CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Una apuesta peligrosa

La invitación llegó dos días después del baile, escrita en una tarjeta que Nathaniel había reducido a tres líneas y Agatha leyó en voz alta como si se tratara de una declaración ante el Parlamento.

—«Lord Wycliffe solicita el placer de acompañar a lady Agatha Harcourt y a Miss Nell Harcourt en un paseo por Hyde Park, mañana a las once, si el tiempo resulta clemente y Miss Harcourt no teme nuevas preguntas geográficas».

Elinor alargó la mano.

—Dámela.

Agatha levantó la tarjeta fuera de su alcance.

—Aún no he llegado a la firma.

—Sé quién la firma.

—Eso parece.

—Tía.

—Madrina. El parentesco falso no debe invadir la intimidad.

Elinor consiguió arrebatarle la tarjeta.

—No podemos aceptar.

—No deberíamos —corrigió Agatha—. La diferencia es importante.

—Sospecha que miento.

—Sospecha que no conoces Cumberland. No es lo mismo.

—Para alguien que afirma haber crecido allí, se parece bastante.

Agatha se sirvió té.

—Puedes rechazarlo. Entonces preguntará por qué una mujer que ha dedicado tres reuniones a discutir su carácter teme un paseo con carabina.

—También podría preguntarse por qué una mujer prudente lo acepta.

—Nadie que te haya oído hablar con él te confundiría ya con una mujer prudente.

A las once de la mañana siguiente, Elinor caminaba junto a Nathaniel por Hyde Park mientras Agatha avanzaba unos pasos detrás de ellos, interesadísima en unos narcisos que habían perdido toda novedad semanas atrás.

Nathaniel había llegado montado y había entregado las riendas a un mozo antes de acercarse. Elinor había intentado no reparar en la facilidad con la que desmontó ni en el modo en que el abrigo se ajustaba a sus hombros. El intento duró poco. Agatha, a su lado, emitió un murmullo satisfecho.

—No digas nada —advirtió Elinor.

—No he abierto la boca.

—Has pensado en voz alta.

—Es una habilidad de familia.

El día era claro y el paseo estaba concurrido. Carruajes, jinetes y familias enteras se desplazaban a una velocidad diseñada para ver y ser vistos. Elinor agradeció la multitud. Resultaba más difícil confesar una identidad falsa ante media sociedad.

—Confieso cierta decepción —dijo Nathaniel—. Esperaba el sombrero verde.

—¿Qué sombrero verde?

—El que llevaba la primera noche. Parecía capaz de protegerla de una tormenta y de varias opiniones contrarias.

—Mi madrina lo llama sombrero de emergencia.

—¿Qué clase de emergencia exige una pluma de ese tamaño?

—Una en la que no deseo que se me vea la cara.

Nathaniel giró hacia ella.

—Eso suena más interesante de lo que debería.

Elinor comprendió tarde la imprudencia de la respuesta.

—Me refería a la lluvia.

—Naturalmente.

Caminaron unos metros. Nathaniel saludó a dos conocidos sin detenerse. Elinor observó que no la presentaba como una conquista ni intentaba atraer atención sobre el paseo. Aquello debería haberla tranquilizado. En cambio, hacía que el encuentro pareciera más privado.

—He pensado en nuestras conversaciones —dijo él.

—Lo siento.

—Yo también, al principio. Después se me ocurrió una solución.

—Eso suele preceder a las desgracias.

—Una tregua. Usted dejará de juzgarme basándose únicamente en rumores y yo responderé tres preguntas sobre mis antiguos compromisos.

Elinor redujo el paso.

—¿Tres preguntas completas?

—Tres preguntas. Las respuestas serán completas.

—¿Y quién decide si lo son?

—Yo, por supuesto. Este es mi acuerdo.

—Entonces no es una tregua, sino una capitulación.

Nathaniel sonrió.

—Podemos equilibrarla. Por cada pregunta que usted formule, yo tendré derecho a hacerle una.

Elinor volvió la vista hacia Agatha. Su madrina estaba ahora examinando una estatua con una concentración absurda. No recibiría ayuda.

—¿Sobre cualquier asunto?

—Sobre cualquier asunto que no comprometa su honor.

—Eso deja un margen inquietantemente amplio.

—Puede negarse. Aunque contaría como respuesta.

—Es usted muy aficionado a las reglas que lo benefician.

—Un hombre debe destacar en algo.

Elinor debería haber rechazado. Tres preguntas no bastaban para comprender tres escándalos, y tres respuestas propias ponían en riesgo la identidad que intentaba proteger. Pero había viajado a Londres para averiguar la verdad. Negarse ahora habría sido cobardía.

