Concesión vencida 31
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Corrí.

No pensé. No decidí nada. El cuerpo corrió solo.

Me despegué de la pared del osario y corrí hacia la izquierda, hacia el pasillo de los cipreses que separa San Roque de la galería de los Dolores.

Lejos de la puerta verde. Lejos de Anselmo tirado junto a la columna.

Lejos del móvil que seguía brillando en el alféizar.

Detrás de mí oí los pasos de Sandoval. Pesados. Rápidos. Más rápidos de lo que pensaba que podía correr un hombre de sesenta y un años.

La luz de su linterna me pasó por la espalda. Luego por un ciprés. Luego por el suelo delante de mí.

Me metí en la galería de los Dolores.

Me sé ese cementerio de memoria.

No es una forma de hablar. Me lo sé como se sabe una persona el pasillo de su casa a oscuras.

Me pasé abril y mayo comparando cada nicho de la pantalla de GesCem con cada nicho de verdad.

Galería por galería. Fila por fila. Número por número.

Con el listado en una mano y el bolígrafo en la otra.

Sé dónde están los escalones. Sé dónde está la baldosa suelta del pasillo de la capilla.

Sé dónde se acaba cada galería y por dónde se pasa de una a otra sin salir a la avenida.

Sandoval no lo sabía. Sandoval conocía su panteón y el camino desde la puerta principal hasta su panteón.

La galería de los Dolores tiene velas como todas.

Corrí por el pasillo entre las dos filas de nichos con la luz roja temblando a los lados.

Al final, a la derecha, hay un hueco entre la última columna y la pared de la capilla vieja.

Un hueco estrecho que lleva a un pasillo de servicio que usa Paco para sacar los escombros.

Me metí por ahí de lado. Me raspé el brazo con el yeso.

El pasillo de servicio sale otra vez a San Roque. Por el otro extremo. Por el principio de la galería. Por donde está el 31.

Lo sabía. Por eso fui.

Me paré a la salida del pasillo con la espalda contra la pared, jadeando. Escuché.

Los pasos de Sandoval estaban en la galería de los Dolores. Lo oí correr por el pasillo central. Lo oí pararse. Lo oí respirar fuerte. Vi la luz de su linterna moverse por encima de los nichos buscándome. Lo oí soltar un juramento.

Luego lo oí volver hacia el hueco por donde me había metido.

Delante de mí estaba el nicho 31.

Segunda fila. A un metro y poco del suelo. El tablero de aglomerado sujeto con cinta americana. El plástico negro que Paco había echado por encima de la lápida apoyada en el suelo. El ramo amarillo de Washington Pillco en el florero. Una vela roja encendida delante.

No había ningún sitio más donde meterse. Las otras galerías estaban abiertas. La puerta verde estaba al otro extremo, pasando por delante del 47, de Belmonte, del ataúd abierto en el suelo. La avenida central estaba iluminada por las farolas.

Arranqué la cinta americana con las uñas.

Se despegó con un ruido largo de tela rasgada. Me pareció que se oía en todo el pueblo. Aparté el tablero. Detrás estaba el hueco. Negro. Más negro que la noche.

Puse el pie en el embellecedor de bronce del nicho de abajo. Me agarré al borde del 31. Me subí. Metí las piernas primero. Luego el cuerpo. Me fui deslizando hacia dentro sobre el polvo de quince años boca arriba hasta que tuve la cabeza dentro también.

Cogí el tablero por el borde. Lo puse otra vez delante del hueco. No encajaba bien. Quedaba una rendija a un lado por donde entraba un hilo de luz roja de la vela de fuera.

Me quedé quieta.

Estaba dentro del nicho de Darwin Naula Guamán.

El cemento estaba frío. Lo notaba a través de la sudadera en la espalda y en los codos. El techo estaba a un palmo de mi cara. Olía a polvo y a cal vieja. Algo pequeño y seco crujió debajo de mi mejilla cuando giré la cabeza.

La polilla.

No me moví. Respiré por la boca muy despacio. Pensé que el corazón se me oía desde fuera. Pensé que se oía en la galería entera, en el pueblo, en la sierra del Ecuador.

Fuera se oyeron pasos.

