Concesión vencida 30
78%

30

El motor se paró al otro lado de la tapia.

Lo oí pararse. Lo oí apagarse. Luego dos puertas que se abrían. Luego nada. Un minuto entero. Luego unos pasos sobre la tierra del camino de la rambla. Dos personas. Una pisaba fuerte y la otra arrastraba un poco los pies.

Una voz de hombre muy baja.

«Las velas, coño.»

La otra no contestó.

Algo metálico entró en la cerradura de la puerta verde. Raspó. Se atascó. Volvió a raspar. Oí un juramento entre dientes. Luego el chasquido de hierro viejo. El mismo que había hecho mi llave una hora antes.

Detrás de la columna, en la oscuridad, la gorra de Anselmo se movió un centímetro.

Lo oí respirar muy hondo. Lo oí decir una palabra. Tan bajito que casi no la oí.

«Copia.»

La puerta se abrió hacia fuera con su quejido de bisagra. Entraron dos sombras. Cerraron detrás.

Al principio solo eran eso. Dos sombras en el fondo de la galería contra la luz roja de las velas. Luego se movieron y la luz les dio de lado y dejaron de ser sombras.

El primero era Belmonte.

No llevaba traje. Llevaba un mono de trabajo azul oscuro como los de Paco y unas botas de goma.

En la frente una linterna apagada. En una mano una bolsa grande de lona de las de herramientas.

En la otra un cubo de albañil con algo dentro que hacía ruido.

Tenía la cara de color ceniza a la luz de las velas.

Parecía mucho más viejo que por la mañana en el puesto de flores.

El segundo era don Fulgencio Sandoval.

Sin sombrero. Por primera vez lo veía sin sombrero.

Tenía el pelo blanco y muy corto. Llevaba un chaquetón oscuro de los de caza, pantalones de pana y botas.

En una mano traía una funda negra doblada.

Una funda de esas largas de plástico grueso con cremallera que usan las funerarias para recoger a los muertos en los hospitales.

La reconocí porque la había visto en los manuales de procedimiento del cementerio. Funda de traslado.

En la otra mano no traía nada. La tenía metida en el bolsillo del chaquetón.

Se pararon a la entrada de la galería. Miraron las velas. Cientos de llamas rojas temblando en sus vasos de cristal a lo largo de la galería. Los ramos amarillos de Washington Pillco en los cuatro nichos de los muchachos. El plástico negro del 31.

«Esto parece una feria.» Sandoval lo dijo en voz baja y con desprecio.

«Es el día de los Santos, Fulgencio.»

«Ya sé qué día es.»

Echaron a andar por el pasillo central. Sandoval delante. Belmonte detrás arrastrando un poco los pies. Pasaron por delante del 31. Del 34. Sandoval le dio una patada al ramo amarillo del 39 al pasar. No sé si fue sin querer. El vaso de la vela se volcó y se apagó.

Llegaron al 47.

Se pararon delante. Belmonte dejó el cubo en el suelo. Hizo un ruido de hierro contra baldosa que resonó por toda la galería. Sandoval le miró. Belmonte se encogió.

Saqué el móvil del bolsillo de la sudadera.

Me temblaban las manos. Me temblaban tanto que tuve que apretar el teléfono contra el pecho para que dejaran de temblar. Lo hice como me había dicho Ortega. En ese orden.

Busqué su número. Le di a llamar. Me llevé el teléfono a la oreja tapándolo con la otra mano.

Sonó una vez.

«Dígame.»

«Están aquí.» Lo dije sin voz. Solo con aire. «San Roque. Han entrado por la puerta de atrás. La de la rambla. Sandoval y Belmonte.»

Silencio de medio segundo. Luego un ruido de motor que arrancaba.

«Voy. Seis minutos. No se mueva.»

Colgó.

Marqué el 062. Me contestó un hombre. Le di la dirección en un susurro. Le dije cementerio municipal de Ramblaseca. Le dije galería de San Roque. Le dije robo de cadáver. Me salió así. Robo de cadáver. Me preguntó si estaba en peligro. Le dije que no lo sabía. Me dijo que no colgara. Colgué.

