Concesión vencida 28
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El día de Todos los Santos el cementerio de Ramblaseca huele a crisantemo hasta en la calle.

Lo sabía desde niña. Mi madre me llevaba todos los años a ver a nadie.

No teníamos muertos aquí todavía. Pero mi madre decía que en España el día de los Santos había que ir al cementerio aunque no tuvieras a quién visitar, porque si no la gente pensaba que no eras de aquí.

Así que íbamos. Comprábamos un ramo pequeño de crisantemos en el puesto de la puerta y lo dejábamos en algún nicho de San Roque que no tuviera flores.

Uno distinto cada año. Mi madre elegía siempre uno de gente de fuera.

Un rumano. Un marroquí. Una boliviana. Decía que esos eran los que más lo necesitaban.

Nunca me acordé de eso hasta ese domingo.

Llegué a las diez. Ya no se podía aparcar en toda la avenida. La gente había dejado los coches subidos a las aceras hasta la rotonda del polideportivo. En la puerta había un todoterreno de la Guardia Civil con las luces apagadas y dos guardias de pie a la sombra de un plátano.

Uno era Ortega. Uniforme verde. Gorra. Gafas de sol. Me vio venir entre la gente. No hizo nada. No sonrió. Solo bajó un poco la barbilla. Luego se volvió hacia el otro guardia y le dijo algo y siguió mirando la puerta.

Fuera, en la acera de enfrente, estaban los puestos de flores.

Había cuatro. Tres de floristerías del pueblo y uno de la Funeraria Belmonte e Hijos con un toldo negro y letras doradas.

Tenían cubos de plástico llenos de crisantemos blancos y amarillos y morados, de gladiolos, de calas, de claveles.

Tenían coronas pequeñas de flores secas. Tenían velas rojas en vasos de cristal.

Detrás del puesto de Belmonte estaba Belmonte.

Traje oscuro. Corbata negra. Cobraba con una sonrisa de pésame y daba el cambio con las dos manos.

Pero tenía la cara gris. Gris de verdad.

Como si no hubiera dormido en una semana.

Tenía bolsas debajo de los ojos y un corte pequeño de afeitarse en la barbilla con un trozo de papel higiénico pegado.

Me vio desde el otro lado de la calle.

Se le quedó la mano a medio camino con el cambio de una señora. La señora tuvo que tirar de las monedas.

Le sostuve la mirada. No mucho. Tres segundos. Luego compré un ramo de crisantemos amarillos en el puesto de al lado y entré.

Dentro no se cabía.

Las avenidas estaban llenas de familias.

Abuelas con bastón del brazo de nietos. Hombres con escaleras al hombro.

Niños con las manos llenas de flores. Mujeres limpiando por última vez lápidas que ya estaban limpias.

Se oían conversaciones por todas partes.

Se oía alguna risa. Se oía, muy de vez en cuando, alguien que lloraba en voz baja delante de un nicho.

Fui primero a ver a mi madre. Le puse los crisantemos al lado de las margaritas del sábado. Le encendí una vela roja de las de la puerta.

«Hoy es el día, mami.»

No le dije más.

A las doce en punto llegó don Fulgencio Sandoval a su panteón.

Lo vi desde la esquina de la galería nueva.

Venía por la avenida central con su mujer del brazo, una señora rubia con un abrigo de color camel aunque hacía veintitrés grados.

Detrás venían dos hijos de unos treinta años con sus mujeres y unos niños.

Y a su lado, un poco por detrás, el alcalde.

Andrés Moreno. Traje azul marino sin corbata. Gafas de sol en la cabeza.

La gente se apartaba para dejarlos pasar. Algunos les saludaban. Don Fulgencio devolvía los saludos con dos dedos en el ala del sombrero de paja.

Delante del panteón ya estaba el muchacho del miércoles con el ramo enorme de calas blancas. Sandoval lo cogió. Lo puso en la puerta de hierro forjado de las hojas de parra. Se quitó el sombrero. Se santiguó. Su mujer también. El alcalde también.

Una chica con una cámara grande colgada del cuello les hizo una foto.

Era Marisa Albaladejo. La reconocí por la foto de su perfil. Bajita. Pelo rizado. Un chaleco con muchos bolsillos. Les hizo varias fotos. Sandoval y el alcalde posaron delante del ángel de piedra. El alcalde le pasó un brazo por los hombros a Sandoval. Sonrieron.

Luego Marisa Albaladejo bajó la cámara y se apartó. Observó el panteón desde unos metros con una cara que no era de periodista que hace la foto de todos los años.

Sandoval se volvió. Paseó la mirada por la avenida llena de gente.

Me vio.

Estaba a treinta metros, en la esquina de la galería nueva, con la vela roja en la mano todavía apagada. Él me miró por encima de las cabezas de la gente. No sonrió. No hizo ningún gesto. Solo me miró. Con esos ojos azules casi grises de mirar mucho sol.

Luego se puso el sombrero y le dijo algo al alcalde al oído.

A la una vi a Anselmo.

