CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El hombre que no necesita defensa

Lady Pemberton celebraba veladas poéticas porque su marido coleccionaba primeras ediciones y ella coleccionaba personas obligadas a escucharlas.

La noche empezó con un poema sobre una doncella, una cascada y un ciervo que, según Elinor, merecía escapar antes que cualquiera de los protagonistas.

La autora, una joven de diecisiete años, recitaba con los ojos cerrados y una mano sobre el corazón.

Cada vez que la cascada aparecía, lady Pemberton asentía como si hubiera financiado personalmente el agua.

—El ciervo representa la inocencia —susurró Agatha.

—Representa el sentido común. Es el único que abandona la escena.

—Habla más bajo. La autora está delante.

—Entonces debería haberlo escrito mejor detrás.

Agatha disimuló la risa con una tos.

Nathaniel llegó durante el segundo poema. No anunció su presencia ni se acercó de inmediato, pero Elinor lo vio recorrer el salón con la mirada hasta encontrarla. Después ocupó una silla al fondo, junto a Benedict Hale.

Elinor intentó atender a una oda dedicada a las virtudes del rocío. Fracasó.

—Deja de mirarlo —murmuró Agatha.

—No lo miro.

—Entonces el rocío está detrás de lord Wycliffe.

Al terminar la lectura, los invitados se dispersaron hacia las mesas de refrescos con un alivio poco respetuoso. Nathaniel habló unos minutos con Pemberton y después se acercó.

—Señorita Harcourt. Lady Agatha.

—Lord Wycliffe —dijo Agatha—. Ha llegado tarde y se ha perdido un ciervo extraordinariamente sensato.

—Hale me resumirá su arco emocional.

—El ciervo huye —explicó Benedict, que se había unido a ellos—. Wycliffe se sintió representado.

Nathaniel lo ignoró.

—¿Podría hablar con usted, señorita Harcourt?

Elinor miró a Agatha.

—La biblioteca está abierta —dijo su madrina—. Yo permaneceré cerca.

—¿Cuánto? —preguntó Nathaniel.

—Lo suficiente para proteger su reputación, no la de Nell.

Benedict ofreció el brazo a Agatha.

—Podemos vigilar desde la puerta.

—Usted parece un hombre útil, lord Benedict.

—No se lo diga a nadie. Mantengo una imagen.

La biblioteca de los Pemberton estaba separada del salón por dos puertas abiertas. La conversación de los invitados llegaba con claridad y Agatha podía verlos desde un sofá situado en el pasillo. Elinor no corría peligro social. La verdad era otra cuestión.

Nathaniel se detuvo junto a una mesa cargada de libros.

—Le debo una disculpa.

—Ya me ha sorprendido una vez esta semana. No abuse.

—Tranquilícese. Hale asegura que dos disculpas en un mismo mes podrían perjudicar mi salud.

—Lord Benedict empieza a parecerme un hombre sensato.

—Es una impresión que él fomenta desde lejos. De cerca se desvanece.

—No debí hablarle con tanta dureza en el jardín.

—Tenía motivos.

—Eso no mejora mis modales.

—Nada parece mejorarlos durante mucho tiempo.

La boca de Nathaniel se curvó.

—Ahí está. Temía que lady Fairweather hubiera destruido su opinión sobre mí y me viera obligado a conversar con una mujer amable.

—Puede estar tranquilo. La recuperación no ha sido tan extrema.

Él apoyó una mano en el borde de la mesa.

—No me molesta que conozca la verdad sobre Amelia. Me molesta que crea que debe defenderme a partir de ella.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Lo pensó.

—¿También lee pensamientos?

—Solo los que fruncen el ceño delante de mí.

Elinor recorrió con un dedo el lomo de un libro.

—Creí que había juzgado mal una parte de su historia.

—La juzgó con la información disponible.

—Eso no la convierte en justa.

—No necesito justicia de todo Londres.

—¿De quién la necesita?

Nathaniel la observó durante un instante. Elinor temió que respondiera con una sinceridad demasiado cercana a la del manuscrito que ella misma habría querido corregir. En cambio, él se apartó de la mesa y tomó un volumen al azar.

—De mí mismo, supongo. Y todavía no he decidido si la merezco.

La respuesta era menos romántica y mucho más peligrosa.

—¿Esa es la razón por la que conserva la mala reputación? —preguntó—. ¿Porque resulta más cómoda que examinar cada error?

—Eso podría contar como la otra mitad de su segunda pregunta.

—Ha aprendido rápido.

—Vivo bajo amenaza de intereses emocionales.

Nathaniel dejó el libro. Era un tratado sobre agricultura y lo había sostenido al revés. Elinor lo giró sin comentar nada.