Luego abrí el grupo. Mamás 2 de noviembre.

Le di a videollamada.

Bajé el volumen al mínimo antes de que sonara. Silencié mi micrófono. La pantalla se quedó en negro con el nombre del grupo y un círculo que giraba.

Uno. Dos. Tres segundos.

Apareció la casa comunal de Ayllupamba.

La vi un instante antes de girar el teléfono.

Una sala llena de gente. Velas. Bancos. Caras morenas mirando hacia la cámara desde muy cerca y desde muy lejos.

La cara de la Nayeli enorme en primer plano con los ojos muy abiertos.

Detrás de ella el pelo blanco de Rosario recogido en sus dos trenzas finas.

Giré el móvil.

Lo apoyé en el alféizar de la ventanita enrejada del osario, entre dos barrotes, con la cámara mirando hacia el fondo de la galería. Hacia el 47. Hacia las dos espaldas que se inclinaban delante de la Virgen de catálogo.

La pantalla quedó mirando hacia mí. En un recuadro pequeño en la esquina se veía lo que se estaba mandando. La galería roja de velas. Dos hombres. En el recuadro grande se veía lo que estaba al otro lado. Ciento y pico personas a diez mil kilómetros mirando una televisión vieja en silencio.

Nadie hablaba. Nadie se movía. Rosario tenía las manos en el regazo.

Belmonte se puso la linterna en la frente. La encendió. Una luz blanca y fuerte que cortó el rojo de las velas.

Sacó un destornillador de la bolsa. Se subió a una escalera plegable de dos peldaños que traía en la bolsa. Empezó a desatornillar los embellecedores de la lápida del 47.

Los mismos que el Rubio había apretado el sábado por la mañana uno por uno.

Iba deprisa. Se le cayó un embellecedor al suelo. Rodó por la baldosa haciendo un ruido de moneda hasta pararse junto al pie de Sandoval. Sandoval no lo recogió.

«Más rápido.»

«Voy todo lo rápido que puedo.»

«Pues no es bastante.»

Belmonte quitó los cuatro. Aflojó los tornillos. Luego se volvió hacia Sandoval.

«Ayúdame con la lápida. Pesa.»

Sandoval sacó la mano del bolsillo. Cogieron la lápida entre los dos. La bajaron. La apoyaron contra la pared igual que Paco y Youssef habían apoyado la de Darwin el quince de octubre. La Virgen de catálogo quedó mirando hacia la tapia.

Detrás estaba el tabicado. Ladrillo y cemento gris.

En el cemento, escrita con un clavo, había una fecha.

18/11/2013

Belmonte la miró con la linterna. Se quedó quieto un segundo.

«Pica, Tomás.»

«Me dijiste que nadie lo iba a abrir nunca.» Belmonte no se movió. Tenía la maceta en la mano. «Me lo dijiste aquí. En esta misma galería. Con la cal todavía en las manos. Me dijiste que esto era lo más seguro del mundo. Que a nadie se le ocurre buscar un muerto en un cementerio.»

«Y era verdad.»

«Hasta que llegó la costeña.»

«Pica.»

Belmonte picó.

Picaba mejor que Paco. Más rápido. Más seguro. Sabía exactamente dónde dar en la junta para que el ladrillo se soltara hacia dentro sin romperse. Treinta años de oficio. Golpe. Polvo. Golpe. El primer ladrillo cayó hacia dentro.

No hizo ruido de pozo.

Hizo un ruido sordo. Corto. Como cuando cae algo sobre madera.

Belmonte se paró. Sandoval se acercó. Belmonte siguió picando más despacio. Los ladrillos fueron cayendo uno detrás de otro. Algunos hacia dentro. Otros los iba sacando con la mano y dejando en el suelo.

Salió un olor.

No era el olor que yo esperaba. No era el de las películas. Era un olor seco. A tierra. A cal. A madera vieja y a algo dulzón muy al fondo, muy débil, como de flores que llevan mucho tiempo en un jarrón sin agua. Llegó hasta mi esquina. Me tapé la boca con la manga de la sudadera.

En la pantalla del móvil, en Ayllupamba, alguien se santiguó. Luego otro. Luego muchos.

