CAPÍTULO 11
La segunda prometida
La recepción de lady Lavington reunía tres condiciones que Agatha consideraba peligrosas: demasiadas flores, demasiada gente y una anfitriona que no servía comida suficiente.
—Los escándalos aumentan cuando el público tiene hambre —explicó mientras un lacayo les retiraba las capas—. Nadie debería enfrentarse a una antigua prometida con el estómago vacío.
—¿Habla por experiencia?
—No he tenido prometidos antiguos. Solo hombres que comprendieron a tiempo que no estaban preparados.
—¿Cuántos?
—Esa sería una pregunta de Nathaniel, no tuya.
Elinor no respondió. Había pasado la mañana pensando en Wycliffe House, en las cuentas y en la carta que Nathaniel había escrito a su padre.
También había pensado en la manera en que la había mirado al preguntarle por sus ojos.
Ninguna de esas reflexiones la ayudaba a recordar que asistiría a una recepción organizada por la tía de Dorothea Crane.
El salón principal estaba decorado con rosas blancas. Había tantas que el aire resultaba espeso y dulce. Elinor localizó a Nathaniel junto a Pemberton y Benedict. Vestía de negro y parecía relajado para cualquiera que no hubiera aprendido a reconocer la rigidez de su mandíbula.
Él la vio. La atención le cruzó el rostro antes de que pudiera ocultarla y, durante un segundo, el resto del salón perdió importancia.
—No corras hacia él —murmuró Agatha.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. El suelo está encerado.
Nathaniel se acercó cuando terminaron los saludos con la anfitriona.
—Lady Agatha. Miss Harcourt.
—Lord Wycliffe —dijo Agatha—. He comido antes de venir. Considérese advertido.
—¿Debería saber qué significa?
—No todavía.
Benedict inclinó la cabeza hacia Elinor.
—Wycliffe lleva diez minutos fingiendo que no vigila la puerta.
—Hale lleva diez años fingiendo que posee ocupaciones —replicó Nathaniel.
—No necesito fingirlo. Nadie me las exige.
Dorothea Crane entró antes de que pudieran continuar.
Elinor la reconoció por el silencio que avanzó con ella.
Era alta, hermosa y vestía de amarillo pálido, un color que habría parecido inocente de no ser por la dureza de su expresión.
Caminaba del brazo de un caballero mayor —probablemente su tío— y no miró a Nathaniel hasta que estuvo a pocos pasos.
Entonces se detuvo.
—Lord Wycliffe.
—Miss Crane.
La inclinación de Nathaniel fue impecable. Dorothea sonrió sin alegría.
—Me sorprende verlo. Creí que evitaría mi casa del mismo modo en que evita tantas otras obligaciones.
Varias conversaciones cercanas se apagaron. Lady Lavington continuó hablando con una marquesa, pero inclinó la cabeza hacia ellos con un ángulo imposible.
—La invitación de su tía no indicaba que mi presencia fuera indeseada —respondió Nathaniel.
—Mi tía posee una fe conmovedora en la reconciliación social. Yo poseo memoria.
—Dorothea —dijo el caballero a su lado.
Ella ignoró la advertencia.
—¿Ha venido con su nueva candidata?
Su mirada se deslizó hacia Elinor. Nathaniel dio un paso apenas perceptible, suficiente para situarse entre ambas sin parecer que lo hacía.
—Miss Harcourt no es candidata a nada.
La frase debería haber tranquilizado a Elinor. En cambio, dejó un pequeño vacío.
—Todavía —replicó Dorothea—. ¿Le ha contado cómo termina sus compromisos? A mí me informó delante de ochenta personas de que mi familia era una colección de estafadores.
El tío de Dorothea se puso rojo.
—Eso basta.
—No, tío. Lord Wycliffe ha pasado años permitiendo que Londres crea que es un canalla encantador. Debería disfrutar al menos de los detalles.
Nathaniel no respondió. Elinor percibió el impulso de defenderlo, pero recordó el jardín de Amelia y mantuvo la boca cerrada.
Dorothea la miró directamente.
—Tenga cuidado, Miss Harcourt. Cuando se siente engañado, no se limita a marcharse. Se asegura de que todo el mundo sepa por qué.
—No soy asunto de lord Wycliffe —dijo Elinor.
—Eso también lo creía yo.
Dorothea se alejó. Las conversaciones renacieron con una velocidad que demostraba cuánto esfuerzo había costado contenerlas.
Nathaniel sostuvo la mirada de Elinor.
—No tiene que decir nada.
—No pensaba hacerlo.
—Esa es una novedad inquietante.
—Quizá esté aprendiendo discreción.
