CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El primer beso

Nathaniel no apareció durante cuatro días.

Elinor lo vio en una cena desde el otro extremo de la mesa, pero él limitó su atención a un saludo correcto. Coincidieron en la ópera y se marchó antes del segundo acto. En el paseo de Rotten Row, pasó a caballo junto al carruaje de Agatha, inclinó la cabeza y no redujo la velocidad.

—Está enfadado —dijo Elinor por tercera vez aquella semana.

Agatha levantó la vista de una carta.

—Ocupado.

—Está enfadado.

—¿Deseas que lo esté?

—No.

—Entonces deja de pronunciarlo con satisfacción.

Elinor cerró el libro que fingía leer.

—No estoy satisfecha. Me parece infantil.

—Has llamado cobarde a un hombre cuya mayor herida parece estar relacionada con la cobardía. Tal vez necesite más de cuatro días para agradecerte la precisión.

—No sabía que fuera una herida.

—No. Solo elegiste la palabra con extraordinaria puntería.

La oportunidad de hablar llegó aquella tarde. Sophia envió una nota a Agatha invitándolas a tomar el té y añadió debajo, con una letra más pequeña: «Nathaniel estará en casa. No sabe que ustedes también».

—Su hermana posee una moral flexible —dijo Elinor.

—La moral rígida dificulta muchísimo los matrimonios felices.

Cuando llegaron a Wycliffe House, Sophia las condujo a la biblioteca y desapareció con Agatha bajo el pretexto de elegir partituras. Nathaniel entró unos minutos después, leyendo una carta.

Se detuvo al ver a Elinor.

—Sophia.

—No está aquí —respondió ella.

—Eso nunca ha impedido que sea culpable.

Nathaniel dobló la carta. Llevaba la levita puesta y el cabello húmedo por una lluvia reciente. No parecía complacido, pero tampoco se marchó.

—Miss Harcourt.

—Lord Wycliffe.

—¿Ha venido a investigar mi biblioteca?

—Su hermana me ha invitado a tomar el té.

—Mi hermana considera el té un arma de asedio.

—En eso coincide con mi madrina.

El silencio que siguió no fue cómodo. Elinor dejó los guantes sobre una mesa.

—Fui injusta en la terraza.

Nathaniel arqueó una ceja.

—¿Ha ensayado esa frase?

—Tres veces. En las dos primeras sonaba menos sincera.

La boca de él se movió, pero no llegó a sonreír.

—No sabe lo ocurrido con Cecily.

—No. Y no debí utilizarlo contra usted.

—¿Eso significa que dejará de buscarla?

Elinor sostuvo la mirada.

—No he intentado encontrarla.

—Todavía.

—No soy una espía profesional.

—Su historial resulta prometedor.

—Agatha organizó el encuentro con Amelia. Dorothea apareció delante de todo Londres sin ayuda mía.

—Y usted estaba encantada de reunir las pruebas.

—No estaba encantada.

—No. Estaba decepcionada porque la verdad no le permitía clasificarme con facilidad.

Elinor sintió el golpe porque era cierto.

—Tal vez.

Nathaniel se acercó a la ventana. La lluvia golpeaba los cristales y desdibujaba el jardín.

—Con Dorothea fui cruel —dijo—. No existe una explicación secreta que convierta la escena en noble. Me engañaron y quise asegurarme de que nadie creyera que me habían vencido. Ella pagó por mi orgullo.

—Lo sé.

—No, Nell. Sabe las palabras. No sabe cómo miró cuando leí aquella carta. Ni cómo su madre se desmayó y yo creí que fingía. Ni que acepté las felicitaciones de hombres que habían perdido dinero con su padre mientras ella salía de la sala sola.

Elinor no había imaginado esos detalles. La escena dejó de ser una pieza en la investigación y adquirió el rostro de una mujer de veintidós años rodeada de testigos.

—¿Por qué me lo cuenta?

—Porque usted desea conocer la verdad. Y porque empieza a irritarme que solo descubra las partes que otros eligen contarle.

—Podría haber empezado por hablar usted.

—No acostumbro a revelar mis peores momentos durante el primer baile.

—No. Durante el primer baile pregunta a una mujer por qué sigue soltera.

Nathaniel soltó una risa breve, a pesar de sí mismo.

