Concesión vencida 38
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Me citaron a declarar como testigo el martes diecinueve de enero a las diez de la mañana.

El Juzgado de Instrucción está en el edificio de los juzgados nuevos de la ciudad cabeza de partido.

Un edificio de cristal y hormigón con un vestíbulo enorme lleno de eco, un arco de seguridad como los de los aeropuertos y unos bancos de madera clara donde la gente espera con carpetas en las rodillas sin mirarse.

Llegué a las nueve y media. Pasé el arco. Pitó. Era la llave negra de Anselmo, que llevaba en el bolsillo del abrigo sin acordarme. El guardia de seguridad la miró en la bandeja de plástico.

«¿Y esto?»

«Una llave del cementerio.»

Me la devolvió sin más preguntas. En los juzgados se ven cosas más raras.

Ortega me esperaba en el pasillo de la segunda planta. De uniforme. Con la gorra bajo el brazo.

«¿Nerviosa?»

«No.»

«Mentirosa.» Se sentó a mi lado en el banco.

«Escuche. Va a estar el abogado de Sandoval.

El de Madrid. Va a intentar hacerla pedazos.

Le va a preguntar por la suspensión. Por los datos del Padrón.

Por la llave. Por qué se metió en el cementerio de noche sin autorización.

» Me miró. «Usted conteste lo que sabe. Despacio.

Como hace con los papeles. Si no sabe algo diga que no lo sabe. »

«¿Y si me pregunta por mi padre?»

Ortega se quedó callada un momento.

«Entonces le dice la verdad.»

La sala de declaraciones era pequeña. Una mesa en forma de U.

La jueza en el centro con su pelo gris cortado a lo chico y una toga negra encima de un jersey de cuello alto.

La letrada a su lado con el ordenador. El fiscal a la izquierda.

Una abogada de la acusación particular que representaba a las cuatro madres a través del consulado y otra que representaba a Irene. A la derecha, el abogado de Sandoval.

Era un hombre de cincuenta y tantos años con traje gris marengo, corbata granate y un reloj de esfera fina. Tenía el pelo plateado peinado con raya y una voz agradable. Una voz de locutor de radio de madrugada. Me sonrió cuando entré.

Sandoval no estaba. Los investigados no suelen estar cuando declaran los testigos, me había explicado Ortega. Lo iban a traer de la prisión por la tarde para su propia declaración.

Me senté en una silla en el centro de la U. La jueza me leyó mis derechos y mis obligaciones como testigo. Me preguntó si juraba o prometía decir verdad.

«Prometo.»

El fiscal me preguntó primero. Durante una hora. Le conté todo. Desde el ruido de pozo del nicho 31 hasta la gorra negra de propaganda de abonos en el hoyo solo junto a la balsa. En orden. Sin adjetivos. La letrada tecleaba. La jueza escuchaba con los ojos cerrados. A veces los abría y me miraba.

Luego le tocó al abogado de Sandoval.

Fue amable. Eso fue lo peor. Fue amable durante cuarenta minutos.

Me preguntó por mi suspensión. Le dije que se archivó el expediente. Me preguntó por qué se había abierto. Le dije que por acceder a datos del Padrón y de la base tributaria para localizar a las titulares de unos nichos. Me preguntó si había tenido autorización para eso. Le dije que no.

«Es decir, que usted vulneró la ley de protección de datos.»

«Es posible.»

«¿Es posible?»

«Lo decidirá quien tenga que decidirlo.»

Sonrió. Siguió.

Me preguntó por la llave. Por la noche del uno de noviembre.

Por qué había entrado en un recinto municipal de madrugada estando suspendida de funciones.

Si alguien me había autorizado. Le dije que no.

Me preguntó si había comunicado a alguien mi intención de entrar. Le dije que no. Me preguntó por qué no.

«Porque nadie me iba a autorizar.»

«Y aun así entró.»

«Sí.»

«¿Con qué finalidad?»

«Mirar.»

Se le escapó una risa breve. La jueza abrió los ojos.

Me preguntó por mi estado de ánimo en las semanas anteriores. Por si había dormido bien. Por si había tenido algún problema de salud. Por si había tomado alguna medicación. Por mi viaje a Ecuador. Por quién lo había pagado. Por si había recibido algún dinero de las familias o del consulado.

«No.»

«¿Ni de la asociación de ecuatorianos?»

«No.»

«¿Ni de la periodista de La Comarca?»

«No.»

Pasó una hoja de su carpeta. Se quitó las gafas de leer. Me miró con su cara amable.

«Señora Calderón. Usted nació en Ecuador.»

«En Guayaquil.»

«Y su padre, don Héctor Calderón, trabajó durante varios años para mi cliente en las explotaciones de La Loma. ¿Es así?»

«Sí.»

