CAPÍTULO 10
Un día en Wycliffe House
A las tres menos cuarto de la tarde siguiente, Agatha anunció que una mujer inocente no llegaba con quince minutos de antelación a la casa de un hombre soltero.
—Una mujer inocente tampoco utiliza un nombre falso —respondió Elinor.
—Precisamente por eso debemos cuidar las formas que aún conservamos.
El carruaje se detuvo frente a Wycliffe House a las tres en punto. La fachada de piedra clara ocupaba buena parte de la calle y poseía esa clase de sobriedad costosa que parecía decir que la familia no necesitaba impresionar a nadie porque llevaba siglos haciéndolo.
Elinor había imaginado una residencia llena de espejos, retratos del conde en actitudes heroicas y criados entrenados para retirar a las antiguas prometidas antes de que coincidieran en el vestíbulo.
Encontró, en cambio, un perro dormido sobre la alfombra de entrada.
Era un animal enorme, gris, de aspecto venerable y una oreja doblada. Abrió un ojo al verlas, decidió que no representaban peligro y volvió a dormir.
—Ese es Wellington —explicó el mayordomo—. Milady insiste en que no bloquea el paso.
—Milady tiene una interpretación generosa del espacio —dijo Agatha, rodeando al perro.
—Milady tiene una interpretación generosa de casi todo —respondió una voz femenina desde la escalera.
Lady Sophia Wycliffe descendió sin esperar a que el mayordomo completara las presentaciones.
Tendría unos veinticuatro años, el mismo cabello oscuro de Nathaniel y unos ojos grises que parecían haber nacido para descubrir secretos.
Llevaba un vestido azul sencillo y una cinta torcida en el pelo, detalle que habría resultado accidental en cualquier otra mujer.
En ella parecía una declaración contra la simetría.
—Lady Agatha. Miss Harcourt. Por fin.
—¿Por fin? —repitió Elinor.
—Nathaniel lleva una semana fingiendo que no pronuncia su nombre en todas las conversaciones.
—Sophia —advirtió él desde la puerta de un despacho.
Elinor volvió la cabeza. Nathaniel no llevaba levita, sino un chaleco oscuro y las mangas de la camisa recogidas hasta los antebrazos. Sostenía una pluma y tenía una mancha de tinta junto al pulgar. La imagen no guardaba relación alguna con el hombre que sonreía bajo las lámparas de los salones.
—Solo intento que nuestras invitadas se sientan bienvenidas —dijo Sophia.
—Podrías probar con té.
—El té no contiene información útil.
Lord Benedict apareció detrás de Nathaniel con una carpeta bajo el brazo.
—No se confíen. Sophia ha obtenido confesiones con pastel de limón.
—Porque nadie piensa con claridad mientras mastica —replicó ella.
Agatha la miró con franca aprobación.
—Querida, deberíamos hablar.
—Eso es exactamente lo que temo —dijo Nathaniel.
El almuerzo tardío había sido preparado en un saloncito que daba al jardín posterior. Sophia sentó a Elinor a su lado, a Nathaniel enfrente y a Agatha junto a Benedict, distribución que permitía interrogar a todos sin girar la cabeza.
—¿Qué parte de Cumberland? —preguntó antes de que sirvieran la sopa.
Elinor había pasado la mañana estudiando mapas y descripciones de caminos.
—Al norte de Keswick. Mi familia poseía una casa cerca de Bassenthwaite.
—¿Poseía?
—La vendió hace años.
—¿Por qué?
—Mi padre murió y mi madre prefirió trasladarse junto a unos parientes.
La mentira se acercaba demasiado a su propia historia. Agatha le había aconsejado hacerlo así: las invenciones más seguras tenían huesos verdaderos.
—¿Y dónde está su madre ahora? —continuó Sophia.
—Murió también.
La curiosidad de la joven se detuvo.
—Lo siento.
—Fue hace mucho.
Nathaniel había dejado la cuchara sobre el plato. Elinor no sabía si la observaba porque creía la historia o porque había advertido el dolor real bajo la respuesta falsa.
—Sophia —dijo—, quizá podrías permitir que Miss Harcourt termine la sopa antes de investigar a sus antepasados.
—Me pediste que vigilara sus mentiras.
—No delante de ella.
—Eso no lo especificaste.
Benedict bebió vino.
—Wycliffe acostumbra a confiar demasiado en los detalles implícitos.
—Y usted acostumbra a comer en mi casa sin que lo inviten —replicó Nathaniel.
—Precisamente. Los detalles explícitos tampoco me detienen.
La comida avanzó entre las preguntas de Sophia, las intervenciones de Agatha y los intentos inútiles de Nathaniel por dirigir la conversación hacia asuntos inocuos.
Elinor descubrió que Sophia detestaba el bordado, amaba la astronomía y había sido expulsada de dos clases de dibujo por discutir la anatomía de los caballos con el profesor.
Benedict vivía en la casa contigua, aunque aparecía en Wycliffe House con tanta frecuencia que Wellington ya dormía frente a su puerta cuando esperaba verlo.
