CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Lady Amelia

Agatha no encontró a lady Fairweather por casualidad.

Elinor lo supo en cuanto el carruaje se detuvo frente a una casa de Grosvenor Square y su madrina anunció que iban a realizar una visita «breve y completamente inocente».

—Las visitas completamente inocentes no requieren que lo aclares —dijo Elinor.

—La inocencia necesita publicidad. La culpa se difunde sola.

—¿A quién visitamos?

Agatha se ajustó los guantes.

—A una antigua conocida.

—¿Qué antigua conocida?

—Lady Fairweather.

Elinor se quedó inmóvil.

—Lady Amelia Sutton.

—Ahora lady Fairweather. Conviene no recordarle a una mujer casada el apellido de la época en que otro hombre la abandonó.

—Has organizado esto.

—He enviado una nota.

—Sin preguntarme.

—Si te hubiera preguntado, habrías dicho que no.

—Exacto.

—Y habríamos perdido una mañana discutiendo antes de venir de todos modos.

La puerta de la casa se abrió. Elinor no tuvo más remedio que bajar.

Lady Fairweather las recibió en un salón luminoso. Tendría unos veintiséis años, estaba embarazada y poseía una sonrisa cálida que no encajaba con la mujer despechada de los rumores. Un pequeño perro carlino ocupaba el mejor cojín del sofá.

—Lady Agatha —dijo al abrazarla—. Hace una eternidad.

—Dos años. A mi edad parecen lo mismo.

Agatha presentó a Elinor como Miss Harcourt. Lady Fairweather la estudió con curiosidad, pero no hizo preguntas personales. El perro, en cambio, olfateó sus zapatos y decidió que no eran dignos de interés.

—Napoleón solo aprueba a las personas que llevan comida —explicó lady Fairweather.

—Un criterio sensato —dijo Agatha—. Yo lo aplico a las invitaciones.

Después del té y de una conversación sobre el clima que nadie deseaba mantener, Agatha dejó la taza.

—Amelia, he traído a Nell porque necesita comprender una historia que Londres ha contado mal durante años.

Elinor se volvió hacia ella.

—Tía.

—Madrina.

Lady Fairweather miró a una y a otra.

—¿La historia de Nathaniel?

—La primera —respondió Agatha.

La joven apoyó una mano sobre su vientre. Su expresión cambió.

—No suelo hablar de aquello.

—Lo sé —dijo Agatha, esta vez sin humor—. No te lo pediría si no creyera que puede evitar un error.

Elinor sintió vergüenza. Había querido averiguar la verdad, pero no a costa de obligar a otra mujer a abrir una herida para satisfacer su curiosidad.

—No tiene que contarme nada —dijo—. Lady Agatha ha actuado por su cuenta.

—Como siempre —añadió Agatha.

Lady Fairweather observó a Elinor durante unos segundos.

—¿Está usted relacionada con la mujer con la que Nathaniel va a casarse?

El corazón de Elinor se detuvo un instante.

—No.

Agatha intervino:

—Nell se ha formado una opinión muy firme sobre él.

—Entonces se parece a todo Londres.

—La suya podría cambiar una decisión importante.

Lady Fairweather entendió que había más de lo que Agatha podía decir. No insistió. Miró al carlino, que roncaba con la serenidad de quien jamás había afrontado un compromiso matrimonial.

—Antes de contarle nada, quiero que comprenda una cosa —dijo—. Nathaniel no es un santo incomprendido. Tiene orgullo suficiente para abastecer a media Cámara de los Lores y una habilidad irritante para marcharse antes de que alguien pueda pedirle explicaciones.

—Eso coincide bastante con lo que he visto.

—Entonces quizá esté preparada.

—Nathaniel no me abandonó —dijo al fin—. Me liberó.

Elinor no se movió.

—Yo estaba enamorada de Thomas Fairweather antes de que nuestras familias acordaran mi compromiso con Nathaniel. Thomas era el hijo menor de un vizconde, sin fortuna propia y con pocas perspectivas. Mi padre se negó siquiera a escucharnos.

—¿Lord Wycliffe lo sabía?

—Lo descubrió. No porque yo tuviera el valor de decírselo, sino porque Thomas intentó hablar con él. Nathaniel podría haberlo expulsado de la casa. En cambio, me preguntó si deseaba casarme con él.

—¿Y usted respondió que no?

