CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Miss Nell Harcourt

La primera dificultad de convertirse en otra mujer fue que la otra mujer debía vestirse antes del desayuno.

—Nell no usaría gris —declaró Agatha, instalada en un sillón mientras la doncella extendía tres vestidos sobre la cama.

—Nell tiene el mismo rostro que Elinor. El verde no va a alterar esa circunstancia.

—No pretendemos alterar tu rostro. Solo evitar que parezcas dispuesta a administrar una parroquia.

Elinor eligió el vestido verde botella para terminar la discusión. Agatha interpretó la rendición como una victoria moral y pasó el resto de la mañana seleccionando invitaciones.

La recepción de lady Pembrooke se celebraba aquella noche. Cuarenta invitados, música discreta y una anfitriona incapaz de guardar un secreto más de dos horas. Nathaniel Wycliffe solía asistir.

—Recuerda las reglas —dijo Agatha cuando el carruaje se detuvo ante la residencia iluminada—. Observas, escuchas y no te acercas a él.

—Eso puedo hacerlo.

—Tampoco le haces preguntas.

—No pensaba hacerlo.

—Ni lo corriges.

Elinor la miró.

—¿Qué clase de monstruo crees que soy?

—Uno muy educado que no tolera una opinión mal construida.

El salón de los Pembrooke estaba lleno de espejos, velas y personas que hablaban con el entusiasmo de quienes temían que el silencio revelase la falta de tema.

Elinor consiguió responder a las preguntas sobre Cumberland sin cometer ningún error grave.

A una marquesa le explicó que había crecido cerca de Keswick.

A un coronel retirado le aseguró que disfrutaba de los paseos junto a Derwentwater.

Cuando él empezó a describirle durante diez minutos una tormenta sufrida allí en 1798, comprendió que Agatha había olvidado advertirle del verdadero peligro de la identidad falsa: los hombres con recuerdos de viaje.

Después la presentó a Mr. Blake, un joven de dientes perfectos que le preguntó si en Cumberland las mujeres montaban a caballo.

—Solo cuando los caballos lo consienten —respondió Elinor.

Mr. Blake tardó unos segundos en decidir si se trataba de una broma.

—Las damas de Londres prefieren los carruajes.

—Los caballos también.

Agatha intervino antes de que el caballero descubriera que estaba siendo objeto de diversión y consiguió enviarlo hacia una heredera más paciente.

—Nell es más peligrosa que tú —dijo en voz baja.

—Nell no tiene que volver a ver a estas personas.

—Esa clase de libertad ha arruinado imperios.

—Ha sobrevivido —murmuró Agatha cuando el coronel se alejó.

—He estado a punto de confesar un delito con tal de que dejara de hablar del barro.

—Ese impulso también es muy londinense. Te estás adaptando.

Elinor lo vio media hora después.

No necesitó una presentación. Nathaniel Wycliffe ocupaba el centro de un grupo sin parecer que se hubiera esforzado por conseguirlo.

Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro, con una expresión que convertía cualquier conversación en una diversión privada.

Tres mujeres lo rodeaban. Una reía antes de que él terminara las frases; otra había apoyado una mano en su brazo con una familiaridad que su madre fingía no advertir.

Elinor sintió una punzada de irritación.

—Parece muy afectado por su inminente matrimonio —dijo.

Agatha siguió la dirección de sus ojos.

—Tal vez esté despidiéndose de la soltería por partes.

—Hay hombres que se despiden con una cena. Él parece necesitar una temporada completa.

Nathaniel inclinó la cabeza para escuchar a la dama que tenía al lado. Sonrió. La joven se sonrojó. El retrato coincidía con los rumores de manera ofensiva: encantador, seguro de su atractivo y perfectamente cómodo bajo la atención de las mujeres.

Entonces una anciana tropezó cerca de la mesa de bebidas.

Nathaniel se movió antes que nadie. La sujetó por el codo, recuperó su abanico del suelo y la acompañó hasta un asiento. No hizo de ello un espectáculo. Ni siquiera esperó agradecimiento. Regresó a su grupo mientras la dama seguía protestando porque «aquellos suelos estaban diseñados por asesinos».

—Eso no demuestra nada —murmuró Elinor.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Pensaba que lady Marston exagera. El suelo no ha matado a nadie desde 1809.

