CAPÍTULO 13
La carta del padre
La carta de sir Thomas llegó a la mañana siguiente.
Elinor reconoció la letra antes de que el criado terminara de entregársela.
Las líneas se inclinaban hacia abajo y la tinta se debilitaba al final de cada frase.
Su padre siempre había escrito con una mano firme.
Aquel papel parecía haberle costado más esfuerzo que cualquiera de las decisiones que contenía.
Nathaniel viajaría a Hartwell dentro de diez días.
Lord Pemberton había enviado los documentos preliminares. Sir Thomas esperaba que Elinor regresara antes para recibir al conde como correspondía. Añadía que su salud no debía preocuparla, frase que logró exactamente lo contrario.
Elinor leyó la carta dos veces. A la tercera, Agatha se la quitó.
—Has dicho que relees tres veces las cartas cuando estás enfadada —recordó.
—No estoy enfadada.
—Entonces estás asustada, que es menos útil.
Elinor caminó hasta la ventana.
—Debo volver.
—Sí.
—Y contarle la verdad a Nathaniel antes de irme.
Sobre la mesa había tres cartas de sir Thomas escritas durante la última semana.
En la primera preguntaba si Elinor disfrutaba de Londres.
En la segunda describía con demasiado detalle el buen tiempo, señal inequívoca de que había pasado el día en cama.
En la tercera aseguraba que Edmund se mostraba «útil», palabra que su padre reservaba para las personas cuya presencia no podía evitar.
Elinor las ordenó por fecha.
—Ha empeorado y no me lo dice.
—Thomas lleva treinta años creyendo que ocultar una tos evita que otros la oigan.
—Debería haber regresado antes.
—Y habrías aceptado a Nathaniel sin conocerlo para tranquilizarlo.
—Ahora quizá lo pierda por haber querido conocerlo demasiado.
Agatha tomó la última carta.
—No. Puedes perderlo por no haberle permitido conocerte a ti.
Elinor miró las líneas débiles de su padre.
—Si Nathaniel cancela el acuerdo, Thomas creerá que todo lo que temía se ha cumplido.
—Entonces tendrás que decirle que tu futuro no termina porque un conde no lo organice.
—Es fácil decirlo cuando tienes casa, renta y libertad.
Agatha sostuvo su mirada.
—Mi casa será tu casa. Mi renta puede pagar tu trabajo y mi libertad es lo bastante amplia para dos mujeres testarudas. No conserves un compromiso por fingir que no tienes alternativas.
Elinor sintió alivio y dolor a la vez.
—No quiero depender de ti.
—Entonces administra mis propiedades. Nadie consigue que los arrendatarios respondan cartas y yo detesto las cifras. Te pagaré por evitar que me arruine con sombreros.
—Eso requeriría una renta muy alta.
—Negociaremos.
La oferta no solucionaba la enfermedad de su padre ni el amor que sentía por Nathaniel, pero eliminaba una mentira que se repetía a sí misma: no estaba obligada a retener el acuerdo para sobrevivir.
Agatha no respondió enseguida.
—También.
—No pareces convencida.
—Estoy convencida de que debes hacerlo. No de que vayas a hacerlo hoy.
—¿Por qué no?
—Porque ayer te besó y hoy necesitarías explicar que la mujer a la que cree haber traicionado era la misma a la que besaba. Incluso para ti, la conversación es ambiciosa.
Elinor cerró los ojos.
—No puedo esperar diez días.
—No. Pero puedes elegir el lugar y asegurarte de que no haya espadas cerca.
La ocasión llegó antes de que la eligiera. Aquella tarde, lord Pemberton envió un carruaje para llevarlas a una exposición de acuarelas. El marqués deseaba hablar con Agatha sobre los preparativos del viaje a Hartwell y, cuando Elinor llegó, descubrió que Nathaniel también había sido convocado.
Él se encontraba frente a un paisaje del Lake District, acompañado por Benedict. La pintura mostraba un lago oscuro, montañas y una pareja diminuta en una barca.
—Cumberland —dijo Nathaniel cuando ella se acercó—. He pensado que podría examinar su memoria.
—Esa montaña está mal situada.
—¿Cuál?
Elinor señaló una elevación al azar.
—Esa.
Benedict estudió la obra.
—Es un argumento convincente. Las montañas detestan que las cambien de sitio.
Nathaniel no sonrió. La miró con la reserva que había quedado entre ambos después del beso.
