CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Un encuentro desastroso

La velada de los Ashcombe fue más numerosa, más calurosa y considerablemente más peligrosa que la recepción de lady Pembrooke.

No por la presencia de Nathaniel Wycliffe, se dijo Elinor mientras avanzaba junto a Agatha entre grupos de invitados, sino porque había demasiadas personas capaces de hacer preguntas.

Una identidad falsa funcionaba mejor frente a desconocidos que frente a una multitud donde cualquier dama podía haber coincidido con sir Thomas en Bath, con su madre durante una temporada o con la propia Elinor cuando aún llevaba vestidos blancos y esperaba que Londres reparase en ella.

—Deja de mirar las puertas —murmuró Agatha—. Pareces preparada para robar la cubertería.

—Estoy buscando una salida.

—Eso es peor. Los ladrones seguros de sí mismos siempre conocen la salida antes de entrar.

Elinor logró soportar una hora de conversaciones sin contradicciones. Después, el calor del salón y el perfume de una vizcondesa que parecía bañarse en rosas la empujaron hacia el corredor que conducía a la terraza.

Se detuvo junto a una ventana entreabierta. Dos damas conversaban en el jardín inferior, ocultas tras un seto y convencidas de que la oscuridad volvía discretas sus voces.

—Dicen que a lady Cecily la abandonó la misma mañana de la boda —comentó una—. Ni una nota, ni una explicación.

—Los hombres apuestos pueden permitirse una cobardía que en los feos resultaría imperdonable.

—Con Dorothea Crane fue distinto. Su familia mintió sobre la dote.

—Eso no justificaba anunciarlo en su propio baile de compromiso. Podría haber cancelado el enlace sin convertirla en el espectáculo de la temporada.

Elinor se inclinó apenas hacia la ventana.

—Confío en que la conversación merezca el riesgo de caer al jardín.

La voz llegó desde su espalda.

Elinor se volvió con tanta rapidez que el abanico chocó contra el marco de la ventana. Nathaniel Wycliffe estaba a menos de un paso, con una ceja levantada y una expresión demasiado divertida para un hombre que acababa de descubrir a una desconocida escuchando sus escándalos.

—Milord.

—Señorita del vestido verde.

—Tengo nombre.

—Eso esperaba. «Señorita del vestido verde» resultaría largo para una tarjeta de visita.

Ella compuso una reverencia breve.

—Nell Harcourt.

—Nathaniel Wycliffe. Aunque sospecho que mi presentación llega tarde. Parece conocer ya los episodios más celebrados de mi vida.

Elinor miró hacia el jardín. Las dos damas habían callado. Probablemente seguían allí, disfrutando de una conversación mejor.

—No pretendía escuchar.

—Ha debido de acercarse a la ventana por accidente, inclinar el cuerpo por accidente y contener la respiración con notable concentración también por accidente.

—Buscaba aire.

—Londres ofrece poco. Cotilleos, en cambio, tenemos en abundancia.

Elinor cerró el abanico. Aquel hombre poseía la irritante habilidad de convertir una situación comprometida en una diversión que parecía pertenecerle.

—Hablaban de sus antiguas prometidas.

—Lo había deducido. Cuando dos damas bajan la voz y pronuncian «iglesia», «dote» y «cobarde» en la misma frase, rara vez están comentando un sermón.

—¿No le molesta?

—¿Que hablen? Sería como enfadarme con la lluvia por mojar. O con lady Pembrooke por presentar arpistas.

Elinor recordó su expresión atrapada junto al instrumento y estuvo a punto de sonreír. Lo evitó.

—Tal vez debería molestarle que las historias sean ciertas.

La diversión de Nathaniel no desapareció, pero se volvió más cauta.

—¿Ya ha decidido que lo son?

—Tres compromisos rotos parecen una evidencia razonable.

—Tres compromisos rotos demuestran que no me casé tres veces. Todo lo demás requiere detalles.

—Entonces quizá pueda aclararlos.

—¿A una mujer que me ha juzgado antes de ser presentada? Me temo que tendría que cobrar por el privilegio.

—¿Cuántas mujeres debe abandonar un caballero antes de que la sociedad deje de considerarlo honorable?

La pregunta salió más afilada de lo que pretendía. Nathaniel dejó de jugar con la copa que llevaba en la mano.

—Depende —respondió— de si las abandonó por capricho, por necesidad o porque casarse habría causado un daño mayor.

—Una clasificación muy conveniente para el hombre que decide en qué categoría encaja cada mujer.

