37
Anselmo me llamó el veinticuatro de diciembre a las nueve de la mañana.
«Quiero ir a San Roque.»
Hacía una semana que le habían dado el alta.
Tenía una cicatriz nueva en la cabeza debajo del pelo blanco y una cita con la jueza en febrero en calidad de investigado.
Falsedad documental. Encubrimiento. Lo que fuera saliendo.
Su abogado de oficio le había dicho que con su edad y su corazón y con lo que había declarado desde la cama del hospital lo más probable era que no pisara la cárcel.
Anselmo no le había creído. Fina tampoco.
«Hoy es Nochebuena, Anselmo.»
«Por eso.»
Vino a las once. Fina empujaba la silla de ruedas por la avenida de los cipreses.
Una silla de ruedas del centro de salud, de las grises con el asiento de lona azul.
Anselmo llevaba la chaqueta grande abrochada hasta arriba, una bufanda de lana marrón, la gorra de visera y la manta de cuadros sobre las rodillas.
Hacía un sol frío de invierno. De esos que brillan mucho y no calientan nada.
Paco salió del cuarto de herramientas al verlos. Se quitó el cigarro de la boca. Se quedó parado en mitad de la avenida.
Anselmo levantó una mano desde la silla.
Paco no dijo nada. Fue hasta ellos. Le quitó a Fina la silla de las manos con mucha suavidad.
«Ya la llevo yo, Fina.»
Fina me miró. Se encogió de hombros. Se puso a mi lado.
Fuimos los cuatro hacia el fondo. Paco empujando la silla. Anselmo mirando los nichos al pasar como si los contara. Fina y yo detrás.
San Roque estaba distinta.
Las lápidas de los cuatro muchachos ya no estaban.
Se las habían llevado los técnicos de la Guardia Civil como pruebas.
En su lugar Paco había puesto en cada hueco un tablero nuevo de aglomerado pintado de blanco, bien encajado, sin cinta americana.
Y encima de cada tablero, con rotulador negro y su letra de mayúsculas torcidas, había escrito el nombre.
DARWIN NAULA GUAMÁN.
KLEVER TENESACA LOJANO.
FAUSTO CHIMBO PAGUAY.
WILMER PICHISACA DUCHI.
Nadie se lo había pedido. Lo hizo un viernes por la tarde cuando ya me había ido.
En el florero del 31 había todavía uno de los ramos amarillos del veintiuno de diciembre. Se estaba secando.
Y el 47 estaba abierto. Sin precinto ya. Un hueco negro y limpio en la segunda fila. La jueza había levantado la custodia la semana anterior. Los técnicos habían rascado y fotografiado y tomado muestras de cada centímetro. Luego Paco lo había barrido y había echado lejía.
Paco paró la silla delante del 47.
Anselmo se quedó mirando el hueco. Se quitó la gorra. La puso sobre la manta de cuadros.
Estuvo así mucho tiempo. Fina se acercó y le puso la mano en el hombro. Él no se movió.
Luego metió la mano en el bolsillo de la chaqueta grande. Sacó algo. Lo tuvo un rato en el puño cerrado. Luego abrió la mano.
Una llave de hierro negro con la cabeza redonda.
La que colgaba del clavo del pasillo de su casa entre las llaves del coche y la del buzón.
«Toma, Lucía.»
«Anselmo.»
«Siempre ha habido dos. La tuya y la mía.
» Le salió la voz rasposa. «Y una tercera que yo no sabía.
La de Tomás.» Me puso la llave en la palma de la mano.
Me cerró los dedos encima con su mano grande y fría.
Igual que el uno de marzo. «La tuya se la quedó la Guardia Civil.
La de Tomás también. Esta es la última.»
Me quedé con la llave en la mano. Pesaba más de lo que parecía. Como la otra.
Paco carraspeó detrás de la silla.
«El lunes cambio la cerradura.» Se sacó el cigarro de la boca. «Una nueva. De las de seguridad. Y la llave en la anilla con las demás. Con su número. En el inventario.»
Anselmo se volvió a medias en la silla para mirarlo.
«Bien hecho, Paco.»
Paco no contestó. Se puso otra vez el cigarro en la boca y miró hacia la tapia.
Después Anselmo quiso ir a la oficina.
Paco empujó la silla hasta el porche. No cabía por la puerta.
Entre Paco y yo lo ayudamos a levantarse y a dar los cuatro pasos hasta la silla de las visitas.
Se sentó con un gemido. Recorrió la oficina con la vista.
El ventilador de helicóptero. El archivador metálico.
El plano de las galerías con sus chinchetas de colores.
Mi mesa con el cactus de Maite y la foto de mi madre.
«Lo has dejado igual.»
«Casi igual.»