Nathaniel, por su parte, recordaba cómo tomaba el té cada persona, corregía al lacayo antes de que sirviera nueces a Agatha —era alérgica— y escuchaba más de lo que hablaba cuando su hermana mencionaba la administración de una escuela rural.
Después del almuerzo, Sophia insistió en mostrarle la casa.
—El salón azul es espantoso —explicó mientras atravesaban una galería—. Mi abuela eligió el papel pintado durante una fiebre y nadie ha tenido valor para cambiarlo por miedo a que regrese.
—Murió hace veinte años —dijo Nathaniel.
—Eso disminuye el riesgo, no lo elimina.
El salón azul era, en efecto, espantoso. Un ejército de pájaros dorados se repetía sobre las paredes, todos orientados hacia una chimenea de mármol verde.
—Parecen huir del fuego —comentó Elinor.
—Son aves sensatas —dijo Benedict.
—No empiecen —advirtió Nathaniel.
Sophia abrió otra puerta.
—El despacho de mi hermano es más interesante. Allí conserva documentos, secretos y una botella de brandy que cree que desconozco.
—La botella está cerrada con llave.
—La llave no.
El despacho estaba ocupado por dos hombres y una mujer mayor que hablaba con visible enfado. Nathaniel se detuvo.
—Creí que habían terminado.
—Yo también —respondió el hombre de más edad, que Elinor identificó como administrador por las cuentas extendidas sobre la mesa—. La señora Hollis se niega a marcharse hasta hablar con usted.
La mujer se volvió. Llevaba un sombrero negro demasiado pequeño para su cabeza y sostenía un paraguas como si fuera un arma.
—Me niego a pagar por un muro que se cayó antes de que yo naciera.
Nathaniel dejó la pluma sobre el escritorio.
—Nadie le ha pedido que pague el muro, señora Hollis.
—El señor Pike dice que debo reparar los linderos.
El joven situado junto al administrador abrió la boca.
—Según el contrato…
—El contrato dice que debe mantenerlos —interrumpió Nathaniel—. No reconstruir una pared que ya figuraba como derruida en el inventario de mi abuelo.
La señora Hollis apretó el paraguas.
—Entonces dígaselo a Pike.
Nathaniel miró al joven.
—Señor Pike.
—Milord, yo interpreté…
—Interprete menos y lea más. Anule el cargo.
—Sí, milord.
—Y envíe dos hombres a revisar el resto del lindero. Si las ovejas de los Crowley vuelven a entrar en su huerto, la señora Hollis declarará una guerra que no estamos preparados para financiar.
La mujer lo miró con sospecha, como si una solución tan rápida debiera ocultar una trampa.
—También se comen mis coles.
—Añadiremos las coles al tratado de paz.
La boca de la señora Hollis se contrajo. No llegó a sonreír, pero bajó el paraguas.
—Su padre habría cobrado el muro.
—Lo sé.
—Y habría duplicado la renta por molestar.
—También lo sé.
La mujer asintió, satisfecha de haber aclarado la inferioridad moral del difunto conde, y se marchó.
Nathaniel esperó a que la puerta se cerrara.
—Pike, no vuelva a utilizar mi nombre para imponer una interpretación que yo no he autorizado.
El joven enrojeció.
—No volverá a ocurrir.
—Eso espero. La próxima vez la señora Hollis traerá el paraguas abierto.
Los administradores recogieron los documentos. Elinor permaneció junto a Sophia, intentando reconciliar al hombre que acababa de enfrentarse a una viuda por una pared con aquel que había aceptado casarse con ella sin pedir un retrato.
Cuando quedaron solos, Nathaniel se apoyó en el escritorio.
—Esto no formaba parte de la visita.
—Precisamente por eso ha sido lo más útil —respondió Elinor.
—¿Ha aumentado o disminuido mi puntuación?
—¿Lleva una cuenta?
—Hale la lleva. Está convencido de que soy incapaz de calcular sin ayuda.
Benedict abrió la carpeta.
—Dos puntos por las coles. Uno menos por no haber despedido a Pike.
—Pike mantiene a seis hermanos —dijo Nathaniel—. Preferiría enseñarle a leer contratos antes que enseñar a seis niños a pasar hambre.
Benedict cerró la carpeta.
—Recupera el punto.
Elinor sonrió, pero la sonrisa desapareció al ver las cuentas sobre la mesa. Había columnas marcadas en rojo, presupuestos de reparación y cartas de arrendatarios. Nathaniel no había exagerado: las propiedades dependientes del fideicomiso no eran casas vacías que pudiera abandonar sin más.
—¿Puedo verlas? —preguntó.
Él vaciló.
—¿Las cuentas?
—Me invitó para que utilizara pruebas actuales.
Sophia se sentó en el borde del escritorio.
—Déjaselas. Si piensa casarse con una mujer que no conoce, al menos otra mujer debería saber qué está aceptando la pobre.