Belmonte dirigió la linterna dentro del hueco.

Desde mi esquina no veía lo que había dentro. Veía la luz blanca de la linterna rebotando en algo. Veía la cara de Belmonte iluminada desde abajo. Tenía la boca abierta.

«Sácalo.»

Sandoval lo dijo sin mirar.

Belmonte metió los brazos. Tiró. Algo rascó contra el cemento del fondo con un ruido largo y áspero que me puso los pelos de punta. Tiró otra vez. Asomó una esquina. Madera clara. Pino barato. Una caja.

Un ataúd.

Belmonte tiró más. Sandoval se puso a su lado y cogió también. Lo fueron sacando a tirones. La madera estaba hinchada y oscura en algunos sitios y crujía. Cuando tenían medio ataúd fuera del nicho y el otro medio todavía dentro, uno de los costados se abrió.

No se rompió del todo. Se abrió. Se separó una tabla del fondo como se abre una boca.

Y por la abertura cayó algo al suelo de la galería.

Rodó un poco. Se quedó quieto a la luz de las velas.

Era una bota. Una bota de mujer. De piel marrón. De tobillo. Con un tacón pequeño y cuadrado. Con la cremallera del lado abierta hasta la mitad.

Belmonte soltó su lado del ataúd. El ataúd se inclinó. Sandoval lo sujetó con un gruñido.

La linterna de Belmonte bajó hacia la abertura. Se quedó fija allí.

Y en la luz blanca algo brilló.

Algo pequeño. Marrón con vetas doradas. Alargado. Enredado en una cosa oscura y seca que no quise saber qué era.

Un pasador de carey.

«Eso es una mujer.»

No fui yo. No fue Belmonte.

La voz salió de la oscuridad, de detrás de la última columna. Una voz vieja y ronca.

Anselmo se levantó.

Tardó. Se levantó apoyándose en la columna con las dos manos. La manta de cuadros le resbaló de los hombros y se quedó en el suelo. Dio un paso hacia la luz. Luego otro. Las velas le iluminaron la cara de abajo arriba. Estaba blanco. Tenía la gorra torcida.

Sandoval se volvió de golpe. Se le escapó el ataúd. El ataúd cayó al suelo de la galería con un golpe hueco y terrible. La tapa saltó a medias.

«¿Anselmo?»

«Eso es una mujer, Fulgencio.» Anselmo seguía avanzando. Muy despacio. Con una mano en el pecho. «¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste?»

Belmonte se había quedado pegado a la pared con la maceta en la mano y la linterna de la frente apuntando al techo.

«Vete a tu casa, viejo.»

Sandoval lo dijo con mucha calma. Demasiada calma.

«¿Qué hiciste?» Anselmo no se paró. Estaba ya a tres pasos de él. «Cinco. Cinco te apunté. Cinco me pagaste. Y uno era una mujer. Una mujer, Fulgencio. ¿Qué hiciste?»

«He dicho que te vayas a tu casa.»

Anselmo dio un paso más.

Sandoval le dio un empujón en el pecho con las dos manos.

No fue un golpe. Fue un empujón. Seco. Corto. Como se aparta a un perro que molesta. Pero Anselmo tenía sesenta y ocho años y un corazón de papel y una cicatriz rosa de lado a lado del esternón.

Se fue hacia atrás. Tropezó con el borde del escalón del pasillo. Cayó de espaldas. Se golpeó la cabeza contra la base de piedra de la columna.

Se quedó quieto.

«¡No!»

Fui yo.

No quise. Me salió. Me salió de la garganta antes de que pudiera taparme la boca. Un grito corto que rebotó en la uralita y en las lápidas y volvió hacia mí multiplicado.

Sandoval levantó la cabeza.

Se volvió hacia el fondo de la galería. Hacia el osario. Hacia la esquina oscura donde yo estaba pegada a la pared con la mano todavía delante de la boca.

En el alféizar de la ventanita, entre los barrotes, la pantalla del móvil brillaba con ciento y pico caras.

Sandoval dio un paso hacia mí. Luego otro. Sacó una linterna pequeña del bolsillo del chaquetón. La encendió. Me dio en la cara.

Me vio.