—Y una condena muy conveniente para quien solo conoce el desenlace.

Elinor apretó el abanico. Había verdad en la réplica y eso la irritó más que la arrogancia.

—Quizá —concedió—. Pero un hombre que deja tres escándalos tras de sí no puede sorprenderse de que el cuarto compromiso despierte dudas.

Nathaniel la observó con atención.

—¿El cuarto?

Elinor sintió un pequeño tirón en el estómago. Había hablado como si el asunto le concerniera.

—El que, según toda la ciudad, acaba de aceptar.

—Ah. Mi prometida invisible.

—Tiene nombre.

—Otra defensa apasionada de una desconocida. Empiezo a pensar que en Cumberland se considera una obligación regional.

—¿Cómo sabe que vengo de Cumberland?

—Lady Pembrooke anuncia la procedencia de sus invitados con el mismo entusiasmo que sus talentos musicales. Además, usted habló anoche durante diez minutos con el coronel Avery sobre Derwentwater. Nadie soporta ese relato sin una buena razón.

—Fui educada para no abandonar a los ancianos en medio de una tormenta, ni siquiera cuando la tormenta ocurrió hace dieciocho años.

Nathaniel rio. La risa no se parecía a la que repartía en el salón. Era más baja, menos cuidadosa, y alteró durante un instante la imagen de hombre vacío que Elinor había llevado consigo a Londres.

—Debo reconocer que posee usted valor —dijo—. Pocas personas se atreven a discutir conmigo la primera vez que hablamos.

—Quizá las demás conocen su título y olvidan sus modales.

—Mis modales suelen ser excelentes.

—Estaba usted escuchando detrás de mí.

—No. Caminaba por un corredor y encontré una espalda sospechosa asomada a una ventana.

—Mi espalda no tiene nada de sospechoso.

—No me corresponde juzgarla sin conocer todos los detalles.

Elinor lo miró con severidad. Nathaniel sonrió, satisfecho de sí mismo.

—¿Es siempre así? —preguntó ella.

—¿Apuesto?

—Insoportable.

—Solo cuando encuentro una interlocutora que lo merece.

Una de las damas del jardín tosió. Elinor recordó de pronto que no estaban solos. Nathaniel también la oyó y se inclinó hacia la ventana.

—Lady Merton, si piensa repetir esta conversación, le ruego que me conceda una expresión más ingeniosa en la tercera parte.

Del jardín llegó un murmullo ahogado y después el ruido apresurado de dos mujeres alejándose.

Elinor abrió mucho los ojos.

—Sabía que estaban ahí.

—Desde el principio.

—Y ha continuado hablando.

—Me pareció descortés privarlas del final.

—Es usted imposible.

—Todavía no. Mi tía afirma que con disciplina podría empeorar.

La música cambió en el salón. Varias parejas empezaron a reunirse para el siguiente baile. Nathaniel dejó la copa en una mesa auxiliar.

Antes de que pudiera hablar, un lacayo pasó por el corredor con una bandeja. Nathaniel tomó dos copas de limonada y le ofreció una.

—No acepto bebidas de hombres cuya conducta cuestiono.

—Es limonada, no una confesión.

—Con usted nunca se sabe.

—Beba tranquila. Si pretendiera silenciarla, necesitaría algo más fuerte.

Elinor aceptó la copa porque rechazarla habría parecido más afectado que prudente. Nathaniel levantó la suya.

—Por las primeras impresiones.

—¿Desea brindar por la suya?

—Deseo sobrevivir a la suya.

Elinor bebió. La limonada era demasiado dulce y él lo advirtió al verla hacer una mueca.

—Lady Ashcombe cree que el azúcar mejora el carácter.

—Entonces debería beber más.

—¿Baila, señorita Harcourt?

—No con hombres cuya conducta estoy investigando.

—Qué alivio. Por un instante temí que estuviera aquí para divertirse.

—No estoy investigándolo.

—Entonces escucha conversaciones sobre mí por puro interés académico.

Elinor notó calor en las mejillas.

—Mi interés se limita a la prudencia que cualquier mujer debería mostrar ante un hombre con su reputación.

—Una prudencia extraordinariamente específica para alguien que no es mi prometida.

La frase quedó entre ambos. Nathaniel la había pronunciado con ligereza, pero sus ojos buscaban una reacción.

Elinor se obligó a encogerse de hombros.

—Quizá me preocupe la señorita Bellamy. Parece que nadie más se ha molestado en hacerlo.