Lady Fairweather sonrió con tristeza.

—Lloré durante diez minutos y después respondí que no. Muy digno por mi parte.

—¿Por qué cargó él con la culpa?

—Porque si se hubiese sabido que yo amaba a otro, mi reputación habría quedado destruida. Nathaniel anunció que había cambiado de opinión y soportó que lo llamaran voluble. Mi padre aceptó a Thomas poco después, cuando comprendió que la alternativa era una hija arruinada y ningún matrimonio.

Agatha tomó un pastel. Napoleón despertó de inmediato.

—El honor masculino es una moneda extraña —dijo—. Pierde valor en las conversaciones y conserva todos sus privilegios en el banco.

Lady Fairweather sonrió.

—Nathaniel sabía que el escándalo lo seguiría, pero también sabía que a él se le permitiría seguir entrando en los salones. A mí no.

Elinor pensó en el hombre que había visto repartiendo sonrisas con facilidad. Quizá algunas no nacían de la falta de preocupación, sino de haber aprendido que el mundo lo perdonaría siempre mientras no mostrara cuánto le costaba.

—¿Lo amaba usted? —preguntó.

—No. Le tenía afecto. Él tampoco me amaba, aunque durante un tiempo ambos fingimos que podría bastar. Nathaniel era más joven y todavía creía que hacer lo correcto consistía en aceptar lo que otros habían decidido. Después aprendió a huir de ello.

—¿Lo considera un buen hombre?

Lady Fairweather acarició la cabeza del perro.

—Lo considero un hombre capaz de hacer algo generoso y después utilizarlo durante años como prueba de que no necesita examinar el resto de sus decisiones.

Lady Amelia dejó la taza y llamó a sus dos hijos, que jugaban cerca de la fuente. El mayor llegó con una rodilla manchada de hierba; la pequeña llevaba en la mano una piedra que, según explicó, era un huevo de dragón.

—Estos son parte de la razón por la que Nathaniel guardó silencio —dijo Amelia cuando los niños volvieron con la niñera—. Si hubiera contado la verdad en aquel momento, Thomas habría sido acusado de seducirme, yo habría perdido la protección de mi familia y quizá nunca habríamos podido casarnos.

—¿Nunca intentó corregir los rumores después?

—Cuando ya no existía peligro, sí. Le pedí que permitiera que algunos amigos supieran lo ocurrido. Se negó.

—¿Por qué?

—Dijo que una reputación no se repara seleccionando la parte noble y ocultando las demás. Para entonces ya había sucedido lo de Dorothea.

Elinor miró al carlino dormido.

—¿Cree que utiliza sus peores errores para invalidar cualquier cosa buena que haya hecho?

Amelia pensó la respuesta.

—Creo que Nathaniel prefiere ser juzgado por una versión sencilla antes que explicar por qué cada historia es distinta. El encanto le permite soportar que lo llamen canalla. La intimidad exigiría que alguien pudiera decepcionarse de verdad.

Aquella idea inquietó a Elinor. Había viajado a Londres para emitir un veredicto, no para convertirse en una de las pocas personas cuya opinión pudiera alcanzarlo.

—No le cuente que he dicho eso —añadió Amelia—. Se volvería insoportablemente introspectivo durante al menos una tarde.

—No parece probable.

—Lo hace en privado. En público se limita a beber brandy y molestar a Benedict.

La respuesta era más honesta que un elogio.

—No convierta esta historia en una absolución —añadió—. Conmigo se comportó bien. Eso no significa que hiciera lo mismo con Dorothea o Cecily.

Elinor recordó la advertencia de Nathaniel en el jardín. Amelia fue la excepción, no la norma.

Cuando se marcharon, Agatha guardó silencio hasta que el carruaje dobló la esquina.

—Puedes reprenderme ahora.

—Has puesto a lady Fairweather en una situación incómoda.

—Sí.

—Y a mí.

—También.

—No pareces arrepentida.

—Me arrepiento de muchas cosas. Casi ninguna útil.

Elinor miró por la ventanilla.

—Él permitió que todos lo creyeran culpable.

—Sí.

—Y nunca corrigió la historia.

—Los hombres orgullosos suelen preferir una mala reputación elegida a una buena reputación que los obligue a explicar sus sentimientos.

—Eso ha sonado extrañamente específico.

—Estuve casada veinte años.

