27
Ayllupamba
El uno de noviembre las cuatro madres hicieron las guaguas juntas en el horno de la Mercedes.
El horno estaba en el patio de atrás. Era de barro y de ladrillo, con la boca redonda y negra de hollín.
Lo había hecho el marido de la Mercedes, el Ángel, hacía treinta años, cuando todavía se casaban los de la comuna y había que hacer pan para doscientos.
Ahora casi no se usaba. Ahora el pan se compraba en la feria.
Pero el día de los Santos todavía se encendía.
El Ángel lo encendió a las cinco de la mañana con ramas de eucalipto y retama. A las siete ya estaba blanco por dentro.
Las madres amasaron en la mesa de la cocina.
Harina de trigo. Manteca. Huevos. Un poco de anís.
La Dolores amasaba con los ojos cerrados porque decía que así le salía mejor.
La Zoila hacía las cabezas. La Mercedes los brazos.
Rosario les ponía las caras. Dos pasas para los ojos.
Un trocito de masa para la nariz. Una raya con el cuchillo para la boca.
Hicieron muchas. Para los nietos. Para los vecinos. Para el padre Isidro. Para la misa.
Y al final, cuando ya casi no quedaba masa, hicieron cuatro más.
No lo hablaron. Nadie dijo nada. La Zoila hizo cuatro cabezas. La Mercedes hizo cuatro cuerpos. La Dolores los unió con los dedos. Y Rosario les puso la cara a cada una.
Luego cogió un cucurucho de papel con azúcar glas mezclada con zumo de mora y escribió un nombre en el pecho de cada guagua con la lengua entre los dientes. Rosario había aprendido a escribir de mayor, con el padre Isidro, en las clases de los martes. Escribía muy despacio y con letras grandes.
DARWIN.
KLEVER.
FAUSTO.
WILMER.
Las metieron al horno juntas en la misma lata.
La Blanca llegó a media mañana con un queso envuelto en hojas.
Se quedó en la puerta del patio. No entró. Las cuatro madres estaban sentadas en un banco largo junto al horno esperando a que salieran las guaguas. La miraron.
Nadie dijo nada durante un rato. Del horno salía un olor a pan y a anís que se metía por la nariz y llegaba hasta el estómago.
«Traje queso.» La Blanca levantó el bulto de hojas. «Para la colada.»
La Mercedes miró hacia otro lado. La Dolores se ajustó las gafas de una patilla. La Zoila miró a Rosario.
Rosario se levantó. Fue hasta la puerta. Cogió el queso. Lo olió.
«Está bueno.»
«Es de esta mañana.»
«Pase, Blanca.»
La Blanca entró. Se sentó en la punta del banco, al lado de la Zoila, con las manos en el delantal. Nadie le dijo nada más. Pero la Mercedes le pasó una taza de café sin que se lo pidiera.
La colada morada la hicieron por la tarde en la olla grande de la casa comunal.
La casa comunal de Ayllupamba era un salón de bloque con techo de zinc y suelo de cemento pintado de rojo.
Tenía bancos de madera alrededor de las paredes, una mesa larga al fondo, un retrato del presidente que nadie había cambiado desde hacía dos presidentes y una cruz de madera encima de la puerta.
Allí se hacían las asambleas, los bautizos, los velorios y las fiestas de la cosecha.
Ese día se iba a hacer la velada de difuntos. Como todos los años. Pero ese año iba a venir más gente que nunca.
Había corrido la voz. La radio del cantón había leído el miércoles la noticia de España.
La de las cuatro madres que pedían abrir los nichos de sus hijos el día de difuntos.
Luego la gente se había pasado el enlace del periódico de España por el teléfono.
Luego había venido un periodista de Cuenca en una moto y había hecho fotos de la casa de Rosario y de la casa de los vidrios azules. Luego todo el mundo sabía todo.
La colada se hacía con harina de maíz morado y con frutas.
Mortiño. Babaco. Piña. Naranjilla. Frutillas.