—No la conoce.

—Usted tampoco.

Por primera vez, él no encontró una respuesta inmediata. Elinor sintió una satisfacción breve, seguida de culpa. No había ido a Londres para herirlo, aunque resultara difícil recordar esa intención cuando él se escondía detrás de una sonrisa.

Nathaniel recuperó la compostura.

—Tocado, señorita Harcourt.

—¿Eso significa que admite la derrota?

—Significa que reconozco un golpe antes de decidir si merece réplica.

—Qué prudente.

—Estoy probando una virtud nueva.

Agatha apareció al final del corredor con una expresión que combinaba alivio y curiosidad.

—Nell, querida. Lady Ashcombe desea presentarte a su sobrino.

—¿Tiene arpa? —preguntó Nathaniel.

Agatha lo examinó.

—Peor. Tiene opiniones políticas.

Elinor tuvo que morderse el interior de la mejilla.

—Lord Wycliffe, lady Agatha Harcourt —dijo.

Nathaniel hizo una reverencia.

—Lady Agatha. Su sobrina y yo discutíamos sobre la importancia de conocer todos los hechos antes de juzgar a una persona.

—Una materia en la que Nell posee mucha teoría y poca moderación.

—Tía.

—Madrina —corrigió Agatha con naturalidad—. El parentesco es afectivo, no legal. Conviene precisarlo antes de que Londres nos asigne una herencia compartida.

Nathaniel dirigió a Elinor una mirada fugaz. La aclaración reforzaba la historia que habían preparado, pero también revelaba que Agatha era consciente del riesgo de confusión.

—Entonces no debo responsabilizar a lady Agatha de su carácter —dijo.

—Puede intentarlo —respondió Agatha—. Yo llevo años atribuyéndoselo a otras personas.

Nathaniel sonrió.

—Espero que nuestra próxima conversación sea igual de instructiva, señorita Harcourt.

—No cuente con ella.

—Ya he empezado.

Se alejó hacia el salón. Elinor esperó hasta que estuvo fuera de alcance antes de mirar a Agatha.

—Has tardado.

—Te observaba.

—Eso no es propio de una carabina.

—Una carabina interrumpe cuando la reputación corre peligro. La tuya solo parecía irritada.

—Ha insinuado que podría ser su prometida.

Agatha perdió parte de la sonrisa.

—¿En serio?

—Como una broma.

—Las bromas son preguntas que no desean admitir que buscan respuesta.

Una joven que había permanecido cerca del corredor se aproximó con evidente interés.

—¿Lord Wycliffe la ha molestado? —preguntó—. Parecían discutir.

—Hablábamos del clima —respondió Elinor.

La joven miró hacia las puertas abiertas que daban al jardín.

—No llueve.

Agatha intervino con una sonrisa.

—Por eso la conversación ha resultado tan breve.

La muchacha se alejó, decepcionada por la falta de escándalo. Elinor esperó hasta que dejó de oírla.

—Mañana todo Londres creerá que Nathaniel me ha propuesto matrimonio junto a una ventana.

—No exageres. Necesitarán hasta pasado mañana.

—Ha deducido que no conozco Cumberland.

—Ha deducido que te pones nerviosa cuando pregunta.

—También ha insinuado que podría ser Elinor Bellamy.

Agatha dejó de bromear.

—Eso no me gusta.

—Lo dijo para provocarme.

—Los hombres inteligentes provocan en la dirección donde sospechan que existe algo.

Elinor repasó el intercambio. Nathaniel había sonreído, pero también había contado cada vacilación. No era el libertino superficial que ella esperaba vigilar desde lejos. Miraba demasiado, recordaba demasiado y parecía divertirse precisamente cuando una respuesta no encajaba.

—Podríamos regresar a Hartwell —dijo Agatha.

La propuesta era seria.

Elinor pensó en su padre, en Edmund y en la carta de Pemberton.

—Todavía no.

—Entonces tendrás que mentir mejor.

—O conseguir que él hable más.

Agatha abrió el abanico.

—Esa segunda opción me preocupa por motivos distintos.

Elinor volvió la vista hacia el salón. Nathaniel conversaba con un caballero, pero al advertirla levantó ligeramente una ceja.

Ella abrió el abanico y le ocultó el rostro.

—No me gusta.

—Naturalmente.

—¿Por qué dices eso como si no me creyeras?

—Porque has usado mi abanico para esconderte y el tuyo sigue en tu mano.