—Acepto.

—Sabía que lo haría.

—No parezca tan satisfecho. Aún puedo utilizar la primera pregunta para averiguar qué defecto suyo resulta más peligroso.

—La vanidad —respondió—. Le ahorro el esfuerzo.

—No desperdiciaré una pregunta en algo evidente.

Un perro pequeño salió de debajo de un banco y se lanzó hacia ellos. Nathaniel se apartó, pero el animal atrapó entre los dientes la cinta del bolso de Elinor y empezó a tirar.

—¡Suelte eso!

El perro interpretó la orden como una invitación al juego.

Nathaniel se agachó.

—Sir, devuelva la propiedad de la dama.

El animal gruñó.

—Su autoridad parece limitada —observó Elinor.

—No es uno de mis arrendatarios.

La propietaria, una anciana sofocada, llegó pidiendo disculpas. Nathaniel consiguió recuperar el bolso a cambio de un trozo de galleta que llevaba en el bolsillo.

Elinor miró la galleta.

—¿Pasea habitualmente preparado para sobornar perros?

—Hale tiene la costumbre de alimentarse durante los trayectos. La cogí de su mesa.

—Eso es robar.

—Entonces ya conoce mi cuarto escándalo.

Cuando reanudaron el paseo, la tensión se había suavizado. Elinor jugueteó con la cinta mordida del bolso mientras elegía la pregunta.

—¿Amó a alguna de las tres mujeres?

Nathaniel no respondió de inmediato. La sonrisa abandonó su rostro sin convertirlo en otro hombre; solo dejó ver el cansancio que solía ocultar.

—Creí amar a una —dijo—. Deseé amar a otra porque parecía lo correcto. A la tercera no llegué a conocerla lo suficiente para descubrirlo.

Elinor esperó.

—¿Y cuál…?

Nathaniel levantó un dedo.

—Segunda pregunta.

—Eso es una trampa.

—Eso es contar.

—Ha construido la respuesta para obligarme a preguntar otra vez.

—Le atribuye demasiada estrategia a un hombre que acaba de negociar con un perro.

Elinor guardó silencio, molesta consigo misma por no haber formulado mejor la pregunta.

—Le corresponde —dijo.

Nathaniel metió las manos a la espalda.

—¿Por qué le importa tanto Miss Bellamy?

La pregunta era peor de lo que esperaba.

—Ya se lo he explicado. Conocí a una mujer en una situación semejante.

—La prima trágica de lady Agatha.

—No era prima suya.

—Un detalle nuevo.

—Era conocida de mi familia.

—En Cumberland.

—Sí.

—¿Cerca de Keswick?

Elinor lo miró.

—Esto empieza a parecer una segunda pregunta.

—Solo compruebo la primera respuesta.

—Me importa porque ninguna mujer debería entrar en un matrimonio creyendo que debe agradecer haber sido elegida por descarte.

Nathaniel perdió el tono burlón.

—¿Eso le ocurrió a su conocida?

—Le ocurre a muchas.

—No le he preguntado por muchas.

Elinor sintió que la conversación se acercaba demasiado a la verdad. Podía decirle que sí. Podía hablar de sí misma en tercera persona y ofrecer una sinceridad disfrazada.

—La gente decidió que, a cierta edad, ya no tenía derecho a esperar nada mejor —respondió—. Que la seguridad debía bastarle, aunque el hombre ni siquiera mostrara curiosidad por conocerla.

Nathaniel miró al frente.

—Ese hombre parece un necio.

—Ha preguntado su nombre después de que alguien lo reprendiera.

Él giró la cabeza despacio.

Elinor comprendió lo que había dicho y se apresuró a añadir:

—El de la mujer. El hombre de mi historia preguntó su nombre.

—Qué coincidencia.

—No tantas historias son originales, milord.

—La suya empieza a interesarme precisamente por eso.

Agatha se acercó en aquel momento, seguida por el mismo perro, que había decidido abandonar a su dueña y unirse a la conspiración.

—El animal me prefiere —anunció.

—Lleva usted pasteles en el bolso —dijo Nathaniel.

—Eso no invalida el afecto.

El perro se sentó junto a sus faldas. Agatha le dio un pedazo de bizcocho.

—¿Han concluido la investigación?

—Miss Harcourt todavía dispone de dos preguntas —respondió Nathaniel—. Yo, de ninguna hasta que ella formule la siguiente.

