CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La mujer que nadie elegiría

La noticia del compromiso no tardó en abandonar Hartwell.

Elinor nunca supo cómo ocurrían esas cosas. Una confidencia pronunciada en una biblioteca podía atravesar tres parroquias antes que el carruaje del correo y llegar a la esposa del vicario con detalles que ni siquiera conocían los interesados.

Dos días después de hablar con su padre, Elinor pasó frente al saloncito azul y oyó la voz de su tía Margaret al otro lado de la puerta.

—…una verdadera fortuna, dadas las circunstancias.

Elinor habría seguido caminando si la señora Whitfield no hubiese respondido:

—Desde luego. A los veintinueve años, una mujer debe ser razonable.

La razonabilidad femenina era un concepto extraordinariamente flexible. Significaba aceptar a un hombre que nadie recomendaría a una hija de diecinueve y agradecer que hubiera reparado en una a los veintinueve.

Elinor se detuvo.

—Lord Wycliffe no es precisamente un premio —dijo Margaret—, pero un título es un título. Y Elinor nunca ha sido una muchacha dada a fantasías.

—¿No le inquietan las otras tres?

—A ella debería inquietarle más convertirse en una carga para Edmund. Wycliffe necesita una esposa discreta y Elinor necesita un hogar. Se necesitan mutuamente.

—Dos personas que nadie elegiría —concluyó la señora Whitfield con satisfacción—. Tal vez resulte un matrimonio perfecto.

Elinor se apartó antes de descubrir qué otras ventajas encontraban en su condición de mercancía rezagada.

Subió a su habitación sin llorar. Llorar habría otorgado a aquellas palabras una importancia que no merecían, aunque se instalaron en su pecho con una comodidad irritante. Dos personas que nadie elegiría. El mundo había reducido sus vidas a una liquidación de final de temporada.

Lady Agatha llegó antes del almuerzo, envuelta en una capa color ciruela y seguida por un lacayo que cargaba tres cajas de sombreros.

—Solo he pedido una visita —dijo Elinor al verla entrar en su dormitorio.

—Y yo solo he traído lo indispensable.

—¿Tres sombreros?

—Uno para viajar, otro para mentir y otro por si el primero o el segundo sufren un accidente. Las buenas conspiraciones fracasan por falta de previsión.

Agatha se quitó los guantes y los dejó sobre la cama. A sus cincuenta y tantos años conservaba una belleza afilada, una postura impecable y la convicción de que las reglas sociales eran recomendaciones redactadas por hombres poco imaginativos.

—Tu carta era escandalosamente breve —añadió—. Me siento orgullosa.

Elinor le contó el acuerdo, el fideicomiso, la fecha límite y la conversación escuchada junto al saloncito. Agatha no la interrumpió hasta el final. Después se acercó a la cómoda, abrió una caja de cintas como si fuese suya y eligió una azul.

—Margaret siempre ha confundido la prudencia con la falta de crueldad —dijo—. Son virtudes distintas.

—No ha dicho nada que no piense el resto.

—El resto suele pensar tonterías en grupo para sentirse respaldado.

—Lord Wycliffe no ha pedido siquiera un retrato.

—Quizá tema enamorarse de un marco.

Elinor la miró.

—No lo defiendas.

—No lo hago. Un hombre que acepta casarse sin preguntar por la mujer merece que ella averigüe, sin preguntarle a él, si conserva todas las facultades mentales.

—Eso es exactamente lo que pensaba hacer.

Agatha dejó la cinta y sonrió.

—Lo sé. Por eso he venido con los sombreros.

El plan no nació en aquel momento. Al menos no por completo. Elinor había dedicado dos noches a imaginarlo y una tercera a convencerse de que era absurdo. Agatha se limitó a convertir el absurdo en una lista de preparativos.

Viajarían a Londres con el consentimiento de sir Thomas. Él creería que su hija deseaba pasar unos días lejos de los vecinos y adquirir un ajuar prudente antes de recibir a Nathaniel. En la ciudad, Elinor no sería presentada como Elinor Bellamy.

—Nell Harcourt —decidió Agatha—. Nell es suficientemente parecido a tu segundo nombre para que no tardes medio minuto en reaccionar cuando te llamen. Y Harcourt pertenece a mi difunto marido, no a tu familia.