Se acercaban por el pasillo central de San Roque. Desde el pasillo de servicio. La luz de la linterna de Sandoval pasó por delante de la rendija. Iluminó un instante el polvo del interior del nicho. Mis zapatillas con barro de Ayllupamba. Mis manos.

Se paró.

Estaba delante. Al otro lado del tablero. Oía su respiración. Fuerte. Silbante. La respiración de un hombre que no está acostumbrado a correr.

Pensé en Darwin.

Pensé en él tirado sobre los tubos de riego de la nave 4 con los dedos que todavía se movían.

Pensé en el plástico de la nave envolviéndole.

En la furgoneta por el camino de la balsa.

Pensé que este agujero era suyo. Que su madre lo había pagado quince años con treinta dólares que cambiaban de valor cada noviembre.

Que era el sitio donde tenía que estar y no estaba.

Pensé que ahora estaba yo en su sitio.

Y pensé, muy claro, como si me lo dijera alguien al oído, que si Sandoval apartaba ese tablero yo no iba a gritar.

La luz se movió.

Se apartó de la rendija. Los pasos siguieron hacia el fondo de la galería. Hacia el 34. El 39. El 42.

Hacia el osario.

Desde dentro del nicho oí lo que pasó después.

No lo vi. Lo oí. Lo he reconstruido luego con lo que me contaron y con lo que se ve en la grabación que hizo Byron con su teléfono apuntando a la televisión vieja de la casa comunal.

Pero en ese momento solo lo oí. Tumbada en el polvo con la mejilla sobre una polilla muerta.

Oí la voz de Belmonte.

«Fulgencio.»

Los pasos de Sandoval se pararon.

«Fulgencio. Ven aquí.»

«¿Qué?»

«Ven aquí y mira esto.»

Pasos. Luego un silencio muy largo.

Luego la voz de Belmonte otra vez. Muy baja. Muy rara. Como la voz de alguien que acaba de despertarse de un sueño muy largo.

«Nos están viendo.»

Silencio.

«Mira. Es un pueblo entero. Están todos ahí. Mira. Esa es la Blanca. La hermana de Segundo. La del rebozo. Esa es la Blanca, Fulgencio. Yo le mandaba los papelitos con la cantidad. Esa es ella.»

Algo se rompió contra el suelo. Un ruido de cristal y plástico. Luego otro golpe. Luego otro. Sandoval pisoteando el móvil.

Luego la voz de Belmonte.

«Da igual.»

«Cállate.»

«Da igual, Fulgencio. Ya nos han visto. Llevan viéndonos desde que hemos entrado. Lo estarán grabando allí. Lo tendrá medio Ecuador en el teléfono dentro de una hora.» Una risa rota. «Lo tendrá la Blanca. Lo tendrá Segundo.»

«Coge la funda.»

«No.»

«Coge la funda, Tomás. Ahora.»

«No.»

Oí cómo Belmonte se sentaba en el suelo. Lo oí resbalar por la pared hasta sentarse en las baldosas. Lo oí tirar la maceta. El hierro rebotó dos veces y se quedó quieto.

«Se acabó.»

Sandoval no contestó.

Oí arrastrar algo. Algo pesado de madera contra la baldosa. Un ruido largo y áspero. Oí cómo la madera crujía. Oí cómo algo se rompía. Oí a Sandoval jadear. Oí otra vez el arrastre. Más corto. Lo oí soltar un juramento que no le había oído nunca a nadie.

Y luego oí la sirena.

Venía por el camino de la rambla. Una sirena. Luego una luz azul que se metió por encima de la tapia y empezó a girar por la uralita de San Roque como un faro. Luego frenazo. Luego puertas.

Luego otra sirena por el otro lado. Por la avenida. Por la puerta principal.

Oí a Sandoval correr. No hacia mí. Hacia la puerta verde. Hacia la furgoneta.

Oí la puerta verde estrellarse contra la tapia.

Y oí a Ortega.

«¡Guardia Civil! ¡Quieto! ¡Las manos donde las vea! ¡Las manos!»

La voz le salió de un sitio que yo no le conocía. Una voz de cuartel. De orden. Una voz que no admitía contestación.

Hubo un silencio largo.

«¡Al suelo! ¡Al suelo he dicho!»