—Sir Thomas ha escrito a Pemberton —dijo—. Viajaré a Hartwell en diez días.
—Lo sé.
—¿Se lo ha contado Miss Bellamy?
—Su padre.
—Naturalmente.
Elinor sintió que la verdad empujaba detrás de los dientes.
—Necesito hablar con usted.
—Eso suele anunciar una discusión.
—No esta vez.
Benedict miró hacia el extremo de la sala, donde Agatha y Pemberton debatían ante un retrato de una vaca.
—Puedo desaparecer —dijo—. No será una interpretación muy exigente.
—Quédate cerca —pidió Nathaniel.
La petición sorprendió a Elinor. Él no quería otra situación íntima. No después del beso.
Caminaron hacia una galería lateral menos concurrida. Benedict se detuvo a varios pasos y fingió examinar un cuadro marino.
Elinor abrió el abanico y volvió a cerrarlo.
—Sobre ayer…
—No tiene que disculparse.
—No iba a hacerlo.
—Eso se parece más a usted.
—Iba a explicarle algo.
Nathaniel esperó.
Elinor vio el momento con una claridad cruel: podía decirlo. Dos palabras bastaban. Soy Elinor. Después vendrían la ira, la vergüenza y quizá el final de todo, pero la mentira terminaría.
—Miss Bellamy no es la mujer que imagina —dijo.
—No imagino gran cosa. Ese es parte del problema.
—Tal vez debería conocerla antes de decidir que el matrimonio es imposible.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿Imposible?
—Ayer dijo que piensa en ella sin afecto.
—Ayer acababa de besar a otra mujer.
La palabra otra le dolió.
—¿Se arrepiente?
Él desvió la mirada hacia una acuarela de ruinas.
—Me arrepiento de haberla puesto en una posición injusta.
—No es lo que he preguntado.
—No.
—¿Entonces?
Nathaniel volvió a mirarla.
—No me arrepiento del beso. Me arrepiento de desear repetirlo cuando sé que no puedo ofrecerle nada limpio.
Elinor apretó el abanico.
—Podría ofrecerle honestidad.
—¿Usted me la ofrece?
La pregunta fue suave y exacta.
Elinor sintió que el suelo desaparecía otra vez.
—Estoy intentando hacerlo.
—Lleva semanas intentándolo.
—No sabe lo que me cuesta.
—Porque no me lo cuenta.
La frustración quebró algo en ella.
—¿Y usted? ¿Me ha contado por qué huyó de lady Cecily? ¿Me ha contado qué teme cuando habla de permanecer? ¿Me ha contado si piensa ir a Hartwell para elegir una esposa o para cumplir una condición?
Nathaniel se quedó inmóvil.
—No.
—Entonces no me pida una transparencia que usted tampoco ofrece.
—La diferencia es que yo no he inventado mi nombre.
Elinor perdió el color.
Nathaniel observó la reacción.
—Ha dicho que creció en Cumberland, pero no reconoce los caminos.
Lady Agatha la presenta como pariente de su difunto marido y no recuerda el nombre del hermano del que supuestamente desciende.
Habla de sir Thomas como si lo viera cada mañana.
Y defiende a Elinor Bellamy como si cada insulto contra ella le doliera en el cuerpo.
Elinor apenas respiraba.
—¿Quién cree que soy?
—No lo sé.
—¿Y por qué no lo ha preguntado?
—Porque temía que la respuesta me obligara a dejar de verla.
La confesión quedó entre ambos.
Nathaniel pasó una mano por la nuca.
—Eso no es honorable. Tampoco inteligente. Hale me lo ha explicado varias veces con palabras más desagradables.
Desde el cuadro marino, Benedict levantó una mano para confirmar.
—Pero es la verdad —continuó Nathaniel—. Por primera vez en mi vida, deseo elegir a la mujer con la que me caso. No una fortuna, no una alianza, no la decisión de mi padre. A usted.
Elinor sintió que el corazón golpeaba contra la verdad que seguía callando.
—Está prometido.
—Todavía puedo cancelar el acuerdo antes de viajar.
—No.
La palabra salió demasiado rápido.
Nathaniel la miró con sorpresa.
—¿No?
—Debe conocer a Miss Bellamy.
—¿Por qué insiste?
Porque soy yo.
Porque si cancela el acuerdo, mi padre creerá que me ha rechazado sin conocerme.
Porque necesito que elija a la misma mujer después de descubrir que Nell nunca existió.