Aquella tarde coincidieron con Nathaniel en el jardín de los Hartley. Elinor lo vio antes de que él las advirtiera y pensó en evitarlo. Nathaniel levantó la cabeza, la encontró entre los invitados y se acercó.

—Señorita Harcourt. Lady Agatha.

—Lord Wycliffe —respondió Agatha—. Qué encuentro tan inesperado.

Elinor la miró.

—No he organizado este —murmuró su madrina.

Nathaniel oyó la frase.

—Una aclaración inquietante.

Agatha divisó a una amiga al otro lado del jardín y se excusó con una rapidez que ya no engañaba a nadie.

—¿Ha disfrutado de su mañana? —preguntó Nathaniel.

Elinor podría haber mentido. Decidió no hacerlo.

—He conocido a lady Fairweather.

La sonrisa desapareció de él.

—¿Amelia?

—Lady Agatha organizó la visita.

Nathaniel miró hacia la figura de Agatha, que conversaba con excesivo entusiasmo a pocos metros.

—Por supuesto.

—Me contó lo ocurrido.

—No tenía derecho.

La frialdad de su voz sorprendió a Elinor.

—Era su historia también.

—Y llevaba años protegida por un silencio que ella deseaba mantener.

—No pienso repetirla.

—Ese no es el único problema.

—¿Cuál es, entonces?

Nathaniel bajó la voz.

—Que ha decidido investigarme como si mis errores fueran documentos guardados en un archivo. Escucha detrás de ventanas, interroga a personas relacionadas conmigo y después espera que agradezca el veredicto cuando resulta favorable.

Elinor sintió el golpe porque era justo.

—No la interrogué. Agatha…

—Lady Agatha la llevó allí y usted permaneció.

—Necesito saber con quién…

Se detuvo.

Nathaniel la miró fijamente.

—¿Con quién qué?

Elinor buscó una salida.

—Con qué clase de hombre trata la sociedad a la que he llegado.

—No me interesa la sociedad.

—Eso no parece cierto. Está en todos sus salones.

—Porque un hombre puede despreciar un juego y aun así necesitar conocer sus reglas.

—Y una mujer puede necesitar conocer la verdad antes de confiar en alguien.

—Entonces pregúnteme a mí.

—Usted me ha permitido tres preguntas y ha construido cada regla para protegerse.

Nathaniel apretó la mandíbula.

—Porque las respuestas me pertenecen.

Elinor comprendió que no estaba defendiendo su reputación. Defendía el derecho a elegir qué partes de sí mismo entregaba.

—Tiene razón —dijo.

Él pareció desconcertado.

—¿Perdón?

—No debí acudir sin avisarle. Ni convertir una historia dolorosa en una pieza de mi juicio sobre usted.

La tensión de sus hombros disminuyó apenas.

—No esperaba que admitiera eso.

—Empieza a conocerme muy poco.

—Empiezo a sospechar que ese es el problema.

La frase no fue una acusación abierta, pero Elinor sintió la mentira entre ambos.

—¿Va a responder mi segunda pregunta? —dijo para apartarse del peligro.

—Aún no la ha formulado.

—¿Por qué insiste en que no lo considere mejor de lo que dicen?

Nathaniel guardó silencio.

—Porque Amelia fue la historia en la que hice lo correcto —respondió—. Y no deseo que utilice una sola excepción para absolverme de todo lo demás.

—No es una respuesta completa.

—Lo será cuando conozca la segunda historia.

—Entonces me debe parte de una pregunta.

La sombra de una sonrisa apareció en su boca.

—Negocia usted con una crueldad admirable.

—He aprendido del mejor.

—Eso me preocupa más que su investigación.

Agatha regresó antes de que pudieran continuar.

—¿Todo resuelto?

—Su ahijada me ha informado de que me debe media pregunta —dijo Nathaniel.

Agatha asintió con seriedad.

—Conviene cobrar esas deudas pronto. Los intereses emocionales son ruinosos.

Nathaniel la miró un instante y después soltó una risa breve.

—Buenas tardes, señoritas.

Se alejó por el jardín.

Elinor lo siguió con la vista.

—Está enfadado.

—Sí.

—Y tiene razón.

—También.

—Podrías fingir que no disfrutas de esto.

Agatha enlazó su brazo con el de ella.

—Querida, a mi edad una debe agradecer los entretenimientos que no requieren subir escaleras.