Con canela y clavo de olor y pimienta dulce y hojas de hierbaluisa y de cedrón y de arrayán.
Se cocía a fuego lento removiendo con una pala de madera para que no se pegara al fondo.
Se ponía espesa y de un color morado oscuro como la sangre vieja.
Así decía la abuela de Rosario. Que era la sangre de los muertos que volvían a tomar con los vivos un día al año.
Removieron por turnos. Las cuatro madres y la Blanca y la Nayeli y otras mujeres que fueron llegando. Los hombres pusieron los bancos. Los niños corrían.
Byron llegó a las cuatro con una televisión vieja de las de tubo en la cajuela de su camioneta.
Una televisión enorme de culo gordo que había sido de su abuela.
La subieron entre tres a la mesa del fondo.
Byron había comprado en Cuenca un cable para conectar el teléfono de la Nayeli.
Tardó una hora en hacer que funcionara. Cuando por fin en la pantalla apareció el fondo de pantalla del teléfono de la Nayeli, una foto de ella con su abuela y una llama blanca, todo el mundo aplaudió.
«¿Y eso para qué es?» Preguntó una vecina vieja.
«Por si llama la española.»
«¿Y por qué va a llamar la española?»
Nadie le supo contestar.
La camioneta blanca de Segundo no estaba en el patio de la casa de los vidrios azules desde la mañana.
La Delia salió a comprar pan a la feria del pueblo de abajo y alguien le preguntó. Ella dijo que su marido se había ido a Cuenca. Por negocios. Que volvía el lunes.
Nadie le preguntó qué negocios. Nadie hacía negocios en Cuenca el día de los Santos.
La Blanca lo oyó. Se quedó un rato quieta removiendo la colada con la pala. Luego siguió removiendo.
A las seis el padre Isidro dijo la misa en la casa comunal.
Había más gente que nunca. Los bancos no alcanzaron.
La gente se quedó de pie al fondo y en la puerta y fuera, en el patio, mirando por las ventanas.
Había velas encendidas por todas partes.
En la mesa del fondo, al lado de la televisión vieja apagada, habían puesto las guaguas de pan.
Y delante, en una fila, las cuatro guaguas con nombre.
El padre Isidro dijo los nombres en la misa. Los cuatro. Uno detrás de otro. Darwin Naula Guamán. Klever Tenesaca Lojano. Fausto Chimbo Paguay. Wilmer Pichisaca Duchi.
Luego se calló un momento. Miró a la Blanca, que estaba sentada en la punta del último banco con el rebozo puesto.
«Y por la persona que está en el nicho cuarenta y siete. Que Dios sabe quién es.»
La Blanca se tapó la cara con el rebozo.
Después de la misa se sirvió la colada en vasos de plástico y las guaguas se partieron con las manos. Las cuatro guaguas con nombre no se partieron. Se quedaron en la mesa al lado de la televisión.
Nadie se fue a su casa.
A las siete menos cinco la Nayeli conectó el teléfono al cable de la televisión vieja.
La pantalla se encendió con un chasquido eléctrico.
En el centro apareció el grupo de WhatsApp.
Mamás 2 de noviembre. El último mensaje era el de la española de la noche anterior.
Tengan el teléfono cargado. Puede que las llame.
Rosario se sentó en una silla delante de la televisión. La Zoila a un lado. La Dolores al otro. La Mercedes de pie detrás con las manos en los hombros de Rosario. La Nayeli en el suelo con las piernas cruzadas y el teléfono en la mano unido al cable.
Detrás de ellas, en los bancos, de pie, en la puerta, en las ventanas, ciento y pico personas se fueron callando sin que nadie se lo pidiera.
Fuera ya era de noche. Hacía frío. Achachay.
En España era casi la una de la madrugada.
Rosario miró la pantalla. Miró las cuatro guaguas con nombre en la mesa. Se cerró la chalina sobre el pecho.
«Ya mismo, mijo.»