«¿Y no cree usted que eso le genera un interés personal en este asunto? ¿Algún tipo de… resentimiento? ¿Alguna cuenta pendiente?»

El fiscal se removió en la silla. La abogada de las madres levantó la mano. La jueza la detuvo con un gesto. Me miró a mí. Esperaba.

Respiré.

«Mi padre trabajó dieciséis años en los invernaderos de La Loma. En varios. Unos cuantos años en los de su cliente.» Lo dije despacio. «Apuntaba las horas que trabajaba cada día en una libreta. Con lápiz. Para que el capataz no le hiciera trampa el sábado.»

El abogado esperó.

«Darwin Naula Guamán hacía lo mismo. Tengo su libreta. La última línea dice viento fuerte, techo nave 4, arriba.» Le sostuve la mirada. «Si eso es un interés personal, sí. Tengo un interés personal. Me interesa que alguien lea esas libretas.»

La jueza cerró los ojos otra vez.

«No hay más preguntas, señoría.»

Salí al pasillo a las doce y cuarto.

Ortega no estaba. Se había ido a buscar un café a la máquina del vestíbulo. Me senté en el banco de madera clara. Me temblaban las rodillas. Las sujeté con las manos.

Entonces oí el ascensor.

Se abrieron las puertas al fondo del pasillo. Salieron dos guardias civiles de uniforme. Entre ellos, con las manos esposadas por delante y un abrigo oscuro echado por encima de los hombros para que no se vieran las esposas, salió don Fulgencio Sandoval.

Lo traían antes de lo previsto. O yo había tardado más de lo previsto. No lo sé.

Había adelgazado. Tenía la cara más afilada y la piel menos morena. Dos meses y medio en la prisión de Sangonera le habían quitado el sol de La Loma. Llevaba una camisa blanca sin corbata. Sin sombrero. Sin reloj. El pelo blanco y muy corto.

Venían hacia mí. Hacia la sala de declaraciones. Tenían que pasar por delante del banco.

No me levanté. No me moví.

Los guardias andaban rápido. Sandoval andaba despacio. Como siempre. Como andan las personas a las que siempre les han esperado. Los guardias tuvieron que aminorar el paso.

Me vio cuando estaba a cinco metros.

Se paró delante del banco. Uno de los guardias le tocó el brazo. Él no se movió. Me miró desde arriba con esos ojos azules casi grises de mirar mucho sol. Ya no tenían sol.

«Lucía.»

No le contesté.

Se inclinó un poco hacia mí. Muy poco. Lo justo para hablar bajo. Olía distinto. No a colonia cara ni a tabaco de pipa. Olía a jabón de prisión.

«Las concesiones también vencen.»

Lo dijo con la misma voz con que me lo dijo delante del nicho de mi madre el treinta y uno de octubre. La misma calma. La misma sonrisa pequeña en la comisura.

Me levanté.

Éramos casi de la misma altura. No me había dado cuenta nunca. Siempre lo había visto desde abajo. Desde una paella con un vestido blanco. Desde una silla de plástico en un cementerio.

«Ya lo sé, don Fulgencio.»

Lo dije sin levantar la voz.

«La suya ha vencido.»

El guardia le volvió a tocar el brazo. Esta vez Sandoval se movió. No dijo nada más. Siguió andando hacia la puerta de la sala de declaraciones entre los dos guardias. Con el abrigo echado sobre las esposas.

No se volvió.

Ortega volvió con dos cafés de máquina en vasos de plástico marrón con tapa blanca.

Se paró en seco al verme de pie en mitad del pasillo. Miró hacia la puerta de la sala que se acababa de cerrar.

«¿Era él?»

«Era él.»

«¿Le ha dicho algo?»

«Me ha dicho una cosa que ya sabía.»

Ortega me dio uno de los cafés. Me lo bebí. Estaba ardiendo y sabía a plástico y a cartón. Era el mejor café que me había tomado en mi vida.

Esa noche llamé a Ayllupamba.

Cogió Rosario. Ya cogía ella. La Nayeli le había enseñado a deslizar el dedo por la pantalla para contestar.

«Mija.»

«Doña Rosario. He estado en el juzgado.»

«¿Y el patrón?»

«Preso. En una cárcel de Murcia. Hoy lo he visto.»

«¿Y qué le dijo?»

Lo pensé un momento.

«Nada que importe.»

Rosario se quedó callada. Se oía el fogón. Se oía la radio con un pasillo.

«¿Y el Segundo?»

«En Quito. Los jueces de allí todavía no han decidido nada.»

«Ya.»

Se oyó el viento. Se oyó una gallina.

«Mija. ¿Ya compró el pasaje para abril?»

«Ya lo compré.»

«Bueno.» Rosario suspiró. «Entonces ya está.»

Y colgó.