32
El juez de guardia llegó a las dos y cuarenta.
Era un hombre joven con barba y un jersey de cuello alto debajo del abrigo, como si lo hubieran sacado de una cena.
Detrás venía el médico forense con un maletín de aluminio y una cara de no haber dormido en tres días.
Detrás, dos técnicos de la Guardia Civil con monos blancos y fundas en los zapatos.
A mí me sentaron en la oficina del cementerio.
La abrió un guardia con la anilla de veintitrés llaves que yo había entregado el jueves.
Me senté en la silla de las visitas. En mi mesa seguía el vaso de cartón de Joaquín con su nombre escrito con rotulador.
El ventilador de helicóptero estaba apagado.
Por la ventana veía las luces azules girando por encima de las galerías y los cipreses iluminados desde abajo por las velas.
Un guardia joven me tomó declaración. Escribía en un portátil. Me preguntó la hora a la que entré. Me preguntó cómo entré. Le enseñé la llave negra. La metió en una bolsa de plástico con cierre y le puso una pegatina. Me preguntó qué vi. Se lo conté en orden. Como un informe del Padrón.
Cuando llegué a lo del nicho 31 dejó de escribir.
«¿Se metió dentro?»
«Sí.»
«¿Dentro del nicho?»
«Era el único sitio.»
Me miró un rato largo. Luego siguió escribiendo.
A las tres y media vino Ortega.
Se sentó en el borde de mi mesa. Tenía polvo de cal en el uniforme y los ojos rojos. Me dio un vaso de agua de la fuente de la avenida en un vaso de plástico.
«El forense ha hecho una primera inspección.
» Habló muy bajo aunque el guardia joven se había ido.
«Mujer. Adulta. Entre cuarenta y cincuenta años.
Fractura en el lado izquierdo del cráneo.
Restos de ropa de abrigo. Un bolso de cuero pequeño con la correa rota.
Sin cartera. Sin documentación. Sin teléfono. » Se calló. «Y el pasador.»
No dije nada.
«Lo demás lo dirá el ADN. Semanas.» Ortega miró por la ventana. «Pero el juez ha visto las fotos de la noticia de 2013. Y ha visto el pasador. Y ha dicho que se avise a la familia.»
Se levantó.
«Voy a llamarla.»
Salió al porche de la oficina. La vi por la ventana de espaldas, con el móvil en la oreja, bajo la farola de la puerta principal. Habló poco. Escuchó mucho. Al final bajó la cabeza y se quedó así un rato con el móvil todavía en la oreja aunque la conversación ya se había acabado.
Irene llegó a las cinco menos diez.
Venía en un taxi desde Murcia. Bajó con la chaqueta roja mal abrochada y el pelo suelto. Sin moño. Sin pasador. Atravesó la avenida corriendo. Un guardia le cortó el paso en la cinta. Ortega le hizo un gesto y la dejaron pasar.
Fue directa a Ortega. Ortega la cogió por los hombros. No la dejó acercarse a San Roque. Le habló al oído. Irene asentía con la cabeza sin decir nada.
Luego Ortega sacó su móvil. Buscó algo. Se lo enseñó.
Era una foto. La vi después. La tengo en la memoria como si la hubiera hecho yo.
Una bolsa de plástico transparente con cierre sobre una mesa de acero.
Una pegatina blanca con un número escrito a mano.
Y dentro de la bolsa un pasador de carey.
Marrón con vetas doradas. Alargado. Con una pequeña muesca en un extremo.
Irene miró la foto. Luego metió la mano en el bolsillo de la chaqueta roja. Sacó algo. Lo puso en la palma de la mano. Lo acercó a la pantalla del móvil.
Su pasador. El que llevaba trece años en el pelo.
Eran iguales. Hasta la muesca.
Irene se quedó así mucho rato. Con la mano abierta junto a la pantalla iluminada. Los dos pasadores juntos. Uno de verdad y uno en una foto.
Luego cerró la mano. Se la llevó al pecho. Se dobló hacia delante como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Ortega la sujetó.