—Entonces la he corrompido de una manera inesperada.
La broma no alivió la tensión. Lady Lavington llegó demasiado tarde para impedir la escena y demasiado pronto para fingir que no había ocurrido.
—Dorothea, querida —dijo, tomando el brazo de su sobrina—, quizá deberías mostrar a Miss Harcourt las nuevas rosas del invernadero.
—No tenemos invernadero —respondió Dorothea.
—Entonces el jardín. Las rosas existen en alguna parte.
La anfitriona condujo al tío de Dorothea hacia otro grupo, confiando en que la distancia reparara lo que el silencio ya había difundido. Dorothea permaneció junto a Elinor.
—No buscaba avergonzarla —dijo Elinor.
—No. Buscaba avergonzarlo a él.
—¿Lo ha conseguido?
Dorothea observó a Nathaniel, que hablaba con Pemberton a varios pasos.
—Nunca como él lo hizo conmigo.
Elinor no encontró una respuesta que no sonara a defensa.
—Yo sabía que mi padre exageraba nuestra fortuna —continuó Dorothea—. Pensé que se trataba de una práctica habitual: una propiedad valorada por encima de su precio, unos ingresos futuros presentados como presentes. No sabía que había falsificado documentos. Nathaniel sí lo descubrió.
—Eso no justificaba hacerlo público.
—No. Pero tampoco me convierte en inocente de todo. Permití la mentira que me convenía y después fingí que el resto me sorprendía.
La sinceridad desarmó a Elinor.
—¿Lo habría amado?
Dorothea soltó una risa breve.
—Habría amado ser condesa. A los veintidós años confundía el título con el hombre. Tal vez él confundía mi belleza con una esposa. Éramos dos personas muy adecuadas para decepcionarnos.
—¿Por qué sigue enfrentándolo en público?
—Porque en privado se disculpa con tanta corrección que parece que estuviera devolviendo un libro. En público, al menos, deja de controlar la escena.
Dorothea tomó una copa de una bandeja.
—No crea que todas sus antiguas prometidas desean recuperarlo. Algunas solo queremos que recuerde que estuvimos allí.
Se alejó antes de que Elinor pudiera responder. La conversación no absolvió a Nathaniel ni convirtió a Dorothea en víctima perfecta. Hizo algo más incómodo: demostró que una misma historia podía contener culpas distintas sin repartirlas por igual.
Nathaniel se excusó y salió hacia la terraza. Benedict hizo ademán de seguirlo, pero Elinor lo detuvo.
—Déjelo.
—Es lo que solemos hacer todos —dijo él—. No siempre da buen resultado.
Agatha observó la puerta.
—Ve.
—Acaba de decir que lo dejáramos.
—Benedict es amigo suyo. Tú eres el problema que ha elegido esta semana. Vuestra función no es la misma.
Elinor salió.
La terraza estaba vacía salvo por Nathaniel, que apoyaba las manos en la balaustrada. El jardín de lady Lavington era estrecho y geométrico; hasta los arbustos parecían temer salirse de su sitio.
—Dorothea tenía razón —dijo él antes de que Elinor hablara.
—No sé qué ocurrió.
—Su familia presentó documentos falsos. La fortuna que prometían no existía y varias propiedades estaban hipotecadas. Descubrí la verdad durante el baile donde debía anunciarse la fecha de la boda.
—¿Y la acusó allí?
—Su padre intentó obligarme a firmar el acuerdo definitivo. Yo tenía veintisiete años, estaba furioso y deseaba que todos supieran que no era el necio de la historia.
Nathaniel miró el jardín.
—Leí una de las cartas en voz alta. Delante de sus familiares, de mis amigos y de media sociedad. Después anuncié que el compromiso quedaba roto.
—¿Ella conocía el engaño?
—Sabía que la fortuna no era tan grande como afirmaban. No sabía que su padre había falsificado los títulos.
—Entonces la castigó por una mentira que no era enteramente suya.
—Sí.
La admisión llegó sin defensa.
Elinor se acercó a la balaustrada.
—¿Se arrepintió?
—Cuando dejó de resultarme satisfactorio tener razón.
—¿Cuánto tardó?
—Años.
Aquello la enfadó más que una excusa.
—Podría haberle pedido perdón.
—Lo hice.
—No lo ha aceptado.
—No estaba obligada.
Elinor lo miró. Nathaniel no parecía pedir comprensión. Eso no borraba la crueldad de lo ocurrido, pero impedía colocarlo en una categoría sencilla.
—¿Por qué asistió esta noche?
—Porque lady Lavington invitó a Sophia. Si yo me negaba, mi hermana también habría faltado y Dorothea habría creído que seguía expulsándola de los lugares donde podía encontrarme.