—¿Qué parentesco tendremos?

—Serás hija de un primo suyo que se instaló en Cumberland y tuvo la buena consideración de morir antes de que nadie pudiera pedirle explicaciones.

—Qué oportuno por su parte.

—Era un hombre atento. Tu madre, también fallecida, vive retirada en casa de una hermana. Tú has pasado varias temporadas en Bath y esta es tu primera visita larga a Londres.

—Nunca he estado en Cumberland.

—Eso puede remediarse con un mapa y una memoria decente.

—Mi memoria es excelente.

—Entonces el mapa bastará.

Agatha abrió una de las cajas. Dentro había un sombrero verde con una pluma que parecía haber pertenecido a un ave de tamaño preocupante.

—Eso no me lo pondré.

—Ese es el sombrero de emergencia. Si alguien está a punto de reconocerte, te lo calas hasta las cejas.

—No podré ver.

—Nadie ha dicho que la seguridad sea cómoda.

Pasaron la tarde construyendo a Miss Nell Harcourt.

Había nacido cerca de Keswick, aunque no tanto como para que alguien pudiera preguntarle por una familia concreta.

Le gustaba montar, leía más de lo recomendable y llevaba dos años cuidando a una madre delicada.

Había conocido a Agatha durante una visita de esta al norte y la acompañaba a Londres para ampliar horizontes.

Agatha llamó a la doncella de Elinor y la obligó a participar en un ensayo.

—¿Cómo se llama la señorita? —preguntó.

—Miss Bellamy —respondió la muchacha.

Agatha cerró los ojos.

—Estamos condenadas. Otra vez.

—Miss Harcourt —corrigió la doncella, colorada.

—¿De dónde viene?

—Del norte.

—Eso incluye media isla y varias ovejas. Sea más precisa.

—De Cumberland, milady.

—¿Y si alguien pregunta por su padre?

La joven miró a Elinor en busca de ayuda.

—Murió —dijo ella.

—Excelente —aprobó Agatha—. Los padres fallecidos son discretos y rara vez contradicen una historia.

La doncella soltó una risita que intentó convertir en tos.

Elinor comprendió que, para sostener la mentira, no bastaría con recordar una biografía.

Toda persona que viajara con ellas debía reaccionar con naturalidad.

La identidad de Nell no era un vestido que pudiera ponerse y quitarse en la intimidad; era una obra en la que hasta el último lacayo necesitaba conocer su papel.

—¿Y si preguntan por qué una joven de buena familia no tiene acompañante propia? —dijo Elinor.

—Diré que tu madre confía en mí.

—¿Y si preguntan por tu relación con mi padre?

—No existe ninguna relación pública que deba interesarles. Fui amiga de tu madre antes de que se casara. La mitad de Londres lo ha olvidado y la otra mitad jamás lo supo.

—¿Y si lord Wycliffe me descubre?

Agatha cerró la caja con la pluma monstruosa.

—Entonces esperaremos que tenga más sentido del humor que sus prometidas anteriores.

Sir Thomas aceptó el viaje con demasiada facilidad. La tos había empeorado aquella semana y Elinor sospechó que agradecía verla ocupada, aunque no conociera la verdadera naturaleza de la ocupación.

—Agatha cuidará de ti —dijo cuando fueron a despedirse.

—Eso depende de la definición de cuidar —respondió Elinor.

—La mantendré viva, Thomas —prometió Agatha—. No has especificado nada sobre su reputación.

Su padre frunció el ceño.

—¿Por qué habría de preocuparme su reputación?

—Porque tienes una imaginación saludable.

Elinor intervino antes de que Agatha disfrutara demasiado.

—Volveré antes de que lord Wycliffe venga a Hartwell.

—Pemberton me escribirá en cuanto fijen la fecha —dijo su padre—. Y, Elinor…

Ella esperó.

—No tienes que demostrar nada a nadie. Si después de conocerlo no puedes aceptar, encontraremos otra salida.

Los dos sabían que quizá no existiera otra salida. Elinor lo abrazó con cuidado.

—Solo quiero decidir sabiendo qué clase de hombre es.

