Concesión vencida 33
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Belmonte habló el martes.

Me lo contó Ortega el miércoles por la noche en la cocina de mi casa.

No debía contármelo. Me lo contó igual. Se sentó en la silla donde nadie se sienta y se bebió dos cervezas seguidas sin decir nada.

Luego habló mirando la pared de azulejos blancos y el calendario del Ayuntamiento, que yo por fin había pasado a noviembre.

La foto aérea del cementerio el día de Todos los Santos. Las galerías llenas de flores de colores como un tablero de damas.

«Ha contado todo.» Ortega dejó la lata vacía en la mesa. «Con su abogado al lado diciéndole que se callara. No se ha callado. Seis horas.»

Esto es lo que contó Tomás Belmonte Navarro ante la jueza de instrucción el martes tres de noviembre. Lo pongo como me lo contó Ortega. Sin adjetivos. Ella tampoco los puso.

El sábado dieciséis de noviembre de 2013 a las nueve de la noche Fulgencio Sandoval le llamó por teléfono. Le pidió que fuera a la nave de manipulado de La Loma. Que llevara la furgoneta de los traslados. Que no se lo dijera a nadie.

Belmonte fue. La nave estaba a oscuras. Sandoval le esperaba en la puerta del despacho con Segundo Quishpe. En el suelo del despacho había un bulto envuelto en plástico de invernadero.

Sandoval le dijo que esa mañana había venido una mujer.

Que había aparcado su coche en la explanada a las once.

Que había preguntado por los trabajadores.

Que había pedido ver el cuadrante. Que había hecho fotos con el móvil de la pizarra de los turnos.

Que había preguntado por cuatro nombres.

Darwin. Klever. Fausto. Wilmer. Que había dicho que era inspectora.

Que había dicho que volvería el lunes con la Policía.

Que Sandoval le quitó el móvil de la mano. Que ella le dio una bofetada. Que él la empujó. Que ella se cayó contra la esquina de la mesa de hierro del despacho.

Eso dijo Sandoval. Belmonte no lo vio. Belmonte llegó ocho horas después.

Segundo llevó el coche de la mujer al pantano esa misma noche con el móvil dentro. Lo dejó con las llaves puestas y el bolso en el asiento. Volvió andando campo a través.

Belmonte se llevó el cuerpo en la furgoneta.

Lo metió en la cámara frigorífica de la funeraria.

Lo tuvo allí todo el domingo. Mientras los helicópteros volaban sobre el pantano.

Mientras los buzos de la Guardia Civil buscaban en el agua.

Mientras una niña de catorce años esperaba en la orilla con una manta por encima.

El domingo por la tarde sacó del almacén de la funeraria un ataúd de pino de los más baratos, de los que se usan para los entierros de beneficencia. Sacó también dos sacos de cal viva que guardaba desde los tiempos de su padre, cuando todavía se hacían fosas comunes.

El lunes a las cinco y media de la mañana entró en el cementerio por la puerta de atrás con una copia de la llave que había hecho años antes y que Anselmo no sabía que existía.

Sandoval estaba con él. Metieron el ataúd en el nicho 47.

Echaron la cal. Tabicaron. Belmonte escribió la fecha en el cemento fresco con un clavo.

Como siempre. Por costumbre. Ni se dio cuenta de que lo hacía.

El nombre de Jhonny Lema Cajamarca se lo inventó Segundo.

Dijo que había un futbolista ecuatoriano que se llamaba Lema y que Jhonny era un nombre que tenían muchos en la sierra.

La madre falsa, María Cajamarca, también se la inventó Segundo.

La Virgen de catálogo la puso Belmonte porque no tenía foto de nadie que poner.

A las ocho llegó Anselmo. Belmonte le esperaba con dos cafés.

«¿Y los cuatro muchachos?»

Ortega tardó en contestar.

«Belmonte dice que no los vio nunca. Ni muertos ni vivos.