—Podría haberle explicado eso.
—Dorothea no me debe una conversación tranquila para que yo me sienta mejor.
Elinor apretó los dedos sobre el abanico.
—No le debe absolución. Pero usted tampoco puede convertir el arrepentimiento en otra forma de silencio.
Nathaniel giró hacia ella.
—¿Qué desea que haga? ¿Que reúna de nuevo a ochenta personas y lea una disculpa?
—Deseo que deje de decidir por las mujeres qué necesitan de usted.
La dureza de la frase se reflejó en su rostro.
—Eso incluye a Miss Bellamy, imagino.
—Sobre todo a ella.
—Nunca he pretendido obligarla.
—Ha aceptado casarse sin saber si le repugna la idea.
—Su padre asegura que considerará la propuesta.
—Su padre está enfermo y teme dejarla desamparada. ¿Cuánta libertad cree que contiene ese consentimiento?
Nathaniel se apartó de la balaustrada.
—Habla como si conociera cada pensamiento de esa mujer.
Elinor notó el peligro.
—Conozco la situación.
—Conoce demasiados detalles. Su edad, el estado de su padre, que no pedí un retrato, lo que Pemberton escribió…
—Lady Agatha escucha mucho.
—Lady Agatha inventa mejor.
La puerta de la terraza se abrió y Sophia asomó la cabeza.
—Dorothea está a punto de marcharse. Nathaniel, deberías despedirte.
Él no apartó la mirada de Elinor.
—Iré enseguida.
Sophia cerró la puerta.
—¿Qué sabe de Elinor Bellamy? —preguntó.
Elinor sintió que la mentira se tensaba.
—Lo suficiente para preocuparme por ella.
—Esa no es una respuesta.
—No era una de sus tres preguntas.
Por primera vez, la regla no lo hizo sonreír.
—No jugaré con esto, Nell.
Era la primera vez que utilizaba su nombre sin tratamiento. La intimidad involuntaria la dejó sin defensa durante un segundo.
—Entonces no juegue —respondió—. Pregunte a sir Thomas qué desea su hija. Pida hablar con ella antes de viajar. Déle una oportunidad real de negarse.
—¿Y si lo hace?
—Aceptará la respuesta.
—¿Aunque pierda el fideicomiso?
—Si la única manera de conservarlo es casarse con una mujer que no lo elige, no merece conservarlo.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—Resulta sencillo exigir heroísmo cuando no se pagan sus consecuencias.
—Y resulta sencillo hablar de consecuencias para evitar llamar cobardía a una elección.
El golpe fue inmediato. Elinor supo que había ido demasiado lejos, pero Nathaniel ya se había cerrado.
—No sabe nada de mi cobardía.
—Sé que hubo una tercera mujer.
—Y está deseando encontrarla.
—No.
—¿No?
—Estoy deseando que deje de darme motivos para hacerlo.
Nathaniel la miró durante un largo instante. Después abrió la puerta de la terraza.
—Deberíamos volver.
La recepción había recuperado su música, pero la tensión seguía adherida a las paredes. Dorothea estaba junto a la salida. Nathaniel se acercó a ella solo. Elinor no oyó lo que dijo. Vio a Dorothea escucharlo con el rostro rígido, responder dos frases y marcharse sin ofrecerle la mano.
Sophia se situó junto a Elinor.
—Le ha pedido disculpas otra vez.
—¿Cómo lo sabe?
—Le leo los labios cuando me oculta cosas.
—Eso es espantoso.
—En esta familia resulta práctico.
Nathaniel regresó, pero no se acercó a Elinor. Habló con Pemberton, saludó a la anfitriona y se marchó con Benedict.
Agatha apareció con dos pastelillos envueltos en una servilleta.
—La comida era escasa —dijo—. He tomado medidas.
—He discutido con él.
—Lo había deducido por la manera en que ha salido. Los hombres satisfechos no caminan como si quisieran demandar al suelo.
Elinor miró la puerta cerrada.
—Me ha preguntado qué sé de Elinor Bellamy.
Agatha dejó de guardar los pastelillos.
—¿Y qué has dicho?
—Nada útil.
—Entonces aún tenemos tiempo.
—No sé si eso es una suerte.
En el otro extremo del salón, Dorothea había olvidado un guante amarillo sobre una silla. Elinor pensó en la humillación pública, en las disculpas que no obligaban al perdón y en un hombre que podía ser generoso con Amelia, cruel con Dorothea y quizá imperdonable con Cecily.
No estaba descubriendo quién era Nathaniel.
Estaba descubriendo cuántos hombres cabían dentro de él.