CONDE A LA FUGA (HEREDEROS DISOLUTOS nº 1)
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CAPÍTULO 1
El cuarto compromiso
Su padre la mandó llamar a la biblioteca poco después del desayuno y Elinor comprendió, por el modo en que el lacayo evitaba mirarla, que la conversación no tendría nada que ver con las cuentas de la casa ni con la gotera del ala oeste.
La gotera, al menos, habría sido una desgracia conocida.
Sir Thomas Bellamy estaba de pie junto a la chimenea, aunque aquella mañana de abril no hacía frío.
Tenía una mano apoyada en la repisa y la otra cerrada alrededor de una carta.
Durante el último invierno había adelgazado tanto que las mangas de la levita parecían pertenecer a otro hombre.
Aun así, cuando Elinor entró, se irguió como si la espalda pudiera obedecer a la voluntad aunque el resto del cuerpo hubiese empezado a traicionarlo.
—Siéntate, querida.
—Preferiría saber primero si debo sentarme como hija o como acusada.
La comisura de la boca de su padre se movió apenas.
—Como hija. Aunque sospecho que, dentro de unos minutos, me tratarás como a un criminal.
Elinor ocupó la butaca frente al escritorio. No alisó la falda ni fingió tranquilidad. A sus veintinueve años había aprendido que una mujer podía ahorrar mucha energía si dejaba de representar serenidad para tranquilizar a los demás.
—He recibido una carta de lord Pemberton —dijo sir Thomas.
El nombre no le resultó desconocido. El marqués de Pemberton había sido amigo de su padre y, según recordaba, albacea del difunto conde de Wycliffe. También era uno de esos hombres que escribían cartas de cuatro páginas para comunicar una idea que habría cabido en dos líneas.
—¿Ha vuelto a proponerte que inviertas en canales?
—No.
—Entonces el asunto es grave.
Su padre no sonrió esta vez. Dejó la carta sobre la mesa y se sentó despacio. A Elinor no se le escapó el pequeño temblor de sus dedos.
—Hemos llegado a un acuerdo matrimonial.
Ella contempló la hoja doblada, la arena aún adherida a una esquina.
—¿Tú y lord Pemberton? Confieso que no lo esperaba, pero intentaré mostrarme comprensiva.
—Elinor.
El humor se le apagó al escuchar el cansancio de su voz.
—¿Para mí?
—Para ti.
No era una sorpresa absoluta. En su mundo, una hija soltera y una propiedad vinculada a la línea masculina formaban una cuenta que alguien terminaba resolviendo.
Elinor llevaba años esperando la operación.
Lo que no había previsto era que llegara cuando ya empezaba a creer que todos se habían cansado de sumar.
—¿Con quién?
Su padre inspiró con esfuerzo antes de responder.
—Con lord Nathaniel Wycliffe.
Elinor conocía el nombre. Lo conocía la mitad de Inglaterra y la otra mitad fingía no conocerlo mientras repetía sus escándalos durante la cena.
—El conde que ha roto tres compromisos.
—El mismo.
—Admiro la coherencia. Hay hombres que abandonan una mala costumbre después del primer escándalo. Lord Wycliffe parece decidido a perfeccionarla.
—Sé lo que se dice de él.
—Me tranquiliza. Durante un instante temí que hubieras confundido al conde fugitivo con otro Nathaniel Wycliffe de reputación intachable.
Sir Thomas cerró los ojos. La broma había alcanzado el límite de lo que podía soportar, y Elinor se arrepintió antes de que él volviera a abrirlos.
—No quiero discutir contigo —dijo—. No tengo fuerzas para hacerlo y tú siempre has sido mejor que yo en las discusiones.
—Eso no es cierto.
—Acabas de contradecirme y todavía no hemos empezado.
Ella bajó la vista. Sobre el escritorio había un frasco de láudano, un pañuelo doblado y varias cartas dirigidas a Edmund Bellamy. Su primo Edmund. El hombre que heredaría Hartwell, la casa, las tierras y hasta la biblioteca donde estaban sentados en cuanto sir Thomas muriera.