Que Sandoval le llamaba y le decía que había otro.

Que había que hacer los papeles y tabicar un nicho y apuntarlo con Anselmo.

Que él hacía el certificado en el ordenador de la funeraria con un escudo que sacó de internet y un juez que se inventó con el primer nombre que se le ocurrió.

Que se lo mandaba a Segundo. Que Segundo se lo daba a las madres por medio de su mujer.

» Ortega abrió la segunda lata. «Dice que una vez le preguntó a Sandoval dónde estaban.

Sandoval le dijo que en la finca. Al lado de la balsa. Que no preguntara más.»

«Y no preguntó.»

«No preguntó.»

Nos quedamos calladas. Por la ventana de la cocina entraba la luz verde de la farmacia. Verde. Negro.

«¿Y Sandoval?»

«Sandoval no ha dicho ni una palabra. Tiene un abogado de Madrid que cobra más en una hora que yo en un mes.

Prisión provisional sin fianza. Homicidio.

Inhumación ilegal. Falsedad documental. Delitos contra los derechos de los trabajadores.

Y lo que vaya saliendo.» Ortega bebió. «La grabación de Byron la tiene la jueza.

Catorce minutos. Se le ve la cara a Sandoval empujando a Anselmo.

Se le ve sacando el ataúd del nicho. Se le ve pisoteando su móvil. »

Me acordé de la cara de Belmonte mirando la pantalla de mi móvil en el alféizar. Esa es la Blanca. Esa es ella.

«¿Y el alcalde?»

Ortega se rió por la nariz.

«Ha dicho en la radio que no sabía nada. Que confiaba en sus amigos. Que se siente traicionado. La oposición ha pedido un pleno extraordinario. Dicen que va a dimitir antes de Navidad.» Me miró. «No lo sé. Esas cosas no las sé. Yo solo sé lo de los muertos.»

El jueves por la mañana Ramón Gil llamó a mi puerta.

Lo vi por la mirilla. Estaba en el rellano con la chaqueta puesta a pesar del calor y una carpeta bajo el brazo. Tenía la anilla de hierro de las veintitrés llaves en la mano.

Abrí.

No pasó. Se quedó en el rellano. Me dio la carpeta. Dentro había un folio con el escudo azul del Ayuntamiento.

Resolución de Alcaldía. Se deja sin efecto la medida provisional de suspensión de funciones acordada en el expediente disciplinario. Se acuerda el archivo del expediente. Firmado por el teniente de alcalde en funciones de alcalde.

En funciones de alcalde.

Levanté la vista.

«Andrés está de baja desde ayer.» Ramón Gil se tocó el bigote. «Médica, dicen.»

Me tendía la anilla.

«Las llaves.»

Las cogí. Pesaban como el primer día.

«Ramón.»

Se tocó el bigote.

«No. Déjame a mí.» Respiró hondo. «Yo sabía que Anselmo bajaba a la caja en diciembre.

Lo sabía. Lo vi una vez. Le pregunté qué hacía y me dijo que pagaba la diferencia de unos nichos de unos pobres que no llegaban.

Me pareció bonito. Me pareció un detalle.

» Miró al suelo del rellano. «No pregunté más. »

No le dije nada. No hacía falta. Él ya lo sabía.

«La de Maite también está archivada.» Se dio la vuelta para irse. En el primer escalón se paró. «Por escrito, Lucía. Para que conste.»

Bajó las escaleras agarrado a la barandilla.

Anselmo estaba en la planta de neurocirugía del hospital de la Arrixaca, en Murcia.

Habitación individual al fondo del pasillo.

Le habían operado el lunes por la mañana de un hematoma en la cabeza.

Tenía la cabeza vendada y un tubo de oxígeno en la nariz y estaba más delgado que nunca. Pero estaba despierto.

Fina estaba sentada en un sillón de escay junto a la ventana haciendo punto. Se levantó cuando entré. Esta vez sí me dio dos besos. Me apretó los brazos con las dos manos.

