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Los resultados del ADN llegaron el catorce de diciembre.
Ortega me llamó a las nueve y diez de la mañana. Yo estaba en la oficina del cementerio con el abrigo puesto porque el ventilador de helicóptero no calienta y la estufa de resistencias que nos dejaron en noviembre huele a pelo quemado.
«Ya están.»
Me senté.
«Restos 4. El del hoyo solo. El de las fracturas.» Ortega hizo una pausa. «Darwin Naula Guamán. Coincidencia con la muestra de la madre. Noventa y nueve coma nueve.»
Lo apunté en la libreta negra. Me temblaba la letra.
«Restos 1. Klever Tenesaca Lojano. Restos 2. Fausto Chimbo Paguay. Restos 3. Wilmer Pichisaca Duchi.» Ortega leía despacio. Oí el papel. «Los cuatro confirmados. Las cuatro madres.»
«¿Y Elena?»
«Elena también. La muestra de Irene. Desde el viernes. Se lo dije a Irene el viernes por la tarde.» Silencio. «Quería decírselo a usted en persona. Pero se lo digo así. Ya está.»
«Ya está.»
«Lucía.»
«Dígame.»
«Ahora póngales el nombre.»
Abrí GesCem. Fui a los depósitos. Restos 1. Restos 2. Restos 3. Restos 4. Fui uno por uno al campo que ponía identidad pendiente y lo borré y escribí encima.
Klever Tenesaca Lojano.
Fausto Chimbo Paguay.
Wilmer Pichisaca Duchi.
Darwin Naula Guamán.
Luego bajé al archivo. Saqué el libro de tapas verdes de este año. Lo abrí por la página de noviembre. Allí estaban las cuatro líneas que había escrito el veinticinco. Restos 1. Restos 2. Restos 3. Restos 4.
Al lado de cada número escribí un nombre. Con mi mejor letra. Con bolígrafo azul.
Me quedé un rato con el libro abierto encima de la mesa de consulta.
Luego cogí el libro de 2011 de la estantería.
Lo abrí por octubre. Por la línea de Anselmo.
14/10/2011. Darwin Naula Guamán. 22 años.
Natural de Ecuador. Nicho 31. Galería de San Roque.
Funeraria Belmonte e Hijos. Y la última columna en blanco.
No escribí nada en esa línea. No se puede corregir un libro registro de hace quince años. Lo que está escrito está escrito. Pero cogí un pósit amarillo de mi mesa y lo pegué en el margen al lado de la línea.
Ver libro de este año, 25/11.
Hice lo mismo en 2012 con Klever y con Fausto. En 2013 con Wilmer.
En 2013, en la línea de Jhonny Lema Cajamarca, pegué otro pósit amarillo. Escribí un nombre de mujer.
Esa noche llamé a Ayllupamba.
Tenía un móvil nuevo. El otro estaba en una bolsa de pruebas en el juzgado con la pantalla hecha pedazos. Ortega me había dicho que me lo devolverían después del juicio. Que no lo esperara antes de dos años.
Cogió la Nayeli. Detrás se oía la radio con un pasillo y el fogón crepitando.
«Señorita Lucía.»
«Nayeli. ¿Está tu abuela?»
«Aquí está.» La oí moverse. «Abuelita. La señorita.»
Rosario se puso. No dijo nada. Esperó.
«Doña Rosario. Ya llegaron los resultados.» Tragué saliva. «Es él. Es el Darwin. Seguro. Lo dice un laboratorio.»
Hubo un silencio largo. Se oía el pasillo de la radio. Se oía el viento.
«Ya lo sabía, mija.»
«Lo sé.»
«Lo sabía desde que la vi a usted en la tele con la cara sucia de cal.» Rosario se calló un momento. «Pero gracias por decírmelo con papel.»
El jueves diecisiete fui al Juzgado de Paz.
Encarna me esperaba detrás del mostrador barnizado. No me preguntó qué le traía. Ya lo sabía. Tenía delante cinco carpetas de color crema con el sello del Juzgado de Instrucción.
«Ha llegado esta mañana.»
Eran las resoluciones de la jueza. Una por cada muerto. Ordenaban la inscripción de las defunciones en el Registro Civil del lugar donde se habían producido. Ramblaseca. Fuera de plazo. Por resolución judicial.
Encarna se había puesto las gafas. No las de la cadenita de bolas. Otras. Unas de cerca que no le había visto nunca.
«Las he hecho yo.»
Me dio cinco hojas. Una detrás de otra.
Certificación literal de inscripción de defunción. Registro Civil de Ramblaseca. Darwin Naula Guamán. Natural de Ecuador. Fallecido en Ramblaseca, en el paraje de La Loma, el once de octubre de 2011. Causa según resolución judicial.
Klever Tenesaca Lojano. Fallecido en Ramblaseca, en el paraje de La Loma, en fecha no determinada entre el veintiocho de abril y el uno de mayo de 2012.
Fausto Chimbo Paguay. En fecha no determinada de agosto de 2012.
Wilmer Pichisaca Duchi. En fecha no determinada de abril de 2013.
Y la quinta.
Elena Marín Robles. Natural de Murcia. Fallecida en Ramblaseca, en el paraje de La Loma, el dieciséis de noviembre de 2013.
Cada hoja tenía arriba el escudo azul. El de caucho. El de verdad. Torcido hacia la derecha porque Encarna es zurda.
