34
Ayllupamba
Cuando la pantalla de la televisión vieja se puso negra nadie se movió.
Se había visto todo. Se había visto la bota.
Se había visto el viejo cayéndose de espaldas contra la columna.
Se había oído el grito de la señorita. Se había visto la cara del patrón español acercándose a la cámara.
Grande. Con los ojos claros. Mirando a todo el pueblo de Ayllupamba desde el otro lado del mundo sin saber que lo estaba mirando.
Luego la cara de don Tomás de la funeraria, que Rosario no había visto nunca pero reconoció enseguida porque la Blanca dijo su nombre en voz alta.
Luego un pie. Luego un golpe. Luego negro.
En la casa comunal había ciento y pico personas y no se oía nada. Ni los niños. Ni los perros de fuera. Ni el viento.
Byron seguía de pie junto a la mesa con su teléfono levantado apuntando a la televisión apagada. Llevaba así catorce minutos. Le temblaba el brazo. No lo bajó.
El padre Isidro fue el primero que se movió. Se levantó de su banco. Fue hasta la mesa de las guaguas. Se arrodilló en el suelo de cemento pintado de rojo delante de la televisión negra. Se santiguó.
«Dios te salve, María.»
Lo dijo solo. Luego lo dijo con él la Dolores. Luego la Zoila. Luego la Mercedes. Luego toda la casa comunal. En castellano y en kichwa. Ciento y pico voces diciendo la misma oración en dos lenguas a la vez en un salón de bloque con techo de zinc a tres mil metros.
Rosario no rezó.
Rosario se quedó sentada en la silla delante de la televisión negra con las manos en el regazo mirando su propio reflejo en el cristal del tubo.
La Nayeli le cogió la mano.
«Abuelita.»
«Ya sé, mija. Ya sé.»
No se fue nadie a dormir.
A las cuatro de la madrugada el señor Gonzalo llamó desde España con su tableta y en la televisión vieja apareció otra vez la galería de las velas. Con luz de día. Con mucha gente. Con una señora bajita de abrigo negro que dijo la Nayeli que era la jueza.
Vieron abrir los nichos. Uno por uno. Vieron la fecha escrita con un clavo en cada cemento. Vieron al viejo de la gorra del Ayuntamiento meter la linterna en cada hueco y apartarse.
Vacío. Vacío. Vacío.
Rosario lo vio todo. Abrazó a la Mercedes cuando le tocó a la Mercedes.
Le cogió la mano a la Dolores cuando le tocó a la Dolores.
Se dejó coger la mano por la Zoila cuando le tocó a la Zoila.
Luego vio otra vez el nicho de su Darwin con el polvo removido por dentro.
Y vio a la señorita agachada delante de la pantalla con la cara sucia de cal y los ojos rojos.
Ya los vi, le dijo. Ahora tráigamelos.
Cuando la llamada se cortó ya era de día.
A las siete de la mañana del dos de noviembre las cuatro madres bajaron por el camino de piedras hasta la entrada del pueblo.
Llevaban las cuatro guaguas de pan con los nombres escritos en azúcar morado. Cada una la suya. Envuelta en un paño blanco. Apretada contra el pecho como se aprieta a un niño dormido.
Detrás de ellas bajó la Nayeli. Detrás de la Nayeli bajó Byron. Detrás de Byron bajaron el Ángel y el padre Isidro. Y detrás de ellos, sin que nadie dijera nada, bajó medio pueblo.
Se pararon delante del portón de hierro de la casa de los vidrios azules.
La camioneta blanca no estaba en el patio. La roja sí. Las cortinas de las ventanas estaban corridas.
La Delia salió al patio en zapatillas con pompones. Tenía la cara hinchada de llorar. Vio a las cuatro madres al otro lado del portón. Vio a la gente detrás. Se agarró a los barrotes.
«No está.» Lo dijo antes de que nadie preguntara nada. «Está en Cuenca. Se fue ayer. No sé dónde. No me coge el teléfono.»
Nadie dijo nada.
«Váyanse, por favor. Váyanse a sus casas. Es el día de los difuntos.»
Rosario la miró a través de los barrotes. Conocía a la Delia desde niña. Habían ido juntas a la escuela de la comuna. La Delia era la que subió por el barro con el teléfono envuelto en una funda de plástico aquella tarde de lluvia de hacía quince años.