—Porque le debe esa oportunidad —respondió.
Nathaniel soltó el aire.
—Siempre ella.
—No es una rival.
—Empieza a parecerlo.
Elinor dio un paso hacia él.
—Viaje a Hartwell. Hable con ella. Después decida.
—¿Y usted?
—Regresaré al norte.
—¿A Cumberland?
La ironía la hizo bajar la vista.
—A mi casa.
—¿Volveré a verla?
Elinor no pudo responder.
Nathaniel levantó la mano, pero la dejó caer antes de tocarla.
—Utilizaré mi tercera pregunta.
Ella alzó la mirada.
—¿Ahora?
—Ahora. ¿Existe alguna verdad sobre usted que pueda convertir lo que siento en una mentira?
Era la pregunta exacta. Elinor podría haber contestado sí y habría sido honesta. Podría haber explicado todo.
En el extremo de la galería, Pemberton llamó a Nathaniel. El marqués agitaba una carpeta y parecía decidido a organizar el resto de sus vidas antes de que cerrara la exposición.
La interrupción le ofreció a Elinor una salida. La odió y la utilizó.
—No puedo responder aquí.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Eso cuenta como respuesta.
—No según las reglas.
—Las reglas eran un juego. Esto ya no lo es.
El marqués no esperó a que Nathaniel llegara. Se acercó con la carpeta abierta y dos entradas sobresaliendo entre los documentos.
—Sir Thomas propone que Wycliffe se aloje en la posada de Hartwell durante la primera semana —explicó a Agatha, aunque Nathaniel seguía a varios pasos—.
La señorita Bellamy permanecerá en casa de su padre, por supuesto.
Después, si ambas partes desean continuar, se anunciará formalmente el compromiso.
Elinor sintió que la conversación se desarrollaba sobre su vida con la misma naturalidad con la que se comentaba el horario de una diligencia.
—¿Ambas partes podrán negarse? —preguntó.
Pemberton la miró, sorprendido por la intervención.
—Esa es la finalidad de la visita.
—La finalidad del testamento es que lord Wycliffe se case antes de una fecha concreta.
—Una cosa no invalida la otra.
—Las fechas suelen tener esa costumbre.
Nathaniel llegó junto a ellos.
—Miss Harcourt tiene razón.
Pemberton cerró la carpeta con paciencia.
—No la anime.
—Quiero escribir a sir Thomas antes de viajar. Solicitaré hablar con su hija sin que él esté presente.
Elinor lo miró.
—¿Por qué?
—Porque usted lleva semanas afirmando que nadie le ha preguntado qué desea.
—Yo no…
Se detuvo. Nathaniel había formulado la petición por Elinor sin saber que ella estaba delante. No era amor. Era una corrección deliberada de su primera indiferencia.
—También pediré un retrato —añadió.
Pemberton suspiró.
—El retrato tardará más que la visita.
—Entonces tendré que mirar a la mujer cuando llegue.
Elinor sintió una presión detrás de las costillas.
Agatha tomó una de las entradas de la carpeta.
—¿Qué es esto?
—El itinerario —respondió Pemberton—. Dos días de viaje, si el tiempo acompaña.
—El tiempo rara vez acompaña a los compromisos de Wycliffe —dijo Benedict desde el cuadro marino.
Nathaniel ignoró a su amigo.
—Quiero que quede claro en la carta que Miss Bellamy puede rechazarme sin que su padre pierda ninguna consideración por ello.
Pemberton lo observó por encima de las gafas.
—No puedes garantizar lo que sentirá sir Thomas.
—No. Pero puedo negarme a aceptar un sí que no sea suyo.
Elinor bajó la mirada. Cada paso que Nathaniel daba hacia la honestidad estrechaba el espacio donde ella podía seguir escondida.
—Eso es muy noble —dijo Agatha—. Y extraordinariamente inconveniente.
Pemberton creyó que hablaba del viaje. Elinor supo que se refería a ella.
Pemberton volvió a llamarlo.
Nathaniel se alejó sin esperar.
Agatha llegó junto a Elinor.
—¿Se lo has contado?
—Sabe que Nell no es quien dice ser.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No.
Agatha contempló a Nathaniel, que discutía con Pemberton frente a la vaca pintada.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Diez días.
—No. ¿Cuánto tiempo hasta que él deje de esperar?
Elinor cerró el abanico con tanta fuerza que una varilla se partió.
—Menos.