«El plano está mal desde 2004.»
«Ya lo sé. Lo cambio en enero.»
Me pidió el libro de 2011.
Bajé al archivo. Se lo traje. Lo abrí sobre la mesa delante de él por la página de octubre. Por la línea de su letra redonda y apretada. 14/10/2011. Darwin Naula Guamán. Y el pósit amarillo que yo había pegado en el margen el catorce de diciembre. Ver libro de este año, 25/11.
Anselmo lo miró en silencio. Pasó el dedo por encima de su propia letra sin tocar el papel.
«Está bien hecha.»
«¿El qué?»
«La línea.» Lo dijo bajito. «Mira. La letra. Las columnas. La fecha. El nicho. La galería. Todo bien puesto. Todo en su sitio. Con la misma tinta. Sin un tachón.» Se le movió la nuez. «Lo hice bien, Lucía. Eso es lo peor. Lo hice todo muy bien. Lo único que no hice fue preguntar.»
Me pidió un bolígrafo. Le di el mío. Luego le di un pósit amarillo.
No escribió en el libro. Sabe, como yo, que un libro registro no se toca. Escribió en el pósit con la mano temblando. Con su letra redonda y apretada que ya no era tan redonda ni tan apretada.
Luego lo pegó en el margen. Debajo del mío.
Lo apunté yo. A. Ruiz.
Pidió el libro de 2012. Hizo lo mismo dos veces. En la línea de Klever y en la de Fausto. Pidió el de 2013. Lo hizo en la de Wilmer.
En la de Jhonny Lema Cajamarca, debajo del pósit donde yo había escrito el nombre de Elena, se quedó mucho rato con el bolígrafo en el aire.
Al final escribió otra cosa.
No sabía. Pero lo apunté yo. A. Ruiz.
Cuando se fueron, Fina me dio un táper de plástico con tapa azul envuelto en un paño de cocina.
«Es cordero. Para esta noche. Que no la pases sola.»
«No la paso sola, Fina. Me ha invitado Paco.»
Fina miró a Paco. Paco se encogió de hombros.
«La Carmen hace mucho. Siempre sobra.»
Fina sonrió por primera vez desde octubre. Una sonrisa pequeña. Con los dientes que le habían arreglado con los sobres. Me dio el táper igual.
Pasé la Nochebuena en la cocina de Paco y Carmen con su hija, su yerno, dos nietos que se pelearon por un mando de la consola y el limonero del patio iluminado con una tira de luces de colores que se encendían y se apagaban.
Verde. Rojo. Verde. Rojo.
Comimos el cordero de Fina y el pavo de Carmen y unos langostinos que había traído el yerno de Cartagena.
Bebimos vino de Jumilla. Paco contó lo de Mehmet Yıldız a sus nietos.
Los nietos no le hicieron caso. Carmen le dijo que no fumara en la cocina.
Él salió al patio a fumar debajo del limonero. Yo salí con él.
No dijimos nada. Miramos las luces del limonero. Paco me ofreció el cigarro. No lo cogí.
A las once y media me llamó mi tía Narcisa por videollamada.
Estaba en su casa del Cristo del Consuelo con media familia.
Las vecinas. El primo segundo con su mujer y el bebé, que ya andaba.
Una mesa llena de comida. Un árbol de Navidad de plástico con más luces que hojas.
Música de salsa. Mi tía me enseñó el árbol.
Me enseñó la comida. Me enseñó al bebé. Me enseñó la foto de mi padre en el aparador con una vela roja encendida al lado.
«Mira quién está, Héctor. Es tu hija. Desde España.»
Me eché a reír. Me eché a llorar. Las dos cosas. Paco me pasó una servilleta de papel con un dibujo de un abeto.
A la una de la madrugada me llegó un vídeo de la Nayeli.
Era el Pase del Niño de Ayllupamba. Una procesión por el camino de piedras con un Niño Jesús de madera en andas, niños disfrazados de pastores con barbas de algodón, una banda con trompetas abolladas, mujeres con polleras de colores.
Al frente de todo, llevando el Niño en brazos, iba Rosario.
Con la pollera de terciopelo verde. Con el sombrero de la cinta negra. Con las trenzas finas.
Al final del vídeo la Nayeli giraba la cámara hacia su cara. Tenía los mofletes rojos de frío.
«Feliz Navidad, señorita Lucía. Dice mi abuelita que ya mismo viene usted.»
Lo vi seis veces.
Esa noche, al llegar a casa, puse la llave negra de Anselmo en la estantería del salón al lado de los libros. Al lado del décimo de lotería de Mario. Al lado de la foto del nicho de mi padre.
No le recé a nadie. No sé rezar.
Pero me quedé un rato delante.