No la oí llorar. Desde la oficina no se oía nada. Solo la vi temblar en los brazos de una sargento de la Guardia Civil bajo la farola de la puerta de un cementerio a las cinco de la mañana del día de los difuntos.
A las nueve y media llegó la jueza.
No tenía que venir. La apertura de los cuatro nichos de las madres estaba señalada para las diez con la letrada y el forense.
Pero vino. Una mujer de unos cincuenta años, bajita, con el pelo gris cortado a lo chico y un abrigo largo negro.
Entró por la puerta principal entre la gente que ya se había juntado fuera de la cinta y fue directa a San Roque sin mirar a nadie.
Estuvo diez minutos delante del 47. Sola. Con las manos en los bolsillos del abrigo.
Luego vino hacia la oficina. Ortega se cuadró en el porche. La jueza la miró de arriba abajo.
«Sargento. En mi despacho. A las cuatro.»
«Sí, señoría.»
Luego me miró a mí. Yo estaba en la puerta de la oficina con la sudadera todavía gris de cal. No me había cambiado. No me habían dejado irme a casa.
«¿Usted es la funcionaria?»
«Sí, señoría.»
«La de la conjetura.»
Me quedé callada. La jueza me sostuvo la mirada. Tenía unos ojos pequeños y muy negros que no parpadeaban.
«Pues hoy abrimos los cinco.» Se dio la vuelta. «Que alguien le dé un café a esta mujer.»
A las diez en punto empezaron.
Fuera de la cinta había más de cien personas.
Vecinos del pueblo. Periodistas. Dos cámaras de televisión.
Marisa Albaladejo en primera fila con su chaleco de bolsillos.
Washington Pillco con la gente de la asociación y la bandera pequeña.
Encarna con sus gafas colgadas de la cadenita de bolas.
Maite con su marido el de los bonsáis. Mario Choque con su gorra de lana, apoyado en una muleta que no le había visto nunca.
Y al fondo, detrás de todos, Ramón Gil sin chaqueta y con la gorra en la mano.
El alcalde no vino.
Dentro de la cinta estábamos los que teníamos que estar. La jueza. La letrada con una carpeta. El forense. Ortega y dos guardias. Paco y Youssef con las escaleras y las herramientas. Gonzalo Pérez con su polo azul marino y una tablet en la mano.
Y yo. La letrada me dijo que la jueza quería que estuviera. Como testigo. Como la persona que conocía el registro.
Gonzalo había conectado la tablet al grupo de las madres. La sostenía con las dos manos a la altura del pecho mirando hacia los nichos. En la pantalla se veía la casa comunal de Ayllupamba.
Allí eran las cuatro de la madrugada. No se habían ido a dormir.
Nadie se había ido a dormir. Seguían allí desde la misa de la tarde.
Las velas estaban más gastadas. Había gente dormida en los bancos con mantas.
Había niños dormidos en el suelo. Pero las cuatro madres estaban sentadas delante de la televisión vieja exactamente igual que las había dejado Byron a las siete de la tarde.
Rosario en el centro. La Zoila y la Dolores a los lados.
La Mercedes de pie detrás. Y en la mesa, al lado de la televisión, cuatro guaguas de pan con un nombre escrito en azúcar morado.
Paco abrió el 34 primero.
Quitó los embellecedores. Bajó la lápida con Youssef. Klever Tenesaca Lojano miró hacia la tapia con su pelo cortado al rape y su camiseta de la selección.
Detrás estaba el tabicado. Paco pasó los nudillos. Iluminó el cemento con una linterna.
03/05/2012
Escrito con un clavo. Con barras.
La letrada lo apuntó. El forense lo fotografió.
Paco cogió la maceta. Dio el primer golpe. Dio el segundo. Al tercero un ladrillo cayó hacia dentro.
Ruido de pozo.
En la pantalla de la tablet la Mercedes se llevó las manos a la boca.
Paco siguió picando. Abrió el hueco. Metió la linterna. Se apartó para que mirara el forense. El forense miró. Se volvió hacia la jueza y negó con la cabeza.
«Vacío. Tabicado original. Sin indicios de apertura posterior.»
La letrada escribió.
