35
Empezaron a romper el suelo de la nave nueva el miércoles veinticinco de noviembre a las ocho de la mañana.
Yo estaba allí porque la jueza lo había ordenado así. Los restos que aparecieran en La Loma quedarían en depósito judicial en el cementerio municipal de Ramblaseca hasta su identificación. Alguien tenía que firmar la custodia. Alguien tenía que llevarlos. Alguien tenía que apuntarlos.
La encargada del cementerio.
Paco conducía la furgoneta blanca del Ayuntamiento con las cuatro cajas de zinc vacías en la parte de atrás.
Cuatro. La jueza había preguntado cuántas hacían falta y Ortega le había dicho que cuatro.
Que eso había dicho Segundo Quishpe en Ecuador delante de todo un pueblo.
Que eso había dicho Belmonte que le dijo Sandoval.
Que eso había dicho Mario Choque que vio.
Cuatro.
La nave de manipulado estaba parada desde el día cinco.
La jueza había nombrado un administrador judicial para Agrícola Sandoval.
Los camiones frigoríficos con matrícula holandesa y alemana y danesa ya no estaban en la explanada.
Las cadenas de supermercados del norte de Europa habían cancelado los contratos en una semana.
Lo leí en La Comarca. Marisa Albaladejo había escrito tres artículos más.
En uno salía una foto de la explanada vacía con la lechuga verde dentro del círculo pintada en la pared de la nave.
Los trabajadores que quedaban estaban en la puerta de la valla. Unos treinta. Marroquíes. Senegaleses. Algunos rumanos. Algún ecuatoriano. Los dos muchachos que limpiaban el panteón de Sandoval. Miraban hacia dentro sin decir nada. Uno de ellos fumaba.
Junto a la valla, un poco apartado, estaba Mario Choque. Con su gorra de lana. Sin la caja de los décimos.
El cartel azul de las estrellas amarillas seguía en su sitio delante de la parte nueva de la nave.
Ampliación de nave de manipulado y almacén frigorífico. Proyecto cofinanciado por el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural. 2014.
El equipo era de Madrid y de Murcia. Dos antropólogas forenses del Instituto de Medicina Legal.
Un arqueólogo de la universidad con un sombrero de explorador que daba risa y unas manos que no.
Técnicos de la Guardia Civil con monos blancos.
Dos obreros con un martillo neumático. La jueza en una silla plegable bajo un toldo con su abrigo negro aunque hacía sol. Ortega a su lado con el uniforme.
Habían marcado en el suelo de cemento de la nave nueva un rectángulo grande con pintura naranja. Al lado de la pared que daba a la balsa. Donde había dicho Segundo. Donde había dicho Mario. El camino de la balsa. El fondo.
Los obreros empezaron a romper el cemento a las ocho y diez.
El ruido del martillo neumático no se parece a nada. Te entra por los dientes. Te entra por los huesos de la cara. Lo oíamos desde fuera de la nave a cincuenta metros y aun así tenía que apretar la mandíbula.
Tardaron dos horas en levantar el cemento. Debajo había una capa de grava. Debajo de la grava había tierra.
Entonces pararon el martillo.
Entraron las antropólogas y el arqueólogo con paletas pequeñas y brochas y cubos y cribas. Se pusieron de rodillas en la tierra. Empezaron a quitarla a capas. Despacio. Muy despacio. Un centímetro. Otro. Cribando cada cubo.
Yo me quedé fuera, junto a la furgoneta, con Paco. Paco fumaba. Desde el dos de noviembre fumaba otra vez. Su mujer le reñía. Él decía que ya lo dejaría cuando se le olvidaran los nombres.
A las once y veinte una de las antropólogas levantó la mano.
Todo el mundo se quedó quieto.
La vi agacharse más. La vi coger una brocha pequeña. La vi limpiar algo en la tierra con una brocha durante minutos que no se acababan. Luego levantó la vista hacia la jueza y dijo algo que no oí.
Ortega vino hacia nosotros sin prisa.
«Plástico.»
«¿Plástico?»
«Plástico de invernadero.» Ortega se quitó la gorra. «Del blanco. Del que hay en las naves. Hay algo envuelto.»
Paco tiró el cigarro al suelo y lo pisó.
Fue un día muy largo.
Aparecieron cuatro. En dos hoyos. Dos en un hoyo y uno en otro hoyo y el cuarto un poco más allá, solo, más cerca de la pared de la balsa.
Todos envueltos en plástico de invernadero que había aguantado trece y quince años bajo tierra mejor que lo que envolvía.
El arqueólogo explicó que el plástico agrícola tarda cien años en deshacerse.
Que eso los había protegido un poco. Que eso los había guardado.
Las antropólogas trabajaron sin parar hasta que se fue el sol. Cada hueso que salía lo fotografiaban, lo medían, lo dibujaban en una libreta, lo metían en una bolsa con una etiqueta. Cada cosa que salía también.
Salió una medalla pequeña de la Virgen del Cisne de aluminio con la cadena rota.
Salió un reloj de plástico negro de los de diez euros parado en las tres y diez.
Salió una bota de fútbol con los tacos gastados.
Salió un rosario de cuentas de madera.
Salió un mechero amarillo.
Salieron monedas. De euro y de céntimo. Una de veinticinco centavos de dólar con el escudo de Ecuador.