Edmund había visitado la propiedad el otoño anterior y había dedicado dos días a explicar qué habitaciones cerraría, qué caballos vendería y qué parte del jardín convertiría en terreno de caza.
Al tercer día había preguntado a Elinor si sabía bordar con suficiente destreza como para ganarse la gratitud de alguna tía anciana.
No era cruel, se había dicho ella entonces. Solo poseía el extraño talento de imaginar a las personas como muebles que aún no había decidido conservar.
—Es por Edmund —murmuró.
—Es por ti —corrigió su padre—. Cuando yo falte, él no tendrá obligación alguna de mantenerte aquí. Podrá ofrecerte una habitación si le place o enviarte a casa de Margaret. Y tu tía Margaret considera que una mujer sin marido necesita, sobre todo, disciplina y sopa ligera.
—En ese caso, el matrimonio empieza a parecerme menos terrible.
Sir Thomas sonrió, pero el gesto duró poco.
—Lord Wycliffe cumplirá treinta y tres años en doce semanas. El testamento de su padre establece que, si para entonces no ha contraído matrimonio, perderá una fortuna y varias propiedades no vinculadas al título. Lord Pemberton administra el fideicomiso. Él propuso el acuerdo.
—Un hombre con prisa y una mujer sin alternativas. Qué relato tan seductor.
—No voy a insultarte fingiendo que se trata de amor. Él necesita una esposa. Tú necesitas seguridad. Ambos obtendríais algo valioso.
Elinor se levantó y caminó hasta la ventana. En el césped, el jardinero perseguía a una cabra que había escapado de las cocinas. La cabra parecía tener un plan más claro para su futuro que ella.
—¿Lord Wycliffe ha pedido un retrato mío?
La pausa de su padre bastó como respuesta.
—No.
—¿Ha preguntado mi edad?
—La conoce.
—Eso no era exactamente lo que he preguntado.
—Sabe que tienes veintinueve años.
—Entonces conoce el dato que más interesa a todo Londres. ¿Sabe algo más? ¿Mi nombre de pila, quizá? ¿Que detesto el hígado? ¿Que leo las cartas de tres veces cuando estoy enfadada y una sola cuando son importantes?
—Elinor…
—No estoy exigiendo que se enamore de mí por correspondencia. Solo quisiera saber si ha mostrado la curiosidad que se dedicaría a un caballo antes de comprarlo.
—No te está comprando.
—No. El caballo tendría un precio concreto y derecho a ser examinado por un veterinario.
Su padre apoyó los codos en el escritorio y se cubrió el rostro durante unos segundos. Cuando volvió a mirarla, la ira de Elinor perdió firmeza. El hombre que tenía delante no estaba entregando a su hija con indiferencia. Estaba aterrorizado.
—He intentado encontrar otra solución —dijo—.
Podría vender parte de lo que no está vinculado, pero apenas alcanzaría para proporcionarte una renta modesta.
Margaret te acogería, aunque las dos sabemos lo que significaría.
Agatha haría cuanto pudiera, pero no quiero dejarte dependiendo de la generosidad de nadie. Ni siquiera de la suya.
Lady Agatha Harcourt no era hermana de sir Thomas, aunque Elinor la llamaba tía desde que aprendió a hablar.
Había sido la amiga más íntima de su madre y era su madrina.
También era la única mujer que podía entrar en Hartwell sin anunciarse, ordenar que cambiasen el té y llamar necio a sir Thomas sin provocar un duelo.
—¿Y sabes por qué rompió los otros compromisos? —preguntó Elinor.
—No con certeza. Pemberton asegura que las historias son más complejas de lo que parecen.
—Los albaceas suelen considerar compleja cualquier historia que amenaza una herencia.
—También asegura que Wycliffe no es un mal hombre.
—Eso es un elogio muy tímido para un futuro esposo.
—Es más de lo que Edmund ha conseguido que nadie diga de él.
Elinor regresó a la butaca. No quería casarse con Nathaniel Wycliffe. Tampoco quería que su padre pasara las semanas que le quedaban —fueran muchas o pocas— imaginándola expulsada de la única casa que había conocido.