—No he conservado mi reputación por comodidad —dijo él—. La historia de Amelia no podía corregirse sin arriesgarla. Después llegó Dorothea y me comporté de una manera que no deseo justificar. Cuando ocurrió lo de Cecily, ya nadie necesitaba detalles. El retrato estaba completo.

—¿Y usted dejó que lo estuviera?

—Sí.

—¿Por orgullo?

—En parte.

—¿Por miedo?

La expresión de Nathaniel se cerró.

—Esa sería una tercera pregunta.

Elinor comprendió que había llegado al límite. No insistió.

—Le quedan dos respuestas propias —dijo él.

—Una. Solo me ha hecho una pregunta.

—He realizado muchas. Usted se ha refugiado en las reglas para no responderlas.

—Al fin ha descubierto la utilidad del sistema.

Nathaniel soltó una risa.

—Muy bien. Utilizaré mi segunda pregunta con cuidado. ¿Quién es Nell Harcourt cuando no está defendiendo a Elinor Bellamy?

Elinor sintió que el nombre verdadero atravesaba la biblioteca.

—Una mujer de Cumberland.

—Eso es una dirección dudosa, no una identidad.

—Una mujer que lee, monta y cuida de su familia.

—¿Qué desea?

—La pregunta era quién soy.

—Las personas suelen ser lo que desean cuando nadie las obliga a conformarse.

Elinor miró hacia la puerta. Agatha conversaba con Benedict, pero vigilaba de reojo.

—Deseo no ser una solución —respondió—. Ni una carga que alguien deba colocar en una casa ajena. Deseo que, si un hombre me elige, lo haga sabiendo a quién elige.

La ironía de las palabras le produjo una punzada de vergüenza.

Nathaniel no sonrió.

—Entonces tenemos algo en común.

La respuesta debería haberla aliviado. En cambio, la hizo consciente de la distancia entre ambos y de la mentira que la mantenía en pie. Nathaniel deseaba ser elegido con conocimiento. Ella le ofrecía precisamente lo contrario: una mujer inventada, construida para observarlo sin ser observada.

—Usted dispone de título, fortuna y libertad.

—Dispongo de un título que no elegí, una fortuna condicionada y unas diez semanas para demostrar que puedo permanecer junto a una mujer sin arruinarla.

—Podría rechazar el dinero.

—Podría. Y varias propiedades quedarían en manos de mi primo, que considera a los arrendatarios una molestia entre él y sus rentas. También tendría que vender tierras libres para sostener las vinculadas al título. Las decisiones principescas suelen parecer más sencillas desde fuera.

Era la primera vez que Nathaniel hablaba de las consecuencias concretas del fideicomiso. Elinor había pensado en la fortuna como una recompensa. Para él era también una responsabilidad.

—¿Por qué no me contó eso antes?

—Porque usted estaba demasiado ocupada describiéndome como un hombre que compra esposa.

—No utilicé esas palabras.

—No necesitó hacerlo.

Elinor aceptó el golpe.

—¿Y por qué me lo cuenta ahora?

Nathaniel miró el tratado de agricultura que había sostenido al revés.

—Porque mañana mi hermana ha decidido invitarla a Wycliffe House.

—¿Su hermana?

—Sophia la vio bailar conmigo. Después interrogó a Hale, a lady Agatha y a un lacayo que no sabía nada, pero deseaba ayudar. Ha llegado a la conclusión de que debe conocerla.

—¿Y usted qué ha concluido?

—Que oponerme solo aumentaría su entusiasmo.

—No ha respondido.

—No era una de sus tres preguntas.

Elinor cruzó los brazos.

—¿Me está invitando o advirtiendo?

—Ambas cosas. Sophia carece de moderación y posee acceso a mis cartas.

—Empieza a caerme bien.

—Eso es exactamente lo que temo.

Desde el salón llegó un aplauso. Había comenzado otro poema sin ellos.

Sacó del bolsillo una hoja doblada y la extendió sobre la mesa. No era una carta, sino un plano de varias parcelas atravesadas por líneas de tinta.

—Esta mañana he discutido con un administrador por un canal de drenaje —dijo—. Cuarenta acres se inundan cada invierno. Si el trabajo se retrasa otro año, tres granjas perderán la cosecha.

Elinor examinó el dibujo.

—¿Y el fideicomiso paga la obra?

—La propiedad que necesita el drenaje forma parte de él. Si pasa a Marcus, lo más probable es que eleve las rentas para cubrir la pérdida sin reparar nada.

—Entonces comprende el problema.