Elinor continuó observando. Nathaniel hablaba con mujeres, sí, pero también con un político anciano, un capitán cojo y el hijo adolescente de los anfitriones, que parecía aterrorizado por encontrarse en el salón.

Al muchacho le dijo algo que consiguió hacerlo reír.

Más tarde rechazó a una madre ambiciosa con tanta suavidad que la hija pareció aliviada en lugar de humillada.

Nada de aquello lo absolvía de tres compromisos rotos. Solo impedía colocarlo cómodamente dentro de la categoría de canalla vacío.

Una joven rubia se acercó a Nathaniel con el abanico cerrado entre las manos y una expresión de auténtico pánico.

Elinor no oyó lo que decía, pero vio cómo él miraba hacia un caballero situado junto a las ventanas.

Nathaniel respondió algo, ofreció el brazo a la muchacha y la condujo hasta el hombre.

Un minuto después, los tres reían. La madre de la joven, que había empezado a avanzar hacia ellos con gesto alarmado, se detuvo y regresó a su asiento.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Elinor.

—Probablemente ha resuelto un desastre o lo ha iniciado —dijo Agatha—. Con los hombres encantadores conviene esperar al día siguiente para distinguirlo.

Elinor se dijo que aquella era la explicación correcta. Nathaniel no ayudaba a la gente por bondad, sino porque disfrutaba de intervenir. Era una diferencia importante, aunque no estaba segura de que fuera cierta.

—Estás frunciendo el ceño —advirtió Agatha.

—Estoy pensando.

—En sociedad se considera casi igual de alarmante.

Mr. Blake regresó antes que la anfitriona y solicitó una contradanza. Elinor aceptó porque negarse habría llamado más la atención y porque bailar con un hombre que tardaba varios segundos en comprender una ironía parecía una actividad segura.

No lo fue.

Mr. Blake dedicó la primera figura a explicar que pensaba comprar una yegua, la segunda a describir el color y la tercera a preguntar si las mujeres del norte apreciaban a los hombres deportistas.

—Depende del deporte —respondió Elinor.

—Caza, esgrima, remo.

—¿Practica alguno que incluya escuchar?

Mr. Blake rio sin entender. Al cambiar de pareja durante la figura, Elinor quedó frente a Nathaniel, que bailaba con la joven rubia del abanico. Él había oído la respuesta. La sonrisa en sus ojos lo confirmó.

—Cumberland parece exigente —dijo al cruzarse.

—Solo con los caballeros que enumeran sus virtudes.

La figura los separó antes de que aquello pudiera convertirse en una conversación. Elinor sintió la mirada de Nathaniel durante el resto del baile. Cuando Mr. Blake volvió a hablar de la yegua, ella descubrió que comparaba la atención vacía de uno con la curiosidad demasiado aguda del otro.

Al terminar, Nathaniel pasó junto a ellos.

—Blake, lady Pembrooke busca a alguien experto en caballos.

Mr. Blake se iluminó y se marchó de inmediato.

Elinor miró a Nathaniel.

—No creo que lady Pembrooke tenga caballos aquí.

—No. Pero ahora dispone de un experto.

Siguió caminando antes de que ella pudiera agradecerle o acusarlo de rescate innecesario. La intervención había sido pequeña, casi invisible, y exactamente el tipo de gesto que complicaba el juicio que Elinor había venido a confirmar.

Lady Pembrooke se acercó para presentarles a dos caballeros. Elinor conversó con ellos, bailó una contradanza y logró perder de vista a Nathaniel durante casi veinte minutos. Cuando volvió a buscarlo, lo encontró al otro lado del salón.

Mirándola.

No fue una mirada casual. Él tenía una copa en la mano y escuchaba a un vizconde, pero los ojos estaban fijos en ella con una curiosidad abierta. Elinor apartó la vista demasiado deprisa.

—No mires ahora —dijo a Agatha.

—Una frase que siempre produce el efecto contrario.

—Nos ha visto.

Agatha abrió el abanico.

—Nos han visto cuarenta personas. Es el propósito de una recepción.

—Él me ha visto observarlo.

—Eso resulta más difícil de justificar.

Elinor fingió interés por un jarrón chino. El jarrón mostraba a dos pájaros de expresión severa que parecían desaprobar su plan.

—¿Está acercándose? —preguntó.

Agatha miró por encima del abanico.

—Sí.