La Mercedes no se movió de detrás de la silla de Rosario. Tenía las manos en los hombros de la vieja y la cara tapada contra su sombrero.
Luego el 39.
Fausto Chimbo Paguay. El de la cara redonda y el bigote de adolescente.
21/08/2012
Ruido de pozo.
Vacío.
La Dolores se quitó las gafas de una sola patilla. Las dejó en el regazo. Se quedó mirando la pantalla con su ojo bueno y su ojo de nube.
Luego el 42.
Wilmer Pichisaca Duchi. El de las orejas de soplillo que se reía enseñando todos los dientes.
09/04/2013
Ruido de pozo.
Vacío.
La Zoila no lloró. Le cogió la mano a Rosario. Le cogió la otra mano a la Dolores. Se quedaron las tres cogidas de la mano como en la calle de tierra delante de la casa de la Mercedes.
Y luego el 31 otra vez.
Paco quitó el tablero de aglomerado que yo había empujado de una patada a la una y media de la madrugada. Lo dejó en el suelo. La jueza se acercó. Miró dentro con la linterna del forense. Vio el polvo removido. Vio las marcas de mis codos y de mis zapatillas. Vio la polilla aplastada.
Se volvió hacia mí.
Me miró con sus ojos negros que no parpadeaban. Luego le hizo un gesto al forense para que fotografiara.
En la pantalla, Rosario se inclinó hacia delante en la silla.
Gonzalo se dio cuenta. Giró un poco la tablet hacia mí. Me acerqué. Me agaché delante de la pantalla.
Rosario me miraba desde diez mil kilómetros. Tenía la cara cansada. Tenía las trenzas medio deshechas. Tenía los ojos negros muy brillantes. Detrás de ella amanecía por la ventana de la casa comunal. Una luz gris y azul sobre los cerros.
«Mija.»
«Doña Rosario.»
«Ya los vi.» Habló despacio. «A los cuatro. Ya vi que no están.»
«Sí.»
«Y a la señora.» Se santiguó. «A la del cuarenta y siete. También la vi anoche. Que Dios la tenga en su gloria.»
Asentí. No podía hablar.
Rosario miró hacia los lados. Miró a la Zoila. A la Dolores. Levantó la vista hacia la Mercedes. Luego volvió a mirarme a mí.
«Ahora tráigamelos.»
Paco se sentó en el banco de los cipreses cuando terminó.
Yo me senté a su lado. Él tenía las manos blancas de polvo de ladrillo hasta los codos. Tenía la gorra del Ayuntamiento en las rodillas. Tenía el cigarro sin encender en la boca.
Estuvimos un rato callados. Al otro lado de la cinta la gente se iba yendo poco a poco. Las cámaras de televisión recogían los trípodes. Washington Pillco y la gente de la asociación seguían allí con la bandera pequeña.
Paco se sacó un mechero del bolsillo del pecho.
Lo miró un rato. Era un mechero de plástico amarillo. Lo había llevado encima diez años sin usarlo, igual que el cigarro.
Lo encendió. Se acercó la llama al cigarro. Dio una calada larga. Tosió. Tosió tanto que se le saltaron las lágrimas.
«Mehmet Yıldız.» Lo dijo cuando pudo hablar. Con el humo saliéndole por la nariz. «Mi padre se acordaba de su nombre.»
Dio otra calada. Ya no tosió.
«Darwin Naula. Klever Tenesaca. Fausto Chimbo. Wilmer Pichisaca.» Los dijo despacio. Con cuidado. Como había dicho el nombre del turco en la fundición de Stuttgart. «Ya está. Ya me los sé.»
Me pasó el cigarro.
No he fumado nunca. Di una calada. Tosí como él. Se rió. Me reí. Nos reímos los dos en el banco de los cipreses con los ojos llenos de lágrimas, a las once y media de la mañana del día de los difuntos, delante de cuatro nichos vacíos y uno que no lo estaba.
A lo lejos, en la avenida, Irene caminaba hacia la puerta del brazo de Ortega. Llevaba el pelo recogido otra vez en un moño bajo.
Con el pasador de carey.