«Estas son para las madres.» Encarna me dio cuatro sobres grandes. «Una para cada una. Con el sello original, no fotocopia. Se las llevas tú.»
«¿Yo?»
«Tú.» Se quitó las gafas. «Ya te lo dije. Un papel de defunción es lo último que te dan de una persona. A estas madres les dieron uno falso. Les toca uno de verdad. Y se lo tiene que dar alguien que sepa lo que pesa.»
Cogí los sobres. Pesaban muy poco.
«La de Elena se la mando yo a la hija por correo certificado.
» Encarna se volvió hacia la cinta del alféizar.
Tenía la regadera en la mano. «Ya la he llamado.
Me ha dado las gracias. Me ha dicho que su madre siempre decía que los juzgados de paz eran lo más parecido a la justicia que había en España. »
Regó la cinta.
«Fíjate tú.»
En una de las hojas de la cinta, en la punta, había un brote blanco. Pequeño. Cerrado todavía.
Encarna lo vio a la vez que yo. Dejó la regadera en el alféizar.
«Veinte años.» Se le quedó la voz rara. «Veinte años regándola y no ha echado ni una flor.»
Enterraron a Elena Marín el sábado diecinueve en el cementerio de Nuestro Padre Jesús de Murcia.
Hacía frío. Un frío de diciembre de Murcia, que no es frío de verdad pero se mete igual por las costuras del abrigo. El cielo estaba gris y bajo. Había un viento que movía los cipreses y que traía olor de naranjos de las huertas de alrededor.
Había más gente de la que esperaba. Familiares.
Vecinos del barrio donde vivía. Compañeros del colegio de Irene.
Y una fila de hombres y mujeres de traje oscuro con una acreditación colgada del cuello.
Inspectores de Trabajo. Treinta o cuarenta.
Algunos muy mayores. Algunos muy jóvenes.
Había venido gente de Madrid y de Valencia y de Sevilla.
Había venido un subsecretario de algún ministerio que dijo unas palabras que nadie escuchó.
Ortega estaba al lado de la puerta del cementerio. Vestida de civil. Vaqueros. Un abrigo azul marino. El pelo suelto. Casi no la reconocí. Llevaba en la mano una bolsa de papel de una panadería.
Mario Choque estaba más atrás todavía. Junto al muro. Con la gorra de lana en las manos.
Yo me quedé en un lado. Detrás de todos.
El ataúd era de madera clara con unas asas de bronce. Lo llevaban seis inspectores. Irene iba delante del ataúd con su padre. Un hombre alto y canoso que caminaba encorvado. Irene llevaba un abrigo negro largo.
Y llevaba el pelo recogido en un moño bajo en la nuca.
Con dos pasadores.
Dos pasadores de carey. Iguales. Uno a cada lado del moño. Marrones con vetas doradas. Con una muesca pequeña en un extremo.
La jueza había autorizado que se le devolviera el pasador a la familia el miércoles. Ya lo habían analizado. Ya lo habían fotografiado. Ya no hacía falta en ninguna bolsa con cierre sobre ninguna mesa de acero.
Irene no lloró en el entierro. Se quedó de pie junto al nicho mientras los operarios metían el ataúd y tabicaban.
Miraba cómo ponían los ladrillos uno por uno.
Miraba la paleta extendiendo el cemento.
Cuando el operario terminó de alisar la última junta Irene se acercó.
Le dijo algo. El operario se encogió de hombros y le dio un clavo que llevaba en el bolsillo del mono.
Irene escribió algo en el cemento fresco con el clavo.
No vi qué. Estaba lejos. Luego pusieron la lápida y ya no se vio.
Cuando se fue casi todo el mundo Irene vino hacia mí. Vino con su padre, que se quedó un paso atrás.
Me abrazó. Esta vez no fue un abrazo torpe por encima de una palanca de cambios. Fue largo. Olía a vainilla y a frío.
«Gracias.»
No le dije de nada. No era de nada.
Ortega se acercó por detrás con su bolsa de papel de panadería. Se la dio a Irene sin decir nada. Irene la abrió.
Dentro, envuelto en papel de aluminio, había un bocadillo de tortilla.
Irene se quedó mirándolo. Luego miró a Ortega. Luego se echó a reír. Una risa con lágrimas, como la del cuartel. Le dio un mordisco al bocadillo allí mismo, de pie, con el abrigo negro y los dos pasadores, en mitad del cementerio de Nuestro Padre Jesús.
«Me lo debía.»
«Se lo debía.» Ortega metió las manos en los bolsillos del abrigo. «Trece años de intereses.»
Antes de irme me paré delante del nicho de Elena Marín.
Lápida nueva de granito gris. Letras doradas. Una foto. La de los carteles. La de la sonrisa de foto de carné. Con el pasador de carey sujetando el moño.
Debajo de las fechas había una frase. Me la había dicho Irene la primera noche en la plaza de las Flores.
Para encontrar a los que no existen hay que llegar sin avisar.
Me quedé un rato allí. Luego fui hacia la salida. Mario Choque seguía junto al muro con la gorra en las manos. Lo cogí del brazo. Salimos juntos.
En la puerta del cementerio, en una mesa plegable, una señora vendía flores. Crisantemos. Claveles. Unas flores amarillas que no supe cómo se llamaban.
Compré cuatro ramos amarillos.
El lunes iba a San Roque.