—Aquello fue una imprudencia.

—Una de muchas.

—¿Ha venido a disculparse o a completar una lista?

—Ambas cosas pueden ser compatibles.

La tensión cedió lo suficiente para respirar.

Elinor avanzó hacia él.

—No creo que sea un monstruo.

—Qué alivio. Temía que la visita terminara con antorchas.

—Creo que es un hombre que a veces hace algo bueno por razones que no explica y algo terrible por razones que explica demasiado bien.

—Eso es menos tranquilizador.

—No pretendía tranquilizarlo.

—Nunca lo hace.

Estaban a poca distancia. Elinor pudo ver una pequeña cicatriz junto a su barbilla y una gota de lluvia aún atrapada en el borde de su cabello.

—¿Qué pretende conmigo? —preguntó Nathaniel.

La pregunta era demasiado directa.

—Nada.

—Ha averiguado quién soy cuando soy noble, quién fui cuando fui cruel y sigue defendiendo a una prometida que nunca ha visto. Me observa como si mi carácter fuera una puerta que piensa abrir por fuerza. Algo pretende.

Elinor debería haber retrocedido. En lugar de hacerlo, levantó la barbilla.

—Pretendo decidir si merece la pena confiar en usted.

—¿Por qué tendría que importarle?

—Porque…

La verdad llegó hasta su garganta y se detuvo.

Porque soy la mujer con la que debe casarse.

Porque mi padre está muriendo.

Porque empiezo a desear que sea usted el hombre que no esperaba encontrar.

—Porque no me gusta equivocarme —dijo.

Nathaniel la miró con incredulidad.

—Esa es la mentira más pobre que ha inventado desde Cumberland.

—No tiene pruebas.

—Tengo ojos.

—Pemberton no sabría decirle de qué color.

—Yo sí.

La respuesta la dejó inmóvil.

Nathaniel bajó la voz.

—Son marrones alrededor de la pupila y verdes cuando está enfadada. Lo cual significa que los he visto verdes la mayor parte del tiempo.

Elinor sintió el latido en la garganta.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra que he mirado.

—También mira a muchas mujeres.

—No así.

El silencio cambió de naturaleza.

La lluvia continuaba contra los cristales. En algún lugar de la casa, Sophia tocó tres notas al piano y se detuvo, probablemente porque recordaba que debía fingir una ocupación.

Nathaniel levantó una mano. No la tocó. Dejó los dedos a un lado de su rostro, lo bastante cerca para que Elinor sintiera el calor.

—Dígame que me aparte.

Ella pensó en su padre, en el acuerdo y en la carta sin retrato. Pensó en que Nathaniel estaba prometido con una mujer que se encontraba a menos de un palmo de él y que, aun así, no sabía quién besaría.

—Debería apartarse.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Nathaniel la besó.

No fue un beso prudente ni ligero. Toda la distancia de los cuatro días se quebró en el primer contacto. Elinor agarró las solapas de su levita antes de recordar que debía resistirse y, cuando lo recordó, ya estaba respondiendo.

Nathaniel le rodeó la cintura. La atrajo hacia él con una urgencia que no se parecía a su encanto ensayado. No había público, sonrisas ni frases preparadas. Solo la presión de su boca y la certeza terrible de que Elinor había deseado aquello desde antes de admitir que lo deseaba.

Fue ella quien se apartó.

Lo hizo con tanta rapidez que chocó contra el borde de una mesa. Nathaniel extendió la mano para sostenerla, pero Elinor levantó una palma.

—Está prometido.

Él respiraba con dificultad.

—A una mujer a la que no conozco.

—Eso no elimina el compromiso.

—Todavía no existe uno definitivo.

—Ha aceptado el acuerdo.

—Y usted acaba de besarme.

—Usted me besó.

—Agradezco la precisión, aunque su participación fue memorable.

Elinor sintió calor en el rostro.

—No vuelva a hacerlo.

—¿Porque no lo desea o porque no debería desearlo?

—No convierta esto en otra de sus reglas.

—No lo hago. Le estoy pidiendo la verdad.

Ella no podía dársela.

—La verdad es que hay otra mujer.

Nathaniel se apartó como si la frase hubiera abierto una distancia física.

—Una mujer que tal vez agradezca que alguien piense en ella antes de actuar.

