CAPÍTULO 5
La prometida provinciana
Lady Ashworth organizaba tardes musicales para demostrar dos cosas: que poseía un salón excelente y que su sobrina no debía tocar en público.
La segunda demostración era involuntaria.
—Si esa muchacha continúa atacando el pianoforte, el instrumento terminará confesando —susurró Agatha tras el abanico.
Elinor mantuvo la vista al frente.
—Compórtate.
—Lo intento. Ella no.
La última nota murió con un gemido. Los invitados aplaudieron con la energía agradecida de quienes celebraban haber sobrevivido. Después pasaron al saloncito contiguo para tomar té y comentar la interpretación sin emplear palabras que pudieran llegar a oídos de la familia.
Elinor se demoró junto a la mesa de pasteles mientras Agatha saludaba a una conocida.
Una dama situada detrás de ella susurró que lord Wycliffe había empezado a frecuentar menos los clubes desde el anuncio del compromiso.
Otra respondió que quizá se estuviera entrenando para una vida de aburrimiento.
Elinor siguió escogiendo un pastel con una atención excesiva.
Aquella era la parte de Londres que más detestaba: todos parecían conocer la vida de Nathaniel, pero nadie hablaba de él como si estuviera hecho de la misma materia que los demás.
Era un entretenimiento, una historia que podía adornarse sin consecuencias.
Ella había llegado dispuesta a utilizar esos relatos como pruebas y empezaba a comprender que quizá solo eran ruido.
Nathaniel estaba sentado a dos sillas de distancia de Elinor, acompañado por lord Benedict Hale y otros dos caballeros. Benedict era un hombre rubio, de expresión tranquila, que parecía encontrar más diversión en observar a su amigo que en participar en la conversación.
—Wycliffe —dijo uno de los caballeros—, ¿es cierto que por fin ha elegido esposa?
—«Elegido» es una palabra generosa —respondió Nathaniel—. Lord Pemberton y un testamento con tendencias autoritarias han realizado la mayor parte del trabajo.
—¿Quién es la afortunada?
—Miss Bellamy. Hija de un baronet de Hartwell.
Elinor mantuvo la taza inmóvil.
Recordaba su apellido. Aquello no debería haberle parecido un triunfo.
—¿La conoce? —preguntó Benedict.
—Todavía no.
—Una mejora notable respecto a tus métodos anteriores —comentó su amigo—. Al menos esta vez no podrás ofenderla antes del compromiso.
Nathaniel le dedicó una mirada seca.
—Confío en que hayas venido a apoyarme.
—He venido por los pasteles. Tu desgracia es un entretenimiento añadido.
Los otros hombres rieron.
—¿Y qué se sabe de ella? —insistió uno.
Nathaniel tomó la taza que un criado acababa de servirle.
—Poco. Tiene veintinueve años, una educación respetable y, según Pemberton, suficiente sentido común para comprender la naturaleza del acuerdo.
—Una solterona sensata del campo —resumió el caballero—. Perfecta para reformarte.
—Nadie ha solicitado mi reforma. Solo mi presencia ante un altar.
La ligereza de su tono hirió más que una burla deliberada. Elinor imaginó a Nathaniel recibiendo una lista: edad, familia, ausencia de alternativas. Nada sobre sus libros, sus caballos o su costumbre de caminar cuando necesitaba pensar. Nada que lo obligara a imaginarla viva.
—¿Y a usted no le preocupa —intervino— casarse con una mujer de la que no sabe nada?
La conversación se detuvo. Nathaniel giró la cabeza.
—Señorita Harcourt. Empiezo a sospechar que aparece siempre que alguien menciona mi matrimonio.
—Quizá su matrimonio se mencione con demasiada frecuencia.
Benedict ocultó una sonrisa en la taza.
—No pretendo faltarle al respeto a Miss Bellamy —dijo Nathaniel—. Ambos conocemos las condiciones. Ella obtiene seguridad y yo conservo unas propiedades que no deseo entregar a mi primo.
—Habla de ella como de una cláusula más.
—No puedo hablar como de una mujer que conozco.
—Podría haber intentado conocerla antes de aceptar.
—El acuerdo exige que viaje a Hartwell en unas semanas.
—¿Ha pedido un retrato?