—¿Rápido?

—Con la velocidad de un hombre que no quiere parecer interesado.

—Debemos irnos.

—Acabamos de llegar.

—Llevamos una hora y media.

—Entonces debemos irnos con dignidad, no huyendo detrás de una palmera.

Elinor se volvió justo cuando Nathaniel estaba a pocos pasos. De cerca resultaba más peligroso, no porque fuera más hermoso —aunque lo era—, sino porque su expresión revelaba una atención que los rumores no mencionaban. Parecía observar a las personas de verdad.

Lady Pembrooke lo interceptó antes de que llegara hasta ellas.

—Wycliffe, querido, tiene que conocer a la señorita Fanshawe. Toca el arpa.

Nathaniel contempló a la señorita Fanshawe, al arpa situada junto a la pared y después a Elinor. Durante un instante pareció debatirse entre la cortesía y la fuga.

La ironía resultó tan evidente que Elinor tuvo que bajar la cabeza para ocultar una sonrisa.

Él la vio.

No pudo acercarse, pero al ser arrastrado hacia el instrumento inclinó la copa en su dirección, un saludo mínimo, como si compartieran una broma que ninguno había pronunciado.

Elinor dejó de sonreír.

—Ahora sí podemos marcharnos —dijo.

—Qué pena. Empezaba a interesarme el arpa.

—Detestas el arpa.

—Precisamente. Me interesaba saber cuánto tardaría él en escapar.

La retirada no fue tan sencilla como Elinor esperaba. Lady Pembrooke las alcanzó junto al guardarropa con una sonrisa demasiado satisfecha.

—Querida Agatha, su sobrina ha despertado curiosidad.

—Es una dolencia frecuente en Londres.

—Wycliffe me ha preguntado quién era.

Elinor fingió interés por el cierre de su capa.

—¿Lord Wycliffe? —repitió Agatha—. Tal vez desee enviarle el nombre de un buen oculista.

Lady Pembrooke rio.

—Ha dicho que no recordaba haber visto antes a una mujer observarlo con tanta desaprobación sin haber estado prometida con él.

Elinor sintió que la doncella tiraba demasiado fuerte del lazo. O quizá era ella quien había dejado de respirar.

—¿Y qué le ha respondido? —preguntó Agatha.

—Que Nell es una pariente de su difunto marido, recién llegada de Cumberland. No se preocupe, no he mencionado que parece demasiado inteligente para él.

—Habría sido una descortesía para ambos.

Lady Pembrooke se inclinó hacia Elinor.

—Tenga cuidado, querida. Cuando Wycliffe siente curiosidad, suele convertirla en una ocupación.

—No pretendo ocuparlo.

—Eso aumenta el riesgo.

Ya en la escalinata, Elinor miró hacia las ventanas del salón. Nathaniel seguía junto al arpa, pero había vuelto la cabeza hacia la entrada, como si supiera el instante exacto en que ella se marchaba.

Agatha siguió su mirada.

—No has hablado con él y ya necesitas una estrategia de retirada.

—Solo ha preguntado mi nombre.

—Eso es más de lo que hizo con su prometida.

Durante el trayecto de regreso, Agatha no hizo comentarios. Elinor agradeció el silencio hasta que llegaron a casa y la señora Finch les abrió la puerta.

—¿Ha conocido al conde? —preguntó el ama de llaves.

—No —respondió Elinor.

Agatha entregó su capa al lacayo.

—Pero él ha conocido su vigilancia.

—No me vigilaba a mí misma —protestó Elinor.

—Eso habría sido más discreto.

En su habitación, Elinor se quitó los pendientes y repasó la noche. Había esperado encontrar a un libertino satisfecho de sí mismo. Había encontrado a un hombre que coqueteaba con demasiada facilidad, auxiliaba a ancianas sin buscar aplausos y parecía capaz de reírse de su propia fama.

No era una mejora. Era una complicación.

Sobre la cómoda esperaba una nota que un lacayo de lady Pembrooke había entregado mientras ellas regresaban. Agatha la abrió antes de que Elinor pudiera impedírselo.

—Es de nuestra anfitriona. Mañana los Ashcombe celebran una velada y desea que la acompañemos.

—¿Menciona a lord Wycliffe?

—No.

Elinor se relajó.

Agatha giró la hoja.

—Lo ha escrito en el reverso.