Silencio.

Luego un ruido de cuerpo pesado sobre tierra.

Luego unas esposas. Las reconocí por las películas. Un clic doble.

«¡Lucía!»

Ortega gritaba mi nombre por la galería.

«¡Lucía! ¡Calderón!»

Empujé el tablero con los pies. Cayó hacia fuera con un golpe sobre la baldosa y apagó la vela roja del florero.

Salí del nicho 31.

Salí con los pies por delante, igual que había entrado. Llena de polvo. Con la sudadera gris de cal. Con telarañas en el pelo. Me descolgué agarrada al borde y caí de rodillas en el pasillo.

Ortega estaba a tres metros con la pistola en la mano apuntando hacia el suelo y una linterna en la otra. Se quedó mirándome. Mirando el hueco negro detrás de mí. Mirando la lápida de Darwin apoyada en el suelo con su gorra roja y su sonrisa torcida.

No dijo nada. Le temblaba la boca.

Detrás de ella dos guardias entraban por la puerta principal de la galería con linternas. Al fondo, junto a la puerta verde, se veía la luz azul girando y una silueta en el suelo con las manos a la espalda. Pantalones de pana. Botas.

«Anselmo.»

Me levanté. Corrí por el pasillo. Pasé por delante del 34, del 39, del 42.

Belmonte estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared al lado del 47.

Con la linterna de la frente todavía encendida apuntando a sus propias rodillas.

No se movía. Tenía las manos abiertas sobre los muslos con las palmas hacia arriba.

Delante de él, en el suelo, estaba el móvil.

Mi móvil. Con la pantalla hecha pedazos.

Y al lado el ataúd abierto. La bota de tobillo marrón. El pasador de carey.

No miré. No miré más de lo que tuve que mirar.

Anselmo estaba donde había caído. Junto a la base de la columna. Boca arriba. Tenía los ojos abiertos. Tenía sangre en la sien y en la gorra. Respiraba. Respiraba con un ruido horrible de silbato roto.

Me arrodillé a su lado. Le cogí la mano. Estaba fría y mojada.

«Anselmo. Anselmo, míreme.»

Movió los ojos. Me encontró.

«Lucía.»

«Ya viene la ambulancia. Ya viene.»

Él apretó mi mano. Muy poco. Casi nada.

«He mirado.» Le salió en un susurro. «He mirado, Lucía.»

La ambulancia llegó a la una y treinta y ocho.

Se lo llevaron en una camilla por la puerta principal con una mascarilla de oxígeno y una vía en el brazo. Yo fui andando a su lado hasta la avenida sin soltarle la mano. Un sanitario me la soltó con mucha delicadeza en la puerta de la ambulancia.

«Señora. Tenemos que irnos.»

Lo vi irse con la sirena puesta hacia Murcia.

Cuando volví a San Roque ya había más luces. Más guardias. Una cinta de plástico verde y blanca cruzando la galería de columna a columna. Belmonte ya no estaba sentado. Estaba de pie con las manos a la espalda entre dos guardias. Me miró al pasar. Tenía la cara mojada.

Sandoval estaba en el asiento de atrás del todoterreno de Ortega, junto a la puerta verde. La luz azul le pasaba por la cara cada segundo. Azul. Negro. Azul. Negro. Miraba al frente. No me miró.

Ortega estaba delante del 47. Sola. Con la linterna apuntando al suelo.

Me acerqué. Me paré a su lado.

Ella había iluminado el pasador de carey. Solo eso. Lo tenía en el círculo de luz de la linterna como si no hubiera nada más en el mundo.

Se quitó la gorra.

Estuvimos así un rato. Ninguna de las dos dijo nada. Las velas seguían temblando a lo largo de la galería. Las del 34, el 39 y el 42 seguían encendidas delante de los ramos amarillos. La del 31 se había apagado con el tablero.

«Hay que llamar a Irene.»

Lo dije yo.

Ortega se volvió a poner la gorra.

«La llamo yo.» Sacó su móvil. Lo miró. No marcó. «Cuando llegue el juez de guardia y el forense. Cuando sepa algo de verdad.» Se quedó mirando la pantalla apagada. «La llamo yo, Lucía. Se lo debo.»