«Por eso, Delia.» Rosario se sentó en el suelo. En el borde del camino. Con la guagua en el regazo. «Por eso estamos aquí.»
La Mercedes se sentó a su lado. Luego la Dolores. Luego la Zoila.
Luego se sentó todo el mundo.
Estuvieron allí todo el día.
No hicieron nada. No gritaron. No tiraron piedras.
No pintaron nada en las paredes. Solo se sentaron en el camino de tierra delante de la casa de los vidrios azules.
Algunos se fueron a comer y volvieron. Otros trajeron mantas.
Alguien trajo una olla de colada morada de la noche anterior y la fue repartiendo en vasos de plástico.
Alguien trajo una guitarra. Nadie la tocó.
Era el dos de noviembre. El día de los difuntos. El día en que todo el pueblo subía al cementerio de la loma a comer con sus muertos sobre la tierra.
Ese año nadie subió.
Ese año los muertos de Ayllupamba tuvieron que esperar. Las cruces azules de la loma se quedaron solas con el viento del páramo. Los muertos de Ayllupamba, pensó Rosario, lo iban a entender. Los muertos siempre entienden más que los vivos.
A mediodía la Blanca salió de su casa de detrás de la casa grande. Rodeó la tapia. Llegó al camino donde estaban todos sentados. Se quedó de pie un momento con el rebozo en la cabeza.
Luego sacó el teléfono del bolsillo del delantal. Marcó un número. Se lo llevó a la oreja.
Esperó mucho rato.
«Ñaño.» Habló en kichwa. Rosario lo entendió todo. «Soy yo. Ven. Ven a dar la cara. Por nuestra mamá. Por la memoria de nuestra mamá. Ven.»
Colgó. Guardó el teléfono. Se sentó en el suelo al lado de la Zoila.
Nadie le dijo nada. La Zoila le pasó un vaso de colada.
La camioneta blanca apareció en la curva del eucalipto grande a las seis menos cuarto de la tarde.
Ya se estaba yendo el sol. Los cerros de enfrente estaban de color naranja. Los vidrios azules de la casa grande se habían puesto morados. Hacía frío.
La camioneta bajó al paso. Se paró a cincuenta metros del portón. Delante de la gente sentada en el camino. No podía pasar.
Se quedó así un rato largo con el motor en marcha. Nadie se levantó.
Luego el motor se apagó.
Segundo Quishpe bajó.
Llevaba la misma chaqueta de cuero del domingo. Llevaba la misma camisa de cuadros azules. Pero no llevaba reloj. Rosario se fijó en eso primero. En la muñeca desnuda. Tenía la cara gris y sin afeitar. Tenía los ojos hinchados. Olía a trago desde lejos.
Echó a andar por el camino entre la gente sentada. La gente se apartaba para dejarle pasar sin levantarse. Nadie le tocó. Nadie le dijo nada. Solo lo miraban.
Llegó hasta el portón. Hasta donde estaban sentadas las cuatro madres con sus guaguas envueltas en paños blancos.
Se paró delante de Rosario.
Rosario no se levantó. Lo miró desde abajo. Desde el suelo. Con la guagua en el regazo.
«¿Dónde está mi guagua, Segundo?»
Segundo abrió la boca. No le salió nada.
«¿Dónde está mi guagua?»
Segundo se arrodilló.
No fue como en las películas. No se tiró al suelo. Se le doblaron las piernas. Se le fueron las fuerzas de golpe como a un burro viejo que ya no puede con la carga. Cayó de rodillas en la tierra del camino delante de las cuatro madres.
«En La Loma.»
Lo dijo tan bajo que solo lo oyeron las que estaban más cerca. Rosario no se movió.
«Más alto.»
Segundo levantó la cara. Tenía la boca torcida.
«En La Loma. En la finca del patrón. Al lado de la balsa.
Donde ahora está la nave nueva. Los cuatro.
» Se le cortó la voz. «Yo cavé. Yo cavé los hoyos.
De noche. Con una pala y con la luz de la camioneta.
El patrón me dijo que si no cavaba me iba yo también al hoyo.
Me lo dijo con el Darwin todavía… con el Darwin todavía… »
No terminó.