Nathaniel le lanzó una mirada.
—Tu compasión por Miss Bellamy resulta conmovedora.
—No la conozco. Eso facilita mucho la compasión.
Elinor tuvo que bajar la vista para ocultar la reacción.
Nathaniel abrió uno de los libros y le mostró los ingresos, los gastos y las deudas heredadas. Explicó qué tierras estaban vinculadas al título y cuáles pasarían al primo si perdía el fideicomiso. Hablaba sin adornos, con conocimiento de cada cifra y cada familia.
—Podría reducir gastos en Londres —dijo Elinor.
—Ya lo he hecho.
Sophia señaló el salón.
—Se negó a cambiar los pájaros.
—Los pájaros no cuestan nada mientras permanezcan en la pared.
—Cuestan dignidad.
—Un lujo que no podemos permitirnos.
Elinor recorrió una columna con el dedo.
—Esta propiedad no produce beneficios.
—Aún no. Necesita drenaje y una nueva prensa de grano.
—¿Y si no recibe el fideicomiso?
—La venderá mi primo o elevará las rentas.
—¿No puede impedirlo?
—No después de mi cumpleaños.
La respuesta cayó entre ellos sin dramatismo. Eso la hizo más seria.
Nathaniel cerró el libro.
—Ahora entiende por qué acepté el acuerdo.
—Entiendo por qué necesita casarse. No por qué eligió a una mujer sin conocerla.
Sophia se levantó.
—Benedict, lady Agatha, tengo que enseñarles el invernadero.
—No tienes invernadero —dijo Nathaniel.
—Entonces tardaremos más en encontrarlo.
Agatha aceptó el brazo de Benedict sin disimular la satisfacción. Los tres salieron y dejaron la puerta abierta.
—Mi hermana posee la sutileza de una banda militar —murmuró Nathaniel.
—Su familia parece empeñada en dejarnos solos de manera irreprochable.
—No se engañe. Sophia escuchará detrás de la puerta.
—No lo haré —respondió la voz de Sophia desde el corredor.
Nathaniel esperó hasta que sus pasos se alejaron.
—Pemberton propuso a Miss Bellamy porque su padre es un hombre honorable, la familia no tiene deudas ocultas y ella…
Se detuvo.
—¿Ella qué?
—No había aceptado a otro.
Elinor sintió la antigua herida, más leve ahora porque él parecía avergonzado de la respuesta.
—Una virtud extraordinaria.
—No. Una circunstancia. Y una que yo traté como si bastara.
—¿Ha pedido ya su retrato?
Nathaniel abrió un cajón y sacó una carta.
—He escrito a sir Thomas para solicitarlo.
Elinor miró el sobre sin tomarlo.
—¿Por qué?
—Porque una mujer insoportable me señaló que ni siquiera conocía el color de sus ojos.
—Podría habérselo preguntado a Pemberton.
—Lo hice. Cree que son castaños.
—¿Y lo son?
—Todavía no lo sé.
La mirada de Nathaniel se detuvo en los ojos de Elinor con una atención que hizo que el despacho pareciera más pequeño.
—¿De qué color son los suyos, Miss Harcourt?
—Esa sería su tercera pregunta.
—No la desperdiciaría en algo que puedo ver.
Elinor sostuvo la mirada.
—Entonces mire bien.
La puerta se abrió de golpe. Wellington entró, seguido por Sophia.
—El invernadero continúa desaparecido —anunció—. ¿Han terminado de hablar de asuntos comprometidos?
Nathaniel apartó los ojos de Elinor.
—No habíamos empezado.
—Qué decepción. Benedict me debe cinco chelines.
—Aseguraste que se besarían —dijo él desde el corredor—. Yo aposté por una discusión.
Agatha apareció detrás.
—Yo habría elegido ambas.
Elinor se puso en pie.
—Me alegra haber contribuido a la economía de la casa.
Nathaniel la acompañó hasta el vestíbulo. Wellington seguía bloqueando la salida.
—¿Y bien? —preguntó mientras el mayordomo intentaba convencer al perro de que se moviera—. ¿Las pruebas actuales han mejorado mi caso?
Elinor observó la mancha de tinta de su mano, los libros de cuentas y a Sophia discutiendo con Benedict sobre las condiciones exactas de la apuesta.
—Lo han complicado.
—Eso parece ocurrirle con frecuencia cuando me conoce mejor.
Wellington se levantó al fin y cruzó el vestíbulo con la dignidad de quien creía haber resuelto el problema.
Nathaniel le ofreció la mano para subir al carruaje.
—Volveré a verla mañana.
—No recuerdo haber aceptado otra invitación.
—Dorothea Crane ofrece una recepción en casa de su tía. Todo Londres ha recibido una tarjeta, incluidas usted y lady Agatha.
—¿Y piensa asistir?
La ligereza desapareció de su rostro.
—No puedo huir de todas las habitaciones en las que ella entra.
Elinor apoyó la mano en la suya.
—No —dijo—. Supongo que no.