29
No fui en coche. Un coche se ve. Un coche aparcado a la una de la madrugada en el camino de la rambla se ve todavía más.
Fui andando.
Desde la calle Mayor hasta el cementerio por la carretera son quince minutos. Por la rambla son veinticinco. Cogí la rambla. Bajé por las escaleras de la calle de la Acequia vieja hasta el cauce seco y empecé a andar por el camino de tierra que va por la orilla derecha entre cañas y adelfas.
La noche estaba clara. Había media luna.
No hacía falta la linterna. El cauce de la rambla era una franja ancha de piedras blancas que brillaba un poco con la luna.
A los lados, las cañas se movían con un aire muy suave que venía del mar, aunque el mar estaba a cuarenta kilómetros.
Olía a tierra seca y a hinojo y a algo dulce y podrido de las higueras bordes.
Se oía el pueblo. Muy lejos. Una música de una casa. Un perro. Un coche que bajaba por la carretera de Murcia. Las campanas de la iglesia dando las doce menos cuarto a las doce menos cuarto, por una vez a su hora, o eso me pareció.
Luego dejé de oír el pueblo. Solo los grillos. Y mis pasos sobre la tierra.
A las doce y diez llegué a la altura del cementerio.
Desde la rambla se ve la tapia trasera. Una pared larga de bloques encalados, de dos metros y medio, con la albardilla de teja arriba y los cipreses asomando por encima como lanzas negras.
Detrás de la tapia, a la derecha, el tejado de uralita de San Roque.
A la izquierda, más lejos, la cubierta de hormigón de la galería nueva.
Y por encima de todo, un resplandor rojizo que se movía.
Las velas.
El día de los Santos la gente deja velas encendidas. Velas rojas en vasos de cristal. Duran veinticuatro horas. Cientos. Miles. Esa noche todo el cementerio estaba encendido por dentro con una luz roja y temblona que se escapaba por encima de la tapia y pintaba los cipreses desde abajo.
Me paré detrás de unas cañas a unos cincuenta metros de la puerta verde.
Por el otro lado del cementerio, por la avenida, se oyó un motor. Vi pasar entre los cipreses los faros de un coche que salía hacia la carretera. Un coche blanco pequeño con una barra de luces naranjas apagada en el techo.
Vigilancia Sureste. El último vigilante se iba a casa.
Miré el móvil. Las doce y catorce.
Esperé diez minutos más. No pasó nada. No se oyó nada. Los grillos. El aire en las cañas. Un búho, creo, muy lejos, en los algarrobos del otro lado de la rambla.
A las doce y veinticuatro me acerqué a la puerta.
Las marcas de ruedas que había visto el sábado seguían allí. Las miré con la luz roja de la linterna. No había ninguna nueva.
Saqué la llave negra.
La metí en la cerradura. Giró con el mismo chasquido de hierro viejo. Me pareció que se oía en todo el pueblo. Me quedé quieta con la mano en la llave contando hasta veinte. Nadie vino.
Empujé la puerta. La bisagra se quejó. La sujeté con el hombro para que no se abriera de golpe. Entré de lado. La cerré detrás de mí. Eché la llave por dentro.
San Roque estaba lleno de velas.
No me lo esperaba. No sé por qué no me lo esperaba.
Las familias de la tarde habían dejado velas en casi todos los nichos.
Rojas. Algunas blancas. Algunas de esas eléctricas con pilas que parpadean como si fueran de verdad.
La galería entera temblaba con una luz de fragua.
Las sombras de las letras doradas se movían sobre el mármol.
Las fotos de cerámica parecían respirar.
Delante del 31, del 34, del 39 y del 42 estaban los ramos amarillos de Washington Pillco envueltos en papel de seda azul. Alguien les había puesto también una vela a cada uno. Una vela roja en un vaso de cristal.
El 47 tenía el ramo de crisantemos del Rubio. Y nada más. Ninguna vela. La Virgen de catálogo era la única cara de la galería que estaba a oscuras.
Avancé despacio por el pasillo central. Mis zapatillas no hacían ruido sobre las baldosas. Pasé por delante del 31. Del 34. Del 39. Del 42.
Y entonces lo vi.
Al fondo de la galería, en el banco de piedra que hay junto a la pared del osario, había alguien sentado.
Me quedé clavada.
Era una sombra. Encogida. Inmóvil. Con algo en las manos que brillaba un poco con la luz de las velas. Un hombre. Un hombre con gorra.
Se movió. Levantó la cabeza.
«Lucía.»
Era Anselmo.
Me acerqué con el corazón golpeándome en la garganta.
Él no se levantó. Tenía un termo de café en las manos y una manta de cuadros sobre las rodillas, la misma de la salita.
Llevaba la chaqueta grande abrochada hasta arriba.
A la luz de las velas estaba más delgado.
Más viejo. Tenía los ojos muy brillantes.
«¿Qué hace aquí?»