—Comprendo que las decisiones de mi padre consiguieron que un matrimonio y un canal de agua compartan la misma fecha límite. No sé cuál de los dos resulta más romántico.

Elinor siguió una línea azul con el dedo.

—Podría mostrar estas cuentas a Miss Bellamy.

—Eso pensaba hacer.

—¿Para convencerla?

—Para que sepa qué consecuencias existen. Después podrá decidir si desea vivir cerca de un hombre que pasa las mañanas hablando de barro.

—Yo creía que pasaba las mañanas recuperándose de las noches en los salones.

—Mi reputación trabaja mientras yo duermo. Es más eficiente que muchos administradores.

Nathaniel dobló el plano. Por primera vez, Elinor vio que la invitación a Wycliffe House no era una exhibición destinada a mejorar su imagen. Era la entrega de una parte de su vida que él no mostraba a casi nadie.

Nathaniel se acercó un paso.

—En Wycliffe House podrá ver las cuentas, a los administradores y todo aquello que no cabe en un rumor. Si pretende juzgarme, prefiero que al menos utilice pruebas actuales.

—¿Confía en mí dentro de su casa después de acusarme de investigar su vida?

—No. Por eso estará Sophia.

Elinor sonrió.

—Una respuesta muy elegante.

—Tampoco pretende ser convincente.

Agatha apareció en la puerta.

—La autora del ciervo exige que escuchemos una segunda parte.

Benedict, detrás de ella, parecía sinceramente alarmado.

—El ciervo regresa —dijo.

Nathaniel cerró los ojos.

—Entonces ha perdido mi respeto.

Pemberton los interceptó al salir de la biblioteca. Sostenía un plato vacío y una expresión de sospecha.

—Wycliffe, lady Sophia me ha preguntado esta tarde qué ocurriría si te negaras a cumplir la condición del testamento.

Nathaniel miró hacia el salón.

—¿Y qué le ha respondido?

—La verdad. Que el capital y las propiedades pasarían a Marcus Wycliffe.

—Entonces Sophia ya estará calculando cómo envenenarlo.

—He oído eso —dijo ella desde detrás de una columna—. Y no he calculado nada. Aún.

Pemberton se volvió hacia Elinor.

—Miss Harcourt, espero que no anime a esta familia a cuestionar documentos legales.

—No conozco los documentos.

—Esa es la única razón por la que conserva la tranquilidad.

Nathaniel tomó una copa de la bandeja de un lacayo y se la entregó al marqués.

—Pemberton lleva treinta años administrando voluntades ajenas. Le inquieta descubrir que las personas poseen una propia.

—Me inquieta descubrir que tú la utilizas tarde.

El intercambio parecía habitual, pero Elinor percibió el afecto bajo la irritación. Pemberton no era solo el albacea que empujaba a Nathaniel hacia una boda; era el último vínculo con un padre cuya voluntad seguía gobernando la familia.

—¿Marcus es tan terrible como dicen? —preguntó Elinor.

Pemberton frunció el ceño.

—¿Quién le ha hablado de Marcus?

—Lord Wycliffe.

Nathaniel levantó la copa vacía.

—Empiezo a lamentar mi sinceridad.

—Marcus no es terrible —respondió Pemberton—. Es práctico.

—Eso es lo que las personas dicen de los hombres crueles cuando desean invitarlos a cenar —observó Sophia.

Benedict apareció con otro pastel.

—Y de los pasteles secos cuando ya han pagado al cocinero.

Pemberton se alejó antes de perder una discusión contra cuatro personas. Nathaniel miró a Elinor.

—Ahora ha conocido a mi familia en su estado natural.

—Creía que lord Pemberton no era familia.

—Eso demuestra lo poco que sabe de nosotros.

Regresaron al salón. Antes de separarse, Nathaniel habló junto al oído de Elinor, lo bastante bajo para que nadie más escuchara.

—Mañana, a las tres. Y lleve preparada una historia mejor sobre Cumberland. Sophia disfruta descubriendo mentiras.

Elinor se volvió, pero él ya se alejaba con Benedict.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Agatha.

—Que su hermana disfruta descubriendo mentiras.

Agatha observó la espalda de Nathaniel.

—Una familia encantadora.

—Nos ha invitado a su casa.

—Eso es bueno.

—Sospecha de mí.

—Eso es menos bueno.

—Y yo le he dicho que deseo que un hombre me elija sabiendo quién soy.

Agatha cerró el abanico.

—Eso es directamente inconveniente.

Elinor miró a Nathaniel al otro lado del salón. Él hablaba con lady Pemberton, pero giró la cabeza como si hubiese sentido sus ojos.

Esta vez Elinor no apartó la vista.