Y del hoyo que estaba solo, el que estaba más cerca de la balsa, el primero que se cavó, salió una gorra.
No era roja. Era negra. Una gorra de visera negra de las de propaganda de una marca de abonos.
No era la de la foto. La de la foto estaba en Ayllupamba, en una maleta de tela negra con ruedas rotas, lavada una sola vez.
La antropóloga más joven vino a hablar conmigo cuando ya estaban cerrando las bolsas. Tenía la cara sucia de tierra y los ojos muy cansados. Se quitó los guantes.
«¿Usted es la del cementerio?»
«Sí.»
«El del hoyo solo.» Señaló hacia la pared de la balsa con la cabeza. «El primero. Tiene fracturas en la columna y en la pelvis. Y en el cráneo, por detrás. Compatibles con una caída de altura sobre algo duro.»
Un tubo de riego. Seis metros. De espaldas.
«¿Habría sobrevivido?» Me oí preguntarlo. «Si lo hubieran llevado al hospital.»
La antropóloga se quedó callada un momento.
«Eso no se puede saber con los huesos.» Se puso otra vez los guantes. «Pero no estaba muerto cuando se cayó. Eso sí se sabe. Esas fracturas no se hacen en un muerto.»
Se fue.
Me quedé de pie junto a la furgoneta mirando el hoyo solo junto a la pared de la balsa.
Martes 11 octubre. 11 h. Viento fuerte. Arreglar plástico techo nave 4. Arriba.
Los dedos que todavía se movían.
El teléfono que le quitaron a Mario de la mano.
A las siete y media de la tarde Paco y yo cargamos las cuatro cajas de zinc en la furgoneta del Ayuntamiento.
Cada una tenía una pegatina con un número escrito por la antropóloga. Restos 1. Restos 2. Restos 3. Restos 4. Cada una pesaba muy poco. Mucho menos de lo que pesa un muchacho de veinte años.
Mario Choque se había quedado en la valla todo el día.
Cuando pasamos con la furgoneta por la puerta se quitó la gorra de lana y se la puso en el pecho.
Los trabajadores de la valla hicieron lo mismo.
Los marroquíes. Los senegaleses. Los rumanos.
El que fumaba tiró el cigarro. Se quedaron todos así, con la gorra en el pecho, mientras la furgoneta blanca del Ayuntamiento de Ramblaseca bajaba por el camino de La Loma con cuatro cajas de zinc en la parte de atrás.
Paco no dijo nada en todo el camino. Yo tampoco.
En el cementerio dejamos las cajas en el depósito. Una sala fría y blanca detrás de la capilla con una cámara frigorífica y una puerta de acero. Ortega cerró con llave y precintó la puerta con una cinta de la Guardia Civil y su firma.
Luego yo fui a la oficina.
Encendí el flexo. Encendí el ordenador. Abrí GesCem. Fui al apartado de depósitos y creé cuatro registros nuevos. Fecha de entrada. Procedencia. Orden judicial. Número de diligencias. Restos 1. Restos 2. Restos 3. Restos 4.
Luego apagué el ordenador.
Me levanté y fui al archivo. Saqué el libro registro de este año. Lo seguimos llevando en papel, además del programa. Una costumbre de Anselmo que yo no quise quitar. Un libro de tapas verdes de tela con la fecha en el lomo.
Lo abrí por la última página escrita. La última línea era una inhumación del lunes anterior. Una señora de noventa y un años de la residencia.
Debajo escribí cuatro líneas. Con mi mejor letra. Con bolígrafo azul.
25/11. Restos 1. Depósito judicial. Procedencia La Loma.
25/11. Restos 2. Depósito judicial. Procedencia La Loma.
25/11. Restos 3. Depósito judicial. Procedencia La Loma.
25/11. Restos 4. Depósito judicial. Procedencia La Loma.
Y en la última columna, la de la licencia, la que llevaba quince años en blanco en cinco líneas de otros libros, escribí en cada una el número de la orden de la jueza. Un número de cinco cifras con una barra y el año.
Me quedé mirando las cuatro líneas mucho rato.
Todavía no tenían nombre. Los nombres llegarían con el ADN. Semanas. Pero ya estaban apuntados. Ya estaban en un libro. Ya había un papel en el mundo que decía que habían entrado en este cementerio y cuándo y por qué y con permiso de quién.
Cerré el libro. Lo puse en su sitio.
Apagué el flexo. Cerré la oficina con la llave de la anilla de hierro.
Fuera ya era de noche. Por encima de la tapia se veían las luces del pueblo. Por la avenida de los cipreses no había nadie. Al fondo, el tejado de uralita de San Roque brillaba un poco con la luna.
Fui hasta allí antes de irme.
Los nichos 31, 34, 39 y 42 tenían todavía los ramos amarillos de Washington Pillco. Secos ya. Las velas rojas apagadas en sus vasos de cristal. El nicho 47 tenía un precinto de la Guardia Civil cruzado sobre el hueco. Una cinta verde y blanca.
Las cuatro concesiones de los muchachos seguían a nombre de sus madres.
Pagadas. La del 31 había vencido el catorce de octubre.
Las otras vencerían el año que viene y el siguiente.
Me acordé de lo que me había dicho Sandoval delante del nicho de mi madre.
Las concesiones también vencen, Lucía. Como todo.
Tenía razón. Vencen. Pero alguien tiene que apuntarlo.