«Lo mismo que tú.» Desenroscó el tapón del termo. «¿Quieres café?»
«Anselmo.»
«Tengo llave.» Señaló hacia la puerta verde con la barbilla. «Tú tienes la mía y yo tengo la otra. Siempre ha habido dos. Desde el ochenta y seis. Que yo sepa.»
Me senté a su lado en el banco de piedra. Estaba frío. Me dio el tapón del termo lleno de café. Me lo bebí. Estaba demasiado dulce, como el de Carmen. Como el de todos los viejos de Ramblaseca.
«¿Lo sabe Fina?»
«Fina cree que estoy en la cama.» Se encogió de hombros. «Me he ido por la ventana del patio. Como cuando tenía quince años.»
No me reí. Él tampoco.
Nos quedamos callados mirando la galería. Las velas. Los ramos amarillos. La Virgen a oscuras.
«He venido a mirar.» Lo dijo muy bajito. «Quince años sin mirar. Quince años bajando a la caja en diciembre con un sobre y sin mirar. Esta noche quería mirar.»
«¿Y si vienen?»
«Si vienen los miro.»
«Anselmo. Ortega dijo que no hiciéramos nada.»
«Yo no voy a hacer nada.» Se ajustó la manta sobre las rodillas. «Llevo cuarenta años sin hacer nada. Sé hacerlo muy bien.»
Me levanté. Le expliqué lo que íbamos a hacer. Lo que iba a hacer yo.
El osario es un cuarto pequeño encalado al fondo de San Roque, pegado a la tapia.
Tiene una puerta de hierro y una ventana pequeña con reja que da a la galería, a la altura de la cabeza.
Desde la esquina que hace la pared del osario con la tapia se ve todo el fondo de la galería sin que te vean.
Lo había comprobado el sábado desde el hueco donde me escondí del Rubio.
Le dije a Anselmo que se fuera a la galería de al lado. A la de los Dolores, que es la que hay detrás de San Roque y está separada por un pasillo de cipreses. Que se sentara allí en la oscuridad. Que no saliera pasara lo que pasara. Que si venía alguien yo llamaba a la Guardia Civil.
Anselmo me escuchó. Luego negó con la cabeza.
«Yo me quedo aquí.»
«Anselmo.»
«Lucía.» Me miró desde el banco con el termo en las manos. «Yo me quedo aquí. Me pongo allí, en la oscuridad, detrás de la columna. No me ven. Pero yo me quedo aquí.»
Señaló la última columna de la galería. La que está justo antes del osario, en sombra, porque delante hay un trozo de pared sin nichos y sin velas.
No discutí. No tenía fuerzas. No tenía tiempo.
Le ayudé a levantarse. Fue arrastrando los pies hasta la columna con la manta sobre los hombros como una capa. Se sentó en el suelo con la espalda contra la columna. Desapareció. Desde donde yo estaba solo se veía, si sabías dónde mirar, la punta de su gorra.
Yo me metí en la esquina del osario.
Apagué la linterna. Me quedé de pie con la espalda contra la pared encalada. El ladrillo estaba frío a través de la sudadera. Saqué el móvil. Bajé el brillo de la pantalla al mínimo. Puse la tarjeta de Ortega en la palma de la mano izquierda aunque me sabía el número de memoria.
Miré la hora.
Las doce y cuarenta y uno.
Esperar es lo más difícil.
No lo sabía. En el Padrón esperar era fácil. Esperabas a que llegara el siguiente número. Esperabas a que el ordenador cargara. Esperabas a que fuera la hora de irte. Esperar era una cosa que pasaba sola mientras tú hacías otra.
En la esquina del osario esperar era lo único que había.
Oía mi respiración. Oía la sangre en los oídos. Oía a los grillos de la rambla al otro lado de la tapia. Oía crepitar alguna vela que se apagaba. Oía, muy de vez en cuando, a Anselmo toser bajito detrás de su columna y contenerse.
Pensé en Rosario. En la casa comunal de Ayllupamba. En una televisión vieja de culo gordo esperando a que yo llamara. Pensé en la Nayeli con el teléfono en las rodillas. Pensé en Irene en Murcia con el móvil en la mesilla de noche y el pasador de carey en un vasito en el baño.
Pensé en que a lo mejor no venía nadie.
Pensé en que el martes Ortega abriría el 47 y estaría vacío. O no. Y que yo nunca sabría si había estado vacío siempre o si lo habían vaciado esa noche mientras yo dormía en mi casa.
Por eso estaba allí. No por valiente. Por eso. Porque no quería pasarme el resto de la vida sin saberlo, como me había pasado once años sin saber lo que decía el audio de mi padre.
La una menos diez.
La una menos cinco.
A la una menos tres los grillos de la rambla se callaron.
Todos a la vez. De golpe. Como cuando alguien entra en una habitación.
Y por debajo del silencio, muy lejos, por el camino de tierra de la rambla, se oyó un motor.