Estaba en la galería nueva con Fina delante del nicho de sus padres.

Fina limpiaba el cristal de la foto con un trapo.

Él estaba de pie con las manos en los bolsillos de una chaqueta que le quedaba grande y la gorra de visera puesta.

No miraba el nicho de sus padres. Miraba hacia el fondo del cementerio.

Hacia donde se veía asomar por encima de las galerías el borde de la uralita de San Roque.

No me vio. O me vio y no me miró.

Fina sí me vio. Me hizo un gesto muy pequeño con la cabeza. No sé qué quería decir.

A las dos fui a San Roque.

Había más gente de la que había visto nunca en esa galería.

Familias rumanas con velas. Una pareja de marroquíes mayores sentados en dos sillas plegables delante de un nicho de la primera fila con un termo de té.

Dos chicas bolivianas cambiando las flores de plástico de un nicho por flores de verdad.

Y delante del nicho 31, al fondo, había un grupo.

Eran unas quince personas. Hombres y mujeres. Algunos con niños. Llevaban una bandera de Ecuador pequeña de las que se ponen en los coches. Delante de todos estaba un hombre de unos cincuenta años con chaqueta vaquera y bigote, que hablaba en voz baja con los demás.

Me acerqué. El hombre se volvió.

«Usted es Lucía.»

«Sí.»

«Washington Pillco. De la asociación.» Me dio la mano. Una mano grande y callosa. «Hemos venido a traerles flores. A los cuatro. De parte de las mamás.»

Detrás de él, en el suelo, había cuatro ramos de flores amarillas. Iguales. Envueltos en papel de seda azul.

«Las mamás nos mandaron plata por don Efraín. Diez dólares cada una. Para que los muchachos tengan flores hoy.» Washington se rascó el bigote. «Ya sabemos que no están. Pero las mamás dicen que el nicho es suyo. Que lo han pagado. Que hoy les toca flores.»

No pude decir nada.

Pusieron los ramos uno a uno. En el 31, delante del plástico negro y del tablero de aglomerado. En el 34. En el 39. En el 42. Un niño de unos ocho años se subió a hombros de su padre para ponerlos en la fila de arriba.

En el 47 seguía el ramo de crisantemos del Rubio. Nadie lo tocó. Washington lo miró en silencio. Luego me miró a mí.

Luego una mujer del grupo empezó a cantar.

Bajito. Un pasillo. Uno de esos valses tristes de la sierra que ponía mi abuela cuando planchaba. Los demás se fueron sumando. No todos sabían la letra. Algunos solo tarareaban. La pareja de marroquíes del termo se quedó mirando. Las chicas bolivianas dejaron de cambiar las flores.

Yo no sabía la letra. Me la sabía mi abuela. Me la sabía mi madre. A mí no me había llegado.

Me quedé allí de pie con los ojos llenos de agua mientras quince ecuatorianos cantaban en voz baja delante de cuatro nichos vacíos.

Salí del cementerio a las cuatro.

En la puerta Ortega seguía bajo el plátano. Pasé a su lado. Ella no se volvió. Habló mirando hacia la avenida.

«Rotonda de la autovía. De doce a cuatro.»

«Lo sé.»

«Llámeme a mí primero.»

«Lo sé.»

Seguí andando.

Por la tarde dormí. No pensaba que pudiera y dormí tres horas seguidas en el sofá con la persiana bajada. Me desperté a las ocho y media con la boca seca y el corazón tranquilo. Era una tranquilidad rara. Como la del avión en Madrid cuando leí la resolución de la suspensión.

Me duché. Cené algo. Un huevo frito con pan. Me lo comí entero.

Luego preparé las cosas encima de la mesa de la cocina.

Unos vaqueros oscuros. Una sudadera negra con capucha.

Las zapatillas de deporte de la sierra, que todavía tenían barro de Ayllupamba en la suela.

Una linterna frontal de las de correr que me había comprado para el Camino de Santiago y que no había usado nunca.

Tenía una luz roja además de la blanca. La luz roja no se ve de lejos.

Lo leí en las instrucciones. Una batería externa para el móvil. Una botella de agua pequeña.

La tarjeta de Ortega. La metí en el bolsillo de atrás del pantalón.

La llave negra. La metí en el bolsillo de delante.

Puse el móvil a cargar. Me senté a esperar a que llegara al cien por cien.

Mientras esperaba abrí la libreta negra por la última página escrita. Escribí la fecha. Uno de noviembre. Escribí la hora. Diez y cuarto de la noche. Luego me quedé con el bolígrafo en el aire.

Pensé en escribir algo por si acaso. Algo para alguien. Para mi tía Narcisa. Para Rosario. Para nadie.

Escribí solo una cosa.

Voy a mirar.

Cerré la libreta y la dejé en la mesa al lado del décimo de lotería de Mario.

El móvil llegó al cien por cien a las once y veinte. Lo desenchufé. Me vestí. Me miré en el espejo de la entrada. Una mujer de cuarenta y un años vestida de negro con una linterna en la frente y la cara de su padre.

Apagué la luz y salí.