—Un sistema peligroso. Nell colecciona preguntas como otras mujeres coleccionan cintas.

—Y lord Wycliffe colecciona compromisos —replicó Elinor.

Nathaniel se llevó una mano al pecho.

—La tregua ha durado menos de diez minutos.

—No estaba juzgándolo. Estaba contabilizando.

—Eso resulta mucho más amable.

Llegaron al punto donde esperaba el carruaje de Agatha. Nathaniel ayudó primero a su madrina y después ofreció la mano a Elinor.

—Reserve bien las dos preguntas —dijo—. Sospecho que serán las únicas respuestas honestas que obtendrá de mí sin tener que perseguirme por otro corredor.

—¿Admite que suele ser deshonesto?

—Admito que suelo ser discreto.

—Los culpables siempre prefieren esa palabra.

Elinor apoyó la mano en la suya. Nathaniel cerró los dedos y, por un instante, no la ayudó a subir. Solo la miró.

—No me ha preguntado si pienso cumplir el cuarto compromiso.

—Aún no.

—¿No es la respuesta que vino a buscar?

Elinor sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque el carruaje permanecía inmóvil.

—He venido a Londres por muchas razones.

—Otra respuesta elegante.

—Sigue sin ser una pregunta.

Nathaniel soltó su mano y ella subió.

Antes de despedirse, el perro volvió a aparecer con la cinta del bolso entre los dientes. Nathaniel consiguió quitársela y examinó el daño.

—Ha elegido bien —dijo—. Esta cinta parece cara.

—Tiene gustos aristocráticos.

—O experiencia con bolsos de damas.

Elinor extendió la mano. Nathaniel no le devolvió la cinta enseguida.

—Mi turno todavía no ha terminado.

—Ya ha formulado una pregunta.

—Y usted una. Pero el paseo sí está terminando, lo que me permite una observación gratuita.

—Temo oírla.

—Cuando habla de Miss Bellamy deja de parecer una mujer curiosa y empieza a parecer una mujer herida.

Elinor sostuvo su mirada.

—Tal vez reconozca la herida.

Nathaniel soltó la cinta.

—Eso ha sido casi sincero.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Agatha llamó desde el carruaje. Elinor subió, pero antes de cerrar la portezuela vio a Nathaniel agacharse para acariciar al perro. El animal, que había desafiado su autoridad minutos antes, apoyó la cabeza contra su rodilla.

—Traidor —murmuró ella.

—¿El perro o el conde? —preguntó Agatha desde dentro.

Elinor guardó la cinta dañada en el bolso.

—Todavía no lo sé.

Un faetón pasó demasiado cerca y el caballo de Nathaniel retrocedió, sobresaltado. Él soltó la portezuela de Elinor y alcanzó las riendas antes de que el animal golpeara a un mozo. No tiró con violencia. Habló en voz baja, apoyó una mano en el cuello del caballo y esperó hasta que dejó de temblar.

—Debería castigar al cochero —dijo el mozo.

—El caballo no aprenderá nada de eso —respondió Nathaniel—. Y el cochero parece suficientemente castigado por su propia estupidez.

El hombre del faetón gritó una disculpa desde lejos. Nathaniel comprobó una pata del animal y solo entonces regresó junto al carruaje.

—¿Siempre rescata a criaturas sin que se lo pidan? —preguntó Elinor.

—Los caballos agradecen menos el gesto que las damas, pero discuten con mayor honestidad.

—Ese no ha discutido.

—Me ha pisado. En su lenguaje constituye una objeción extensa.

Elinor miró la marca de barro sobre su bota.

—Ha perdido parte de su elegancia.

—La recuperaré antes de que Londres lo note.

—Yo lo he notado.

Nathaniel levantó la vista hacia ella.

—Empieza a notar demasiadas cosas, Miss Harcourt.

Elinor subió al carruaje antes de responder.

Cuando el carruaje empezó a alejarse, Agatha esperó medio minuto antes de hablar.

—Ha preguntado por qué te importa Elinor Bellamy.

—Y he respondido.

—Has descrito tu vida con un nombre falso mientras él fingía no reconocerla.

—No la ha reconocido.

—Todavía.

Elinor miró hacia atrás. Nathaniel seguía junto al paseo, con una mano en el bolsillo y el perro sentado a sus pies como si también aguardara una explicación.

—No debería volver a verlo a solas.

Agatha mordió un trozo del pastel que quedaba en su bolso.

—Eso facilitaría mucho las cosas.

—¿Por qué lo dices como si fuera imposible?

—Porque te quedan dos preguntas.