Nathaniel dejó la taza en el plato.
—No.
Elinor recibió la respuesta aunque ya la conocía.
—¿Por qué?
—Porque no pienso decidir si respeto a mi esposa por el color de sus ojos.
Aquello no era lo que esperaba. La herida cambió de forma sin desaparecer.
—Podría haberlo pedido por curiosidad.
—¿Le parece amable estudiar el rostro de una mujer que no ha tenido ocasión de estudiar el mío y decidir, desde la comodidad de Londres, si resulta suficientemente agradable para el sacrificio?
—Su reputación ya le ha proporcionado a ella un retrato bastante detallado.
Benedict tosió en la mano. Nathaniel lo miró.
—¿Te atragantas?
—Estoy disfrutando de la música posterior.
Elinor ignoró al amigo.
—Miss Bellamy debe de tener temores, preferencias y una opinión sobre el hombre con quien va a casarse.
—Estoy seguro de que la tiene. Pemberton me advirtió que no carecía de carácter.
—Qué alivio. Al menos sabe que habla.
Nathaniel apoyó un brazo en el respaldo de la silla.
—La defiende con una vehemencia curiosa.
—Defiendo a cualquier mujer a la que se describa como una solución conveniente.
—¿También a mí?
La pregunta la desconcertó.
—Usted no necesita defensa.
—Eso ha sonado casi como un elogio.
—Era una observación sobre su capacidad para defenderse solo.
—Entonces seguimos en terreno conocido.
Uno de los caballeros intentó recuperar la conversación.
—En cualquier caso, Wycliffe, la dama debe de sentirse aliviada. Un condado compensa muchos defectos.
Elinor giró hacia él.
—¿Incluidos tres compromisos rotos?
—Nell —advirtió Agatha, aunque sus ojos mostraban demasiado interés para que la reprimenda resultara convincente.
Nathaniel miró al caballero antes de responder.
—Miss Bellamy no tiene obligación de sentirse aliviada. Tampoco de aceptarme después de que nos conozcamos.
Elinor se quedó quieta.
—¿Puede negarse?
—Naturalmente.
—¿Y el fideicomiso?
—Lo perdería.
—Lo dice con mucha calma.
—La calma es más digna que el pánico en un salón.
Benedict dejó la taza.
—No siempre practica esa filosofía.
—Hale.
—Estoy intentando que la señorita Harcourt conozca todos los hechos.
Nathaniel le lanzó una mirada que habría hecho retroceder a un hombre menos divertido.
—Mi situación no concede a Miss Bellamy el deber de salvarme —continuó—. Acepté porque Pemberton me aseguró que el acuerdo también la beneficiaba. Si al conocerme decide lo contrario, no la arrastraré al altar.
Elinor había llegado a Londres convencida de que debía descubrir si él era capaz de abandonarla. No había considerado que pudiera ser ella quien lo rechazara y que Nathaniel aceptase las consecuencias.
—Eso no cambia que haya hablado de ella como si careciera de expectativas —dijo, menos segura.
—No he dicho que carezca de ellas. He dicho que comprende el acuerdo.
—Ha asumido que estará satisfecha con la seguridad.
—Y usted ha asumido que no lo estará.
—Tal vez prefiera ser elegida.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Nathaniel dejó de sonreír.
—Tal vez yo también.
Durante unos segundos, el salón, los invitados y la desafortunada música parecieron alejarse. Elinor vio al hombre al que nadie en Londres confiaba una hija; él, quizá, vio a una mujer que hablaba con demasiada pasión por una desconocida.
Benedict rompió el silencio.
—Excelente. Ahora que ambos han defendido el derecho universal a ser elegidos, ¿podemos elegir otro pastel antes de que lady Ashworth los retire?
—Creí que habías venido por la música —dijo Nathaniel.
—He venido porque Sophia amenazó con acompañarme si no lo hacía. El pastel fue una compensación inesperada.
—Mi hermana no amenaza. Informa de lo que ocurrirá si uno insiste en equivocarse.
—Una diferencia que solo ella aprecia.
Agatha soltó una risa breve. Elinor agradeció la interrupción. La mención de Sophia, una hermana capaz de dar órdenes a aquellos dos hombres, despertó su curiosidad. También le recordó que Nathaniel tenía una familia, una casa y una vida que existían fuera de los salones donde ella lo estudiaba.