—¿Qué has prometido en mi nombre?
—Nada irrevocable. Que lo recibiríamos en Hartwell y que considerarías la propuesta. Él debe resolver varios asuntos en Londres antes de viajar.
—¿Cuándo vendrá?
—Dentro de tres o cuatro semanas.
Tiempo suficiente para que un hombre olvidara el nombre de su prometida y para que una mujer sensata tomara una decisión imprudente.
Elinor extendió la mano hacia la carta. Su padre se la entregó después de una vacilación.
Lord Pemberton había empleado tres páginas y media, tal como ella sospechaba, para explicar el acuerdo.
Nathaniel Wycliffe aparecía descrito como «un caballero de recursos, buena cuna y temperamento independiente».
Elinor supuso que «independiente» era la palabra que utilizaban los marqueses cuando «incapaz de llegar al altar» parecía poco diplomática.
—Lo recibiré —dijo al fin—. No prometo casarme con él.
El alivio de sir Thomas fue tan evidente que le dolió verlo.
—Es todo lo que te pido.
—No. Me pides que contemple pasar el resto de mi vida con un hombre que ha convertido la retirada en una especialidad. Pero aceptaré contemplarlo.
Se levantó y rodeó el escritorio. Su padre intentó incorporarse; Elinor le puso una mano en el hombro para impedírselo y lo besó en la frente.
—No estoy enfadada contigo.
—Todavía.
—Contigo no.
—Eso deja a lord Wycliffe en una posición poco envidiable.
—Ha sobrevivido a tres prometidas. Imagino que sabrá protegerse de una cuarta.
Salió de la biblioteca con la carta en la mano. No había dado diez pasos cuando se cruzó con Edmund, que acababa de llegar sin avisar y llevaba las botas manchadas de barro.
—Prima —dijo, mirándola de arriba abajo—. Me han contado que quizá tengamos boda.
Elinor dobló la carta con mucho cuidado.
—Y a mí me han contado que piensas convertir mi dormitorio en sala de armas. Parece que ambos recibimos noticias alentadoras.
Lo dejó en el corredor antes de que encontrara una respuesta.
Edmund no tardó en alcanzarla.
—No pretendía ofenderte —dijo, con el tono de quien lamentaba sobre todo no haber sido más ingenioso—. Un conde es un partido excelente.
—Sobre todo cuando nadie en Londres desea casarse con él.
—Los escándalos se olvidan.
—¿Cuáles de los tres?
Edmund se encogió de hombros.
—No conozco los detalles. Uno de mis amigos asegura que Wycliffe dejó a una muchacha porque su nariz le recordaba a un tío suyo.
Elinor se detuvo.
—Eso es absurdo.
—Los hombres tienen motivos extraños.
—Tú has rechazado comprar un caballo porque el nombre no te inspiraba confianza.
—Se llamaba Libertad. Ningún animal con ese nombre obedece.
A pesar de sí misma, Elinor sonrió. Edmund aprovechó la grieta.
—No tienes tantas opciones como antes, prima. Wycliffe al menos puede ofrecerte una casa propia.
—Qué generoso. Tal vez incluso me permita entrar en ella.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí, lo sabía. Edmund no pretendía ser cruel; solo decía en voz alta lo que todos pensaban con mejor educación. A su edad, la seguridad debía parecerle suficiente. Elinor lo observó alejarse hacia la biblioteca, ya interesado en un futuro que aún no le pertenecía.
Aquella conversación terminó de decidirla. No podía aceptar ni rechazar a Nathaniel Wycliffe basándose en rumores relatados por hombres capaces de desconfiar de un caballo llamado Libertad.
Aquella tarde escribió a Lady Agatha.
No le habló de la boda. Solo le preguntó cuánto tardaría en preparar una casa de Londres para recibir a una ahijada con malas intenciones.
La respuesta llegó al día siguiente.
«Dos horas. Una, si las malas intenciones incluyen un vestido nuevo».