavía participaba en las decisiones de Nathaniel.
Quizá él no huía únicamente del matrimonio.
Quizá llevaba años huyendo de convertirse en el hombre que su padre había elegido por él.
Después de comer, Sophia propuso caminar hasta un pequeño templo situado entre los árboles. Benedict acompañó a Agatha y se llevó a Wellington. Elinor comprendió que la oportunidad había sido cuidadosamente fabricada.
Nathaniel caminaba a su lado sin rozarla.
—Su hermana planea con menos discreción que un ejército.
—Sophia considera que la discreción es una enfermedad de las personas aburridas.
—¿Y usted?
—Yo he descubierto que las personas discretas suelen ocultar algo.
Elinor aceptó la alusión.
El sendero descendía entre robles. Durante unos metros solo se oyeron los pájaros y las voces lejanas de los demás.
—Quería responder a su pregunta —dijo ella.
Nathaniel redujo el paso.
—¿Qué pregunta?
—Sabe cuál.
—He hecho muchas. Según usted, ese es mi método para agotar a la gente.
—La tercera.
Él se detuvo.
Elinor se volvió hacia él. Había ensayado la confesión durante dos noches, pero ninguna versión incluía la manera en que Nathaniel la miraba ahora: sin ironía, sin presión, dispuesto a escuchar algo que podía herirlo.
—Nell Harcourt no existe.
Un grito interrumpió la frase.
Sophia apareció corriendo entre los árboles.
—¡Agatha se ha caído!
Elinor no recordó haber recorrido el sendero de regreso. Encontró a su madrina sentada junto a una raíz, con Benedict arrodillado ante ella y Wellington intentando lamerle la cara.
—Estoy bien —protestó Agatha—. Esta bestia me empujó.
—Wellington estaba a diez pasos —dijo Benedict.
—Entonces fue una raíz con malas intenciones.
El tobillo empezaba a hincharse. Nathaniel se agachó, examinó la articulación y ordenó traer el carruaje.
—No está roto —dijo—, pero no debería apoyarlo.
—Puedo caminar.
—No.
—Lord Wycliffe, llevo más años utilizando este pie de los que usted lleva huyendo de mujeres.
—Precisamente. Debería tratarlo con gratitud.
Nathaniel no permitió que los lacayos levantaran a Agatha de cualquier manera. Se quitó la levita, la dobló alrededor del tobillo para inmovilizarlo y la tomó en brazos antes de que ella terminara de objetar.
—Puedo caminar —insistió.
—También puede discutir. Solo una de esas actividades parece segura.
—Peso más de lo que aparento.
—Eso explica la personalidad.
Agatha le rodeó el cuello con un brazo.
—Si me deja caer, diré que intentó seducirme.
—Mi reputación no sobreviviría a un cuarto compromiso.
—Sería el quinto. Elinor empieza a contar.
Nathaniel miró a Elinor por encima de la cabeza de su madrina. La broma no ocultó la pregunta suspendida entre ambos.
La instaló en el carruaje con una delicadeza que contrastaba con sus protestas y comprobó que el pie quedara elevado. Después dio instrucciones al cochero para evitar el camino más irregular.
—Tiene experiencia cuidando personas —observó Elinor cuando él bajó.
—Tengo experiencia cuidando a Sophia. Es parecido a atender una lesión que se niega a permanecer quieta.
—He oído eso —gritó su hermana desde la cesta de picnic.
Elinor pensó en Nathaniel frente a las cuentas, con la señora Hollis y ahora inclinándose sobre el tobillo de Agatha.
Cada vez que alguien necesitaba algo concreto, dejaba de parecer un hombre que huía.
El problema llegaba cuando lo que se le pedía no podía resolverse con vendas, cifras o una orden clara.
Agatha fue trasladada al carruaje entre protestas. La excursión terminó, y la confesión quedó suspendida en el sendero.
Durante el regreso, Elinor sostuvo una compresa fría contra el tobillo de su madrina.
—No lo hice a propósito —dijo Agatha.
—Ya lo sé.
—Aunque admito que el momento fue impecable.
—Tía.
—Madrina. No me culpes de las raíces.
Nathaniel cabalgaba junto a la ventanilla. De vez en cuando miraba hacia dentro para comprobar el estado de Agatha. No preguntó qué había intentado decir Elinor.
Eso resultó peor que si hubiera insistido.
Al llegar a Londres, él la ayudó a bajar. Agatha fue llevada al interior en una silla, encantada de que cuatro criados discutieran sobre la mejor manera de transportarla.
Nathaniel retuvo la mano de Elinor.
—Nell Harcourt no existe —repitió en voz baja.
Elinor sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—No he olvidado dónde se interrumpió.
—Déme hasta mañana.
—Hasta mañana. Después no aceptaré otra mitad.
Pero al día siguiente, una tarjeta de lady Pemberton llegó antes del desayuno.
Lady Cecily Marsh había regresado a Londres.
Y deseaba conocer a la mujer que hacía preguntas sobre ella.