«Gracias, hija.»

«¿Por qué?»

No me contestó. Se volvió a sentar con su punto.

Anselmo me miró desde la cama. Movió la mano encima de la sábana. Se la cogí.

«Ha venido la jueza.» Le salía la voz rasposa. «Aquí. Ayer. Con una secretaria y un ordenador. Se ha sentado ahí. Donde estás tú.»

«¿Y?»

«Y le he contado todo.» Cerró los ojos. «Los sobres. Los cafés. Los diciembres. La cal. Todo. Dos horas.» Abrió los ojos. «Me ha preguntado por qué no pregunté nunca nada.»

«¿Y qué le ha dicho?»

«Que tenía miedo.» Me apretó la mano muy poquito. «Y que ya no.»

Se quedó un rato callado. Fina hacía punto. Por la ventana se veía el aparcamiento del hospital lleno de coches brillando al sol.

«Lucía.»

«Dígame.»

«El 31.» Me miró. «Ortega me ha dicho que te metiste dentro.»

«Era el único sitio.»

Anselmo se rió. Le dolió. Se llevó la otra mano a la cabeza vendada. Siguió riéndose bajito con los ojos llenos de agua.

«En cuarenta años nadie se ha metido en un nicho vivo en ese cementerio.» Se secó los ojos con el dorso de la mano. «Lo voy a apuntar en el libro.»

Mario Choque estaba en su silla plegable junto a la fuente de la plaza el viernes por la tarde. Ya no llevaba muleta. Tenía la gorra de lana gris y la caja de cartón forrada de papel de regalo con los décimos de la peña.

Me senté en el borde de la fuente a su lado. Él no me miró.

«La Guardia Civil vino el lunes por la tarde.» Habló mirando a los niños que jugaban a la pelota contra la pared de la iglesia. «Les conté lo del chaval del techo. Lo de la furgoneta. Lo del camino de la balsa.»

«Gracias, Mario.»

«No me dé las gracias.» Se quitó la gorra. Se pasó la mano por el pelo gris. «Tengo que decirle otra cosa. A usted. A la Guardia Civil ya se lo he dicho.»

Esperé.

«El doce de noviembre de 2013 yo llamé a la inspección de Trabajo de Murcia desde la cabina que había al lado del estanco.

La que quitaron hace años.» Se volvió a poner la gorra.

«Pregunté por alguien. Me pasaron con una señora.

Le dije que en lo de Sandoval desaparecían trabajadores.

Que eran cuatro. Que no los buscaba nadie. Le dije que no me buscara. Y colgué.»

Me quedé muy quieta.

Acento andino. Desde cabina de Ramblaseca.

«Cuatro días después desapareció esa señora.» Mario se miró las manos. «Lo vi en los carteles. Su foto. Pensé que era ella. No sabía cómo se llamaba la de la llamada. Pero lo pensé. Lo he pensado trece años.» La voz se le rompió. «Yo la mandé allí. Si no la llamo…»

«Si no la llama nadie habría escrito nunca sus nombres.»

Mario levantó la vista.

«Darwin. Klever. Fausto. Wilmer.» Lo dije despacio.

«Ella los apuntó en su cuaderno el día antes de ir.

Por usted. Es el único sitio en el mundo donde estaban escritos juntos.

El cuaderno pasó siete años en una caja en casa de su abuela.

Su hija lo encontró y lo llevó a la Guardia Civil.

Por eso estaban en una carpeta cuando yo llegué. »

Mario se quedó mirándome con sus ojos oscuros y cansados.

Luego cogió un décimo de la caja de cartón. Lo arrancó de la tira con mucho cuidado por la línea de puntos. Me lo dio.

«Este no me lo pague.»

Lo cogí.

Era el mismo número que el que le había comprado el jueves de la semana anterior. No lo había mirado nunca. Lo miré entonces.

Terminaba en cuarenta y siete.