No añadió que pretendía conocerlo sin concederle la misma ventaja.

El trayecto a Londres duró dos días. Agatha dedicó la primera mañana a interrogarla sobre Cumberland.

—¿Cuál es el lago más cercano a Keswick?

—Derwentwater.

—¿Qué montaña se ve desde el pueblo?

—Varias.

—Respuesta de cobarde.

—Skiddaw.

—Mejor. ¿Cuánto se tarda en llegar a Carlisle?

—Tres horas.

—Con buenos caballos, cuatro. Con los míos, seis y una oración.

—¿Crees que alguien va a examinarme sobre caminos?

—Los hombres realizan preguntas inútiles cuando desean impresionar a una mujer. Es una de sus costumbres más fiables.

Llegaron a Mayfair al anochecer. La casa de Agatha era estrecha, elegante y estaba atendida por un personal que no pareció sorprendido al recibir una identidad falsa con el equipaje.

La señora Finch, ama de llaves, escuchó las explicaciones con las manos cruzadas sobre el delantal.

—Entonces, mientras la señorita permanezca aquí, será Miss Nell Harcourt.

—Exacto —dijo Agatha.

—¿Y si llega sir Thomas?

—Le impides entrar.

—¿Cómo?

—Con firmeza.

La señora Finch miró a Elinor.

—Prepararé la habitación azul y una explicación mejor.

—Por eso la contraté —dijo Agatha cuando se marchó—. Nunca confíes una conspiración a una mujer que acepta el primer plan.

La preparación de Nell Harcourt ocupó el resto de la tarde.

La señora Finch se sentó frente a Elinor con una libreta y adoptó la severidad de un magistrado.

—Nombre de su padre.

—Charles Harcourt.

—Ocupación.

—Caballero rural.

—Eso no es una ocupación.

—En muchas familias basta.

Agatha intervino desde el sofá.

—Fue capitán antes de heredar una propiedad modesta. Murió hace seis años.

—¿De qué? —preguntó la señora Finch.

Elinor vaciló.

—De… una fiebre.

—Todo el mundo muere de fiebre cuando quien miente no ha preparado una enfermedad mejor —dictaminó el ama de llaves.

Ensayaron apellidos, parroquias, primos inexistentes y una casa cercana a Bassenthwaite que Agatha recordaba de un viaje antiguo. Elinor confundió dos lagos, inventó una doncella muerta que después apareció viva en otra respuesta y descubrió que mentir exigía mucha más memoria que decir la verdad.

—Lo importante —dijo Agatha— es no ofrecer información que nadie ha pedido.

—Eso elimina la mitad de las conversaciones de Londres.

—Precisamente por eso nadie sospechará de una mujer que escucha.

La señora Finch cerró la libreta.

—¿Y si alguien conoce a los Harcourt verdaderos?

—Diré que pertenecemos a una rama remota —respondió Elinor.

—Todas las ramas remotas terminan en una cena con alguien que recuerda el árbol entero.

Agatha sonrió.

—Entonces nos marcharemos antes del postre.

Al terminar, Elinor sabía menos de Cumberland que al principio, pero conocía una regla esencial: Nell debía responder con seguridad incluso cuando no tuviera idea de qué estaba hablando.

—En eso se parece mucho a un hombre —observó la señora Finch.

Antes de acostarse, Elinor contempló su reflejo en el espejo. Seguía viendo a la misma mujer: cabello castaño, ojos serios, boca demasiado dispuesta a responder. Ningún vestido ni apellido podían ocultar eso.

—Desde mañana serás Nell —anunció Agatha desde la puerta—. No olvides responder.

—¿Y qué se supone que debo olvidar de Elinor?

—Que ya ha sido juzgada. Nell todavía puede resultar inconveniente.

Elinor sonrió pese a sí misma.

—Eso se me dará bien.

—Siempre he confiado en tus talentos.

Cuando se quedó sola, abrió el mapa de Cumberland y lo extendió sobre la cama. Doce semanas separaban a Nathaniel de la pérdida de su fortuna. Tres o cuatro, a ella de conocerlo en Hartwell como su prometida.

Nell Harcourt disponía de mucho menos tiempo para descubrir la verdad.