La Mercedes se tapó la cara con el paño de su guagua. La Dolores se quitó las gafas de una patilla. La Zoila miró hacia los cerros.
«¿Y la señora?» Fue la Blanca. Desde detrás. De pie. «La del cuarenta y siete. ¿Y la señora, ñaño?»
Segundo se volvió hacia su hermana.
«Yo no la toqué. Te lo juro por mamá. Ya estaba en el suelo del despacho cuando llegué.
Yo llevé el carro al pantano. Nada más. Yo llevé el carro.
» Se le llenaron los ojos de agua. «Y me inventé el nombre.
Jhonny Lema. Me lo inventé yo. Y a ti te mandé pagar doce años para que pareciera que tenía mamá. »
La Blanca se tapó la boca con el rebozo.
Segundo empezó a llorar.
Lloró de rodillas en el camino de tierra delante del portón de su casa de los vidrios azules.
Lloró con la boca abierta y con ruido. Lloró como lloran los hombres que no han llorado nunca y no saben cómo se hace y les sale todo de golpe.
Se le caían los mocos. Se le caía la baba.
Se tapaba la cara con las manos y se la destapaba.
Rosario lo miró llorar.
Pensó en aquella tarde de lluvia de hacía quince años. En la voz firme por el teléfono de la Delia. Hablaba igual que cuando daba órdenes en la cancha los domingos. La voz no le había temblado ni una vez.
«Ahora llora.»
Lo dijo sin rencor. Lo dijo como se dice que va a llover.
Luego se levantó del suelo con las rodillas que le dolían. Se sacudió la tierra de la pollera. Se apretó la guagua con el nombre del Darwin contra el pecho.
Se dio la vuelta y empezó a subir el camino de piedras hacia su casa.
No miró atrás.
La Mercedes se levantó y la siguió. Luego la Dolores. Luego la Zoila. Y detrás de ellas, en silencio, todo el pueblo se fue levantando del suelo y subiendo por el camino. Uno tras otro. Sin decir nada. Pasando al lado de Segundo de rodillas sin mirarlo.
Al final solo quedaron en el camino Segundo Quishpe llorando de rodillas en la tierra, la Delia agarrada a los barrotes del portón y la Blanca de pie con el rebozo en la boca.
Y la Nayeli. Que había grabado todo con el teléfono.
El miércoles cuatro de noviembre por la mañana llegaron dos camionetas de la Policía Judicial de Cuenca.
Traían una orden de la Fiscalía. Traían a un fiscal joven con corbata que no sabía dónde poner los pies en el barro. Traían una comunicación de la Interpol que alguien había mandado desde España el lunes por la noche.
Se llevaron a Segundo esposado. Lo metieron en el asiento de atrás de una de las camionetas. Los vidrios eran oscuros y desde fuera no se le veía la cara.
La Delia se quedó en el portón con las zapatillas de pompones mirando cómo bajaban por el camino.
Desde el referéndum del año veinticuatro en Ecuador se podía extraditar a un ecuatoriano. Eso dijo el fiscal joven en la radio del cantón esa tarde. Que se podía. Que había condiciones. Que eso lo decidirían los jueces de Quito. Que podía tardar meses o años.
Rosario lo escuchó en la radio de la cocina mientras pelaba papas.
No le importó mucho. No sabía lo que era extraditar. Sabía otra cosa. Sabía que su Darwin estaba en un hoyo al lado de una balsa en España debajo de una nave de cemento. Sabía que la señorita de la costa iba a ir a buscarlo. Lo sabía como se saben las cosas que no hace falta que te prometan.
El domingo ocho de noviembre el padre Isidro dijo misa en la iglesia de Ayllupamba.
Al final de la misa, en la oración por los difuntos, dijo los nombres. Los cuatro. Darwin Naula Guamán. Klever Tenesaca Lojano. Fausto Chimbo Paguay. Wilmer Pichisaca Duchi.
Luego dijo uno más.
«Elena Marín Robles.»
La iglesia estaba llena. Nadie conocía ese nombre. Era un nombre de España. Un nombre de mujer.
En el último banco, al lado de la puerta, con el rebozo en la cabeza, la Blanca Quishpe lo repitió en voz baja.
Elena.
Era la primera vez en doce años que rezaba por esa persona con su nombre de verdad.