—Pienso en ella todos los días.

—¿Y aun así me besa?

—No he dicho que piense con afecto.

—Eso no lo mejora.

Nathaniel pasó una mano por el cabello.

—No. No lo mejora.

La puerta se abrió unos centímetros y la cabeza de Sophia apareció en el hueco.

—¿Necesitan té?

—No —respondieron ambos.

Sophia miró a uno y a otro. Sus ojos se detuvieron en la boca de Elinor.

—Entiendo. Volveré con té de todos modos.

Cerró.

Sophia entró por completo, cerró la puerta detrás de sí y examinó a su hermano.

—Tienes el aspecto de un hombre que ha tomado una decisión sin consultar a nadie.

—Sal, Sophia.

—Eso confirma la teoría.

Elinor intentó pasar junto a ella, pero la joven le tocó el brazo.

—No tiene que decirme qué ha ocurrido.

—Gracias.

—Lo deduciré en el carruaje de todos modos.

Nathaniel se volvió hacia la ventana.

—Deja de atormentarla.

Sophia alzó las cejas.

—No la estoy atormentando. Tú has hecho algo y ahora intentas protegerla de las preguntas, lo cual significa que el algo te importa.

Elinor sintió que el rubor regresaba.

—Lady Sophia…

—Solo diré una cosa. Mi hermano utiliza las bromas cuando teme que alguien vea demasiado. Si deja de bromear, no significa que haya perdido interés. Significa que está asustado.

Nathaniel giró la cabeza.

—No necesito traducción.

—Tú no. Ella quizá sí.

—No soy responsable de sus miedos —dijo Elinor, más para sí misma que para Sophia.

—No. Pero conviene saber cuándo habla él y cuándo habla el hombre que nuestro padre educó para creer que cualquier afecto era una deuda.

El comentario cambió el aire. Nathaniel se endureció.

—Basta.

Sophia lo miró durante un segundo y perdió el tono ligero.

—Entonces no la castigues por acercarse y no te castigues tú por desear que lo haga.

Abrió la puerta.

—Ahora sí traeré té. Agatha ha encontrado el brandy y Benedict está intentando convencerla de que pertenece a la biblioteca.

Cuando salió, Elinor miró a Nathaniel.

—¿Su padre consideraba el afecto una deuda?

—Mi padre consideraba casi todo una deuda.

—Eso no responde.

—No. Y hoy ya hemos respondido suficiente.

Elinor recogió los guantes.

—Debo marcharme.

—Nell.

—No.

Nathaniel la alcanzó antes de que llegara a la puerta, pero no la tocó.

—No volveré a besarla sin permiso.

—Eso sería lo mínimo.

—No he dicho que no vuelva a querer hacerlo.

Elinor cerró los dedos alrededor de los guantes.

—Entonces tendrá que aprender a soportar una frustración.

—Tengo experiencia. Tres compromisos, ¿recuerda?

—No bromee con eso.

La ironía desapareció.

—Tiene razón.

Sophia y Agatha esperaban en el corredor con una bandeja. Benedict, apoyado en la pared, guardó el reloj de bolsillo en cuanto vio la expresión de Nathaniel.

—No preguntaremos —dijo Sophia.

—Eso resulta más inquietante que las preguntas —respondió Elinor.

Agatha le ofreció una taza sin sonreír. El gesto, tan poco propio de ella, permitió que Elinor atravesara el corredor sin convertir el beso en un espectáculo.

Elinor se marchó sin despedirse de Nathaniel. Ya en el carruaje, Agatha guardó silencio durante casi una calle completa, esfuerzo que debió de causarle dolor.

—No preguntes —dijo Elinor.

—No necesito hacerlo.

—No ocurrió nada.

—Entonces lord Benedict ha perdido dinero injustamente.

Elinor se llevó los dedos a los labios.

—Está prometido conmigo.

Agatha dejó de sonreír.

—Sí.

—Y cree que ha besado a otra mujer.

—Sí.

—Esto ya no es una investigación.

—No.

El carruaje giró hacia la casa. Elinor miró la lluvia resbalar por el cristal.

Por primera vez desde que había llegado a Londres, no temía descubrir que Nathaniel fuera un hombre incapaz de permanecer.

Temía haberle dado una razón para huir de ella.