CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 6
22%

CAPÍTULO 6

El primer baile

El baile de lady Winterbourne reunió a casi toda la sociedad que Elinor esperaba evitar.

Había políticos, militares, madres ambiciosas, hijas resignadas y al menos seis personas con vínculos suficientes con Hertfordshire para convertir la noche en un ejercicio de vigilancia.

Agatha, lejos de preocuparse, llevaba un vestido color vino y la expresión satisfecha de una general que hubiera elegido personalmente el campo de batalla.

—No te separes de mí —dijo Elinor.

—Eso arruinaría la mitad de mis planes.

—No sabía que tuvieras planes.

—Una dama no anuncia sus maniobras antes del primer vals.

Elinor no tuvo ocasión de interrogarla. Sir Reginald Ashby apareció junto a la mesa de refrigerios con una sonrisa húmeda y una determinación que ya había soportado en dos veladas anteriores.

—Señorita Harcourt. Me concederá el próximo baile.

—Me temo que no, sir Reginald.

—No sea tímida. Las jóvenes del norte quizá estén acostumbradas a menos animación, pero Londres exige valor.

—Entonces debería buscar una pareja valiente.

Él rio como si hubiese recibido un cumplido.

—Insisto.

—Y yo también.

Sir Reginald acercó un paso. Elinor buscó a Agatha, que conversaba al otro lado del salón con una condesa y parecía no verla. Traidora.

—Llega tarde, Ashby —dijo Nathaniel desde su espalda—. La señorita Harcourt ya me ha prometido este baile.

Sir Reginald se volvió.

—No sabía que estuviera comprometida.

—Esa es la ventaja de llegar a tiempo.

Nathaniel ofreció el brazo. Elinor lo aceptó antes de decidir si deseaba hacerlo. Sir Reginald se retiró con una reverencia rígida.

—No le había prometido nada —murmuró ella mientras se acercaban a la pista.

—Lo sé. Pero su expresión sugería que, si Ashby insistía una vez más, el ponche acabaría sobre su chaleco.

—Eso habría sido una desgracia.

—Para el ponche.

La orquesta inició un vals. Nathaniel apoyó la mano en su cintura y Elinor sintió, con irritante claridad, el calor de sus dedos a través de la tela. Había bailado muchas veces. Ninguna le había parecido un riesgo.

La primera vuelta los llevó cerca del centro. Nathaniel no miró alrededor para comprobar quién los observaba, como hacían los hombres conscientes de que bailaban con una mujer atractiva. La miró a ella. Era una atención más íntima y más difícil de soportar.

—Está contando —dijo.

—¿Qué?

—Los pasos. Mueve los labios.

Elinor los apretó.

—No quiero tropezar.

—Yo tampoco. Sería un final humillante para mi carrera de seductor.

—No sabía que las caídas fueran el único riesgo para esa carrera.

—¿Siempre rescata a mujeres que no se lo han pedido? —preguntó.

—Solo cuando el agresor es Ashby. Tengo principios.

—Muy selectivos.

—Los principios demasiado amplios resultan agotadores.

Nathaniel la guio entre las parejas con seguridad.

No la acercó más de lo debido ni convirtió el contacto en una provocación, lo que habría resultado más sencillo de despreciar.

Estaba atento a cada giro, a la distancia con los otros bailarines y hasta al momento en que ella debía esquivar la cola del vestido de una duquesa.

—Baila bien —admitió Elinor.

—Lo dice como si acabara de descubrir que sé leer.

—Todavía no he visto pruebas de eso.

—Puedo enseñarle mi biblioteca.

—Una biblioteca demuestra que alguien compró libros, no que usted los haya abierto.

—Esta conversación empieza a resultar ofensiva para mis encuadernaciones.

Elinor sonrió. Nathaniel la vio y su mano se tensó apenas en su cintura.

El siguiente giro los acercó a una dama mayor que observaba desde el borde de la pista. Elinor reconoció el rostro un instante antes de que la mujer alzara los impertinentes.

La señora Wrexham había visitado Hartwell dos veranos atrás.

Elinor apartó la cara, pero ya era tarde.

—¿Señorita Bell…?

Agatha apareció entre la dama y la pista con una agilidad impropia de una mujer que afirmaba padecer de la rodilla cuando no deseaba subir escaleras.

—¡Señora Wrexham! —exclamó—. Cuánto tiempo. Debe conocer a mi joven amiga, Miss Harcourt.

La señora Wrexham parpadeó.