Nathaniel tomó uno de los platos y se lo ofreció.
—Señorita Harcourt.
—No tengo hambre.
—Es de limón. Hale ha comido cuatro, lo que demuestra que son seguros o que su sentido de conservación es escaso.
—Ambas cosas son posibles —dijo Benedict.
Elinor aceptó el pastel para ocupar las manos.
—¿Conoce usted a Miss Bellamy? —preguntó Nathaniel.
—No.
La mentira fue rápida. Demasiado.
—Ha hablado como si supiera lo que desea.
—Las mujeres no necesitamos conocernos para reconocer ciertas humillaciones.
—Una respuesta elegante.
—Gracias.
—No he dicho que sea convincente.
Agatha intervino con la serenidad de quien llevaba veinte años salvando conversaciones que ella misma había provocado.
—Nell cuidó durante un tiempo de una prima obligada a considerar un matrimonio semejante. El asunto terminó mal y desde entonces muestra una sensibilidad excesiva hacia los acuerdos familiares.
—No sabía que tuviera una prima —dijo Elinor.
Agatha le sonrió.
—Porque terminó mal.
Nathaniel miró a una y a otra. Benedict se volvió hacia la mesa para ocultar la risa.
—Comprendo —dijo Nathaniel, aunque era evidente que no comprendía ni una palabra—. Cumberland debe de ser un lugar lleno de historias trágicas.
—El clima favorece el dramatismo —respondió Agatha.
Cuando se despidieron, Nathaniel acompañó a Elinor hasta el vestíbulo.
—No pretendía insultar a Miss Bellamy —dijo en voz baja.
—Debería decírselo a ella.
—Lo haré cuando la conozca.
—Procure recordar su nombre de pila antes.
Nathaniel se inclinó un poco hacia ella.
—Elinor.
El corazón le dio un golpe absurdo.
—¿Qué?
—Se llama Elinor Bellamy. Lo pregunté después de nuestra conversación en los Ashcombe.
Elinor lo miró.
—Entonces ha logrado un progreso extraordinario.
—Tengo intención de pedir también una lista de alimentos que detesta. No quisiera iniciar el matrimonio con una tragedia culinaria.
Ella pensó en el hígado y tuvo que contener una sonrisa.
—Es usted muy diligente cuando se le reprende.
—Solo cuando la reprensión resulta memorable.
Uno de los caballeros que había participado en la conversación se acercó antes de que Nathaniel pudiera marcharse.
—Wycliffe, debes admitir que el acuerdo es afortunado. Una mujer de provincias no hará demasiadas preguntas.
Elinor se detuvo junto a una columna. Nathaniel también.
—Miss Bellamy puede hacer todas las preguntas que desee.
—No si teme perder el título.
—El título es mío. Lo que ella puede perder es mucho más difícil de recuperar.
El caballero rio, creyendo que se trataba de una broma.
—Hablas como si ya la respetaras.
—Hablo como si no fuera ganado negociado en una feria.
La respuesta endureció el ambiente. Benedict tomó otro pastel y se volvió hacia el hombre.
—Te recomiendo retirarte. Wycliffe ha descubierto principios y todavía no sabe utilizarlos con suavidad.
El caballero murmuró una excusa y se alejó.
Elinor miró a Nathaniel.
—No necesitaba defenderla delante de mí.
—No lo he hecho por usted.
—¿Por ella?
—Por mí. Empiezo a cansarme de escuchar a hombres describir un matrimonio que no tendrán que soportar.
—Un progreso extraordinario en menos de una semana.
—La reprensión adecuada obra milagros.
Nathaniel se inclinó un poco hacia ella.
—Pemberton también ha respondido sobre sus ojos.
Elinor notó un salto ridículo en el pecho.
—¿Y?
—No está seguro.
—Un albacea muy útil.
—Por eso he decidido averiguarlo personalmente.
Agatha la llamó desde la puerta. Elinor salió al exterior y subió al carruaje sin volver la cabeza.
—Ha preguntado mi nombre —dijo cuando empezaron a avanzar.
Agatha acomodó las faldas.
—Qué romántico. A este paso, antes de la boda sabrá incluso que eres una persona.