—Creí que era…

—Todo el mundo cree que se parece a alguien. Tiene un rostro muy poco original.

Elinor estuvo a punto de pisar a Nathaniel.

—¿Ocurre algo? —preguntó él.

—Nada.

—Acaba de intentar romperme un pie.

—He calculado mal el giro.

—Y lady Agatha acaba de atacar a esa mujer con una presentación.

—Mi madrina es sociable.

—Su madrina parece capaz de detener una carga de caballería con un abanico.

—Eso también.

La música continuó. La señora Wrexham seguía mirando a Elinor por encima del hombro de Agatha. Elinor perdió el ritmo otra vez.

—La conoce —dijo Nathaniel.

—Ya le he dicho que no.

—No. Me ha dicho «nada» cuando le pregunté si ocurría algo. Es una respuesta distinta.

Elinor habría preferido que fuese menos observador. Los libertinos de los rumores no reparaban en detalles; sonreían, seducían y olvidaban. Nathaniel parecía recordar cada palabra que ella pronunciaba mal.

—Se parece a una mujer que conocí hace años —improvisó—. Me ha confundido con ella.

—¿La hija del comerciante de York?

Elinor lo miró, alarmada.

—He oído a lady Agatha.

—Tiene muy buen oído.

—Lo desarrollo cuando las historias cambian a pocos pasos de mí.

Nathaniel cambió la dirección del giro y colocó su cuerpo entre ella y la dama.

—Míreme —dijo.

—¿Perdón?

—Si continúa vigilando a esa mujer, terminará convencida de que ha cometido un crimen.

—No he cometido ninguno.

—Entonces será fácil parecer inocente.

Elinor alzó los ojos. Nathaniel estaba demasiado cerca. La ironía habitual seguía en su boca, pero la expresión era seria.

—¿La conoce? —preguntó.

—No.

—Otra respuesta elegante.

—Esta ni siquiera pretendía serlo.

Él no insistió. Elinor agradeció el silencio durante dos compases, hasta que comprendió que Nathaniel había elegido protegerla de la mirada de la señora Wrexham sin saber de qué.

—Gracias —dijo.

—No se acostumbre. Mi reputación podría mejorar.

—Sería una tragedia después de tanto esfuerzo.

La sonrisa de Nathaniel reapareció.

—Empieza a comprenderme.

—No se entusiasme.

—Lo intento, pero está usted bailando conmigo y no ha arrojado ninguna bebida.

Cuando terminó el vals, Nathaniel no la soltó de inmediato. El gesto duró apenas un segundo, suficiente para que Elinor sintiera el pulso en la base del cuello.

—Cumberland —dijo él mientras la acompañaba fuera de la pista—. ¿Cerca de Keswick, me dijo?

—Sí.

—Mi padre poseía una casa de caza cerca de Penrith. Pasé allí varios otoños.

Elinor maldijo en silencio todos los mapas que Agatha no le había obligado a estudiar.

—Entonces conocerá bien la zona.

—Lo suficiente. ¿En qué parroquia vivía su familia?

—Saint… Mary.

Nathaniel enarcó una ceja.

—Una elección prudente. Hay muchas.

—La memoria me falla cuando bailo.

—Hace una semana aseguró que era excelente.

—No recuerdo haberlo dicho.

—Eso debilita su argumento.

Benedict Hale se acercó con dos copas y le entregó una a Nathaniel.

—Wycliffe, tu hermana te busca. Dice que has prometido presentarle a la mujer que te contradice en público.

—No he prometido tal cosa.

—Entonces Sophia ha mejorado la historia. Es una costumbre familiar.

Una nueva contradanza empezó antes de que Elinor pudiera retirarse. Sophia apareció entre las parejas, aunque todavía no había sido presentada, y examinó a Elinor con descaro.

—Así que usted es la mujer que hace tropezar a mi hermano.

—Sophia —dijo Nathaniel.

—Benedict asegura que casi pierde un pie.

—Hale confunde un accidente con entretenimiento.

—Solo cuando el accidente no es mío —respondió Benedict.

Sophia ofreció la mano a Elinor.

—Lady Sophia Wycliffe. ¿De verdad es de Cumberland?

Nathaniel cerró los ojos un instante.

—No la interrogues.

—No lo hago. Estoy demostrando interés geográfico.

Elinor aceptó la mano.

—Cerca de Keswick.

—Mi hermano detestaba Penrith de niño. Una vez se escondió en un granero para no asistir a una cacería.

—Tenía nueve años.

—Ya mostraba talento para huir.

Benedict tosió para ocultar una risa. Elinor no lo logró del todo.

Nathaniel la miró.

—Celebro que mi infancia le parezca divertida.

—Me ayuda a comprender que su reputación requirió años de práctica.

Sophia sonrió como si acabara de confirmar algo importante.

—Me cae bien.

—No era una votación —dijo Nathaniel.

—En esta familia casi todo lo es. Solo que tú sueles descubrirlo después.

La llegada de Agatha evitó que Sophia hiciera más preguntas, pero no antes de que Elinor comprendiera que la hermana de Nathaniel sería un peligro mucho más serio que cualquier mapa.

Benedict hizo una reverencia a Elinor.

—Señorita Harcourt. Soy Hale, amigo del conde y testigo involuntario de varias de sus malas decisiones.

—¿Solo varias?

—Las demás ocurrieron antes de que yo pudiera impedirlas.

Nathaniel tomó la copa.

—Hale confunde impedir con comentar desde una silla cómoda.

—La distancia favorece el juicio.

Elinor entendió por qué aquellos dos eran amigos. Benedict poseía una sequedad que dejaba a Nathaniel sin la ventaja de su encanto.

Nathaniel ofreció acompañar a Elinor hasta la mesa de refrescos mientras Benedict se alejaba para informar a Sophia de que el interrogatorio había fracasado.

—No necesitaba colocarse entre la señora Wrexham y yo —dijo Elinor.

—No lo hice por caballerosidad.

—Qué alivio.

—Lo hice porque deseaba saber qué ocurría y ella estaba a punto de resolver el misterio antes que yo.

Elinor tomó una copa de limonada.

—Eso se parece mucho a la curiosidad de la que acusa a Londres.

—La diferencia es que Londres desea una historia que repetir. Yo deseo saber por qué una mujer de Cumberland mira a una conocida de Hartwell como si acabara de ver un fantasma.

La copa se detuvo junto a sus labios.

—¿Cómo sabe que vive cerca de Hartwell?

—La señora Wrexham habló durante media hora con Pemberton. Tengo oídos, ¿recuerda?

—Empiezo a considerarlos un defecto.

—Usted empieza a considerar defecto cualquier cosa que se acerque a su verdad.

Elinor dejó la copa.

—Tal vez la verdad no le concierna.

—Tal vez. Pero cuando una mujer me pisa, cambia de condado y utiliza a su madrina como barrera humana, resulta difícil no sentirse implicado.

—No he cambiado de condado.

—York apareció esta noche con mucha rapidez.

Elinor sostuvo la mirada. Nathaniel sonreía, pero no estaba bromeando por completo.

—¿Qué hará si descubre que he mentido sobre algo?

Él pensó la respuesta.

—Dependerá de por qué lo haya hecho.

—Una postura sorprendentemente razonable.

—No la difunda. Hale perdería el respeto que finge tenerme.

Antes de que pudiera preguntar más, Agatha regresó. Elinor agradeció la interrupción y la lamentó al mismo tiempo.

Agatha regresó en ese momento, llevando a la señora Wrexham en dirección contraria.

—Debemos irnos —anunció.

—¿Tan pronto? —preguntó Nathaniel.

—La señora Wrexham ha recordado que padece migraña y yo he recordado que deseo acompañarla hasta su carruaje.

Elinor aceptó el brazo de Agatha.

—Gracias por el baile, milord.

—Aún no ha respondido sobre la parroquia.

—Entonces tendrá una razón para sobrevivir hasta nuestro próximo encuentro.

Nathaniel se inclinó.

—Empiezo a sospechar que oculta algo, señorita Harcourt.

—Todo el mundo oculta algo.

—Cierto. Pero la mayoría procura no pisarme mientras lo hace.

Elinor se alejó antes de que la sonrisa la traicionara.

En el carruaje, Agatha dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Wrexham casi ha dicho mi apellido.

—La convencí de que te confundía con la hija de un comerciante de York.

—¿Después de obligarme a memorizar Cumberland?

—Precisamente por eso York resultaba inesperado.

—Nathaniel conoce la región.

Agatha giró la cabeza.

—¿Nathaniel?

—Lord Wycliffe. No pongas esa cara.

—¿La que convierte un nombre en una confesión?

—Esa.

Agatha sonrió hacia la oscuridad.

—No he dicho nada, querida.

—Eso es lo peor.